13/3/10

En la fragua de Vulcano

De la mano del poeta, editor y crítico Carlos Morales, recibí hace un tiempo un puñado de libros de la Editorial El Toro de Barro. Luego de leer Coexistence, le envié un e-mail donde ponía:
Creo que Coexistence es sencillamente demoledor. No sé si el epíteto es el correcto, pero es fiel reflejo de la manera en que me ha afectado. Una perla negra en el yerbal. Y es grande el yerbal. La perla, en cambio, es preciosa.
No hemos tenido oportunidad, aún, de conversar en profundidad sobre esos libros. Libros cuya austera edición, hecha se ve que a base de sacrificios y con el capital justo y necesario como para que salieran a la luz anaranjados y relucientes, con su logo a la vieja usanza y su colofón que incluye no sólo la fecha de impresión, sino la festividad que se celebraba ese día, me han producido una emoción que roza con la reminiscencia. No sé por qué, al primer vistazo he pensado en Vulcano, aquel dios de las fraguas, el artesano de los dioses, forjador del hierro, escultor, socio y primo hermano del fuego, que lo hacía todo a golpe de martillo sobre el yunque, capaz de convertir la materia más rústica en fabulosas obras de arte y también en armaduras. Debí, quizá, pensar en leñadores y en fábricas de papel, cuyos efluvios me embriagan siempre que cojo un libro antiguo -estos no lo son- por ese aroma que tienen y que dan la impresión de tener en la mano una cosa viva, más allá del testimonio que contengan.
Sin embargo, Vulcano es, para mí, el paradigma del artesano. Ya se sabe que un libro sin fuego podrá ser un libro, pero suele quedar en el olvido. Coexistence, en cambio, mantiene encendida la antorcha, se vale del martillo cuando es necesario, se hace yunque cuando el poeta tiene el valor de admitir su dolor y es, ante todo, fuego. Sabemos que el fuego puede destruirlo todo, pero no olvidemos que como todo en la naturaleza, el fuego es también capaz de fundir. El fuego, en Coexistence, busca la reconciliación en la fusión, la unidad en la multiplicidad, y es un ejercicio de exorcismo para los demonios que marcan unas diferencias sólo aparentemente inconciliables entre dos pueblos que, vistos en lo profundo, representan la eterna dualidad entre el espíritu y el ego, que es por lo mismo nuestra propia dualidad universal.
Por eso la poesía, cuando es grande -que es el caso de Coexistence, antología breve de poesía árabe y hebrea contemporánea: Nathán Yonathán, Mahomed Alí Taha, Margalit Matitiahu, Pnina Amir, Naim Araidy, Shamer Hahir- se le clava a uno, y busca en los bancos de los parques su libertad y su reconocmiento en un lector que tenga a bien elegir las más cotidianas geografías para disfrutarla. Porque Coexistence necesita aire, un buen aire, y también necesita de una aguja, una buena aguja por la que pasar su fantástico camello que es como un milagro.
Pero lo que más me has gustado de Coexistence es que me ha devuelto la pasión por la poesía, el deseo de abrir un libro -sea de poesía, sea de narrativa- y acabarlo sin que me aburra al llegar a la tercera página, y esto sí que es todo un acontecimiento. En un mundo acomodaticio y plano donde parece que ya todo ha sido escrito y rubricado, Coexistence se alza como un gigante con su carga de sentido existencial, y ante tanta honestidad es imposible que su lectura pueda dejar indiferente. Poesía que no se trata de un devaneo con el lenguaje, sino de un vivir a filo entre el lenguaje y la vida real. Poesía que da en el blanco, como una bala, como un beso profundo.
Para terminar, y en homenaje a estos poetas del desierto, he seleccionado dos para poner. Aquí van:

He regresado a la aldea (Naim Araidy)
He regresado a la aldea
donde aprendí a llorar por primera vez.
Regresé a la montaña
donde la naturaleza es un paisaje
que no precisa de fotografías.
Regresé al hogar que esculpieron en las rocas
mis antepasados.
He regresado al centro de mí mismo,
como yo quería.
He vuelto a la aldea
porque, abandonado por la poesía
soñaba el difícil nacimiento de za 'atar
y el aún más difícil de las suaves
espigas en la tierra abandonada,
donde yo un día soñé el amor naciente.
He regresado a la aldea
en la que viví una vida antes de mi vida,
raíz de diez mil viñedos
sobre la tierra buena
hasta que el viento llegó,
y me arrastró lejos y me devolvió, de nuevo,
a una vida nueva, como un penitente que arrastra
su pecado.
¡Ay, sueño mío número treinta y dos,
he aquí los senderos desaparecidos,
casas tan altas como torres de Babel,
ay, pesado sueño mío
del que jamás brotará retoño!
¿Dónde están los hijos de la pobreza,
abandonados como las hojas muertas?
Nada queda ya de la que fue mi aldea,
sólo el nombre de aquellas viejas sendas
que hoy solamente son caminos de negro asfalto.
¡Ay, mi pequeña aldea se ha rendido
a los espejismos de la Civilización!
A mi aldea he vuelto, sí,
más ya no escucho el ladrido de los perros,
y el palomar se ha vuelto una torre iluminada.
Ya nunca podré imitar con los segadores
la música del ruiseñor,
pues nada permanece ya de aquellos campesinos,
convertidos hoy en braceros a sueldo
con las gargantas llenas de humo.
¡Ay, mi sueño es como un pesado risco:
he vuelto a mi aldea huyendo de la Civilización
como un hijo que viniendo del exilio
otro exilio encontrara más amargo.


Algún día (Shamer Khair)
No los conozco.
No me despertaré con ellos antes del amanecer
ni estaba de pie con ellos
cuando las sombras abandonaban el poblado.
Tampoco bebí una gota de sangre
bajo los caballos blancos.
Sólo escuché el llanto de mi madre.
Nada supe del calor de sus pasos,
salvo la bondad de mi madre;
nada sabía de su futuro,
excepto esos trazos que se extienden ante mí.
Y abro mi corazón,
y siento que podría entrar en su dolor.
Algún día en el cementerio del poblado
tampoco ellos sabrán de mí.
Esta es una niña pequeña
cuyo pelo cubrieron de granadas.
Sintió que la despedazaban
justo antes de la muerte del rocío.
Aquella es una mujer
cuyo amanecer fue asesinado
cuando descubrió su pecho
a la boca de bello amante.
No, no te estoy diciendo
que resucitarán, no.
Ninguna víctima regresó jamás
de la tierra de los poemas.


Coexistence. Ed. El Toro de Barro, Cuenca 2002.