5/12/09

Los libros

Por si todavía queda alguien que no lo sepa, éste fue el primero que llegó a mis manos:



Una no se marcha sin traerse los libros más queridos; ni hablar del primero, haya sido el diario de Enrique o un ejemplar deshecho de su cómic favorito. Hay dos o tres centenares de libros que tuvieron que quedarse al otro lado del charco, y que no obstante ocupan un lugar privilegiado en el archivo de mi memoria. Libros que jamás se olvidarán. Libros que leía con delicia bajo los efectos de la penicilina, en la cama, y generalmente en invierno, que es la mejor manera de leer. Libros robados a mi padre, y tan dispares como La peste, de Camus, Yo viví con los jíbaros, o la grandiosa autobiografía Papillon, del macarra francés que luchó entre diablos antes de arrojarse a la mar en una balsa de cocos. Ese libro estaba prohibido en casa, pero yo lo robé y me lo leí, como le robaba a mi madre las tijeras para construir mis “revistas” personales confeccionadas a base de dibujos, recortes, viñetas y poemas, que después acabaría rifando en la escuela (razón por la cual casi me expulsan, qué tiempos aquellos).


Sin embargo, que yo recuerde, la primera narración que llegó a mis manos fue El lobo y los siete cabritos, de editorial Troquel. Era una colección de libros infantiles, troquelados, que pasaban a mejor vida conforme iban llegando nuevos niños a la familia. Como pasarían a mejor vida los números viejos de la Billiken que coleccionaba mi prima Cris, que en cada uno traía un nuevo capítulo en versión comic de mi adorada Alice in the wonderland, con un diminuto sobre en la última página anunciando, misteriosamente, la distribución vía postal de unas criaturas que crecían en el agua, semejantes a mojarritas, llamadas billikines. El primer timo y la primera gran decepción de mi infancia.
Cuando pienso en la literatura, en todo lo que me ha dado, pienso en primer lugar en aquellos viejos libros, cuentos y revistas infantiles que alimentaban mis eternas horas al calor de una estufa de keroseno, en la casa de la calle Rosales. Pienso en una generación criada al apaño de un Telefunken de veinte pulgadas metido en un chasis de fórmica, en los únicos dos canales de televisión que hacían llegar el mundo a nuestros salones, un mundo mucho más pequeño que el de hoy, tan global, tan fugaz, tan fragmentariamente cruel. Entonces se hacía necesaria e imprescindible la presencia de la literatura en cualquiera de sus formas, había un hambre de conocer, de leer, de aprender y aprehender todo lo que llegara a nuestras mentes glotonas.
Eran los tiempos de la simple impregnación, de la avidez sin filtraciones, de la absorción de conocimiento por el conocimiento. Leer por leer. Leer para saber. Leer para volver a leer. Leer para mejorar la lectura aún titubeante de los manuales escolares, el Coloquio de perros cervantino. El hada de los pájaros: érase que se era, en la ciudad de Nüremberg... Las dos peñas. El cuento de la niña cuya madre moriría cuando cayeran las primeras hojas de otoño, y que ató las diez mil hojas de los diez mil árboles del reino, despistando a la muerte. Leer para escribir. Escribir con la lengua entre los dientes, y apretando la por entonces pluma marca Perfecta, que se cargaba con un cartucho que sangraba sangre azul entre los dedos.
Tom Sawyer, Príncipe y mendigo, Moby Dick… los novelones de Dickens, los de Verne, la gran Jane Eyre, la colección Robin Hood, paradigma absoluto de las adaptaciones infantiles, un caso de mutilación literaria que daría muchas satisfaciones a los niños y a sus editores. Versiones infantiles edulcoradas, pacatas, reivindicadas años más tarde en alguna biblioteca para adultos o en alguna librería de las de verdad.Y las de adolescente: Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou, la del muchacho salvaje cuyo llanto te sacudía como los huracanes -así es el llanto de un hombre, curioso el flash back de Chico Carlo que haría a mis veintipocos en el ojo de un verdadero huracán-, el pícaro lazarillo y su primo el Guzmán, el singular Minguito, de Vasconcelos, ese niño que aprendió a ser hombre con cinco años, Judith y las rosas, Las de Barranco, y la triste Alfonsina con su pañuelito blanco paseando por la playa antes de hundirse definitivamente entre las caracolas (nunca me gustó Alfonsina, ya lo sabía bien mi profe de segundo del insti). Ana Frank, y ¡Jettatore!, de Leopoldo de Laferrere. Simultáneamente, llegaría la trilogía bestelleriana y gringa de Sarah T, Born Inocent y Propiedad D. Salvedades que pasaban de mano en mano en los tiempos de la cajetilla de cigarrillos en el bolsillo del guardapolvos y la carpeta de pasta negra descantillada a propósito. Basura prescindible aunque jugosa en los tiempos del enterteiment sustentado en la ética de éstas-son-las-cosas-que-les-pasa-a-las-chicas-no malas, sino a las que se portan mal, que es cosa distinta.Y por supuesto, Las 11mil vergas, en edición de bolsillo, importada, cutre, en el ofertón. Autores y títulos que ni falta hace que recuerde, aunque algunos sí: El árbol de Judas, de A. J Cronin, Los caminos a Katmandú, de René Barjavel, y otra docena de best-sellers. Avenida del parque 79; así es: Harold Robbins sería durante décadas el Dan Brown de nuestra era. Hubo quien dijo que Harold no existía como indivíduo sino como entidad múltiple de ghost writers que escribían bajo ese nombre. Harold conseguiría entetener alguna tarde de playa allá por mis quince años, cuando nisiquiera sospechaba el nombre de Rimbaud. De motu propio, llegaban pocos, y me encantaba envenenarme en la biblioteca de la muni con viejísimos e ignotos relatos sobre mesas giratorias, ectoplasmas y fantasmas dieciochescos. Eran libros que no consultaba nadie, y había que ver la cara de la bibliotecaria cuando entraba yo. Como perla negra, cabe mencionar un libro de León Blum, Educación para la muerte, sobre el nazismo, que me inspiró una novela breve que vaya a saber por dónde andará.Hasta que llegó, como decía, Rimbaud. A la avanzada edad de diecinueve años -la misma que tenía él cuando escribió Las iluminaciones- Rimbaud me llegó como una salva de fuegos de artificio sobre un campo fértil y sin hollar. Tierra de labranza lista para la siembra. Me inscribí en Filología, pero fue un error. Demasiados libros. Fui una estudiante mediocre, patosa, no me iba el ambiente académico. Las polémicas que se montaban sobre estructuralismo ruso, la semiótica de Greimás, o las normas morales de Catón el Viejo, expuestas con voz monocorde por un frío profesor de latín que ponía cruces rojas a los que asistíamos a las sentadas que se hacían para pedir presupuesto, acabaron por minar mi paciencia. Disfrutaba más en cierta biblioteca de barrio, una verdadera joya de acumulaciones gratuitas por donación, que en la universidad oyendo a los más puestos hablar de Lautréamont o de Piglia, como si no hubiera vida más allá de la literatura. Yo no servía para eso, nunca he tenido ese carácter.

