30/6/09

19/6/09

A este perro le falta una pata

Y aquí viene el perro. El que más bien ni fú ni fá, el que mucho no cuela, el cojo. Menudo mutante este perro.
Recuerdo a Linda Perry, de 4 non blondies, allá por el '93. Le echo un vistazo a sus botas, sus calcetines a rayas, su gran sombrero de aviadora (comprado, probablemente, con muy pocos ahorros en una tienda de segunda mano), su “falda” de florecitas (¿o serán unos calzoncillos?) y su largo chaquetón de militante finisecular. Ni siquiera es mi canción favorita, pero me gusta. La considero emblemática. ¿What’s up?, pregunta Linda; ¿y ahora, qué?¿qué es lo que se viene?
4 non blondies -una sencilla banda pop con un solo hit de éxito- dán la impresión de ser frágiles, saben que su formato va a morir pronto. Ése es el único pecado que se le puede atribuir a la generación del ‘90: la de saber que iban a morir pronto. Que su adolescencia iba a durar muy poco y que, como dijera Patti Smith veinte años antes, algunos servían como cruzados y otros como moscas aplastadas contra una valla, viviendo, además, una existencia espartana. De ahí la desidia, de ahí el cinismo, de ahí el escepticismo.
Quince años después, hay quienes obervamos aturdidos, y no sin pena, la nostalgia a ratos justificatoria, a ratos altiva, a ratos reivindicadora, de los caídos en la guerra. Sangre que en su momento coaguló, ha echado raíces, y se ha vuelto cáncer de los ojos. Nos tocó el what’s up, y aunque nunca hayamos cogido el fusil, también es verdad que parte de ese peso recayó sobre nosotros. Y aunque aún haya quienes se rasguen las vestiduras por viejas nostalgias de otro siglo, yo veo cada vez más claro que, al menos por mi barrio, el estado general de miedo a perder lo poco que hemos logrado hace que la gente sea cada vez más infeliz, y que el mundo se tuerza cada vez más a la derecha. Quince, o veinte años después, los chicos hacen el insight.
En la primera edad de la vida, cuando la sangre bulle con alegre ferocidad y las neuronas hormiguean con la clarividencia de los corazones presuntamente rebeldes, no imaginas que algún día tendrás que negociarlos para conservarte. Pero cuando ya no hay nada más que negociar, el resultado es un producto híbrido entre la ideología y el mercadeo. Un estertor final que nunca llega a cuajar, porque no es más que la otra cara de la misma moneda.
Hace tiempo intentamos socavar las bases con nuestras canciones, nos las quisimos comer de un solo bocado, un espacio ilusorio para la evasión. Otros, más prácticos, se apuntaron a la derecha de la historia. Son los mismos que hoy nos pasan la factura y nunca están saciados. Ya no se trata de defender la ideología, se trata de mantener su impronta, porque bien sabemos quién ganó. Al menos para mí, desde ahí la lucha se me hace estéril. Rebelarse contra algo no es una manera propicia de romper la base, sino de negarla (que no es lo mismo que vencerla). No implica una transformación profunda del concepto, sino sólo un modo de defenderse contra él. No es un proceso real hacia una verdadera evolución, sino la lucha de un ego contra otro. Y al decir esto me doy en plena mejilla.
¿Dónde está, pues, la verdadera revolución?
A este perro le faltará una pata -me hago la tonta, lo admito, y además esa pata ya no la necesito-, pero esta noche tengo ganas de volverme colibrí o árbol impávido, y no perro. Le debo un post a esa aviadora que es, un poco, un reflejo de lo que fui. De lo que hemos sido muchos, antes de caernos del guindo. Eso me trajo hasta aquí, con o sin muletas.

15/6/09

Única reseña del naufragio



Ya por entonces, Haroldo Conti había colgado un letrero frente a su escritorio: “Éste es mi lugar de combate, y de aquí no me voy”. Pero sus secuestradores no supieron lo que decía ese letrero, porque estaba escrito en latín.
-Gabriel García Márquez


