29/4/15

Los malos pensamientos (II): protestantes

Entro en una tienda a comprar comida. Me atiende una chica sonriente y me pregunta qué voy a llevar. Se lo digo, y mientras hace la faena, comenta:

- Qué hermoso día, ¿no?

Afuera hace frío, está nublado y a punto de lloviznar, sopla viento y tierra, y hay evidencia de que la ceniza volcánica llegó para quedarse, al menos por unos días. Pero ella lo encuentra hermoso. Podría pensarse que lo ha dicho por decir algo, pero no: se le nota que lo dice convencida, que para ella no es un simple comentario como para romper el hielo. Entonces intento imaginar cómo será eso de conformarse con tan poco. Yo no soy así: para decir que el día está hermoso tiene que estar hermoso. Como mínimo, que brille el sol. 
 
Cuando le voy a pagar me entrega una tarjeta de su iglesia. Y ahí caigo. Ahí me entero de que la chica es pentecostal. Claro, ahora comprendo el por qué de su expresión sobrada… la causa de su sonrisa inalterable (y también su falta de criterio de realidad). Ella está salvada. Y los que están salvados lo ven todo hermoso porque no viven en el mundo sino en el reino. Así que aunque llueva, truene, caigan centellas, haya eyecciones solares que fulminen el planeta, tsunamis que devoren pueblos enteros, volcanes que escupan cenizas a cientos de kilómetros, incendios devoradores, etc… ¡NO IMPORTA! Porque ella está salvada. Y como tiene el don del discernimiento (espiritual) se ha dado cuenta inmediatamente de que algo "anda mal" en mí. Así que me ha ofrecido su tarjeta, diciendo -con un aire entre solemne y misterioso- que se trata de "una invitación". 

Yo acepto la tarjeta por educación, le doy las gracias por amabilidad y me voy.

A los diez minutos se larga a llover fulero. Desde entonces ha estado lloviendo y no ha parado en casi todo el día. Llueve finito, como decimos acá. Es buenísimo que llueva así, porque eso precipitará la ceniza y mañana podremos hacer muñequitos de arcilla. Gólems que saldrán a limpiar las esquinas mugrientas antes de que amanezca pasado mañana. 

Todo depende del cristal con qué se mire.

Matizando, recién veía por segunda vez la película La playa. Verdad que no es gran cosa, especialmente porque no supieron profundizar en la parte del muchacho que dejan abandonado fuera de ese mundo pedorro y lleno de egoísmo disfrazado de felicidad en el que viven todos. Eso de buscar el edén viene siendo un lugar común desde que la cosa se perdió. Así que andamos levantando edenes por todas partes. Claro que en la construcción se van dejando cadáveres. Gente que molesta, digamos, que no da con el perfil. Gente que ha sido herida de muerte por un tiburón, por ejemplo.  

Acá en Sudamérica la cosa no es tan distinta. También se construyen edenes que dejan afuera a los heridos por tiburones, y esos edenes son las iglesias pentecostales. Y es irónico que esté diciendo esto, porque no hay persona que llegue a uno de esos templos sin haber estado herida. Lo que ocurre es que para dejar de sentir la dentellada, uno debe aceptar ciegamente lo que le dicen y no atreverse a dudar jamás. Porque la duda te arrojará nuevamente a las fauces del tiburón. En este aspecto el paralelismo con la película no es tan descabellado, ya que el desobediente, el rebelde de malos pesamientos, queda siempre fuera del paraíso.

Sin embargo son  muchos los que se quedan, y no debe ser casual que la cantidad de adeptos sea mayor cuanto más pobre y con menor formación sea la comunidad donde se asiente la iglesia. Y cuanto más pobre el entorno, más fea será la iglesia y más chillones sus colores. Esos templos parecieran querer compensar la densidad de la atmósfera y el abandono urbanístico y moral con una estética kitsch de plástico, casi disneylandesca, en edificios generalmente cuadrados, hangares, cines o teatros abandonados y sin ventilación, donde se concentran sin orificio de salida las energías erráticas de muchas personas. Se percibe el sincretismo entre el show-bussines evangélico for export y la magia santera sudamericana. Lo cual da por resultado un pastiche de lo más deprimente para cualquier persona con algo de buen gusto. La única iglesia evangélica que conocí en mi vida era blanca y clásica, no hubiera sido capaz de entrar en una de aquellas.

El boom de estos edenes ambulantes comenzó en los años 80, y llegó de la mano de los misioneros yanquis. Fue nuestra segunda gran colonización religiosa, tras los 500 años vaticanescos. Estuvo diseñada para adoctrinar al personal en el renunciamiento "al mundo", a fin de abrirles camino a las políticas de rapiñaje que iban llegando en paralelo con sus corporaciones. La diferencia con la película es que acá al paraíso te lo tenés que imaginar viviendo en un cuento paralelo. Que es la realidad del libro, el único libro -la biblia- ya que todos los demás son innecesarios y/o peligrosos. Los misioneros sabían que en Sudamérica no iba a ser necesario ofrecerles buena vida, que la la gente se conforma con imaginar que algún la tendrá. Y que si no llega a tenerla acá no importa, porque Dios nos tiene reservado un pedacito de paraíso como premio. 

Lo bueno de vivir dentro de ese edén, es que se puede ser y habitar dentro de un mundo muy chiquitito sin que importe en absoluto. Se puede ser y vivir sin ninguna ambición. No hay nada por qué luchar, ya que Dios lo hará por mí. Y como todo está en su mano nada está en la mía, así que lo que ocurra en el mundo poco importa. Estrés cero. Depresión cero. Responsabilidad cero... Entonces, ¿cómo no va a estar lindo afuera, aunque sople viento y tierra?