16/6/08

Viva Kafka

Escribo con la sangre en el ojo, porque una medio-amiga mía está viviendo una peripecia que me resulta tan repugnante como kafkiana: es uruguaya y lleva viviendo en España más o menos el mismo tiempo que yo. Su permiso de residencia se le caducó en setiembre del año pasado, y todavía no ha recibido respuesta de la administración. Es decir, que después de 9 años de haber cotizado y pagado sus impuestos como cualquier hijo de vecino, y estando legal desde el principio –ahora mismo le correspondería su residencia permanente- esta mujer no sólo lleva 9 meses esperando una respuesta que no le dán, sino que además está sin trabajo y enferma.
Su caso merece ser contado con pelos y detalles, como podría describirse un vómito con el que topamos por la calle el domingo por la mañana. Esta mujer tiene dos hijas, una de las cuales trabaja como camarera. De eso viven. Hace poco le dio por pedir una ayuda a servicios sociales y le dijeron que tiene derecho a la renta mínima de inserción (unos 400 euros, que es lo que paga de alquiler) sólo que para eso tiene que tener el carnet de residencia en vigor. ¿Me vais pillando?
Lo auténticamente kafkiano, sin embargo, no es eso. Lo peor es que ya ha visitado media docena de comisarías donde cada vez que va le dicen que tiene que esperarse otros cuatro meses porque ahora estamos con el tema de los rumanos y todavía vamos por agosto (ella presentó sus papeles a tiempo, en setiembre de 2007). Si llama al 012 y explica su situación, le dán un número para que llame a; llama a, les explica sus motivos, les dice que padece una depresión clínica, que en ningún sitio la quieren contratar porque tiene el carnet caducado desde hace 9 meses y, ¿sabeis lo que le preguntan?

Pero usted, ¿para qué lo quiere?,

sin contar, por supuesto, con que la pelotean de administración en administración y en ninguna parte saben decirle con exactitud dónde tiene que reclamar.
Así que decidió acudir a un abogado de su Ayuntamiento. El abogado le hizo una nota que tiene que presentar en una de las administraciones. Como la pobre está más bien chunga y sus dos hijas estarán fuera el jueves, me ha pedido que la acompañe.
Sé todo esto porque me la encontré ayer saliendo del despacho del trabajador social.
- La piscóloga me dijo que mi depresión se debe a un fuerte estrés - le explicó ella.
Él la miraba.
- Pero tú… tienes cobertura médica ¿no?
- Sí.
Según ella, el razonamiento del trabajador social era el siguiente: ¿qué tiene que ver la depresión y el estrés con el hecho de que esté indocumentada?
Como casi todos los funcionarios, el razonamiento de su trabajador social responde a la política de tapar agujeros. O, lo que es lo mismo, la política del avestruz. La asociación entre los hechos no existe, sólo existen los esquemas dentro de los cuales él mismo está inserto, y los esquemas, generalmente, resultan ser meras abstracciones que en lo concreto, y a la hora de tomar al toro por las astas, funcionan más o menos así:

- Si no tienes tu carnet en vigor no se puede hacer nada.

Así pues, antes de pedir una prestación que para ella es vital, tendrá que esperar la decisión de la administración.
Otra, con la psicóloga del Ayuntamiento, ante la cual me decía que apenas verla se quedó en blanco. Cuando pudo, le contó su caso completo con pelos y señales y al final conluyó:
- así que a veces pienso en acabar con todo.

A mí esto me toca muy de cerca porque sé perfectamente lo que siente, y sé que va en serio. La conozco más o menos bien y tengo alguna idea de todo lo que le ha pasado -más allá de los hechos kafkianos que estoy narrando-, así que me resultó indignante que tras decir aquello la psicóloga pasara del tema como si tal cosa. Se lo creo, porque eso también me pasó. E insisto: la conozco. No es una mujer tonta, todo lo contrario. Sucede que está tan harta de pillarlo todo al vuelo que ya le dá tirria tener que pedir ayuda a la administración, o como se llame, porque sabe también lo que le dirán. Y lo que le dicen es justamente esto que os estoy narrando.
Queda clara, pues, cuál es la función del funcionario: eliminar funciones. Y en lo posible, personas. Ojo, que no se malinterprete lo que digo: cuando hablo de eliminar personas hablo de eliminar identidades. La prueba de ello es que cuando el funcionario topa con una persona que pone en entredicho sus funciones (que en realidad deberían llamarse anti-funciones) reaccione poniendo por delante una ley en vigor o la cantidad de sesiones gratuitas que establece el estatuto, según la gravedad del caso.
A pesar del complejo aparato administrativo que la ampara y de las supuestas ayudas sociales que podría obtener, mi amiga continúa desprotegida tanto judicial, material, psicológica como moralmente. El único que se encuentra protegido es el funcionario. Protegido a priori bajo el ejercicio de sus funciones de

Yo soy funcionario.

¿Habeis visto que con eso ya parecen decirlo todo? Especialmente si son de ministerio, que son los que más se quejan del sistema e inclusive de si mismos -o del mobbing- pero acusan una barriga fláccida propia de vacacionistas perpétuos, o vasallos. Es fácil construir el personaje de un funcionario; lo que una se pregunta, es dónde estrará la persona.
La humanidad, vamos.

Photo/post: La metamorfosis, de Scarfatti.