16/11/09

Oskar-moska


Mi madre nos ponía la merienda en una fiambrera dentro de la mochila. Ella se preocupaba por mí, que comía poco y andaba mucho, que era una cría nerviosa, un culo de mal asiento. Recuerdo que me llenaba la fiambrera con un enorme bocata de queso hecho con pan de higos secos y pipas de calabaza, para evitar las lombrices; pero igual no había manera de que yo me lo comiera todo. Un día le dije: “Madre, pónme algo ligero”, porque ya empezaba a hacer calor y a mí la comida siempre me ha caído pesada cuando hace calor. Oskar-moska estaba ahí conmigo, llenando su mochila sin prestar atención. Cuando llegó la hora de la merienda, me tumbé en un banco con mis colegas y saqué la fiambrera. Al notar que se movía, di un grito y la fiambrera voló por los aires.
¿Qué demonios había allí dentro?
Mis colegas y yo formamos corro alrededor, pero nadie se atrevía a abrirlo. “Bocata no”, dijo una chavala, “porque esas cosas no suelen saltar en las fiambreras”. Insecto ponzoñoso o mascota, tampoco, pensé, porque yo tenía un radar con esas cosas y me habría dado cuenta enseguida. Si de algo estaba segura era de dos cosas. Una: que mi madre no había tenido nada que ver con lo que fuera que hubiese dentro de la fiambrera. Y otra, que la curiosidad podía ser más fuerte que el miedo. Así que la abrí como pude con la punta del zapato.
Lo que encontramos en el fondo de la fiambrera fue un pajarillo medio atontado hecho una bola de plumas. Sorpresa general y alivio instantáneo, que degeneró en risas y en decepción al ver que el pájaro se desperezaba, echaba a volar, y se perdía en el cielo, lejos de nuestra vista. Nos quedamos felices y atónitas.
Entonces tropecé con Oskar-moska, que estaba ahí, a metros de mí. Al instante supe que había sido él.
“¿No querías algo ligero?”, me dijo.
Una semana después se fue a vivir con su madre.

Photo/post: Josef Hoflehner