14/8/09

El billete de lotería

Hace un momento leía una nota sobre Hubert Selby Jr. -algo así como “el beat olvidado”-, y me dio por pensar que últimamente, escribir un libro, publicarlo y que se lea, parece ser algo así como comprar un billete de lotería y sacar el premio gordo o tirarlo a la papelera después de haber oído los números.
Es cosa bien sabida que el hecho de que un libro se venda o no -y consecuentemente, que ese escritor llegue o no a ser reconocido, o reconocido muchos años después (y con deficiencias), como le pasó al pobre Hubert- no depende, vaya novedad, de la calidad de la obra, sino del marketing. Basta con leer Plataforma, de Michel Houellebecq, para llegar a la conclusión de que en este mundo hay más gente con suerte que gente con talento.
Recuerdo haber llegado a ese libro con una cierta espectativa: me habían hablado muy bien del autor, y me bastaron unas cuántas páginas para empezar a entender por qué logró fichar: retrata a la perfección el sueño del yupi anómico y solitario enzarzado con una joven imposible, a lo que añade un par de reflexiones interesantes sobre la decadencia del mundo occidental, y un final de best-seller o telefilme barato que echa por la borda en tonos rositas toda la amargura y el cinismo, más o menos bien sostenidos, con el que pretende lucirse el francés.
¿Será que para que un autor verdaderamente “bizarro” llegue a reconocerse en este mundo, y a gran escala, tiene que pasar, como menos, medio siglo? No digo que en todos los casos, pero es algo que suele suceder. La única explicación que se me ocurre ahora mismo es que el porcentaje de lectores en busca de buena literatura sigue siendo menor al que busca el enterteiment.
Y aquí surje la pregunta de siempre: ¿es condición natural la búsqueda del enterteiment, o nos la imponen?¿Quién fue primero?¿El huevo o la gallina?
No es una pregunta ociosa, si se piensa en que también es condición natural que no nos guste que alguien nos sacuda una verdad incómoda. Razón por la cual, muchas veces, para que cierto autor llegue a ser reconocido por su calidad, tenga que pasar ese medio siglo del que hablaba más arriba, y siempre o casi siempre, pasado ese tiempo, se le endilgue la etiqueta de visionario, o adjetivo similar. Es la teoría del póstumo, del Van Gogh de la literatura. Como escribiera Haroldo Conti: tenía talento. Es decir, estaba condenado a la desesperación.
Cuando pienso en ellos, me sigue pareciendo una paradoja que hoy día en universidades, tertulias literarias, revistas especializadas, programas culturales, webs y blogs de corte literario o pseudoliterario (como éste, quizá) se siga hablando de ellos con tanta admiración. Que está justificada, naturalmente. A veces se trata de una admiración surgida de la nostalgia por los tiempos no vividos, con la crueldad de Artaud dulcificada por el hachís y el aullido de la generación beat agitando nuestras neuronas. Esas vidas bien jodidas, que hoy suenan a mito de reviente y autodestrucción, se compran y se consumen como parte de un vouyerismo que para muchos no es sino el disfraz de un vacío vital que jamás será reconocido (no puede reconocerse algo que no se conoce).
Pienso, entonces, en el billete de lotería. En el puente, en el barco y en el rincón de metro. En qué estarían pensando esos “malditos” que, como dijera Hubert Selby, me sabía el alfabeto, así que decidí que me convertiría en escritor, durante ese lapsus meditativo que significa escribir, con la saludable dosis de desesperación que se requiere para ello. Quizá ellos no fueran gente astuta, como Houellebecq, sino simplemente escritores. Nisiquiera “unos vividores”, como hay quien los pinta, sino sólo hombres y mujeres con sus circunstancias, en gran mayoría sin crédito para sentar cátedra. Gente sin currículum.
Curioso que los de hoy sean en su mayoría catedráticos, profesionales de la salud, conferencistas, viajeros (nunca cuentan cómo se financian los viajes, eso para mí sigue siendo un misterio), empresarios, publicistas… Nunca un fabricante de alfombras, nunca un pastor (Miguel Hernández lo era, gran oficio), nunca una dependienta, nunca un telefonista, nunca… una vendedora de lotería (creo que hay una cantaora: La niña de los cupones, es lo que tiene el flamenco), nunca un parado, una parada. Nunca un mecánico de coches, y pocas veces un carpintero. Ni hablar de una bailarina exótica, o una puta -recuerdo ahora el magnífico personaje interpretado por Sandra Oh en aquella tan imperfecta como entrañable película de Michael Radford, Blue Iguana-; o de un taxista.
Y no, porque como aquellos viejos malditos hoy tan rentables, tan reseñables (y en ocasiones, tan sobrevalorados) parece que esa gente formara parte de la fauna personajil, o es lo que se prefiere creer a la hora de enhebrar, entre otras cosas, un currículum autoral.
Mientras tanto, el bicho humano quiere que le entretengan. En lo posible, sin ahondar demasiado en sus lacras y deficiencias, y si se hace, que se haga desde un contexto que ya sea historia. Por eso, y recordando un poco a Hubert Selby Jr., a los beat, y a toda esa caterva de yonquis escritores -o escritores yonquis y borrachos- ya muertos y bien muertos, que cuando no les daba por vivir bajo un puente lo hacían en un barco, o mismamente en la calle, me vino a la memoria Alex Trocchi, aquel Bourroghs escocés nacido dos años antes que mi madre y muerto allá por los ‘80. Otro goghie de culto.
Acerca de su particular billete de lotería, Alex escribió:

Esto, pues, es el comienzo, un intento de organizar un mar de experiencias ambiguas, un dique provisional, un gambito.
Al terminarlo, no debería preocuparme estimar lo que he conseguido. ¿En términos de arte y literatura? Son conceptos sobre los que a veces leo, pero que no tienen ninguna relación íntima con lo que hago, enseño, oculto. Llega el final y sigo sentado aquí, escribiendo, con la sensación de que no he empezado a decir lo que pretendía, en apariencia todavía cuerdo, y con un sentido de mi libertad y mi responsabilidad más o menos tan desarraigado como antes de empezar, y con la intención de, en cuanto haya terminado este párrafo, irme a la habitación de al lado a colocarme. Después llamaré por teléfono a los que amablemente han expresado su deseo de publicar este documento para decirles que ya está listo, o lo más listo que podrá estar nunca, y me sorprende sentir que me quito un peso de encima, igual que aquella vez le ocurrió a Moria al sentir que le quitaban un peso de encima un día de Año Nuevo, y vuelvo a ser consciente de que nada termina nunca y, ciertamente, esto tampoco.
(Alex Trocchi, El libro de Caín, Anagrama).



Nunca termina Alex. Sólo quienes intentan evitar una verdad incómoda creen en el final. Y mientras lo hacen, esperan a que alguien les entretenga.