14/1/13

La víctima feliz


Post escrito en 2007, desde Madrid, y nunca publicado hasta hoy.

Recuerdo bien mi cuarto o quinto paseo como víctima feliz por una gran superfície (un mall a la europea) si es que lo era. Puede que fuese el H&M de Madonna o el Zara, no estoy segura. Estaba eligiendo un jersey -una monada de ésas completamente inútiles que dan la impresión de abrigar, pero que sólo adornan- cuando me entró la náusea. Náusea con vahído, y la sacudida de la desrealización. Nunca había experimentado algo así, y me asusté.

Pero hablemos de la víctima feliz. Contradictoria definición, ¿verdad?, una víctima feliz...

Al hablar con la gente llama la atención que se haga tanto hincapié en la posesión de una hipoteca. Hasta hace un tiempo -no más tres años- tener una hipoteca era señal de prosperidad a largo plazo. Señal de solvencia, de un trabajo estable, de fiabilidad, y por supuesto, de obtención de créditos. La hipoteca era un bien -vaya paradoja- del que uno podía jactarse con un tono entre afectado y quejica en la cena con los amigos. También con orgullo: Mi hijo está muy bien colocado, ahora se ha sacado una hipoteca no sé dónde; a lo que podía sumarse la coletilla de rigor, justificatoria de desidias o escaceses: Lo siento... ¡yo tengo una hipoteca!

Y todo el mundo comprendía.

Con el tiempo, el tono entre afectado y quejica se ha ido modificando. Hoy nos hemos quedado en quejicas, cuando no en apesadumbrados poseedores de una ilusión que podría ser nuestra dentro de 30 años. Nótese la cursiva: he dicho que podría ser, no que será. Sin embargo, hasta hace unos días ya era nuestra. ¿Qué ha pasado?

Pues que cayó el ladrillo. Y con la caída del ladrillo llegaron las caras largas, los síndromes por ansiedades varias, las súbitas depresiones, el paro, las peleas domésticas con cachetazo y arrojamiento por ventana desde mano autóctona o foránea; el cambio de escuela de los niños, la unificación de los créditos, las colas en el INEM, los codazos en el metro, las traiciones en el curro -¿quieres conservar tu empleo?: dí que ha sido él-; y por supuesto los embargos, con el atolondramiento de la víctima y su consiguiente embrutecimiento moral, cuando no con el suicidio y otras lacras razonables. Los medios se envalentonaron y dieron luz verde a la difusión de La Crisis, mientras, paralelamente en Internet, se daba luz verde a la teoría de la conspiranoia, redoblando con su sombra retorcida el poder de los medios oficiales.

Paralelamente, se pusieron de moda ciertas leyendas urbanas circulantes por Internet. Empezó a hablarse de los anunnakis (chitauris, en su versión zulú). De los Illuminati, los grises, los hombres-lagartija, los elohím... Ellos eran los culpables del 11-S, del 11-M, del FMI, del niño amenazado por un buitre en África, de Bin Laden, del Nuevo Orden Mundial, de la basurita que le entró en el ojo al nigeriano que trabaja para el cacique de mi pueblo, de IKEA, de las sectas, del paro, de los chinos, del Club Bilderberg, y por supuesto: de la caída del ladrillo. Aquí hay una mano negra, señores. Como decíamos en mi barrio: Aquí hay una mano peluda. La culpa siempre es de otro.

He de añadir, con una mezcla de socorronería y decepción, que a mí no me convence la teoría chitauri. Que tampoco me convence el Club Bilbergerg como causa y razón de todos los males de la humanidad y la caída del ladrillo. Creo, en cambio -por tradición místico-pampeana- en la teoría de la mano peluda, es decir: en el homo sapiens como único causante de todas estos desastres movido por la usura como única razón.

