11/12/15

Así como en Argentina


Me acuerdo de aquellos tiempos (no hace tanto tiempo). Salieron a batir cacerolas y hasta en los cacharros había diferencia. Ellos esgrimían cacerolas nuevitas. Las nuestras van pasando de generación en generación por necesidad. Recuerdo aquel 25 de mayo de 2011, la paradoja de vivir una revolución maya en otro país. Cuando me oían hablar -argentina hasta la médula- algunos me soltaban su admiración por la argentinian# revolution de 2001. Como si esto hubiera sido una epifanía -igual que la de ellos- y no una guerra sin cuartel donde la policía salió a matar. Para ellos, el nuestro era un ejemplo a imitar. Es lo que tiene ver la realidad bajo el prisma de la distancia, desde otro sesgo. Ver la vida desde la perspectiva del trueque, "como en Argentina".

Así que todo el mundo salió a regalar sus cosas, las que ya no servían -en muy buen estado-, y fue un detalle florido soñar con que ser pobre puede gestar una revolución de la conciencia. La crisis trajo sueños de decrecimiento, de huertas en casa, teatros callejeros, casas okupadas a la europea -no como las nuestras, que son prácticamente mala palabra, como para algunos es mala palabra la miseria-, comunidades autosustentables, bancos ecológicos, súbita amistad entre razas y colores... Era la izquierda romántica del mayo francés renaciendo en la plaza roja de la España post-industrial. Pacifista, clavelera, juvenil, intelectual, obstinada, resuelta… Era la España quijotesca que llevaba dormida por décadas, despertando en la posición del loto.

Tuvieron muy claro desde el principio que no arrojarían ni una sola piedra. No sé si ellos sabían que en la argentinian#revolution se arrojaron piedras.  Muchas. Que la gente no eligió dormir en la calle por convicción: la gente dormía en la calle porque no tenía dónde hacerlo. En esa época, eso sí, hubo muchos que aprendieron a partir el pan, las masitas, lo que hubiera… y no por afán de comer saludable, sino sólo por poder comer. Porque así fue la argentinian#revolution, y con piedras. No fue una revolución quijotesca, no. Fue una revolución sancha a rabiar, producto de necesidades urgentes, de la desesperación, la prepotencia y el robo. Éste no es un país fácil para nadie, chicos: un par de borceguíes de montaña comprados en la bucólica España, se deshacen en dos años caminando por cualquiera de nuestras calles. No intentéis subir montañas sin conocer el terreno: acá las revoluciones son hechas a la medida de la realidad. Acá duelen. Acá la realidad, como las revoluciones, son en vivo y en directo, en carne viva y sin filtros. Esto es El Dorado, hay oro para tirar para arriba y tierra a reventar. Pero ya está vendida. El oro, reservado. O vendido.

Por eso... mejor no imitéis esta revolución. Al fin y al cabo, España ya tuvo su guerra. Nosotros parece que nunca termináramos con la nuestra.