15/2/14

De la Propiedad (de la apropiación humana de la Tierra)



Ricardo Paredes Vassallo 
Tomado del Libro: LA PLAGA HUMANA
 
A todo lo material, perteneciente a la naturaleza, y que los hombres tomaron como propiedad y llaman “mío”, lo considero como esencia de su miseria. Pues, el derecho de posesión que cree tener el hombre sobre la Tierra y sus elementos yertos y vivos, es el núcleo de la actual catástrofe pero que se ha desarrollado en milenios. Para que se entienda mejor, debemos aproximarnos más objetivamente a este espinoso asunto:

1. Condenar a la sacra propiedad, en medio del proceso de globalización capitalista, parecerá una blasfemia y una traición a la sociedad humana victoriosa. Los habitantes de los países “en desarrollo” y de esos países “desarrollados”, más aquella gente que aspira a una parten del botín del planeta, dirán: ¿De dónde salió este asocial, irresponsable? ¿Pretende convencernos que la propiedad es mala? ¿Cómo concibe al hombre en el mundo…, sin objetos personales y en las nubes?

2. Hoy debemos condenar a la propiedad como otros justos hombres la condenaron en el pasado . Por eso, expresamente digo al hombre nuevo (a ese que renacerá de las cenizas de esta civilizacion): “La propiedad es la madre de la miseria de la humananidad. La propiedad alienta y justifica la voracidad humana. En la propiedad está el germen de la destrucción de la Vida en la Tierra” . 

3. Y todos la debemos condenar y anular. Porque si no anulamos a la propiedad como al instrumento más poderoso de destrucción que tiene en las manos el individuo, ¿cómo podríamos detener a la Plaga Humana? ¿No sería ilusorio, inefectivo e hipócrita el esfuerzo ulterior que se haga para neutralizar la destrucción de la Tierra?¿No la debemos erradicar como instrumento político de la sociedad, del individuo, y de los grupos? Sí, puesto que cuanto mayor sea esta propiedad, mayor será su poder destructivo: Pues, en las manos del hombre la propiedad sobre lo necesario es una bendición, una maldición cuando esa propiedad se extiende y sobrepasa a lo necesario; cuando esa propiedad se convierte en riqueza, en poder y en dinero corriente que puede comprar y controlar el trabajo y a los que trabajan, a la vida y al pensamiento de los hombres. 

4. Un hombre puede llamar “mías” a sus manos, “mía” a su cabeza, a sus ojos, “míos”. Pero no puede ser propietario de una sola hoja de un árbol y menos, tener el derecho de decir: “Esta parte de la Tierra, ese caballo, ese océano y aquella montaña son míos… Y, por lo tanto, puedo hacer con ellos lo que me apetece”.

Consideraciones

• Condenar la propiedad es, como se ve, de vital importancia para enjuiciar con seriedad a los propietarios y a su acción acreciente y nociva. Porque no se enjuicia aquí a la propiedad sobre algo específico e ineludible (como el derecho del hombre a poseer un rancho o un pedazo de tierra para sembrar o criar) sino a la propiedad extensiva, a esa que se la consiguió a la fuerza primero, después en el mercado, comerciándola y mezclándola con poder y sangre. Es decir, a aquella propiedad acumulativa que ha desencadenado la competencia y las ansias exorbitantes. Porque la propiedad sobre algo directo -de derecho natural y común-, como el tiesto con el que se bebe agua o los calzados con los que uno se protege los pies, y que la recta razón juzga inviolables e inalienables, queda fuera de cuestión. Lo que debe condenarse como maligno es a la propiedad como objetivo económico de enriquecimiento y como instrumento político de dominio.

• Lo grotesco y superfluo de nuestra civilización, más su carácter generativo y degenerante (hacedor y destructor), se manifiesta en los múltiples y serios efectos registrados directamente en la conciencia y en la vida práctica y diaria de cada hombre. La glotonería y avaricia, por ejemplo. Esa tendencia grosera y posesiva, que nos compele a acumular como si no fuésemos transitorios y mortales.

• La irracionalidad y prepotencia están garantizadas por la sociedad: los individuos cuentan con la anuencia y cooperación de sus congéneres para emprender todo tipo de idea o empresa útil o descabellada que crean “rentable”. En nombre de su “desarrollo” las naciones confieren a terceros (empresas o a singulares sujetos) libertad de acción y decisión para alterar y trastocar la naturaleza a su antojo.

• En nombre de la tan acariciada y codiciada riqueza, generalmente acumulada en pocas manos, se ha destruido la integridad natural. ¿Alguien ha pensado seriamente en esta estupidez? La idea de usar las materias del mundo para construir el paraíso terrenal humano, está incrustada en el alma como un conjunto de virtudes, como la potencia que nos faculta a participar personalmente en la generación de esta horrenda utopía. Y, porque tenemos esta certeza, ni siquiera dudamos del valor de este objetivo; al contrario, estamos seguros que por esta prerrogativa se justifica que el poder humano lo controle y aniquile todo.