12/3/12

Mar del Plata (I)


Tomé la costa de este Río de la Plata en la mano, unas veces a la vista de la costa, y otras metiendome cinco o seis leguas tierra adentro. Fui a dar a la costa del mar del norte, de sesenta leguas del puerto de Buenos Aires. (Juan de Garay, 1540)


Trato de imaginarme cómo debía ser la pradera antes de que se pusiera el primer ladrillo. Cuentan que la playa estaba llena de lobos marinos, y que los indios usaban el cuero para hacer alforjas y venderlas en Buenos Aires. Cuentan que el viento era fuerte, y que ya desde el primer momento se supo que la costa iba a dar bonanza.
Llegaron los jesuitas con su plan de ajuste ideológico. Aunque intentaron reducir a los indios, asegura el padre Cardiel que estos resultaron ser inconvertibles. Las tribus de pampas y serranos venían criando ganado nómade desde tiempos inmemoriales, antes de que llegaran los invasores. Cuando no se pudo reducir o esclavizar, hubo que negociar. Las reducciones jesuíticas fueron saqueadas, quemadas y finalmente expulsadas hacia 1751 por el llamado cacique Bravo.
La naturaleza es sabia, levantó un fortín para detener la embestida del océano. Una pradera altamente codiciable en forma de lomada, un jardín salvaje para desbrozar por los nativos. Nomás verla debieron imaginársela como yo me la imagino ahora: cabezas de ganado hasta el horizonte, miles de cabezas, leguas de cultivo. Las tierras del rey. La costa galana mencionada por Garay hacia 1519 se convertiría en territorio satélite del Virreinato, esas tierras misteriosas al sur del rio Salado, muy al sur del puerto de Santa María del Buen Ayre.
El Virreinato se acabó oficialmente en 1816. Antes de eso, los pioneros del Imperio en las Américas recibían de su majestad unos tributos llamados mercedes -básicamente, latifundios-, que al producirse la independencia pasaron a manos del estado, el cual decretó una llamada Ley de Enfiteusis. El entonces presidente Bernardino Rivadavia ofreció esas mercedes como garantía del empréstito negociado en Londres por la Barney Brothers, con la intención de atraer a los agricultores. La Sociedad Rural Argentina solicitó 367.000 hectáreas entre Balcarce y Quequén. Se las concedieron.
No hará falta aclarar que a estas alturas de la historia lo único que pudo reducirse fueron los lobos marinos.
Surgen las estancias y las chacras. Son tiempos de gaucho buscador del jornal y mano de obra a destajo, un siglo que se adivina a si mismo por la identidad de un capitalismo en ciernes. De lo grande a lo pequeño y de lo pequeño a lo grande, la pradera bañada por el océano comienza a fructificar. Juan Manuel de Rosas, el gran dictador de las pampas, ha ganado para siempre la hegemonía económica, cultural y política de la provincia de Buenos Aires sobre toda la República. Se hace necesario civilizar, domar, extirpar la sombra brava del indio, la mata genética que, aún dando la idea, igual no podía durar. Julio Argentino Roca hará el resto con su campaña de león del desierto sudamericano, limpiando de malones el país nuevo, de sur a norte y de norte a sur, donde se criarán generaciones de proscriptos por el amor desolador entre nativas y criollos a la intempérie.
La República es un caos, pero no es un caos. En realidad, la República está en auge, y la pradera bañada por el océano, promete. Se venden las estancias de los opositores al régimen, los Libres del Sud, que son compradas por inversores más sagaces como -para que se entienda- fondos buitre. Un tal Coelho de Meyrelles le ve la veta y decide, con el apoyo de Brasil y Portugal, invertir para la creación de un saladero en la costa satélite de los pioneros rioplatenses. Y así comienza la historia de Mar del Plata.


