31/3/08

Hitler mordió la cápsula


Hitler mordió una cápsula de cianuro. Quizá ésa haya sido la única decisión sensata que tomó en su vida. Habrá sido un loco o un devoto -e inclusive, un ingénuo- pero me atrevo a decir que, en parte, la suya fue una guerra romántica. Sanguinaria, pero romántica al fin. Entre otras razones, el Führer fracasó porque su modelo de dominio basado en el viejo sueño de resurgimiento de la orden teutónica resultaba inviable en un mundo, y una época, donde ya empezaba a empollar el capital, un ente abstracto para el cual la jerarquía racial nunca ha sido tan importante como la jerarquía de clase. Había una guerra detrás- algo menos romántica -que no era la de él.

Tal es así, que a pesar de la sangre, los hornos crematorios, los cincuenta millones de muertos, los experimentos genéticos, el genocidio, el abandono de Berlín, y toda la literatura, mesiánica y no mesiánica, que le define sin lugar a dudas como el peor criminal de todos los tiempos, Hitler cometió el terrible error de actuar como un creyente. Porque Hitler creyó. En él mismo, claro, pero creyó. Era un idealista, no un demócrata.

Si hemos de compararla con la de Hitler, la estrategia de los aliados lleva en vigencia más de cincuenta años. ¿Cómo puede explicarse, sino, que Hiroshima haya sucedido en agosto de 1945 y Alemania haya anunciado su rendición a principios de mayo del mismo año? Alemania resultó ser un excelente teatro de operaciones, la jaula de las marmotas, una noria de diseño: mientras Hitler deliraba, Roosvelt, Stalin, Churchill y De Gaulle le hacían una ofensiva terminal con miras a un futuro por fin libre. Libre de... pues de eso, de Hitler. Y finalmente, cuándo a éste se le quitara de la cabeza el martillo de Thor y mordiera su cápsula, muriendo, como buen romántico, por mano propia (o diente propio), y nada más que por si mismo; ellos podrían implantar su novum ordo seclorum amparados en la fábula de la democracia restaurada. Como era de esperar, Hollywood recibió el encargo de distribuir la propaganda. Ya lo había dicho Goebbels en su día: Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

La famosa foto de la conferencia de Yalta -un espléndido retrato en blanco y negro de los tres potentados; yo supongo que también iría en la Viking -sigue siendo un clissé de nuestro tiempo, y hasta donde yo sé, continúa saliendo en los manuales de historia. Siempre me pareció una foto profundamente abrumadora: nos recuerda con alivio que al final siempre ganan los buenos, que la razón se impone sobre la fuerza, y la justicia sobre el crímen. Ante una amenaza tan horrenda como el nazismo, cualquiera que nos librara de él, fuese quien fuese, podía convertirse en un salvador. El instinto de superviviencia, como la desesperación y el hambre, no son detallistas.

Fijaos en la indumentaria de los tres caballeros que aparecen en el retrato: Roosvelt, al centro, elegantísimo él en su traje de chaqueta y corbata, con las piernas cruzadas, dá la talla de un hombre de clase. Sostiene algo en la mano; supongo que será un cigarro con boquilla, o un puro, aunque por el color me dá en la espina que es más bien un cigarro. Los otros dos -Stalin y Churchill, embutidos ambos en sus trajes militares- uno a la derecha (de la foto), el otro, obviamente, a la izquierda (de la foto) tienen más pinta de ser unos sabuesos satisfechos que unos mandatarios. Churchill se aplasta en su silla con cara de gusto, muy relajado, como si acabara de comerse un gigantesco chuletón de Ávila y todavía le sabiera el jugo en la boca. Sostiene algo en la mano, también; y parece ser un libro (no olvidemos que fue premio Nóbel de Literatura). Stalin se pavonea. No es de extrañar que Lennin no se fiara de él.

Mirad una versión (algo más profana) de la misma Conferencia:

Siendo, como soy, hija de un ex-combatiente de la segunda guerra mundial, cuando era niña no podía menos que sentir gratitud hacia estos tres señores que posan ahora en mi blog. Si bien mi opinión sobre ellos ha virado algunos grados, sigue fascinándome el poder referencial de la imagen. Como os fascinará a vosotros. No es ninguna novedad que puede más lo que quieren mostrarnos que lo que en realidad se vé; si es que lo que se vé no se confunde con lo que quieren mostrarnos (ya, ya, esta idea es un tópico; haced de cuenta que no la habeis leído). Lo que quiero decir es que ningún verdadero redentor sale en las fotos. Aunque quizá por entonces todavía salieran, y estos tres caballeros hayan sido, en su momento, auténticos.
He aquí, pues la Sábana Santa de la Conferencia de Yalta: una instantánea que no volverá a cogerse jamás, y no porque sus protagonistas ya críen malvas, sino porque este tipo de gente ya no sale en fotos. Hoy en día, todo lo que podemos ver, o acaso intuir, es una multifacética red de símbolos montados sobre un artefacto comunicacional cuya sofisticación resulta tan compleja como inalcanzable: ya no son tres, pueden ser cientos. Sólo que nunca les veremos. Lo que vemos no es lo que es, sino lo que quieren mostrarnos.

Y tanto, que conviene que se escriban libros sobre ellos. Conviene, inclusive, que corran rumores sobre amenazas de muerte a periodistas e investigadores y que sólo sean rumores, ya que el hecho de que sigan vivos es la prueba fehaciente de que las teorías conspiratorias son sólo eso, teorías. Más leña al fuego de la paranoia colectiva. El Novus ordo seclorum no es más que un triangulillo misterioso impreso en el reverso de un billete de dólar. Como el gorro frigio, y las dos runas que llevaban los SS en el cuello de sus chaquetas militares. La conspiración no existe. Y si existe, qué importa, mientras me llegue para pagar la hipoteca. El grupo Bilberberg controla el mundo: ¿quién estará detrás del grupo Bilberberg? Thor tenía un rottweiler llamado Hitler, pero se le escapó y le hizo creer a -casi- todo el mundo que era el Anticristo.

¿Hay vida fuera? Sí, pero que no sea un demócrata, por favor. Cuando las ideas se convierten en palabras es buena cosa, pero cuando éstas acaban devorando el concepto, la palabra se convierte en sólo imagen acústica, que de tanto oirse y no practicarse acaba vaciándose de contenido y ya nadie, o muy pocos, se la creen.

¿Hay vida fuera? Sí; y gente que se mueve en la luz que toda sombra deja. Con fotos o sin, las sociedades secretas ya no existen.