22/10/09

Guiada por el conejo blanco


La verdad es que le he dedicado demasiado tiempo a este blog. Llevo dos años escribiendo en él, y luego de abrir Fata Morgana debo confesar que mi interés por el pobre K-osmonauta cayó en picado. Hubo un tiempo en que me importaban mucho los comentarios, debatir con la gente y cosas como ésas; luego mis intereses empezaron a virar hacia otros derroteros. Me interesaba más re-educar mi ego, sacrificarlo, ponerlo un poco en la picota. Entiéndanse todas estas expresiones como metáforas exageradas y puro regusto por las palabras, porque en realidad, el ego se re-educa en la vida real y bien poco detrás de una pantalla de ordenador.
Hubo, también, despedidas para el K-osmonauta -hace días hubo una, semi, con la song de Beth, rindiendo un homenaje light a esos ochentas que hoy los chavales de la generación posterior llamarían decadentes-, cambios de http//:, llaves, candados y nuevas aperturas. Pero ya veis que siempre vuelvo.
Ha sido una experiencia muy fructífera esto de los blogs. Recuerdo la primera vez que leí algo sobre la existencia de bitácoras en la red, fue en un artículo escrito para el ADN; iba yo en el Metro rumbo al trabajo y pensé en una ventana abierta al mundo. Que es lo que son los blog: ventanillas al mundo para mostrar sólo parte de un miembro, una mano, una prenda vistosa, parte de una cara...
Lo bueno de que -al menos de momento- hayan dejado de interesarme tanto los blogs se debe, básicamente, a que le estaba dedicando más tiempo a ello que a escribir mi novela. Tengo una en desarrollo desde hace años, y teniendo ya los dos primeros borradores, he comenzado la versión definitiva. Lo que quería decir es que no lo supe hasta ayer. De repente me situé delante del texto, volví a leerlo y pensé: “Ah, pues… entonces ésta sería la versión definitiva”. No sé cómo harán esos escritores que escriben en las cafeterías o se inspiran en medio de la muchedumbre, o mientras echan un cigarrito con un amigo sacan una libreta y apuntan lo que les viene; yo no soy así. Necesito silencio, soledad, horas búho, hermetismo, soy muy típica. Y concentración.
Más aún: diría que necesito re-concentración.
Pues sucede que ahora estoy en esa fase, sólo que me apetecía tomarme un café por aquí y soltar alguna pista sobre El esquivador de langostas antes de que cierren. Nunca lo hago, no suelo escribir sobre lo que escribo. Soy tímida, me da grima. El otro día me preguntaron de qué va mi novela, y la verdad es que no he sabido qué decir. Es como cuando ven un cuadro, te preguntan: ¿y esa manchita que está ahí, qué significa? Sin embargo, los escritores son los que mejor suelen llevar el tema dialéctico a la hora de hablar sobre lo que en realidad debería leerse. Pues va sobre… un viaje. Es difícil, dificilísimo hablar sobre el esquivador, aunque (y hoy mientras venía de la compra lo pensaba, qué rica, diría Pepa frunciendo hoyuelos), podría decir que sí, que en efecto, es una novela que va sobre un viaje y un encuentro, y en síntesis sobre una amistad. Una gran, grandísima amistad.
Sin embargo, más que en el tema pensaba hoy en la atmósfera, en el placer que me produce la composición de esa odisea de los personajes dentro del espacio ficticio de la novela, pero más aún dentro de su propio paisaje mental, que es lo que verdaderamente me interesa. Y es lo que tira de mí a la hora de escribir. Pensaba en la re-contextualización de los espacios reales -Madrid, Barcelona, la Buenos Aires mítica del puerto de Santa María del Buen Ayre -, y ese ruido furibundo de la gran ciudad que puede ser cualquier cosa en el paisaje mental del escritor. En los puntos de contacto casi oníricos entre la sabana etíope y el inconmensurable desierto blanco de la Antártida (que aparecen, claro, en la novela). En el trabajo con los narradores -esas voces- mezclándose entre si y tan lejos de si, mis matrushkas verbales, con el único fin de re-construir el gran rompecabezas verbal que es una novela.
Y mientras pensaba en todo eso, llegué a la conclusión de que a la largo y a lo ancho de mi vida no he hecho más que viajar sin aferrarme mucho a nada, y tampoco a nadie -como no sea para volver al hogar para poder comer, que diría Calamaro-, y que si eso me ha servido para llegar hasta aquí, pues ¿qué remedio?, ánimo y a seguir.
A seguir escribiendo, que ya va siendo hora de escribir la definitiva.
Por eso no me paso tanto por aquí, ahora ya lo sabeis. Soy una persona muy indisciplinada (y perezosa, siempre lo he sido). No me da por sentarme de 10 a 11 a escribir mi blog y responder e-mails, y de 15 a 18 a leer el ensayo que está sobre la mesita y no cojo desde hace tres días, de 18 a 21 a terminar el último capítulo de segunda parte… pues no, ojalá pudiera, pero no. A mí ese tipo de rutinas, como que no. Para mí, la más perfecta forma de existencia sería vivir en un templo a 500 kilómetros de la gran ciudad, bajo un árbol de naranjos y mirando la lontananza. Babia absoluta. Así debería ser la vida, según creo, pero me ha tocado viajar y viajar. Y escribir. Tampoco me quejo, me gusta. Al fin y al cabo, todo lo que escribo aquí y fuera de aquí no es más que un cuaderno de viajes entre pasadizos subterráneos. Guiada por el conejo blanco de Alicia.