Resulta difícil saber cómo empezó todo. En caso de que se trate de otro ciclo similar a los anteriores, por mucha historiografía que se haga seguirá siendo difícil de probar, ya que el régimen -o como queramos llamarle a esto- se ha asegurado bien de borrar las huellas digitales de la memoria. No hablaremos del miedo a la muerte y del enorme poder del amor frente al miedo, que eso ya lo sabemos y además se escriben tropecientos libros a diario sobre el tema (libros que luego se publican en tapa dura haciendo que se forren tanto editoriales como escribidores, repetidores y presuntos investigadores). Ni de hacer la vida más sostenible plantando espárragos no transgénicos en un balcón de metro y medio por dos, a diez del suelo y a otros diez del smog...

ni de tantas cosas.

No. Hablaremos sobre la victima feliz. Sobre el criador de hipotecas. Sobre el hombre y la mujer de la calle embarcados en la gran desventura de tener que pagar su hipoteca cada mes, para muchos algo tanto más difícil que conseguir la Medalla Fields sin volverse locos, como Grigori Perelman.

La víctima feliz -el hipotecado- ha descubierto que ya no se puede ser feliz con una hipoteca. Ha descubierto que él, creyéndose poseedor, ha sido en realidad el poseído. El hijo que estaba bien colocado está ahora en paro, ha vuelto a casa -la residencia familiar, igualmente hipotecada-, y ya no tiene mucho caso anteponer la hipoteca como causa y razón de todas las cosas a fin de justificar desidias y escaceses. La víctima feliz ha descubierto que su hipoteca no le da garantía de fiabilidad y solvencia. Gracias a La Crisis, el euribor y los tipos de interés de tal y cual, ha descubierto su verdadera realidad. Una realidad que le cae sobre la nuca como un tropel de ladrillos. Esa realidad que rompe con las medianeras e invita a entrar, a compartir, y si fuera necesario, a invadir. A abrir y abrir-se a la otredad, porque no habiendo ya medianeras, difícil es que haya propiedad, y si no hay propiedad, se disuelve la sagrada religión del espacio individual. Si al principio la propiedad garantizaba la individualidad, es evidente que su pérdida garantizará la necesidad -si no ponemos en buenos- de compartir.

Como veis, La Crisis es lo mejor que nos ha podido pasar.

Es negro sobre blanco: necesitamos rubricar a través de los hechos todas las teorías escritas. Hemos de revisarlas a todas. Hemos de analizar si las alternativas que se proponen no son más que una variante florida a las que ya hay. Hemos llegado a un punto crítico, el punto en que estallan las revoluciones y se catapultan los cambios sociales. La sensación advertida por muchos, es la de estar al borde del peñasco y arrinconados contra el abismo. Hay quienes ven la otra orilla y hay quienes sólo ven el abismo. Punto 1: la otra orilla no es una religión, ni un Dios, ni un salvador, sean de la naturaleza que sean. Punto 2: el abismo es una prueba tanto para el que teme caer como para el que podría evitar su caída.

La primera reacción ante el desastre que puede suponer un embargo, no será la de echar mano a la saludable creatividad que tanto se ventila en libros e informes cuando ocurren estas cosas. Será el pánico. Y la rabia. Aquí la desesperación campa a sus anchas, y no hay discurso que valga. Cualquier intento de consuelo le provocará al afectado el deseo criminal de meter la cabeza del iluminado en una licuadora. Que le digan lo siento, hará que quiera renunciar al abecedario. Cualquier alusión a la idea de gran oportunidad que hay detrás de toda crisis -incluída la del karma merecido- le sonará a impostura. Y en semejante momento, lo es.

El discurso facilista de la neo-espiritualidad de cotillón se pasa por alto el único factor útil en estos casos. Así pues, ni religión, ni Dios, ni salvador, y nada más allá de lo que la víctima pueda hacer por si misma o dejar que otros hagan por ella.

Sólo empatía.

Algo así como: No voy a decirte que lo siento porque no tengo idea de cómo será estar en tus talones. No voy a darte fórmulas porque te sonará prepotente, y además podrías pensar que lo hago para superar mi propio pánico, lo cual es verdad. Sin embargo, has de saber que estoy aquí y que cuentas conmigo.

