9/1/10

Anacrónika

Recién hablaba con un amigo que me comentaba que los libros que se hacen hoy día están hechos para durar unos 80 o 90 años, un tema interesante, ya que los papiros y toda la historia que nos llega ha sido diseñada en su momento para que pudiera durar, nuestra civilización lo atestigua. Es decir que si la nuestra desapareciera, nuestros presuntos visitantes poco sabrían de nosotros, dada la ética de lo efímero que impera en todas partes.
Me produce cierta tristeza saber que hemos perdido el interés por lo artesanal, y esto me lleva más lejos. Me lleva a la reflexión sobre la artesanía del sentimiento, sobre la minimización de la bondad humana y la desidia hacia la ternura que impera en el afuera. La palabra que me viene rondando desde 2001 es: DESIDIA. Todo el mundo se queja o la pone de manifiesto, o la intuye, o le molesta, pero en el fondo no importa en realidad, porque el lastre continúa y se esparce de manera sutil entre amigos, conocidos y el rizomático etcétera de los amigos de los conocidos. ¿Es que ha muerto la sencillez del encuentro casual y la espontaneidad del sentimiento, y cuando alguien lo pone en evidencia se da a entender que un individuo "maduro y civilizado" no puede siquiera considerar esas cosas?¿O existe, y yo me lo estoy perdiendo? Y si existe y yo me lo estoy perdiendo, ¿por qué tengo encuentros con gente que se queja de lo mismo y siente una extraña, diría que angustiante, nostalgia por tiempos "perdidos" que en realidad nuestra generación recuerda como parte de una cierta prehistoria? Y sobre todo, y lo que me resulta más terrorífico, ¿por qué nos lo tomamos como algo natural?¿Por qué esa suerte de "dipsepsia coronaria", ese malestar, en vez de ser una singularidad se ha convertido en algo a lo que, en última instancia, deberíamos acostumbrarnos?¿Sirve de algo reseñar la alienación del humano y continuar encapsulados en nuestro propio recinto social, quizá tan solos como el espejo que nos refleja, y más bien convencidos de nuestra impotencia? O creyendo que la impotencia es real y no una elección. O temblando ante la insensatez de alguien que de pronto se alza en una singularidad: la del desborde emocional.
Entonces, ¿es de sorprender ese desborde emocional, cuando hasta hace poco rato hemos estado hablando de ello, siempre en términos abstractos?¿Eso también debería ser natural?¿Pasaría con las relaciones humanas lo mismo que podría pasar con los libros si esta civilización de I-pods, bibliotecas virtuales y redes sociales abstractas desapareciera? Y si fuera así, ¿quién quedaría para atestiguarla? Y no porque no hayamos sido avisados. Y no porque no lo sepamos. Y no porque vaya realmente a suceder -esto es solamente una reflexión-, sino porque nos pasa y hemos aprendido a convivir con ello, con la desidia ante lo efímero, con la reflexión gratuita ante el lamento ajeno y la gelidez emocional autoimpartida, aceptándolo como si fuera un hecho natural. Pasamos hasta del derecho a ser tiernos con nosotros mismos, ya que preferimos difundir una imagen de fortaleza -falsa, generalmente- donde el dolor, la perplejidad, la anomía, la soledad de los acompañados (que es el peor tipo de soledad), el aburrimiento, la loboestepariez urbanita y todo aquello de lo que tanto se habla y se reflexiona y se trata con la perturbadora sutileza de una civilización que ya goza, o padece, de un glaucoma terminal -y lo sabemos-, sean considerados singularidades propias de individuos no adaptados y outsiders. Incluso hasta lo hemos legalizado. Supongo que para muchos, este discurso podrá sonar anacrónico. Seguro que lo es.