28/2/12

En la boca del diablo

A la memoria de Lucas Menghini Rey y de las víctimas de la tragedia en Once. Dedicado también a los activistas de todo el mundo que luchan por los bienes de la Tierra.


La mujer del pantalón de fajina se tumba en medio de la ruta resuelta a cortar el paso a los camiones. No hace nada, no se mueve, pero se retuerce y se mueve, lucha. Igual la sacan. Ciego de rabia -o de miedo- un ezbirro de la Barrick Gold se arrebata delante la prensa. Levantan a la mujer entre dos hombres y la dejan a un costado de la ruta como un fardo. Ella se levanta y vuelve a tumbarse delante de los camiones. Los hombres vuelven a sacarla. Mujer de pelo largo con pantalón de fajina.

En El Dorado el agua vale más que el oro. Esto no es una epifanía revolucionaria, aquí se lucha por el agua.

Los restos de una mina abandonada en la provincia de San Juan, Argentina, allá por el 46. Un viejo ingeniero de piel oscura se pasea tristemente por los restos de un cenagal de agua y azufre: “Ácido sulfúrico”, aclara. Nada crece allí, todo está muerto.

Al norte de la América oscura, un señor muy blanco de mirada vacía, de apellido Munk, bendice el yacimiento de oro que Dios ha puesto para él en los Andes “donde nunca habrá esperanzas de salir de la pobreza”. No habiendo esperanzas no tiene por qué haber culpa, la masa anónima de vivientes resignados a su extinción -según él por voluntad de Dios, in God we trust- justifica la acción y la convierte en daño colateral.

El Dorado existe: para arrancarlo de la tierra harán faltan cincuenta millones de litros de agua al dia. Mientras en el resto del planeta se habla de escasez y de consumo responsable, en los Andes el agua abunda. Sólo que no se usa para saciar la sed de sus habitantes -que siempre serán pobres por mandato de Dios y del Rey Blanco-, sino para sacar el oro. La pólvora se usa para hacer estallar las montañas. El cianuro se usa para contaminar las aguas, sacar el oro y matar a la gente que siempre será pobre por mandato de Dios y del Rey Blanco.

Se ha cumplido la profecía: hemos hallado el tesoro. Amén.


Vaya un chiste para espantar la mufa. Se encuentran el ministro de Obras de Italia con el ministro de Obras de Argentina en el despacho del primero. Viendo el argentino que allí dentro todo es de oro, le pregunta al italiano: “¿Cómo hacés?”; y el italiano le señala un puente majestuoso al otro lado de la ventana: “¿Ves?, la mitad está ahí”, y se da un golpecito en el bolsillo: “Y la otra mitad está acá”. Meses después se encuentran el ministro de Obras de Argentina con el ministro de Obras de Italia en el despacho del primero. Viendo el italiano que allí dentro todo, hasta el papel es de oro, le pregunta al argentino: “¿Cómo haces?”; y el argentino señala a la ventana. El italiano mira, pero no ve nada; entonces el argentino se da un golpecito en el bolsillo y le dice: “¿Ves?¡Está todo acá!”.

Lo que tienen los mitos es que permanecen inmutables, sea quien sea el que gobierne. Para eso son mitos. Pareciera, inclusive, que no importara mucho quien gobierne, que ciertos destinos estuvieran ya trazados de antemano, que el traidor tuviera solamente que esgrimir otra bandera y comprar su derecho al liderazgo prometiendo el líquido vital en lugar de hot-dogs. Una cámara astuta registrará su sonrisa infame a la hora de defecar sobre aquellos que dejaron en sus manos la salvación del agua.

En Argentina la plata vale más que el agua. Como las transnacionales sacan el mineral sin pagar impuestos en Aduanas -o sea de contrabando-, es normal que en Europa o en la América del Rey Blanco, un anillo de plata cueste la mitad, como mucho, de lo que podría costar en el país abastecedor.

Si bien la manipulación de la prensa es perversa, es fácil convencer a un pueblo cuando éste carece de referentes. Lo cual halla terreno propicio en la complicidad de una masa cómodamente instalada que se limitará a callar, mirar por la ventana y seguir apoltronada en el sillón de su indiferencia, insistiendo en que al otro lado de la ventana hay puente, y que si no lo hay no importa porque ellos viajan en avión.

¿Es el señor de la sonrisa infame el principal responsable de sus muertes?

