11/3/08

Contra el pensamiento único

Los tiempos que corren nos confrontan con cambios profundos en las estructuras sociales públicas y privadas a través de las cuales los hombres desarrollan sus actividades. En el sector privado, esto lo comprobamos si se compara la manera en que las empresas se organizan en 1996, que en poco, quizás nada, se asemeja a como lo hacían las empresas en 1946, o aún en 1966. En los asuntos públicos, este fenómeno resulta aún más agudo ya que los cambios que afectan al Estado, sus instituciones y sus funciones básicas y la manera en que se administra el poder, han sufrido transmutaciones y trastornos verdaderamente revolucionarios.

Ocurre, sin embargo, que mientras los avances tecnológicos en las comunicaciones, la informática y los procesos productivos se suceden con vertiginosa rapidez, los cambios psicológicos que debieran acompañarlos, al menos entre los segmentos dirigentes, evolucionan más dificultosa y lentamente lo que abre una enorme y peligrosa brecha entre las tecnologías con las que se administra el mundo y la visión política con la que se pretende comprender e interpretar su actual y futuro desarrollo. Es así que aunque el mundo de hoy poco se parece al de hace treinta años, la mayoría de la gente sin embargo sigue interpretándolo según paradigmas correspondientes a décadas - acaso siglos - pasados. En los asuntos políticos, sociales y aún en los económicos, es como si en la era de las computadoras realizáramos nuestros cálculos de la actualidad y previsiones para el futuro utilizando un antiguo ábaco.

