6/2/08

La legitimidad de los mundos


¿Habeis oído hablar de John M.Hobson?¿No? Pues yo tampoco, hasta que me dio por investigar la historia de ciertos conceptos y apareció su nombre en la Wiki. El hombre afirma que en el siglo XIX la cultura europea dividió a la Humanidad en tres mundos que correspondían a tres razas: el primer mundo europeo de la raza blanca (y por lo tanto libre de sospechas), el segundo mundo bárbaro de la raza amarilla (amarillo como la rabia, que es bárbara por naturaleza) y el tercer mundo salvaje de la raza negra (peor es ser salvaje que bárbaro, y está claro que todo lo que no se entiende se archiva en el cajón de lo prohibido, que siempre es feo, malo y oscuro). Me pregunto dónde se nos habrá incluído a los iberoamericanos, que no somos ni amarillos ni negros sino más bien pardos. Pero ése es otro cantar.
Parece que la cosa siguió, y fue Alfred Sauvy, quien por esas cosas del destino, volviera a utilizar esta clasificación (...) en tiempos de la Guerra Fría, para designar con el nombre de “tercer mundo” a los países que no se apuntaron ni a la OTAN ni al Pacto de Varsovia. El término “primer mundo”, se refería a los Estados Unidos y sus aliados (bloque occidental), mientras que “segundo mundo” se aplicó a los países del bloque oriental, término que ya ha dejado de usarse, como se dejaron de usar los pata ancha cuando salieron los pitillo, y no porque lo decidiera Custo sino porque alguien decidió que el Muro de Berlín tenía que caerse.

¿Os acordais del Muro de Berlín? Menudo muro, ése. Yo no lo vi porque por entonces vivía en Argentina (que hoy ostenta el orgulloso privilegio de pertenecer ya al Tercer Mundo) y creía que el Muro de Berlín y el de Bob Geldoff eran la misma cosa, o casi. Como recordareis, el Muro cayó en el ’89 y fue un gran día para Occidente, que salió a celebrarlo a las calles, mientras los chavales se apuntaban a los conciertos de rock organizados frente a las ruinas, prometiendo que nunca más volvería a construirse otro muro que dividiera el mundo en dos. La amenza de la Guerra Fría (si es que existió) había terminado. La sociedad del espectáculo había ganado la contienda y ahora, no habiendo mundos divididos por un Muro Simbólico, ya podíamos respirar tranquilos.

Pura ingenuidad, porque la caída del Muro de Berlín no ha sido más que otro producto de mercadiching. Con su derrumbamiento, Alemania dejó de ser el gran Chivo Expiatorio de Occidente (un chivo que al estar expuesto a una maquinaria de estado basada en el espionaje acabó autofagocitándose), y ya enterradas las piras sacrificiales y superados los viejos duelos entre potencias, buena parte del mundo compró el producto y se hipotecó en un nuevo desafío: el Mercado.

Uh... el Mercado.

Para ir a sus orígenes (es que yo siempre necesito ir a los orígenes, por eso os sugiero ajustar bien el cabecero de vuestros asientos) diré que el primer comercial de la historia fue Mercurio. Ya de pequeño el chaval dio muestras de gran talento para lo bursátil. Una vieja leyenda narra (esto se me ha quedado grabado desde los veinte años, y me lo contó mi primer jefe) que el niño era un ladrón de cuidado. Cuentan que le robó las flechas a Cupido (razón por la cual hay tanta gente que por ganar pasta no tiene sexo, o tiene poco), la espada a Marte (para presumir), el tridente a Neptuno (para pinchar a los morosos), y la túnica a la hermosa Venus-Afrodita (para hacerla rabiar, ya que ella sólo lo hacía por amor y no con él sino con Marte). Inclusive llegó a robarle ganado al mismísimo Apolo, al que nadie quería en el Olimpo, como a él.

Sin embargo, hasta los dioses se dejan untar el carro cuando se presenta una buena oportunidad, y dada su condición de dios de los ladrones, su habilidad natural para la oratoria y la invención de pesos y medidas atribuida a su autoría, Júpiter le dejó volver al Olimpo y mientras elogiaba el caduceo que le había dado Apolo, notó que le faltaba el cetro. Ésa fue la última de Neptuno, sólo que esta vez se la perdonaron.

Ya veis que nunca está de más ir a los orígenes. Con semejante precedente, ¿cómo no iba a ser el Mercado una cosa útil?