El saladero se funda hacia 1856. A la altura de Punta Iglesia, junto al mar, se instala la planta manufacturera. Se me ocurre una imagen insólita, un sueño turbador muy a la manera del pintor Bacon: vacas pasando en hilera, cabeza abajo, listas para ser desnucadas, degolladas y cuereadas. No puede ser un paisaje más contradictorio: mientras se oyen los mugidos, al otro lado del muro rompen las olas. La carne se deja en salmuera durante cuarenta o cincuenta días y luego se la embarca sin envasar con destino a Cuba y Brasil como alimento para esclavos. Con Europa no hay la misma suerte: en Inglaterra llega a publicarse un edicto de prohibición por causa de sus deficientes condiciones bromatológicas.
Pero no importa, porque el saladero proporciona trabajo a parias y criollos. En sus primeros tiempos la población de la ciudad germinal será una sumatoria de hombres solos procedentes de otros puntos de la República. Nace el poblado y el primer almacén de ramos generales, la pulpería, y quién sabe si no el primer prostíbulo. Cuentan que en pleno verano Meyrelles tenía la costumbre de vaciar su caja de habanos paseando por la costa en plena noche. Quizá el producto de sus meditaciones marítimas haya dado el filón para la ciudad balnearia que surgiría después. O fueran otras sus cavilaciones, tal vez la proyección de un puerto futuro, un hotel de lujo, o a lo mejor nada, y su recogimiento no pasara del mero impulso sentimental por ver la luna metiéndose en el mar. Nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos es que Patricio Peralta Ramos, importante latifundista porteño, no era nada sentimental y sí un visionario. Estando Meyrelles ya viejo y endeudado, le compra el saladero y pide al entonces intendente de la pequeña ciudad que se le permita llamarla Mar del Plata.
No podía haber sido más oportuno: con la llegada del ferrocarril en 1886, y siendo la villa balnearia más prometedora al sur del río Salado, era de esperarse que atrajera el interés turístico del rancio abolengo rioplatense. Pedro Luro, otro emprendedor, se hará cargo del saladero, la grasería, el molino y un nuevo muelle. En 1887 se funda el hotel Bristol, primer intento de abducción habitacional para la crème de la crème que no posee aún su residencia en el enclave original de la pradera. Y por supuesto una capilla, “para los allegados”. Los planos se piensan en Europa y se diseñan en la ya pujante república. Mucho más tarde, hacia 1928 y bajo la presidencia de Alvear, el país ostentará un aumento en la renta nacional de casi cien millones de pesos oro, todo un record para la época. Los ricachones pasan largas temporadas en el fortín donde la naturaleza atasca la embestida del océano, a distancia razonable de la planta manufacturera. A sus mesas de manteles traídos de Inglaterra la carne de res llega ya cocinada y aderezada, se evita en lo posible la sugestión de la sangre que produciría la visión del matadero. De la mañana a la tarde se visita el balneario: no se juntan mujeres y hombres en la playa, ni se permite mostrar partes del cuerpo. En sus mangrullos de lujo se juega al bridge, se habla de literatura, del can-can, del Pigalle, de los castillos del Loire y de la bolsa. Seis meses en la villa y otros seis junto al Río de la Plata. Así hasta el 29.
Quién te ha visto y quién te ve, con la caída de la Bolsa de Nueva York algún magnate se presentará en quiebra y muchas mansiones se entregarán en subasta. El hotel Bristol empieza a perder clientela, y finalmente sale a remate. Durante décadas irá pasando de mano en mano, hasta que decidan demolerlo y construir, contraviniendo las leyes de construcción, el actual Bristol Center, un edificio de treinta plantas, puntero de una larga serie de rascacielos. Corre el año 64 y Mar del Plata -La Feliz- es ya toda una señora ciudad. Hace mucho que los viejos hoteles de la bèlle epóque han sido adquiridos por gremios y sindicatos, tiene su paseo marítimo definitivo, un turismo accesible a todas las clases, un Casino Central, y es la capital marítima más importante de la república, con cuarenta kilómetros de costa y un puñado de torres de asbesto y metacrilato ahogando las casonas solariegas de su primer esplendor.
Final de la reseña biográfica.


