4/7/09

¿Sed de eternidad o de olvido?


Pongo este post porque puede aplicarse a otro puñado de perlas negras -y blancas- ya extintas. El texto es de lo mejorcito que he leído sobre canibalismo social, y la intención es sin ánimo de evaluar la calidad o no del artista reseñado: Michael Jackson. R.I.P

El 25 de junio pasado le decía a una amiga que, con su muerte, la vida de Michael Jackson podría a ser el gran tema de la literatura de los próximos años. Hace mucho que es un gran silencio. Una apatía angustiosa y miserable. Fue el héroe que nos deleitó con fruición y que luego nos despertó con una dosis de morfina en un concierto al miedo.
Lo que hoy podemos aplaudir (como se hace en el Bronx) es que haya recuperado la coherencia. Necesitaba un guía que lo salvara de su propia desaparición. Definitivamente, ha pasado a ser el siervo del Pop, el energúmeno de nuestras pesadillas, el don nadie que se desvive por morir su vida o por creer que muere todos los días a cierta hora de la tarde. El que quiso ser neutro. No tuvo ocasión de saber que era un mito. Era el logos de una mercancía que invadía nuestras recámaras para devorar la intimidad. Fue objeto del canibalismo más perverso.
Quizás por meses o años resurjan estos obituarios, las condolencias solidarias, los velones en la acera de enfrente, las imágenes turbias que descubrimos al salir de un supermercado donde nos hemos robado un espacio para comer en La Matica de la dominicanidad. Algunos se dedicarán a explotar tu muerte con la inteligencia de estos días de crisis democrática, para decirnos cuánto te amamos Michael, siempre estarás en nuestros corazones arrepentidos de pecar igual que tú. Podemos bendecirte aunque sea sin agua bendita por haber escrito un final inesperado. Ya no podías ocultar más el asco, la piel herida en un quirófano. Las drogas no pudieron salvarte de este epitafio que precede tu entrada al paraíso. Los negros de tu talla siempre mueren así. Te explotaron como una prostituta de Hunt Point. No eras tú el de la máscara del mono ni el del maquillaje misterioso. Te fuiste transformando en un extraño al reinventar un rostro. Te escondías en un color colonial. Tuviste más agallas que yo: luchaste por dejar de ser tú. Te fuiste como un negro que divirtió el circo.
Saltaste al vacío de este ayer para imaginar que ya por fin encontrarías tu identidad. Nada más terrible que morir sin ella. Los más diestros escribirían tu última biografía desautorizada. Hiciste lo mejor posible por dejar la casa en paz. Cabalgaste en tus caballos una vez más. Te columpiaste, como era de rigor y luego entraste, desnudo, en el zoológico vital. Tu vida fue como un sueño que duró demasiado. Ya ni O J Simpson, Jackie Robinson, ni el gran Mohamed Ali, ni los otros boxeadores negros que abrieron un signo de interrogación. Ni Martin Luther King ni los Panteras Negras ni el movimiento negro indígena de ahora y de ayer, ni Lemba ni Enriquillo, ni siquiera Rosa Park, pueden contener la presencia del llanto que un buen día derramamos por la caída de Jacques Viau un día como hoy de 1965.
Nadie puede perdonar tu imperfección aunque te exonere la grandeza. Tu muerte me ha hecho recordar a los budas de Bamiyan.El saqueo a la infancia no se inició con el asalto a la biblioteca de Irak. Tu muerte es el Tsunami de una hora sin color. Volviendo al tema, creo que nos faltaba algo grande. Necesitábamos con urgencia matar el aburrimiento y no fue suficiente con la cosecha mortuoria de Carradine, Farah Fawcett o Mía Farrow. Los políticos nos hastiaban con sus mentiras y sus necedades. Hacía falta la nada. Un vacío inoportuno y brutal. El hueco diario a donde nos hundimos sin la gracia de Dios, castigados por su masculinidad, desoído por su incertidumbre.
Mientras escribimos, alguien camina o hace el amor y mata desdeñosamente. Destruye con pasión algo de lo que queda. Hace mucho tiempo que Michael invade nuestra rutina para decirnos cómo mover las manos. Qué bueno que nunca tuviste pudor en la cintura cuando saltaste, hasta que el frenesí se apoderó de la breve vida de una orquídea o de los girasoles borrachos de este sol tan esperado. Algo se deshace en el misterio. La cordura más loca también se aprovecha de unos brazos cansados o de una cadera capaz de decirlo todo de una vez por todas. El rey del pop ha muerto. En venganza hicimos el amor sin que la tristeza se aposentara en la tierra. Nos dimos a seguir caminando, destapamos botellas de cicuta para brindar por esta muerte decidida antes de ayer. Hace mucho que eras un museo, una galería sumergida en un barco ebrio, en el destierro de la dicha.
Ahora la memoria ya no es Marilyn mostrando sus nalgas serpentinas, ni los sombríos imitadores de Elvis, ni tú lector que amaste y odiaste a Michael en su absoluta complejidad. Insisto en que el Bronx es un buen lugar para celebrar su muerte y para abrazar su legado. Después de todo, la acera que piso tiene la virtud de ser vituperable. El Bronx podría ser la tierra del santuario o quizás el cementerio negro de esta estrella fugaz, aunque no sepamos nunca cuando ocurrió este deseo, este paso indiferente hacia una eternidad ambigua. Los pretéritos nos traicionan. Fue en el Bronx que aprendimos a caminar por las calles, las cruzamos como toda lacivilización. Ya no le tenemos miedo a los semáforos, aunque hayamos adoptado el asfalto de esta ciudad segregada por todos lados. Nos alcanza una historia negra. Aquí robamos por primera vez o matamos a alguien o fuimos a la cárcel o violamos un niño o conocimos nuestro primer amor. El Bronx podría ser una buena tierra para que el eterno descanso del rey del Pop, la casa maldita donde todo es malo, excepto yo y mis ancestros.Tenemos ganas de inmolarnos de una vez por todas, para imitar a Michael. Pero nadie se atreve a administrar nuestras pastillas ni a donarnos una balsa vacía,dispuesta a sacarnos de aquí cuanto antes, de regreso a las telarañas del progreso.
Si nos garantizan el viaje, estoy seguro que desde Mahattan despegará un avión cargado de alimentos y medicamentos para lanzarlos sobre Grand Concourse. Desde los helicópteros que diariamente iluminan las noches de Saint Nicholas, saltarán paracaidistas abrazando paquetes de comida rápida o con papelitos que caen como cuando yo era niño, desde lo alto de una azotea donde crecen peces de muchos colores, asaltada por gringos. Todos me dicen que el rey del Pop ha muerto pero yo no lo creo. La muerte es el lujo que nos gastamos los de abajo, todos los días. Nos regalan ese paquete profundo y brillante, y esos huesos que hay que incinerar cuanto antes.



Tomás Modesto Galán, escritor dominicano.
Para © mediaIsla.