No muy lejos de mi casa un vecino quema basura en el campo de al lado. Vivimos en una reserva forestal, un lugar de privilegio. Si se compara con los campos de Castilla donde para hacer crecer unas patatas se necesita alta tecnología, la Pampa húmeda es el Jardín del Edén. Aquí la tierra se tiene en abundancia, y no se tiene. Se tiene hoy, pero ¿se tendrá mañana? No se puede imaginar nada más allá del horizonte, porque desde que existe El Dorado, detrás del horizonte nunca hubo otra cosa que horizonte. Y seguirá siendo así por los siglos de los siglos.

En Argentina los perros andan sueltos y los perros mueren sueltos. Nunca falta algún perro muerto en alguna cuneta: se sospechan en el aire, pero no se ven. Huelen, los perros, como el Emisario Submarino que vierte en el mar los deshechos de toda una ciudad de más de medio millón de habitantes. El Emisario es un tubo gigantesco que, a falta de alta tecnología de purificación de aguas residuales, se hunde en la plataforma marítima y la deshecha allí -dicen que tratada. Como suele suceder en estos casos, el gobierno alega no tener presupuesto para adquirir un sistema no contaminante. El resultado es la contaminación irremediable del mar y del aire, que cuando sopla el viento malo trae un aroma nauseabundo al que todo transeúnte se acostumbrará, especialmente los niños huérfanos de APAND, cuyo campo deportivo está a un kilómetro del tubo.


La saga escatológica no es un hecho aislado, sino una cuestión doméstica. A saber, me cuentan de un poderoso constructor que tiene una mansión en el barrio Atlántida, Santa Clara del Mar, que es donde vivimos. Yo la conozco, es una casa monumental. Cuando se le llena el pozo séptico, el señor vierte sus desperdicios directamente en la calle. Es nuestro emisario submarino particular. En la entrada de su casa hay un cartel prolijamente tallado en madera que reza: “Cuidado, niños jugando”.

A falta de oro, plata, cobre y demás minerales -ya hemos visto que los devoran los de afuera- en Argentina lo que sobra es la chatarra. No hay vecino que no acumule chatarra en su propiedad, y la revenda a precio de pepita. Mientras en Europa los coches se descartan en cementerios de chatarra -que es un decir, porque nunca llegan a ese estado- acá la venta de dicho material es todo un negocio. Cuando no se le da al hierro viejo un destino creativo, su reciclado no es una cuestión de conciencia sino de necesidad. Ni hablar de los muebles viejos y, por poner un ejemplo, los enseres de cocina usados: lo que en Europa se tira aquí se revende, muchas veces al doble de precio conque podría adquirirse allí cualquier mueble a estrenar.

A estas alturas el recién llegado meditabundo habrá notado, no sin perplejidad, que quizá la punta del ovillo no comience en la transnacional sino en casa. Es decir al otro lado de la medianera, en el no-límite de un Edén impreciso entre horizonte y horizonte. Es ahí cuando el recién llegado recibe con alivio emocionado la acción de la activista con el pantalón de fajina cortando la ruta a los camiones, casi como un enigma en medio de la barbarie. Como una pepita de oro -valga la paradoja- entre la chatarra humana que deambula estupidizada por el paseo turístico de un agradable pueblo pampeano a orillas del Atlántico, intentando ignorar lo que debería mover a una revolución.

Pero volvamos al norte argentino, a los valles calchaquíes, a las montañas policromas que salen en las postales con sus cactus enhiestos y su desierto lunar. En ese desierto en cuyas entrañas hay todo tipo de minerales -oro, plata, cadmio- han vivido durante generaciones pueblos de etnia diaguita y calchaquí. También vivían allí los Quilmes, de cuya cultura se conserva un cementerio. Si bien su medio de vida era la ganadería, hoy día el ganado se les muere a causa del agua contaminada por el cianuro. Las personas beben la misma agua que los animales y mueren como animales, sólo que más lentamente (de cáncer, por ejemplo).

No hará falta mucha sesera para comprender que los manantiales putrefactos que se ven en la película de Pino Solanas (1) en la que está inspirado este artículo, o en cualquier video de YouTube, no puede ser jamás manipulación de ningún grupo corporativo, sino producto de una realidad que no sale en la televisión. Basta con tener ojos para verlo y llegar a la conclusión de que somos víctimas propiciatorias, a conciencia y por negligencia, de una tomadura de pelo criminal.

Esto no es una epifanía revolucionaria, aquí se lucha por la vida. Aquí la crisis es parte de la naturaleza. Una naturaleza inmensa y riquísima que no osbtante sí tiene límites, sí que puede agotarse.