He aquí a la víctima feliz: burlada por el gobierno, burlada por los bancos, burlada por el casino internacional de la bolsa de valores, en definitiva: burlada. Y lo que es peor: burlada por su propia ingenuidad; básicamente, por haberse creído que toda esta prosperidad duraría eternamente.

Cuando el problema ha logrado trepanar la coraza del statu-quo, poco importa ya el color de las macetas o discutir la conveniencia de tal o cual seguro para el coche, sino sólo pensar quién será el amigo o familiar que le dejerá un trastero donde meter, si no a él y a su familia, por lo menos su historia. Con el pánico y la rabia surgirá también el claro distingo entre la necesidad y la ilusión. Y la intransferible certeza de haber cedido a una turbia farsa donde se suponía que los hilos estaban muy bien atados, y el futuro se aseguraba a veinte o treinta años, con los bancos por respaldo. El delirio de la desconexión voluntaria rubricado por el slogan de una transnacional de juguetes para adultos, le hará quemar su puta pantalla de 50 pulgadas: Bienvenido a la república independiente de tu casa.

En alguna parte de si misma, es posible que la víctima feliz experiemente una extravagante forma de libertad que no comprenda y que por su magnitud le asfixie. Necesitará mucho tiempo para comprender cuál es la naturaleza de esa libertad, y por qué en ocasiones se siente incomprensiblemente lúcida, o aplastada bajo una densa niebla. Necesitará meses, quizá años, para comprender -y aceptar- que nunca ha sido una víctima feliz sino el ejecutor de su propio constructo.

Hace poco más de un año tuve que dejar un trabajo por razones de salud. No me lo sugirió el médico, sino un amigo. Para mí, en ese momento, dejar ese trabajo significaba poco menos que saltar al abismo. El miedo a quedarme en la ruina era tal que lo sentía en todo el cuerpo: palpitaciones al despertar, sudoración, temblores, náuseas... toda una batería de síntomas que el médico decidió pasar por alto (1). Pero lo dejé. Cómo hemos logrado sobrevivir, prácticamente sin trabajo -y ojo, sin cobrar el famoso paro- durante todo este tiempo y sin haber perdido ni la dignidad ni el entusiasmo creativo, sigue siendo un misterio y una especie de milagro de los que no hablaré hoy, y que prefiero dejar librado a la imaginación de santos y ateos. Entre otras cosas, me llegó un dinero que no esperaba y me libré rápidamente de gastos innecesarios, supongo que eso ayudó bastante. También me libré, entre otras cosas, de dos cuentas bancarias que no usaba y descubrí que se puede vivir perfectamente sin una cuenta. El secreto también lo dejo librado a vuestra imaginación: si tanto hemos evolucionado sobre este planeta como para colonizarlo a pleno y desarrollar una tecnología prolongativa que ya empieza a limitarnos, no nos faltará imaginación como para vivir sin una cuenta bancaria. Si quereis os dejo una foto de mi casa para que podais apreciar que no vivo como una mujer de Atapuerca, sino que gozo de un modesto confort, justo el necesario como para decir que estoy a la altura del más dolido de mis vecinos hipotecados.

Yo creo en el cash de toda la vida. En la moneda metálica, la que me gano a diario. Y en el trueque. No creo en el crédito: una vez lo hice y por un retraso en el pago de una cuota, Caja Madrid me obligó a pagar la totalidad de una Visa, para la cual tuve que trabajar horas extras durante tres meses sin abogado que me defendiera. Conozco gente en similares condiciones, y no estoy dispuesta a repetir. Ahora ya me he cansado de este pueblo y de esta casa y pienso cambiar de aires (y quizá de país). Cuando conseguí la que tengo no tenía ni aval ni nómina, y el asunto se resolvió en diez minutos por mediación de un amigo; no veo razón para que eso no se vuelva a repetir. No tengo coche ni sé conducir. No pienso pagar miles de euros para sacarme el carnet: no estoy dispuesta a contribuir en ese negocio, que es al fin de cuentas el negocio del petróleo. Tampoco pienso volver a trabajar para gente explotadora y sinvergüenza que paga calderilla a cambio de horas de vida.

No. Se acabó. No quiero volver a ser nunca más una víctima feliz.

