22/3/09

Il cuore de la col


Ayer pensaba en el poder de las palabras. También en sus limitaciones. Pensaba en la incapacidad que tienen las palabras para trascender el ámbito de la experiencia. En el uso gratuito de las mismas, a la hora de referirnos a experiencias ajenas y discursos que por no haber sido leídos o escuchados jamás, hacen que parezcan fantasías, cuando no imposturas. Porque, en definitiva, las palabras no son más que vehículos que más allá de los gestos y las acciones, nos dejan en evidencia como indivíduos. Sin embargo, la palabra debería ser cosa seria, ya que en ella suele estar el germen de la acción.
Pero a mí lo que me interesa no es tanto lo que se dice como lo que no se dice. Y de lo que se dice, me interesa más lo que se manifiesta como discurso emocional que ideológico, que por experiencia he visto que no suele ser sino otra proyección del ego. Será por eso que me gusta tanto la literatura de ficción (y la pesca deportiva).
La ideología también me gusta, aunque hoy día parezca ser más bien un ejercicio perteneciente al territorio individual, poco puesto en práctica en lo colectivo. A todos nos gusta jactarnos de lo que hacemos y no hacemos, y para explicarlo de alguna manera, tienes que recurrir a las palabras. Qué poderosas son. Cuánto placer producen cuando las dice el poeta, qué duras suenan a veces, y cuántas satisfacciones nos aportan. Y también, cuántas decepciones.
Las palabras, nuestras hermanas pequeñas, mentirosas psicopáticas, malabaristas transversales, gestoras tanto del encuentro como del desencuentro, siempre en in-frecuencia con il cuore de la col. Porque ése, generalmente, suele revelarse a si mismo sin palabras -digan lo que digan los intelectualitos y los leguleyos del as de espadas (mundo de la mente)-, y no más que a fuerza de silencios, íntimas parcelas sin parapetos donde, por mucha artimaña que se ponga a tiro, no hay manera de ocultarse.

Photo/post: Pedro Strukelj