Pero mejor no mirar. ¿Quién querría asomarse a la boca del Diablo?

Hubo en el siglo pasado, a mediados de los cincuenta, una epifanía inolvidable incluso para aquellos que no la vivimos. Hubo una exhortación, una gesta histórica, una masa crítica que cambió para siempre el destino de este país. No se interprete esto como un elogio de su ideología sino como señal de fuerza y esperanza de un pueblo. Me cuesta comprender cómo el mismo pueblo se ha vuelto, hoy, incapaz de salir a la calle en masa para repetir esa gesta por razones vitales -el agua es vital-, cuando lo que les pasa a los catamarqueños podría pasarnos a nosotros cualquier día de estos, y cuando sabemos bien que la Argentina está siendo vampirizada y saqueada allí donde se vaya. Cuando hay gente que muere. Cuando hay cientos de miles de kilómetros de territorio nacional expuesto al rapiñaje extranjero bajo el consentimiento de sus dirigentes y el yo no sé y te paso la pelota de intendentes y gobernadores.

Parece que ciertos colectivos sociales se hubieran acostumbrado a la humillación de la compra-venta, o trueque, de objetos inservibles. Sería bueno detenerse un momento en la reflexión de que vender, alquilar o regalar objetos destrozados humilla a las personas, las decanta, y a la larga no proporciona ganancia a ninguna de las partes. Si tanto nos jactamos de nuestra paradigmática solidaridad, estaría bien que empezáramos por no traficar con bienes que si no pueden ser usados en casa, difícil que puedan usarse en casa del vecino. La institucionalización de la miseria justifica que el pobre viva del pobre, y que el clase-media se aferre a su propiedad con una suspicacia que en vez de dignificarlo, lo precipita en la mezquindad.

¿Será ésta la verdadera razón de nuestras desdichas, ésas que siempre achacamos a los gobiernos? Mejor ni pensarlo: ¿quién querría asomarse a la boca del Diablo?

Todo lo que no se suelta, todo lo que se acumula por miedo al fantasma de viejas tribulaciones, se expande por el aire y se percibe como una cataplasma invisible. Para muchos no parece haber posibilidad de renovación; a lo sumo se echará mano del reciclaje o la chapuza¬: la verdadera pobreza es pragmática, no se va con devaneos estéticos. La pobreza preserva hasta las últimas consecuencias, hace callo, se fenomeniza el síndrome y se instala como parte de una realidad embalsamada, de un campo que nunca va a sembrarse, de una casa que nunca se acabará. La frontera entre pobreza y dejadez sigue siendo difusa.

Alguien dijo que éste es un país libre: somos los pibes de la humanidad.

Hace pocos días un tren de la línea Sarmiento, en Buenos Aires, se estrelló a 26 kilómetros por hora contra la barra contenedora de un andén. Murieron cincuenta personas, incluido un niño. Llaman a un experto y el hombre asegura, excitado, que a tan baja velocidad un tren en condiciones no puede replegarse contra sí mismo como un acordeón, que es lo que pasó en la tragedia de Once. Si sucede será por el deterioro natural que sufren los materiales por el uso, detalle que en Argentina suele pasarse por alto: como dije, la cultura de la chatarra está tan incorporada que no se nota hasta que la sangre llega al río. La gente lo acepta como parte de su sino. Viajar hacinados en trenes y autobuses también es parte de su sino, a nadie se le ocurriría pedirle al mótorman que cierre la puerta cuando suben, o quejarse por el hacinamiento. Los niños no constituyen un obstáculo. Los ancianos tampoco. El hierro se mezcla con las personas, con el hedor incierto, amargo de la chatarra, con la basura inidentificada de rincones y engranajes.

Cuando alguien les diga que tienen derecho a exigir un trato digno, no se lo creerán. Seguirán subiendo a ese tren porque es todo lo que tienen. Seguirán subiendo porque la ciudad es grande, grandísima, y llegar tarde al trabajo puede significar el despido. Seguirán subiendo porque siempre ha sido así y seguirá siendo así por los siglos de los siglos. Seguirán subiendo porque siendo las fronteras tan lejanas, tan inalcanzables, a nadie le importa cómo será en otro lugar, porque ese lugar nunca va a alcanzarse, y si se alcanza será por la inercia de un tren que no se detiene y se estrella contra un andén.

