27/6/15

La amorosa cadena

Empecé a escribir porque me sentía secuestrada en mi país, en mi casa, en mi ciudad. Pero ocurre que cuando el arte te ha liberado hay que marcharse. A veces, regresar a la casa de origen viene a ser lo mismo que volver a encadenarse a la caverna.

24/6/15

Divina Mezcala

Raíces

De la piedra vertical que al agua 
y a todas las generaciones sobrevive
en lenguas que mi mente no comprende mejor que mi corazón,
son mis raíces. Anchas, sin frontera.
Del puente donde me detuve a otear el horizonte
mar a diestra y siniestra
adelante la nada
atrás la niebla y yo sola en alta mar,
son mis raíces. Siempre viviendo a ras del agua, el nenúfar.

De todos los hogares que habité
y de todos los que tuve que dejar
de los amigos cuyos secretos he guardado
del amor sin patria fija de los fundadores de naciones
alrededor de una mesa donde ser familia
es mucho más que ser sangre,
son mis raíces.
De todos los cohetes a los que me subí
para explorar las estrellas que me salvan de mis noches,
de mis agujeros negros, mis gusanales
de mis multiversos paralelos
de mis ciudades sagradas con sus ruinas
y sus piedras vueltas a levantar,
son mis raíces.  Siempre a ras del aire, la cóndora.

De todas las canciones que elegí
todas me habían habitado antes de nacer
igual que me habitó la luna con ventana de nube en el Albaicín
o la tarde en que me subí a un barrilete en cabo Corrientes
 para caer en Tánger sin escalas.
Desde la punta de una península se mira al mar
y en la piedra que lo besa, se espera la noche
para quemar el pasado dentro de un par de botas viejas.
Siempre a ras del fuego, Finisterrae.
Al fin y al cabo, las raíces crecen donde se es capaz de amar.

De India, que nunca la he visto
y de la noche magiar
de los gitanos que iban bajando por el sol con sus carretas
de una india mestiza que volaba montada a un bejuco
y de una campesina blanca europea que le pasó un huevo
por debajo de la mesa a un hijo veterano,
son mis raíces.
Siempre a ras de tierra, a este árbol no se le escapa nada.

Del aire andino, objeto del deseo
de la cruza entre el mar y un océano, mi verdadera madre
del fuego de San Juan, el hogar al que siempre volveré
de la tierra donde bailan los mil pueblos del planeta
sólo por una noche y para siempre
de la pizarra donde rompí mi primera tiza
del banco en el que transgredí la primera regla con un dibujo
del primer hueco debajo de un pino
de todos los que me amaron y de los que no me amaron
también
son mis raíces.

Mis raíces me conocían desde antes de nacer:
yo no he tenido que buscarlas, ellas me encontraron.
Soy la raíz viviente de mil y un brotes de futuro…
¿y vos te empeñás en saber de dónde vengo?

21/6/15

Objeto del deseo

Desde la punta de una península se mira al mar
y en la piedra que lo besa, se espera la noche
para quemar el pasado dentro de un par de botas viejas.
Siempre a ras del fuego, Finisterre.
Al fin y al cabo, las raíces crecen donde se es capaz de amar.

9/6/15

¿Be water?

¿Qué vale más, la sangre del pasado convertida en hidrocarburo, o la tierra nueva que produce semilla para la posteridad?
Se habla de "memoria", cuando debería hablarse de resentimiento. Y el resentimiento siempre engendra revancha.
Se habla de "memoria". Hablemos también de futuro.
Pero de esto no se habla. Y si se habla, se silencia, se bloquea, se "banea" o se hace como que se ignora.
Nuestra sombra emerge como un gigante de mil cabezas que ha sabido devorar el pensamiento independiente, a fin de sustituirlo por una precariedad intelectual que no resuelve los problemas de estructura. Porque a nadie le interesa resolverlos. Porque no conviene.


Es triste, nunca pensé que llegaría a decir esto en mi país (sin embargo, debí haberlo previsto).

5/6/15

Negros de mierda



Me pregunto cuándo fue que empezó, aunque supongo que lo digo sólo como para romper el hielo. Para comenzar a escribir lo que no desearía tener que escribir, aunque lo lleve masticando desde hace tiempo, y en silencio, sin la esperanza de que lo que yo llegue a decir pueda cambiar alguna cosa. Porque sabemos que no va a pasar. Sabemos que ya era así cuando llegamos, y que a nadie se le ocurre pensar nunca que vaya a ser diferente. Porque no hay registros de que alguna vez haya sido distinto. Un tropel de palabras que se repiten, de conceptos desaguados -o más bien desangrados- que al hablarse dibujan círculos viciosos, vueltas del perro bajando directas al abismo. Un abismo cuyo fondo ignoramos porque de tan hondo nadie lo puede concebir. Pero sabemos que está, que baja, que ése ha sido y será siempre nuestro sino, el destino que habitamos sin imaginar un viraje, o acaso un cambio de dirección…

 Entonces, ¿para qué vas a pensar? 