Era un atardecer de febrero con cuarenta grados sin una sola brisa. Mi madre y yo acabábamos de llegar de la playa, corridas por uno de esos aguaceros fugaces que acaban pasando justo cuando ya has llegado a casa. Aún podía sentir el hormigueo caliente del salitre sobre mi piel, e intentaba empezar un cuento en un cuaderno nuevo. Desde el fondo del patio se alzaba un cielo crepuscular rojo intenso, una tímida puesta de sol taponada de cúmulo nimbos, creo que sin arco iris. Mi padre leía el periódico; mi madre cebaba mate. De pronto él se llevó los anteojos hasta la punta de la nariz, y en un tono entre arrebatado e incrédulo, dijo:
-¡Qué la tiró...! Carter dice que en Argentina hay campos de concentración.
Y ese mismo día se acabó mi inocencia. Como se acabó la de muchos.
Pertenezco a esa generación intermedia que era demasiado joven como para poder luchar, y que acabó cayéndose del catre muy tarde. Cuando Videla accedió al poder yo tenía once años, y lo único bueno fue que ese día no hubo que ir al colegio: era el 24 de marzo de 1976; afuera llovía a cántaros. La primera semana del golpe todas las casas fueron requisadas. Una mañana cerraron la calle con dos camiones verdes, enormes, y hubo que quedarse en silencio y temblando, hasta que se marcharan. En mi estúpida ingenuidad infantil todo eso tenía un no sé qué de aventura extrema, así que no tuve miedo. Vivir bajo una dictadura se convirtió en parte de nuestra cotidianidad.
Nos criamos con el aliento susurrante de unas voces que te decían: “Vos si escuchás algo raro, no te metás”. En casa no había adolescentes o jóvenes en edad “sospechosa”, así que no había nada que temer. El resto de la familia, con jóvenes y adolescentes incluidos -yo era la menor, de ser la mayor quizá no estaría escribiendo estas líneas- apoyaba sumisamente el golpe. Difícil es que haya ideología (conciencia, en un sentido mucho más sutil) cuando hay comodidad o ignorancia. Esto es crucial, porque el pueblo siempre elige, aunque crea que no lo hace, y hay detrás de ello y para sí mismo una deuda moral que va mucho más lejos de cualquier ideología.
Cuando miro para atrás y recuerdo aquellos días -siempre grises, siempre lluviosos, siempre en el blanco y negro de una caja boba donde los hombres también eran grises, calvos y fríos-, me asalta una amargura a ratos sorda, a ratos devastadora.
Pienso en aquella infancia anestesiada, en aquellas tardes familiares donde se hablaba, también en susurros, del doctor Colomer, que como buen cordobés en algo andaría, y qué lástima con lo buen médico que era. Parecía ser cosa normal que familias enteras desaparecieran de un día para otro, que “se los llevaran”, que se les abdujera, y el resto en silencio. Luego no se hablaba más y se pasaba a otra cosa. Pienso en esa infancia ciega, sorda y muda delante de un noticiero sacando la imagen medio difusa de un “subversivo” tirado al lado del coche, muerto en plena calle, y en mi padre cambiando de canal porque era hora de cenar y los chicos no ven esas cosas mientras comen. Parte de la rutina doméstica de una nación en guerra contra sí misma, de un consentimiento colectivo fruto no sé bien si de la ignorancia, del miedo, de la desidia, o de todo junto a la vez.
Sigo teniendo presente el recuerdo de aquella tarde en el patio hace tantos años, después de la lluvia, después de la playa, con el masaje aún tibio de los chapuzones en el mar, siendo aún una estudiante de secundaria, protegida entre los algodones perfumados que mi madre aderezaba para mí, con su silencio impostado y su no querer saber; porque: ¿quién querría ser una madre de Plaza de Mayo?¿Quién querría ser un padre dando tumbos de despacho en despacho preguntando por el paradero de un hijo, una nuera, un nieto, sin obtener otra respuesta que el desprecio, una falsa promesa o una mentira congelada en el tiempo durante siete años?¿Quién querría ser un hijo huérfano de padre y madre exigiendo justicia después de treinta años?¿Quién?
Pero también, ¿quién querría vivir en un país donde un simple comentario podía llevarte en el mejor de los casos a la cárcel, y en el peor al fondo de un río?¿Quién querría vivir en un país donde, con los años, y ya adiestrado el cotarro, ciertas muertes ejemplificadoras se convertían en cicatrices para una posterior alienación?¿Quién querría vivir en un país donde echar una mano en las villas, exigir un simple boleto estudiantil, levantar la voz ante cualquier injusticia social podía significar el secuestro o la muerte? ¿Quién querría vivir en un país donde además de cerrarse facultades, se saboteaban sindicatos, se quemaban libros, se prohibía cantar una canción, se entraba en la facultad a punta de pistola, se prohibía en general, vivir, pensar, actuar, escribir, cantar, más allá del sobrevivir manso, amarillento e inconsciente, casi límbico, de la ignorancia?
¿Quién? Yo no.
Haroldo Conti decía que además de escribir, “y no muy bien que digamos”, no sabía hacer otra cosa. Se atajaba de su propia auto complacencia, quizá de los críticos, aunque basta con leerlo para presentir que conocía bien esa sinergia entre el placer y la desesperación que mueve a ciertos artistas en épocas de mordaza. De lo que nunca se atajó fue de su propia conciencia. Pienso en su leyenda en latín clavada en el escritorio, en su prosa espontánea salida de las tripas, en su valor, en mi generación, en la cobardía amorosa de mis padres, en aquellos años que todavía duelen. Y pensé que le debía un post. Más bien, pensé que me lo debía. Que toda mi generación se lo debe.
Está claro que hoy no puedo con ciertos perdones. 