Escucho objeciones:

pero si no tienes coche no podrás...

pero si no tienes una nómina no podrás...

pero si no puedes pedir un crédito no podrás...

Y no, fíjate. Estoy limitada. He aprendido a convivir con mis limitaciones, que en ciertos aspectos me hacen un poco más libre. Acepto mi statu-quo dolorosamente consciente, a veces, de que me gustaría estar menos limitada, y que si no he podido ir más allá ha sido en parte mi responsabilidad, y en parte la de un sistema empeñado en adiestrar no a cualquier precio, sino al más bajo y en lo posible, gratis.

Visto lo visto, el proceso de transformación de un humano saludable en una víctima feliz es de acción rápida. Si pensamos en la alimentación, tenemos la mitad del trabajo hecho en menos de diez años (MONSANTO). Cuando yo llegué aquí ya estaba en marcha; en Argentina recién empezaba. Cuestión de tiempo. Faltaba aún la infraestructura del consumo. Aunque tampoco haría falta: mientras unos eran adiestrados en la saciedad, otros lo fueron en la escacez. El adiestramiento actúa sobre las fisuras del ser, generando frustración. Sabemos que sin frustración no hay consumo, y que sin consumo no hay ilusión. Era preciso cultivar la ilusión de un (primer) mundo feliz.

Cuando fue el hundimiento de Argentina en 2001 hubo quienes me preguntaban cómo mi gobierno permitía semejante cosa. Se me ha quedado grabado como un despropósito. Mientras unos compraban a plazos porciones de la tierra prometida, otros se mataban en ella por un trozo de pan. Pero la historia de los pueblos es cíclica, así que prefiero no pronunciarme en cuanto a lo que podría ser el futuro aquí, porque antes de que caiga, seguro que ya me habré tomado el avión (2).


(1) Si bien el sistema de salud español es todavía gratis tanto para nacionales como extranjeros, también es verdad que los médicos se muestran más que reticentes a la hora de dar al inmigrante una baja por enfermedad. Yo soy inmigrante, y desafío a cualquier español en idénticas condiciones de enfermedad a comprobar que en su caso, le darían la baja. El sistema está tan bien montado, su perversidad es tan refinada, que no me dí cuenta de ello hasta pasados unos años. No hay, que yo sepa, organizaciones ni grupos que denuncien esta realidad. Evidentemente, no conviene.

(2) Y en efecto, me lo tomé el 28 de noviembre de 2011. Hoy puedo decir que vivo en Argentina, y que Argentina vive.

El puerto

El puerto de Mar del Plata tiene el encanto de lo decadente. Naranja y apático, al puerto se baja por la perla de una lágrima. Es pequeño, una lengua exigua de mar, un charco ceboso sin horizonte a la vista, mi capitán.

Me fumo un cigarro sentada en el muelle, viendo cómo un viejo lobo le comenta a su amigo el alza de los precios… viste, boludo, sentado en la proa sobre el gran nudo de amarre. Y pasa un pato, quizá una gaviota empetrolada. El animal aterriza en el charol verde oscuro del agua y algo debe pillar, porque come. Mi objetivo es dejar que transcurra. Darme un paseo por ahí.

Toda mi infancia, hasta en mis sueños, estuvo marcada por ese puerto. Tengo el vago recuerdo de una niña cayendo al agua en una cesta de pesca… ¿sería yo? Mi madre no recuerda el supuesto, yo sí. Siempre don Conrado, reza el nombre de pila de una honorable barcaza naranja chillón. Lo anónimo se hace mítico, Hemingway estaría encantado. Siempre don… quien sea, hay un código entre los pescadores, un respeto fundacional. Mi respeto se hace punta de agua que baja por la perla y que no es la perla del Atlántico, no; sino una suerte de emoción inintencionada. La perla del Atlántico comienza al otro lado del puerto, pasando la Base Naval, con la mar ya limpia y tan parecida a la Costa Azul que da escalofríos.
Pero aquí no, aquí es el puerto.