Lucas Menghini Rey tenía veinte años. Ahora que ya tenemos mártir, ¿podemos bajarnos del tren? (2)


Mientras pienso en todo esto, las nubes avanzan por el cielo a velocidad sorprendente. Por ahí suena la Cueca de la frontera, y me pregunto dónde estará la mía, hasta dónde llegarán las tierras de El Dorado, de quién serán y qué significará ser argentino, si es que significa algo. El viento sopla fuerte.

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(1) Tierra sublevada: oro impuro, de Pino Solanas (2009)

(2) La sangre llegó al río: ordenamos la intervención de TBA, la empresa concesionaria.

19/2/12

De gayegos y de argentos




Los españoles trajeron la Biblia y se llevaron el calefón. Pero vino un argentino, y con tres cartones, cuatro chapas y un par de alambres armó un artefacto similar. No sólo funcionaba como un calefón, sino que además lo vendió al doble de precio y montó una empresa de calefones.

Con la Biblia pasó algo parecido. Cuentan que alguien la dejó en un rincón y cuando por fin se acordaron de que estaba ahí se la encontraron apolillada. El papel se caía a pedazos, nada más que un montón de polvo. Pero vino el mismo argentino de antes (o por ahí era otro, no sé) y le mandó un remiendo sobre el carácter irrenunciable de la única ley nacional: el que tiene guita hace lo que quiere. Ergo, todas las demás leyes son canjeables.

Lamentablemente he perdido la costumbre de que me tomen el pelo. Había olvidado que la tomadura de pelo a la argentina puede ser brutal. Como había olvidado también que en Argentina, a los españoles -gayegos, gaitas-, se les desprecia tanto como se nos desprecia a nosotros en España, pero sin diplomacias. Nota: en estos días he aprendido una cosa sobre mí. No me jode ningún país en especial y no creo que haya un país mejor que otro. Lo que me jode es el prejuicio sea donde sea.

Los españoles se llevaron las flores y nos dejaron el jarrón. Yo vi las flores de cerca, me dejaron aspirar su aroma de infinita ilusión colonizadora. Hoy, algún compatriota me mira con cara de rabia cuando le digo que si alucino con los precios, es porque en el país de donde vengo eso puede costar hasta cuatro veces menos. Desde la escasa sesera de un sapiens con el cerebro apolillado esto no se comprende. Lo que no se comprende es qué hago aquí si los precios de allá son mejores. A ver quién da más. A ver si alguien con más profundidad de análisis se lo imagina.

Pero vos, calladita, no te quejés. No hablés. Shhh. Mutis. Decí que estás acá por amor a la patria. Por la banderita celeste y blanca, Belgrano estaba inspirado y vio el pajarito y la nube y entonces le vino a la mente, viste… en un arranque de patriotismo, de calentura nacional, el emblema, alta en el cielo el águila guerrera… etc. Daguerre no había nacido todavía, e Internet ni de lejos. Así que ni cielo ni nube, la única posta es que la blanca y celeste es la misma que cruza la panza sebosa de los Borbón. Está en el Prado; palabra.

Jodida la visión panorámica. Mejor no haber salido nunca de la caverna. ¿Qué son ocho pesos un chorizo del 34? Acabo de enterarme hoy: hay chorizos del 34, del 36 y del 28 -o algo así. La raza de los carniceros siempre me dio miedo. Digamos que me inspira un respeto respetable. Respetabilísimo. Será por la manera en que ciertos ejemplares del gremio respeta a las semi-vegetarianas como yo. Hay que decir: “Y… tirame ese pedazo, dale”. O: “Y dale con tres del 34 y poneme también unos chinchulines”. Hay que ir como muy macha, muy puesta, muy siendo de la casa -como diría un gayego, así como sabiendo lo que es achurar un cacho’e’carne…

Pero yo nunca aprendí la diferencia entre el cuadril del medio y la paleta. Lo único que aprendí es que el lomo ya no se puede comprar. Y esto fue hace más de treinta años. He notado que la cosa sigue igual tanto para el lomo como para todo lo demás.

Siento como si estuviera viviendo en los 80: es pasmoso, las cosas siguen inamovibles... ¡como congeladas! Es como vivir dentro de un sueño -¿una pesadilla?- gris, rara, bizarra. Retro. Cuando pregunto por una determinada marca de oblea -Ópera, son las únicas que nos gustan- y me muestran una lata de cinco kilos de galletitas, de ésas que vendía mi viejo hace treinta y cinco años, alucino y se me vuelve a torcer la boca a lo Tonucci.