Desde la pradera primigenia hasta La Feliz babilónica, resplandeciente y kitch de principios del siglo XXI, han pasado ya ciento cincuenta años. Las fotos ilustran parte de la fortaleza felicíaca, un segmento saludable, suntuoso, de su epidermis urbana. Del tentáculo suburbano ya se hablará en otra oportunidad; ahora cabe explorar su cutis, lo que se ve a simple vista, siendo, como es y será, una ciudad para el ocio, con una acotada oferta cultural y un microcentro contraído que no puede expandirse más porque no hay por dónde expandirlo. Porque es inútil, por muchas vueltas que se le dén, Mar del Plata, la bonita, ostenta tanto las cualidades como las limitaciones de una ciudad balnearia. En lo personal me llama la atención su ya endémico conflicto entre el conservadurismo provinciano y la necesidad de echar raíces en el aire. La especulación urbanística ha ido comiéndose poco a poco su arquitectura original para ceder espacio a moles de treinta pisos, muy rectangulares y muy grises, donde cada verano sus propietarios arrendan su cubículo a los turistas y se van bien lejos - aunque sea a una jaima- regresando a fines de marzo con todo el dinero en mano.
Todavía se conserva alguna casa solariega de ésas que animan mis fantasías cuando voy inspirada por el efluvio de los tilos. Se yerguen con elegancia, no sin austeridad, entre los chalets de piedra y jardín que constituyen la verdadera arquitectura urbana de la Mar del Plata donde me crié. Son casas que fueron construídas en los años 20, con una tendencia a buscar los espacios aéreos, la galería semi-cubierta, el soportal de madera enjaretada con vistas a los atardeceres de mateada en sillas de mimbre. Luego están las otras, las de piedra, altas moles cuadrangulares de enhiestas ventanucas con persiana amarilla y, por supuesto, ancho zaguán con primorosa lámpara. Se conservan también algunos ejemplares de estilo colonial -todas lo son, en realidad-, esa dialéctica arquitectónica tan americana entre la textura del adobe con el formato del caserón castellano. O los palacetes estilo normando, con sus torrecitas de pizarra todavia hoy tapizadas de hiedra o siemprevivas. Recuerdo el último castillito de mi infancia, allá por los 70, en la loma alta de Santa Cecilia. Era como un diminuto alcázar de Segovia. No lo he vuelto a ver.
Tengo que hacer un esfuerzo mental para integrar la torre de Villa Devoto con el edificio que está a sus espaldas. Ese edificio me molesta. No me permite apreciarla. No me permite amarla del todo. Ojalá fuera algo tan banal como el simple motivo estético. Ojalá fuera únicamente estético, y ojalá detrás de lo estético no hubiera nada más. Pero lo hay.