A diario aplicamos tecnologías de los albores del siglo XXI para comunicarnos, para trasladarnos y para administrar nuestras vidas y nos sentimos perfectamente cómodos y a gusto con ello. Pero, ni bien intentamos interpretar los fenómenos políticos y sociales de nuestros días, de manera insensible y automática pareciera que nos retrotraemos a las pautas y los mitos políticos de los siglos XVIII y XIX. Aún en la economía, comprobamos algo parecido cuando hablamos del "libremercado", de las "leyes de las finanzas", o cuando utilizamos como punto de referencia las consignas de un liberalismo económico diseñado en el siglo XVIII para beneficio del imperio militar británico de hace más de doscientos años.
Desde entonces, diversos teóricos, escuelas económicas y más de un Premio Nobel de Economía han procurado explicar los más variados aspectos relacionados con los macroprocesos económicos del planeta. Mientras tanto, los mucho mas pragmáticos traders y operadores financieros globales, quienes poca paciencia parecieran tener con las últimas elucubraciones intelectuales de las escuelas económicas, literalmente trituran las economías nacionales y sectoriales con el torniquete de los mercados globalizados que crecen exponencialmente, jamás deteniéndose, y girando alocadamente las 24 horas del día. Desde Tokio a Hong Kong; desde Hong Kong a Tel Aviv; de Tel Aviv a Frankfurt y Londres; de Londres a Nueva York y Chicago; y de Chicago nuevamente a Tokio; sin solución de continuidad; sin principio y sin fin.
Seguimos pensando que el dólar, el Euro, la libra o el yen son monedas sujetas a las voluntades de los gobiernos de Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido o el Japón, cuando, en rigor de verdad, el valor del dólar y de todas las monedas se decide en los directorios de los grandes bancos y empresas de Wall Street o durante la noche al otro lado del planeta, en Tokio.
En política, a su vez, seguimos haciendo de cuenta que el Estado-nación moderno, nacido en los siglos XVIII y XIX, sigue siendo la máxima instancia para el ejercicio del poder. Creemos que solo basta con que un territorio determinado se dibuje en un mapa, con que el conjunto de personas que viven en él izen una bandera, porten un escudo, y nombre autoridades ejecutivas y legislativas para ocupar bancas congresales, sillones judiciales y tronos presidenciales y ministeriales para que, como por arte de magia, tengamos con ello "una nación soberana"; un "Estado", cuya maquinaria pública se encuentre lista para detentar y ejercer el "poder político".
El aceite con el que pretendemos lubricar los engranajes de esta maquinaria antediluviana lo denominamos "democracia" con lo que, abrazados a una fórmula política inventada por intelectuales del siglo XVIII, dogmatizada por los imperialismos del siglo XIX y estandarizada por la tecnocracia supranacional del siglo XX, hacemos de cuenta que con ello resulta suficiente para que "la voluntad de las mayorías rija los destinos de cada nación." Este modelo se ha impuesto como norma obligatoria en todos los Estados del planeta, como la conditio sine qua non que debe cumplirse si se cada pueblo se propone integrar el "concierto de las naciones". Sino, queda declarado fuera de la ley; un "rouge state" – Estado criminal – según una de las frases favoritas de Clinton y su secretaria de Estado, Madeleine Albright.
Pero cuando pasamos de la teoría a la realidad, observamos que las cosas resultan muy diferentes y mucho más difíciles; encontramos que algunos Estados resultan viables mientras que muchos otros, quizás la mayoría, no lo son; que a pesar de todo sigue habiendo guerras sangrientas inter e intranacionales; que sigue profundizándose el empobrecimiento de la vasta mayoría de la humanidad y de las clases medias y bajas, aún dentro de los países industrializados; que el descontrol en los asuntos de la humanidad se generaliza más y más. Y como seguimos insistiendo en respetar la sacrosantidad de los paradigmas de antaño, no acertamos a identificar el origen y las causas de nuestros males actuales.
El "establishment" intelectual contemporáneo parece habernos convencido de que, como por arte de magia - pues de magia parecería tratarse realmente -, con solo expresar los vocablos "democracia", "paz" y "derechos humanos", automáticamente todo se encarrila por si sólo, resolviéndose por simpatía y empatía. Al igual que en los rituales mágicos primitivos, también el hombre moderno pareciera ser cautivo de la antiquísima necesidad psicológica de creer que la palabra tiene, por sí sola y cuando se la expresa colectivamente, una fuerza mágica que le permite convocar y tornar en realidad aquello que evoca. Como una imitación bastarda de antiguos ritos, solo basta con repetir una versión aggiornada de la plegaria mítica colectiva moderna para que ésta se haga realidad.
Como decimos, hoy el mantra de moda no se dirige ni a dioses ni a santos, sino que expresa un conjunto vago de abstracciones: "democracia", "paz", "derechos humanos", o - mejor (¿peor?) aún - la idea de la democracia, la idea de la paz y la idea de los derechos humanos. En las últimas décadas, pareciera que sólo es necesario que nuestros dirigentes políticos repitan ad nauseam la idea de erigir un "gobierno democrático" defensor de la "paz", la "justicia" y los "derechos humanos", para que automática y mágicamente ello se torna realidad. Así es en la Argentina como en España; en Chile como en Canadá; en Brasil como en Alemania. Y desde hace muchas décadas más, también en los Estados Unidos, Gran Bretaña y otras naciones industrializadas.