Hubo un tiempo en que pensé que nunca saldría de ese puerto. Hubo otro en que pensé que nunca regresaría. Hubo puertos por doquier, sin embargo los puertos de mis sueños siempre son herrumbrosos, y tienen la estremecedora aspereza de una tripa que exuda, una vía de transformación y creación. Lo contrario, el aferrarse desaforadamente a los deshechos -sean de la naturaleza que sean- me ahuyenta como los cementerios. El puerto no suelta lo que contiene, siempre me he preguntado qué habrá bajo la chapa viscosa de ese lecho. ¿Podría, como Cristo, caminar sobre el agua sin hundirme? Es el origen de su misterio y, quizá, de su melancolía. También de su zen. Es la sensación casi epidérmica de la Argentina inamovible, de lo falsamente irreparable, de la fermentación en estado vivo, de la gangrena endémica que aún prospera, al parecer… a pesar de los cantos de sirena.

He vsto otros puertos… unos cuantos, pero el puerto de Mar del Plata es mi puerto primordial. Mi líquido jardín primitivo -siempre arrasado- es la metáfora de la incertidumbre que representa para mí esta tierra, y su asfixiante desolación.

Años fuera del puerto. De mi modesto puerto. Del puerto herrumbroso que soñé antes de salirme. Y de crecer. Del puerto bello, breve y sucio en su lontananza extraña, cercada por espaldas de barcos que crujen. Oscuras quillas que se hunden en la charca envenenada y beatífica donde comen patos o gaviotas. Hay que mirarlas. Hay que pasarse por ahí alguna vez y ver cómo se hacen a la mar todos, barcos, hombres, gaviotas y sirenas. Vale la pena.