Durante la temporada muchos residentes prefieren irse de Mar del plata, volar bien lejos, a los barrios o a rincones más tranquilos del país; huir de su cultura kistch, pirarse de sus esquinas asfixiantes que huelen a gasoil y a Sapolán mezclado con sudor. Aunque bajando desde la Base Naval el paseo marítimo sea realmente espectacular, comparada con el Mediterráneo nuestra costa puede resultar decepcionante. La temperatura del agua no llega a ser tan fría como el Cantábrico, pero hay que tener mucho valor para meterse a principios de verano. Hay quienes atribuyen el color del océano a la suciedad, pero esto es cierto sólo en plena urbe: no hace mucho un biólogo marino me explicaba que el color parduzco se debe a la plataforma marítima, que es muy inestable, con arenas gruesas que no permiten el asentamiento. Asimismo, y por su condición de pradera, la plataforma continental contiene partículas de humus que llegan hasta el mar. No porque sí ya en el siglo XVI, Magallanes bautizaba a lo que es hoy Punta Mogotes como Cabo de Arenas Gordas.
Desconozco en qué época despunta el bataclanismo veraniego y la cultura de la vedette, aunque es de suponer que tendrá su relación con la costumbre vernácula de importar todo lo que venga de Francia, y la ausencia -tanto o más decepcionante que el color del mar- de protestas anti-sexistas. Mezcla de cabaret, teatro de varieté, grotesco italiano, picaresca prostibularia y music-hall, la revista porteña llega a La Feliz todos los años con los estrellones sexagenarios de siempre y sus cortesanas cubiertas de lentejuelas, cada cual más idéntica a la otra por obra y gracia del mismo cirujano, e idéntica marca y formato de la prótesis. Pero la revista tiene, como se diría en España, su puntillo, es única, y como toda insitución y toda perfecta imitación, permanece inalterable. Tanto que se ha vuelto marca de fábrica, y no pueda concebirse un verano sin revista. La Feliz no sería lo mismo sin sus vedettes, sus cola-less y sus precios en pugna con cualquier chiringuito de Niza.
Tampoco puede concebirse una Mar del Plata sin Casino. Éste se construyó hacia el año 38. Aunque no se trate únicamente de un Casino -son dos bloques edilicios que suman, además, un hotel, un teatro con sala de exposiciones y cine, una galería de arte, un piso de deportes y múltiples dependencias de la Provincia- no hay humano nacional o foráneo que al llegar a Mar del Plata no quiera conocer el Casino, su norte medular. Viene a ser nuestra Notre Dame, nuestra catedral di San Marco, nuestro Corcovado, nuestro bastión simbólico y tótem particular. Aunque debería ser un buen punto de referencia para quedar con alguien, no lo es. Más bien pareciera un holograma que un edificio real, algo que funciona como una muralla forzada, construída a propósito, una fortaleza de piedra sacando pecho al océano cuya única utilidad -más allá de lo obvio- podría ser, Dios no lo quiera, hacer frente a un tsunami de proporciones tailandesas.
Y no es tanto el diseño -yan a más no poder, dando la imprensión de infranqueable- como su abandono, lo que impresiona de los dos grandes bloques que constituyen la puerta de acceso a nuestra pequeña gran Babilonia. Si bien su arquitectura puede resultar atractiva, no deja de sorprender que lleve décadas sin mantenimiento… y que aún así se mantenga (está bien hecho, qué duda cabe). Lo contruyeron, evidentemente, para que durara ad aeternum, de tal forma que el color ocre de los ventanales sigue siendo el mismo que se utilizó para su inauguración, y hoy los funcionarios de ordenanza echan suertes apostando a ver hasta cuándo aguantarán sin caerse. Por lo que he visto su estado sigue siendo óptimo, y esto a pesar de que no ha cambiado nada en absoluto desde que me fui. Y eso que me fui y volví tres veces, pero el Casino sigue igual. Seguirá igual por los siglos de los siglos. Estoy segura de que no va a caerse nunca, de que nos salvará del tsunami, de que la ciudad y sus habitantes -unos setecientos mil, más o menos- podrían desaparecer, pero no el casino. El casino, nuestro casino, nos da garantía de existencia.
Hubo, en otro tiempo, una rambla de madera que se quemó. Su leyenda: Alfonsina Storni, la poest-isa suicida, se paseaba a su vera con un pañuelito de seda flotando en el adiós. Si fue verdad o no nunca lo sabremos, así son las leyendas. Antes de que se contruyera la definitiva, hubo cinco ramblas. Ya se sabía entonces que Mar del Plata sería la reina el Atlántico, se preveía su destino de principal centro turístico, ya sostenía su corona de granito. No sé, exactamente, cuándo se le puso el heterónimo -La Feliz-, aunque es más que probable que fuera hacia los años cuarenta, quizá antes, cuando las chicas llegaban del interior para casoriarse con un casinero, un constructor o un inmigrante italiano que trabajara en altura. Había que saber bailar el tango, la milonga, el swing. Ponerse de novia con un morocho canyengue parecido a Clark Gable y pasear por la rambla bien agarraditos. Eran los tiempos del club social, las polleras de organza, la murga callejera y el sueño del chalecito propio con piedra a la vista, que copió el estilo pintoresquista de las casas solariegas. Buenos tiempos. Tiempos de bonanza.
Quién sabe cuánto hará que los lobos marinos fueron confinados a una reserva junto a la escollera Sud, pero su recuerdo permanece inalterable en las dos moles de piedra esculpidas por Fioravanti, con algún graffiti por pelaje. Pandillas de pibes en gorrita hacen skype día y noche sin saber que a pocos metros de allí, hace muchos, muchos años, las vacas morían bien gordas.

Mar del Plata es marzo es bruma celeste y… ¡ al fin!, sosiego. (RAB, 1983)