Rinconcito se dividía en blancos y amarillos. Los blancos gobernaban en Rinconcito y en el resto de la República. Habían gobernado siempre y no se les ocurría que pudieran hacer otra cosa. Los amarillos, en cambio, hacía medio siglo que estaban esperando hacerlo en lugar de los blancos. No eran partidos ni principios. Simplemente, uno gobernaba y el otro no gobernaba.
Romita era amarillo, es decir, un agrio y un resentido, y también un pobre.
Los blancos hacían una sola cosa: gobernar. Los amarillos, en cambio, desplegaban una actividad increíble, alternando los infinitos matices que van desde la crítica constructiva a la conspiración descabellada.
Los blancos habían dado al país gobernantes. Buenos y malos gobernantes. Los amarillos le habían dado tribunos, mártires, conspiradores, maestros, arquetipos y una buena cantidad de muertos de hambre. En 1931 se dividieron. En 1935 se subdividieron. En 1943, cuando ya no se reconocían, volvieron a unirse en un frente único. Fue una alianza conmovedora. “Amarillos, sobre todo”.
Aquel fervor alcanzó a Rinconcito. Se iba a librar la gran batalla. Lema de los amarillos: ¡Pueblo! Lema de los blancos: ¡Pueblo!
Los amarillos habían organizado un gran acto para el último día de la campaña. Los blancos, en cambio, hicieron lo de siempre: un kilo de asado, un litro de vino y diez pesos.
Había un palco, y un enorme letrero amarillo, y un camión con altoparlantes. Y mucha esperanza.
Entonces llegaron unos desconocidos de Piedrabuena, doce leguas antes de Rinconcito.
Romita estaba sobre el palco, casi a la misma altura del pescante del breque, y decía todas esas cosas que entusiasman tanto a los pobres. Cuando las ensayó en la cocina, delante de Juana, no le habían salido tan bien. Pero ahora, delante de esos rostros, no parecía el mismo.
Estaba en lo mejor, cuando el palco salió disparado, como si efectivamente se tratara de un breque. Fue algo cómico, dentro de todo. Aquellos desconocidos de Piedrabuena habían asegurado un cable a una pata del palco. Pusieron en marcha un camión, al otro extremo del cable, y se llevaron a Romita con palco y todo.
Sí, fue más bien algo cómico.
Romita comprendió entonces una cosa. Estaban los de arriba y estaban los de abajo. Él era de abajo. No porque fuera amarillo. Fuera lo que fuere, blanco o amarillo, estaba condenado a ser de abajo. Eso sucedía en Rinconcito, sucedía en la República y posiblemente, aunque él no alcanzaba a ver tan lejos, sucedía en el resto del mundo.
La campaña le costó la tienda. Juanita había dicho:
- No te metas en la política.
Se metió y perdió.
Juanita no comprendía que, de todas maneras, estaba condenado a perder.
Fue una buena ocasión, de parte de Juana, para recordar aquel carnaval del ’36.


La causa” (fragmento). Haroldo Conti. 