3/1/13

La araña frágil

La interactividad es un concepto nuevo que no existía antes de la era Internet. El hiperespacio es multidimensional.
De esta coyuntura surgen términos como blogonovela o ciberpoesía, y empiezan a salir a la calle libros en papel de escritores que antes estaban en Internet.
A la vez, se retorna al incunable: gente creando libros-objeto que se venden en galerías de arte: que es lo que son los libros-objeto, piezas verdaderamente artesanales, códices del siglo XXI. Lectores entusiastas comentando una blogonovela, y no sólo eso: re-haciéndola en su propia exégesis.
Al abolirse la línea vertical que sitúa al Autor por encima del anónimo lector -no olvidemos que el escritor antes de autor ha tenido que ser lector, o cuanto menos, oidor-; ambos tienen la posibilidad de interactuar. A la pieza literaria en cuestión se le podrá añadir, además, un vídeo, un background o un repertorio de links. Al abolirse la verticalidad de las jerarquías, lo que cambia es el vínculo. La interactividad ofrece al lector la posibilidad de convertirse en participante activo de un objeto artístico, interactividad que en la dimensión del papel se le haría imposible. Lectores entrando diréctamente en la bitácora de un autor sin la criba previamente recortada, aderezada y cosmética de la crítica literaria al uso. Autores al desnudo, sin el apalancamiento o el respaldo de críticos y, por supuesto, editores. O sí. Autores conocidos y nuevos autores conviviendo en el espacio infinito, siempre caótico y por tanto siempre dinámico, creativo y re-creativo, de la red.
La red: autores escribiendo gratis por el mero placer de escribir ¡qué ingenuidad!, placer que tarde o temprano acabará convirtiéndose en necesidad. Una tarea solitaria, y no obstante compartible y comentable. Uno tiende a repetir lo que resulta placentero, y no puede haber literatura, o arte en general, sin que haya en alguna medida necesidad, ya que todo proyecto, sea individual o colectivo, se sustenta en ella. Pareciera que la condición del arte fuera la escacez, y no la saciedad. La escacez -en todo su espectro, me niego a que esta palabra se asocie únicamente a la idea de mercado- promueve la creatividad en todos los ámbitos de la existencia, y en lo que respecta al arte, es su total y absoluta gratuidad en el momento de la creación, lo que lo hace genuino. Siempre lo fue y siempre lo será, y la red resulta ser un importante caldo de cultivo. Ahora el autor puede beber de otras fuentes en simultaneidad, y tanto, que empieza a resultar inconcebible un autor sin conexión a Internet.
Sé que es discutible. Pero es una realidad que gente de la segunda y tercera década asume como en otro tiempo se asumía ir a una biblioteca o comprarse 14 libros juntos. Es una realidad que la red ha transformado nuestra capacidad de acceder a la información y que nuestro vínculo con el lenguaje empieza a cambiar.
¿Tendrán que cambiar los autores, y con ellos los géneros, y tendrán que actualizarse los editores? No es ni bueno ni malo: es lo que es.
¿Qué sería de nosotros hoy día si Bourroughs hubiera tenido a mano una PC a la hora de crear su cut-up? De ser así, ¿creen que a alguien se le ocurriría discutir que la literatura escrita en red es de peor calidad que la publicada en un libro?
¿Por qué, porque no pasa por la criba de unos críticos y sí, en cambio, por la de miles de lectores ávidos de una literatura de carne y hueso que puedan elegir ellos mismos?
¿Quién decide qué puede leerse y qué no? Y sobre todo, ¿con qué criterio, y de qué o quiénes depende ese criterio?
Si el problema es pecuniario, no pasa nada. Basta con cerrar la revista, el blog o la web y cobrar por su acceso. Hay escritores que lo hacen. Me parece perfectamente legítimo. Yo no pagaría por entrar en una página, pero hay quienes lo hacen, y está bien. Los lectores que le sigan -y serán sólo los lectores- pagarán por su acceso igual que cualquier hijo de vecino que quiera comprarse un libro. Leer en mi e-book, y en la cama, es un placer: pesa algo más que un libro, tiene luz propia y ni siquiera necesito volver las páginas. No me importaría almacenar toda una biblioteca en mi e-book. El libro es un objeto atractivo pero no es más que un medio, y aunque hace unos veinte años me hubiera resultado inconcebible leer un texto en una pantalla iluminada, esto pasó hace veinte años, y hoy no le encuentro la diferencia. Para mí los únicos libros irremplazables son los incunables y los códices. Ah, y los libros objeto.
Sin embargo, hay un problema a tener en cuenta, y es que Internet, dada su naturaleza virtual, es de por sí frágil. Si a ello le sumamos su juventud en conjunción con nuestra veterana estupidez como especie en materia de auto-depredación, o acaso -y esto no es ningún delirio- la eventualidad de un viento solar de gran magnitud que no pueda preveerse, no se descarta la posibilidad de que en algún momento vaya a colapsar. Y como muchas creaciones-proyecciones del sapiens, sus ventajas puedan convertirse en su propio cepo: esa naturaleza descentralizada y caótica de araña dionisíaca la hace frágil por su infinitud. No hay manera de controlar a la araña, y por muchas restricciones que se le pongan, hackers y crackers seguirán campando a sus anchas como avispas en su insondable tejido digital.
Hemos sido capaces de crear la más grande biblioteca de Alejandría jamás imaginada, y no porque contenga todo el saber erudito -que ése está de verdad, pero en las bibliotecas físicas- sino porque contiene toda la información, que no es lo mismo que el conocimiento. Si el saber erudito contiene las neuronas, Internet contiene los neurotransmisores. La red no sólo nos proporciona el espacio y el vínculo, sino que modifica la cognición. La expande. De ahí que un mismo objeto pueda ser observado de aquí a la China desde miles de millones de puntos de vista, lo cual hará posible que sea intervenido y por tanto modificado, reformulado, recontextualizado, reinterpretado y recreado, sometiendo al ámbito comunitario la figura hasta hace poco “exclusiva” del Autor. Hoy, el autor es múltiple, se hace inclusivo, y la obra se ha vuelto monumental: un cadáver exquisito elevado a Pi. Internet es lo más similar a una conciencia global unificada en constante expansión. La araña original ha muerto, ha crecido o quién sabe por dónde andará. Ha perdido el control de sus vástagos, que se reproducen a velocidad espasmódica, muriendo al instante en beneficio de su propia mutación.
De alguna manera, también Internet es un incunable.