Lamentablemente, la realidad nos muestra una cara muy distinta. La soberanía, la democracia, la defensa de los derechos humanos, la libertad y la justicia social jamás nacen espontáneamente, ni mucho menos se dictaminan por decreto. Si nos esforzamos en pegar un "salto cuántico" para acceder a un profundo cambio paradigmático, entonces comprenderemos las cosas de manera diferente y no tan solo como nos gustaría que fueran. Si sabemos escuchar y leer entre líneas, descubriremos el elocuente aunque sutil mensaje implícito en los acontecimientos contemporáneos, a pesar de que la mayoría de las personas rara vez logre interpretarlos correctamente. Estos acontecimientos mundiales se nos presentan pre-analizados – "predigeridos", por así decirlo – ante nuestros ojos: en la prensa, en la televisión y radio, en los libros propagadores de la "historia oficial" y de economía contemporánea y, muy especialmente, en el discurso político de estamentos muy precisos y compactos de dirigentes mundiales del máximo nivel y sus discípulos en todo el mundo. Todo ello nos permite entrever que aunque los instrumentos formales utilizados para introducir y ejecutar políticas internas y externas en las diversas naciones son, por lo general, las instituciones públicas del Estado, el origen del diseño y planificación de dichas políticas se ubica en instancias mucho menos evidentes que nosotros relacionamos con el CFR y la red mundial informal que lo complementa.
Porque de eso se trata: de comprender que la ideología de la globalización tiene como objetivo controlar todos los asuntos públicos de la humanidad por una tecnoestructura privada detentadora del poder real. Y, precisamente debido a ello, se autoexcluye de todo proceso democrático ya que no va a permitir que se la sujete a su propio instrumento de control. La ideología del globalismo conforma en última instancia la privatización del poder. Y su praxis política consiste en el control de todos los gobiernos que ocupan todos los Estados, a través de la imposición del régimen de la democracia formal partidocrática que resulta fácilmente controlable a través del dinero. Dinero que paga campañas electorales; dinero que genera corrientes de opinión pública; dinero que crea (y destruye) imágenes públicas; dinero que escribe y re-escribe la "historia oficial" local, regional y mundial a su conveniencia; dinero que financia poderosos medios de difusión que nos presentan la "realidad" que más le conviene para promulgar sus políticas; dinero que nos dice quienes son los "buenos" y quienes los "malos", cuales países son "modernos y confiables" y cuales son los "rouge states"; y que en pocas palabras nos lleva de las narices para dónde quieren, manteniéndonos a todos en la oscuridad y confusión.
Es que las fuerzas del dinero del hipercapitalismo radical y salvaje vigente pueden lograr esto y mucho más. Pueden censurar determinadas ideas, propuestas y enfoques, sea a través de su prohibición lisa y llana – de ahí, por ejemplo, su rechazo de todo "revisionismo histórico" que en muchos países es ilegal –, como a través de la saturación gigantesca de información, datos, chismes, rumores y propuestas descabelladas que logran generar un barullo infernal y generalizado en la televisión, la radio y los medios gráfico, que hace que cualquier idea buena que no disponga de los medios económicos para "gritar fuerte" quede totalmente ignorada y condenada al ostracismo. Se trata, en síntesis, de una verdadera censura económica unida a un sutil terrorismo intelectual que logra que todos – o casi todos – pensemos de manera politically correct.
Esto implica que se desdibujen valores tan caros como el de la libertad, que pasa a ser una mera abstracción, puesto que nos quedamos con la idea de la libertad y no con su realidad. Porque rara vez se distingue entre las distintas clases de "libertad" de la que puede gozar el hombre:
•La libertad del espíritu e intelecto que es, lejos, la más importante y que permite formar criterios y opiniones independientes sin necesidad de alinearse obligatoriamente con los cánones de la "opinión aceptada" y políticamente correcta de la época. Sustentada sobre una Ética firme, esta es la única libertad con valor real.
•La libertad política de las masas que, al menos teóricamente, es ilimitada. A esta libertad mítica acceden todos por igual: ricos y pobres; poderosos y débiles; inteligentes y estúpidos; buenos y perversos. Implica el permiso otorgado por una instancia superior que detenta poder, y que permite que periódicamente las mayorías expresen su opinión sobre algunos temas. Esta es apenas una "libertad" formal y de poca substancia.
•La libertad económica que es aquella que resulta del poder adquisitivo. Claramente, conforma una libertad importante por cuánto no implica el permiso para hacer determinadas cosas sino el poder para hacerlas, lo que la torna en una liberad real. (12)
De más está decir que de los tres tipos de "libertades" indicadas la única que tiene real valor en el sistema demoliberal imperante es la libertad económica. Para los estamentos dirigentes a su vez, la libertad intelectual tiene alto valor puesto que sólo ella permite prever, evaluar, planificar y actuar creativamente para defender y promover sus intereses. La libertad política masificada, finalmente, sólo conforma un mito social que poco le sirve a las masas que supuestamente disfrutan de ella, ya que se transforma en un instrumento de control en manos de aquellas minorías que disfrutan de las otras dos libertades auténticas: la intelectual y la económica.
Los principales acontecimientos que han determinado las características, tendencias y conformación del mundo moderno tienen su origen en amplios y profundos procesos de análisis, evaluación y planificación cuyo ámbito se encuentra fuera de lo que usualmente denominamos como de "dominio público". Se ubican mas allá de las estructuras gubernamentales detentoras del poder formal en los Estado-nación modernos. Pero para comprender esta realidad, resulta necesario aprender a pensar "fuera de la caja"; a pensar de una manera nueva o al menos diferente a la forma que pretende imponernos la ideología de la globalización; a romper con el paradigma de lo politically correct según la usanza estandarizadora norteamericana o del unique pensée, según la visión más aguda de los intelectuales franceses.
Resulta necesario ir contra la corriente, y eso no es para nada fácil en los tiempos que corren.

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EL CEREBRO DEL MUNDO- Adrián Salbuchi- Ediciones del Copista. Córdoba, Argentina- 1999