5/6/15

Negros de mierda



Me pregunto cuándo fue que empezó, aunque supongo que lo digo sólo como para romper el hielo. Para comenzar a escribir lo que no desearía tener que escribir, aunque lo lleve masticando desde hace tiempo, y en silencio, sin la esperanza de que lo que yo llegue a decir pueda cambiar alguna cosa. Porque sabemos que no va a pasar. Sabemos que ya era así cuando llegamos, y que a nadie se le ocurre pensar nunca que vaya a ser diferente. Porque no hay registros de que alguna vez haya sido distinto. Un tropel de palabras que se repiten, de conceptos desaguados -o más bien desangrados- que al hablarse dibujan círculos viciosos, vueltas del perro bajando directas al abismo. Un abismo cuyo fondo ignoramos porque de tan hondo nadie lo puede concebir. Pero sabemos que está, que baja, que ése ha sido y será siempre nuestro sino, el destino que habitamos sin imaginar un viraje, o acaso un cambio de dirección…

 Entonces, ¿para qué vas a pensar? 

Ya hemos olvidado cuándo fue que dejó de importarnos embarrarle la vereda al vecino, cuándo empezamos a ponerle cerrojos a las puertas de nuestras tiendas por miedo a los balazos. La cosa es que ya a nadie le importa y hemos dejado de hacernos preguntas, lo cual viene a ser lo mismo que haberles dado las llaves en la mano a los que planificaron romperle las piernas al país. Porque siempre que alguien deja de hacerse preguntas, renuncia al derecho inalienable de la duda. Y decide dejar de reflexionar. Buen trabajo nos hicieron dándonos un palazo por cada vez que intentábamos levantar cabeza. Es como la ola que te revuelca contra las piedras de la playa y te raspa, te lastima o te rompe algún hueso. Te levantás tambaleando, y cuando parece que vas a salir ya te cayó otra encima. Así nos trataba el mar. Así nos iba quebrando el arrecife. Pero el instinto es fuerte, y uno siempre se vuelve a levantar. No hay humano que tenga tanta agalla como para respirar bajo el agua, y además siempre se quiere vivir. Aprendimos a levantarnos del revoltijo con los huesos rotos porque al otro lado de la orilla están los seres que amamos, nuestra casa, nuestra historia, algún sueño sencillo en forma de bañito para el quincho o de canchita para los pibes. Y qué importa todo lo demás. Qué importa entonces por qué y dónde y cómo y desde cuándo y hasta dónde y hasta cuándo, si esto siempre fue así… 

Entonces, ¿para qué vas a pensar? 

Lo primero que se le hace a un pueblo es aislarlo. Se le aísla a fin de que no perciba. Aislándolo se reduce su capacidad de obtener información. Al reducirse su capacidad de obtener información, se reduce también su percepción. Ésta quizá haya sido la única piedad que nos tuvieron, la de quitar todo estímulo capaz de generar percepciones interesantes, deseos. Y con ello, la anulación de la conciencia, el pensamiento crítico y la capacidad de tomar decisiones por estimulación. Lo que no se desea nunca llega a sufrirse, de forma que las nuevas generaciones crecen sin percibir la existencia de algo más allá de la cerca. De un cerco alrededor del patio. De una frontera que no supere los 150 metros del terreno. De una correa, una cadena que llegue justo justo a la cerca donde se termina el país. Porque siempre fue así. Se nos permitió la cerca y la correa, haciéndonos creer que eso era la libertad. Y la gente se lo creyó. Esto no es de ahora, la gente se lo viene creyendo desde siempre. Pero la gran tragedia, hoy mismo, es que la muerte del sueño grande nunca va a ser llorada porque la tierra nunca fue nuestra. Sin embargo van subiendo y cayendo gobiernos, las palabras cambian de sentido, la historia se reescribe cada quince años, las banderas se rediseñan, pero la tierra sigue siendo de otro. Y en nuestra desesperada ilusión de creerla propia, nos aferramos a la parcela individual y le ponemos a nuestra pequeña patria bonsái el nombre de nuestros hijos y el apellido de un abuelo peronista. Viejos de veinticinco años se perpetúan a través de un hijo varón bajo la lente fundamentalista de una vida burguesa, aferrada a la tradición de los domingos al sol con la familia, esa zona de confort que es también zona trágica, porque con su silencio rubrica dictaduras. 

Del cerco para afuera es tierra de nadie, "zona liberada", una orilla que nadie quiere pisar. Salvo que les convenga por razones materiales o espirituales, sea para ganarse el Paraíso, sea para seguir abriendo cuentas en paraísos fiscales. Unos por piadosos, otros por hijoputas, otros por lo que sea, la tierra embarrada del otro lado del cerco es nuestra viva imagen vuelta del revés. Nuestra sombra. Y de alguna manera que deberíamos plantearnos muy seriamente, ella conforma el rostro completo, aunque desfigurado, de una verdad que nos avergüenza. La verdad de los hijoparias que no hemos querido abrazar, porque su piel huele a indio devenido en negrito de mierda. Y ellos, como sabemos, no son patria. Y cuando lo son, es para usarlos como escudo litigante o esgrimirlos como esclavos libertos del padre-estado que los compra. Así que mejor no mirar, aunque "el malón" nos avance y haya que construir cercos cada vez más altos. Mejor no mirar, aunque la marea negra amenace con sofocarnos, y el aire y las cercas y los zócalos y los árboles y todo lo que hay sobre la faz de la tierra, se cubran con las cenizas de los que ardieron y siguen ardiendo en lo profundo de nuestro doliente -avergonzado- genoma mestizo.