Pero volviendo a lo nuestro. Con la desaparición del “segundo mundo”, sólo quedaron el primero y el tercero. Éste último término se utiliza para hacer referencia a los paises "en vías de desarrollo" (los pobres, bah), en contraste a los otros. Resulta llamativo que estos países sean los principales abastecedores de materia prima al Primer Mundo. ¿Qué clase de paradoja es ésa?¿Cómo es posible que los países más ricos en materia prima sean también los más pobres en cuestión de recursos?

Aquí hay algo que no me cierra. Por eso decidí escribir una diminuta carta al correo de lectores del País Dominical donde exponía mi humilde teoría tercermundista de los países parásitos y los países abastecedores, pero jamás me la publicaron.

¿Pa’qué?

Yo recuerdo que a fines de los ’80 y principios de los ‘90 se puso de moda clasificar a los países y meterlos dentro de dos conjuntos como hacíamos cuando éramos niños en la escuela. Teoría de conjuntos: Conjunto 1 + conjunto 2= intersección. La intersección era el Mercado. Por entonces Argentina vivía la fantasía menemista de la famosa paridad dólar-peso, lo cual nos mantenía flotantes en un primer mundo artificial y todavía se podía comprar unos buenos calcetines, hasta que se pinchó el globo y nos dimos de narices contra el suelo del Corralito. Se hablaba de una Guerra del Golfo que nadie o casi nadie entendía, de los niños de Bosnia, de Yugoslavia, de la ex Unión Soviética, de la muerte de Freddy Mercury (que no estaba muerto sino fabricando zapatos en un solitario castillo irlandés, como Morrison, que sigue en la bañera aunque ya hayan pasado más de treinta años) y para estar a la última había que sintonizar la MTV y te comprabas un vasito con un impreso de Beavis & Butthead.

Naturalmente, nos querían hacer creer que en Medio Oriente eran todos unos salvajes viviendo en un estado de lamentable servilismo a un dictador que fue derrocado por otro dictador con una camisa de Gucci, que fumaba unos puros carísimos y que más tarde serían usados como cuerpo del delito en un conocido escándalo púbico (sí, habeis leído bien) que le costó las elecciones presidenciales. Y mientras todos hablaban de esa guerra que nadie había visto jamás, también se decía que gracias a la exportación de materia prima los países del tercer mundo obtendrían los recursos necesarios para salir de la pobreza, siempre y cuando aceptaran los términos económicos y las tasas impuestas por el primero. Vamos, lo que en mi tierra llamamos viveza criolla.

Cuando mi compañero de viaje y yo llegamos a España, él llevaba un pasaporte morado de la Comunidad Económica Europea y yo uno azul, modesto, del Mercosur. Ya se sabe que todo lo que está al Sur es frío, está lejos y da pereza, y más que seguro, es pobre. Fuimos a una agencia de cambio con dólares y pesos (Argentina se caracteriza por ser uno de los pocos países del mundo con doble moneda única) y cuando intentamos, muy pardillamente, cambiar los pesos por pesetas, el tío nos miró con desdén y nos dijo, como un policía que rechaza un pasaporte: “Eso aquí, no cotiza”. Y ahí nos dimos cuenta, fuera con pasaporte europeo, fuera con pasaporte del Mercosur... que habíamos llegado a un mundo extraño. Un mundo cotizable, de moneda única. O sea, al Mercado. Nos llevó veinticuatro horas averiguar que, para muchos, ser pobre en el primer mundo puede ser ilegal.

Todo es mentira en este mundo

Todo es mentira, la verdad
Todo es mentira yo te digo
Todo es mentira ¿por qué será?

Y era todo tan raro...

Llegamos buscando gente que no creyera en las rayas de los mapas y que no estuviera harta de escuchar malas noticias en la tele. Llegamos con la esperanza del reconocimiento, con sueños de prosperidad, y con la adrenalina que dan los aviones y la percepción alterada por la distancia. Yo pensaba que siempre habría un lugar para mí en cualquier parte del planeta que no fuera la Argentina. Con el tiempo y después de haber vivido en Europa alguna años, llegué a pensar que siempre habría un lugar en cualquier parte del universo que no fuera este planeta. Porque, a la largo o a la corta, cáes en la cuenta de que en este gran espectáculo que es el mundo, el día a día es igual en cualquier latitud, y que el mundo sólo adquiere legitimidad cuando eres capaz de comprender la intersección.

Pero no la del Mercado, sino la otra.

Lefebvre dijo: “la vida cotidiana es un sector de retroceso en el mundo moderno, o sea, un tercer mundo afectivo en el corazón del primero”. Incluso aquí, hay quien sabe que hemos llegado a un punto en que estar conciente puede ser una putada, un riesgo absoluto de marginalidad y castración de las oportunidades. O la mismísima salvación.

Buscando un ideal.

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