21/2/08

La puerta en las narices

En la zona de Méndez Álvaro, Madrid, hay una caseta abandonada por el Ayuntamiento, que ha sido ocupada por cuatro vagabundos de 4 nacionalidades: un venezolano, un español, un ecuatoriano y un estadounidense. La caseta, hecha polvo y llena de graffitis, consta de unos 8 metros cuadrados larvarios divididos en dos habitaciones diminutas y un baño. Los nombres de sus habitantes no me los sé, pero hoy salía en el diario de la mañana la foto de uno de ellos junto a la puerta. Según cuentan, están bien integrados al vecindario, e incluso se dedican a cuidar los coches para que la gente se fíe de ellos. No quieren problemas: sólo buscan un techo.
Lo más insólito del relato estriba en que alguien les arrancó la puerta de la caseta: “No sé para qué, si de todos modos no hallarán objetos de valor”, apunta el venezolano. Naturalmente, el paisaje de fondo son las grúas y los nuevos pisos de 180.000 euros que se construyen en torno a la estación. Lo que se pregunta la gente del PSOE es que se hará con la caseta. Parece ser que la misma dá “mala presencia” al entorno y habrá que quitarla. Así que estos vagabundos multirraciales tendrán que buscarse otra.
Mientras leía, yo me preguntaba quién les habrá arrancado la puerta. Quizá alguien rabioso de que estos inadaptados se dén el lujo de vivir sin currar y para colmo tengan un techo gratuito donde tomarse unos daikiris sin tener que pagar una hipoteca. O hacer alguna cosa peor. Gente rara. O sea, pobres. Yonquis. Está claro que a ningún hijo de vecino se le ocurriría hacer una cosa como ésa, pero cuando el río suena… intolerancia trae, así que mejor le arrancamos la puerta y que se vayan a tomar por saco. A otra parte. Donde no se vea, y además, no tenga que salir en el diario.

Photo/Post: Mobu