Lo lamento, pero me impresiona. No lo puedo evitar. Es un sentimiento extrañísimo, mezcla de nostalgia, asombro, decepción, lástima… no sé ni cómo describirlo. Un revoltijo. Y podrá resultar hasta estúpido, lo sé; una suerte de desamparo frente a lo inmutable -como las grúas en la isla Maciel, de Arlt-, frente a esa frase que hay quienes pronuncian con sorna, sobrados:

y… esto es Argentina.

Argentina es un país de extremos (vaya novedad). Como escuché hace poco en un conocido programa de televisión: decir que hoy día la izquierda y la derecha no existen, es de derecha (resulta desalentador que todavía se siga con el binomio ilusorio de siempre). Sin entrar en filosofías -he notado que, tal como están las cosas, y con el revival de la autoestima nacional en crescendo, hacerlo sería perder el tiempo- habría que ir a la práctico y preguntarle al chico que me trae las garrafas, que tiene dos pibes y labura como un negro diez horas al día, por qué se alegra de poder, aún, darse el lujo de tener televisión por cable, y gracias. ¿O debería preguntarles, más bien, a los accionistas de YPF por qué les ha dado por aumentar de golpe un 25% el precio del gas, mientras hacemos el cálculo de cuánto podrá costar el año que viene a la misma hora?

Breve anécdota: cuando llegué a España, allá por el 98, el edificio acristalado de Plaza de Castilla, en Madrid, tenía un cartel gigantesco que ponía: REPSOL YPF. Para mí sigue siendo un misterio por qué años después sacaron YPF y quedó sólo REPSOL. ¿Alguien da más? (o quita).

Argentina, te quiero. Pero quiero más (aparte de esta escasa cuarentena en la que me tenés). España, te quiero también. Me diste tanto, loca, además de la alegría furtiva de tus noches madrileñas, el Mediterráneo (aguas limpias, qué emoción), el desamparo institucional, la estabilidad inestable de la emigración, el cuasi-exilio voluntario -que haya vuelto a la Argentina es acaso un milagro-, el conocimiento a fondo de mí, la valentía, el divorcio trasatlántico, la lucidez, el color, las calles llenas de una mugre que no se nota…

La angustia existencial, fruto del árbol argento, grosso el árbol, hizo que volviera a fumar. Tengo que armarme un ashram en el cuarto donde no se caen las ventanas, dejar de comer chorizo, levantarme a un hare krishna o un prostituto, apuntarme en Hastinapura para hacer meditación. Om. Ir a por todas (hasta por el carnicero). Mi naturaleza bipolar -como la Argentina- señala la ruta, indica la transición. No soy de aquí ni soy de allá; soy de las dos. Soy del tercer planeta el Sistema Solar, latierra, nuestra canica sagrada. Creer que un país es lo más grande que hay en el Universo es una pelotudez, una inconmensurable ingenuidad, una necesidad identitaria por auto-afirmación, una adolescencia tardía, un autoengaño del tamaño de un pedo atómico.

Ahhhhhh… soy argentina.

¿Y qué?

Soy argentina, mezcla rara de penúltima linyera y de polizonte en el viaje a Venus… medio gayega y medio tana, con la suspicacia amarga del gaita, la picaresca del siciliano timador y el rencor del indio reventado, violado y esclavizado por el ”adelantado” ´-el araña salvaje- de los quinientos años que no se terminan más. Esto sigue igual, y lo quiero. Pero no lo quiero. Armo las palabras por necesidad, casi por fuerza, recordando que alguien más debió sentir algo parecido antes que yo: Porque me duele si me quedo, porque me muero si me voy… por todo y a pesar de todo, mi amor, yo quiero vivir en vos. María Elena Walsh conectó con el genio de Juan Ramón (Jimenez) y se dejó llevar a España a eso de los dieciseis. Contaba que el hombre era un maniático y que estando allí le hizo la vida imposible. Pero era Juan Ramón, claro; un español quisquilloso -y un premio Nóbel. Cuando se tienen muchos años se es más quisquilloso, y España tiene muchos. Por lo tanto es quisquillosa. También es bella, mucho. Y prolijita.