Ya hemos olvidado cuándo fue que dejó de importarnos embarrarle la vereda al vecino, cuándo empezamos a ponerle cerrojos a las puertas de nuestras tiendas por miedo a los balazos. La cosa es que ya a nadie le importa y hemos dejado de hacernos preguntas, lo cual viene a ser lo mismo que haberles dado las llaves en la mano a los que planificaron romperle las piernas al país. Porque siempre que alguien deja de hacerse preguntas, renuncia al derecho inalienable de la duda. Y decide dejar de reflexionar. Buen trabajo nos hicieron dándonos un palazo por cada vez que intentábamos levantar cabeza. Es como la ola que te revuelca contra las piedras de la playa y te raspa, te lastima o te rompe algún hueso. Te levantás tambaleando, y cuando parece que vas a salir ya te cayó otra encima. Así nos trataba el mar. Así nos iba quebrando el arrecife. Pero el instinto es fuerte, y uno siempre se vuelve a levantar. No hay humano que tenga tanta agalla como para respirar bajo el agua, y además siempre se quiere vivir. Aprendimos a levantarnos del revoltijo con los huesos rotos porque al otro lado de la orilla están los seres que amamos, nuestra casa, nuestra historia, algún sueño sencillo en forma de bañito para el quincho o de canchita para los pibes. Y qué importa todo lo demás. Qué importa entonces por qué y dónde y cómo y desde cuándo y hasta dónde y hasta cuándo, si esto siempre fue así… 

Entonces, ¿para qué vas a pensar? 

Lo primero que se le hace a un pueblo es aislarlo. Se le aísla a fin de que no perciba. Aislándolo se reduce su capacidad de obtener información. Al reducirse su capacidad de obtener información, se reduce también su percepción. Ésta quizá haya sido la única piedad que nos tuvieron, la de quitar todo estímulo capaz de generar percepciones interesantes, deseos. Y con ello, la anulación de la conciencia, el pensamiento crítico y la capacidad de tomar decisiones por estimulación. Lo que no se desea nunca llega a sufrirse, de forma que las nuevas generaciones crecen sin percibir la existencia de algo más allá de la cerca. De un cerco alrededor del patio. De una frontera que no supere los 150 metros del terreno. De una correa, una cadena que llegue justo justo a la cerca donde se termina el país. Porque siempre fue así. Se nos permitió la cerca y la correa, haciéndonos creer que eso era la libertad. Y la gente se lo creyó. Esto no es de ahora, la gente se lo viene creyendo desde siempre. Pero la gran tragedia, hoy mismo, es que la muerte del sueño grande nunca va a ser llorada porque la tierra nunca fue nuestra. Sin embargo van subiendo y cayendo gobiernos, las palabras cambian de sentido, la historia se reescribe cada quince años, las banderas se rediseñan, pero la tierra sigue siendo de otro. Y en nuestra desesperada ilusión de creerla propia, nos aferramos a la parcela individual y le ponemos a nuestra pequeña patria bonsái el nombre de nuestros hijos y el apellido de un abuelo peronista. Viejos de veinticinco años se perpetúan a través de un hijo varón bajo la lente fundamentalista de una vida burguesa, aferrada a la tradición de los domingos al sol con la familia, esa zona de confort que es también zona trágica, porque con su silencio rubrica dictaduras. 

Del cerco para afuera es tierra de nadie, "zona liberada", una orilla que nadie quiere pisar. Salvo que les convenga por razones materiales o espirituales, sea para ganarse el Paraíso, sea para seguir abriendo cuentas en paraísos fiscales. Unos por piadosos, otros por hijoputas, otros por lo que sea, la tierra embarrada del otro lado del cerco es nuestra viva imagen vuelta del revés. Nuestra sombra. Y de alguna manera que deberíamos plantearnos muy seriamente, ella conforma el rostro completo, aunque desfigurado, de una verdad que nos avergüenza. La verdad de los hijoparias que no hemos querido abrazar, porque su piel huele a indio devenido en negrito de mierda. Y ellos, como sabemos, no son patria. Y cuando lo son, es para usarlos como escudo litigante o esgrimirlos como esclavos libertos del padre-estado que los compra. Así que mejor no mirar, aunque "el malón" nos avance y haya que construir cercos cada vez más altos. Mejor no mirar, aunque la marea negra amenace con sofocarnos, y el aire y las cercas y los zócalos y los árboles y todo lo que hay sobre la faz de la tierra, se cubran con las cenizas de los que ardieron y siguen ardiendo en lo profundo de nuestro doliente -avergonzado- genoma mestizo.