Aquella biblioteca tenía su sede en el garaje de unos amigos militantes de cierto partido político y estaba situada en el barrio más bajo y al sur de la ciudad. La pampa empezaba a cien metros de esa casa, una pradera verde salpicada de árboles de copa aplanada, casas destartaladas y un taller mecánico con un cartel que ponía: Se vende pero sin ruedas, sobre un chasis herrumbroso. Tercermundo absoluto, y mira por dónde que en esa biblioteca fui a dar con una edición antigua, y entelada, de Las olas. Tendrían medio millar de libros, muchos de ellos de ediciones inencontrables, por no hablar de los cómic, o viejos números de la revista Sur y Unicornio.
Los libros. Aunque parezca una paradoja, abandoné la universidad por amor a los libros. Nunca me he arrepentido. Los volví a coger cuando ingresé en Bellas Artes y pude liberar mi censura interna a la hora de escribir. Rindo aquí mi homenaje a los libros, a mis primeros libros, a los libros que por prurito, por desidia o por vergüenza, quedan aparcados en el trastero de la memoria celular en la vida de cualquier narrador, y que por tanto nunca o casi nunca se nombran. Esos libros que ha leído todo el mundo, esos que no entran en las reseñas, esos que a menudo son tratados con desprecio, pero que aún así van poco a poco construyendo una particular memoria y que, a fuerza de prueba y error, abren espacios a nuevas y mejores lecturas. Los libros, en definitiva. Todos los libros.