10/6/09

(Ruido) o el miedo al amor

En susurros, se habla de "la ley de atracción", el secreto que convirtió a Goethe en el primer fáustico de la historia narrable, de la inenarrable seguro que habrá mejores ejemplos que él. La gente se apunta a la ley porque quiere tener cosas. Cosas cosas cosas. Si no tienes coche eres dependiente, dicen; necesitas la propiedad para sentir que estás vivo, que eres válido, que eres digno de respeto. Ésta parcela es mía. Mía mía mía. Esta camioneta, esta hamaca, este jardín con sus hormigas, y sus ranas, y su hiedra son míos. Hasta el grillo que canta por la noche es mío, porque está en mi terraza. Una mujer con dos niñitos rubios en un monovolúmen, impecable, ni un gramo de grasa: soy una mantenida, dice riendo. Mientras espero que pasen a recogerme (no tengo coche, soy una donna dependiente), miro las hormigas en su hormiguero -un hormiguero sin hipoteca, están en un predio de propiedad municipal-, y las admiro. Han construído su guarida entre los gajos de una rama de almendro que ha brotado de la tierra. Hay dos nidos: uno les sirve para recoger el alimento, al otro lo usan de granero. Van y vienen de forma aparentemente caótica, inclusive se montan unas a otras, y siguen. No hay espacio para todas en el diminuto sendero de tierra enmohecida que conforma su jardín. Y ahí estoy yo, como una niña, viendo a las hormigas. Hay un punto de penilla y a la vez de compasión debajo de una gafas que me sonríen desde el asiento del conductor, sin quitar las manos del volante: perdona la tardanza. ¿Y a mí qué más me dá?, me lo he pasado pipa viendo a las hormigas (pero no se lo digo). Pueden ir a cualquier parte, lo que no pueden hacer es ir a donde les lleve el viento. Algunos nisiquiera pueden oir el silencio que sofoca el rumor del agua en el río. Todo les parece un problema. Qué escuela elegir para mandar a los niños (donde no haya moros, mejor los salesianos). A qué restaurante ir el fin de semana, con lo que están los precios por la crisis. Cómo hacer para la mudanza, ahora que no tengo el coche. Una amiga se quejaba de eso hace años. La lluvia arreciaba en pleno centro, diez y media de la mañana, gran atasco en Príncipe de Vergara: su dilema era cómo iba a arreglárselas para hacer la mudanza ella sola. Llevó su drama hasta el filo de la ventanilla con los ojos arrasados en lágrimas: ¿quién me manda a mí comprarme un piso tan grande si tengo la espalda rota? (¿quien me habría mandado a mí subir a ese coche justo esa mañana?). Te echo una mano, le digo; pero se resisite: no, no. ¿Entonces de qué te quejas? Siempre buscando problemas donde sólo pueden haber oportunidades (y eso tampoco se lo digo). La vida en el paraíso es cómoda, predecible, impoluta, y casi siempre huele a kiwi. No quiero que nadie invada mi espacio. Vas circulando por tu paraíso de cuatro dimensiones de tu cinta espacio-temporal convenientemente montada en un coche esférico, bien vestida, bien refrigerada y más que mejor alimentada (nada de trangénicos). La espontaneidad, más que un lujo, es una utopía. Ni hablar de la libertad. Ciertas caras dán ganas de cruzar a la otra acera: parecen esculpidas en piedra, la sexualidad es litigante, resulta imposible mantener una charla relajada sin perder la tensión. Su sombra resulta tan oscura como la de su madre, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela y una larga tradición de mujeres medio agazapadas en el túnel de una pupila en apariencia fría, aunque muerta de miedo. La ropa siempre impecable, formal. No tienes hombre, no lo necesitas. O mejor dicho, sí: lo necesitas. Para alguna noche seguro que lo necesitas. Y resulta que el romance siempre se acaba a la mañana siguiente cuando empiezas a llamarle y ves que el tío no coge el teléfono. Pasa una semana, dos, tres, y el tío sigue sin cogerlo. No comprendes por qué ese silencio, por qué esa desidia premeditada, si él sabía bien que para ti no era una aventura. Es que nos tienen miedo. Naturalmente, una mujer que lo tiene todo tan claro y lo quiere todo tan rápido -el futuro- es para meter miedo. Sólo hay dos tipos de mujeres peligrosas: las egoístas, y las que no están conscientes de su poder. ¿Quieres amor? Vale. ¿Cómo lo quiere usted?¿A medida?¿Hecho a mano?¿Artesanal?¿O lo prefiere, más bien, de diseño ergonómico? Se lo entregamos en puerta. ¿Pero hay que pagar porte? Ah, entonces no. El dolor siempre está en otro lugar, pero nunca es mío. El dolor no. El objetivo siempre está en el futuro, la única putada es tener que llegar primero. El presente es una proyección abstracta de una carretera completamente gris, con líneas blancas recién pintadas, en dirección a un futuro que nunca será como lo imaginas. Es la causa de todas las decepciones. Es la única y gran tragedia y lo ignoras, porque alguien te pensó el futuro antes de que pudieras imaginarlo, pero a ti no te importó. Sí, el futuro es la única gran tragedia, porque nunca sucederá. Y tú tan cómoda y tan sola. Y tan segura. Y tan poblada de grillos en esa terraza que es sólo tuya.