15/2/16

Al Dios del buen amar

El buen amar nunca se olvida. Ciertos detalles de solidaridad espontánea son caricias en la biografía personal, fértiles parajes en la geografía vital de una memoria forjada tanto en el amor como en el dolor. La apuesta segura a una rayuela imaginaria que conduce, con toda seguridad, al cielo. La bienaventuranza de los mansos que nunca oyeron hablar de Dios, y que no obstante, cada paso que dan es un punto diminuto en la reconstrucción de un reino arrasado. Ellos están más allá de los ilustres sabelotodos, de los charlatanes traficantes de la fe, de los consagrados que se suben al escenario a señalar quién entra y quién se queda. Ellos son los advenedizos. Son los que te caen del cielo en medio de la tormenta con un paraguas abierto. Son el rostro desconocido, y probablemente sin nombre, que ha pasado contigo una tarde cualquiera en un parque, completando el fino tejido de una historia de dos horas en común. Regando la tierra de una vida viajera con relatos y confesiones que la nutren. Ellos son los hombres y las mujeres que dan sentido a los cuentos, que son, a su vez, los que dan sentido a la vida, y los que dan sentido a Dios. A ese Dios zamarreado por los especialistas y secuestrado por las religiones. A ese Dios de partido único, endogámico, exclusivo y excluyente, que por casualidad lleva justo justo... el apellido de la única familia que va a salvarse: la de los especialistas. A ese Dios que no quiere ser Dios, que se hartó de ser un tótem, que respira a través de agallas humanas, que siente a través de las manos de una madre, que oye a través del arco de un violín, que come y bebe a través de un obrero de las vías. A ese Dios misterioso que cuanto más se esconde, más evidente se hace. Al Dios del buen amar.