La Argentina es inmensa, y a mí los grandes espacios me producen una aprensión inexplicable. Es como los colectivos, que tienen las agarraderas demasiado altas y un solo timbre, al fondo. Que van por la calle dando tumbos, y uno no sabe si es por la suspensión que está hecha polvo, por las calles o porque el chofer está apurado. Quizá todo junto. Como los viejos orfanatos, donde los pibes se crían sin padre y sin madre y aunque vivan bajo techo nunca se sabe cuándo llegará el tornado para arrancarlo de cuajo. Esa suerte de orfandad es algo que sólo me ataca en Argentina, donde todo siempre está demasiado lejos. Donde entre un punto y otro de la llanura infinita hay tiempo para pensar. Donde hay tiempo de sobra para hacer, rehacer, romper, quemar, reconstruir…

e incluso arrepentirse.

Una colega pintora que conocí hace poco y a quien le conté mi peripecia española -algo que por suerte recibió de buenas, especialmente cuando supo los precios de los pigmentos, que ya quiere importar- me preguntó, así con un asombro no muy disimulado, cómo puede seguir gustándole a una la Argentina después de haber vivido tanto tiempo afuera.

La respuesta me resultó tan difícil como intentar definir por qué creo en Dios, o por qué me gusta mi mano izquierda. Podría mencionar cosas muy banales, inocentonas, tiernas, como el perfume de los aromos, las mateadas a la tardecita, la pastaflora, el no tengo qué ponerme pero igual no importa porque mi amiga tampoco, el azul-azul del Nahuel Huapí, la bruma que se levanta del mar, la hierba brava y flúo de Santa Celina, los muchachos tratando de arrancar el Taunus -¡metele segunda, metele!¡Buen día, señora!-, las bicicletas de alquiler, las calesitas, el olor al pastito recién cortado, los mitos que al final son posta y al final siempre se rompen…

Podría decir que me gusta porque el asunto ha sido perpetrado antes de que naciera, y por el rugido del puma que aquí campa a sus anchas, desenjaulado, cuando me da por inventar cualquier cosa. Por el estereotipo de las callecitas que “tienen ese no sé qué, viste…”, y también por el famoso pañuelo sucio y la basura en las veredas, que cuando voy romántica me hacen sonreir y cuando no, me hacen putear arrabalera.

Pero lo que más me gusta y me gustará siempre, es el detalle omnipresente de la gauchada (de la guachada ya se ha hablado al principio, y poco, porque fue sólo un amago). Ese discurso íntimo tan nuestro, que en España no tiene sinónimo -y que no obstante existe, señores, lo lamento, la nobleza es patrimonio internacional. Pero que no se puede explicar allí, y que aún sin haberse explicado se entiende -eso sí- sin abundar.

Lo que tiene la gauchada argentina es que se hace prácticamente sin conocimiento. Llega hasta el punto de que alguien -una vecina- que acabo de conocer me deje sus herramientas para ayudarme a solucionar un asunto. Esa persona entrará en mi casa sin mirar qué muebles tengo o de dónde vengo, aceptará el mate que le ofrecen y luego se marchará sin haber hecho el cálculo mental para el reintegro. La gauchada no se paga.

Si hay algo que me molestaba en España era la tendencia al atajo, la constante reiteración de los espacios individuales, la defensa fortificada de la privacidad. Es un tema peliagudo, porque si bien es obvio que los espacios individuales deban respetarse a priori, también es verdad que mucha gente los utiliza para justificar cualquier cínico egoísmo.

Y yo ese tipo de cinismo no lo conocí aquí sino en España. Lo cual no significa, en manera alguna, que sea patrimonio exclusivo de allí.

La gauchada nunca representa una invasión. La gauchada no se pide: se hace. Y si se pide, no se va con aprensión, porque ya de antemano se percibe que no es molestia, que es gauchada. Si alguien te hace una gauchada fijo que se la devolvés, no por decoro, sino porque es natural, porque estás ahí y porque acá siempre ha sido así, porque es parte de nuestra naturaleza. Diría que instintivo. Te hago la pata, tiendo un puente para que puedas pasar -en realidad la frase es de la jerga criminal: trabo las manos para que, al subirte, puedas saltar al otro lado. Luego la cosa se ha extendido al habla popular. Es curioso como ciertas extensiones semánticas revelan tanto las distancias como las invasiones, y en ellas se refleja el quiebre moral que paradójicamente llevará a su exorcismo, a través de la acción desinteresada y noble.

Los españoles no nos conquistaron: nos saqueron. Sonará fuerte a algunos, pero la reflexión es en toda regla lógica. ¿Qué había que conquistar? Mejor dicho: ¿había algo por conquistar, más allá de los bienes que estas tierras podían proporcionarles? La religión fue una excusa, como lo son hoy ciertos programas televisivos a escala nacional e internacional -en esto se incluye, naturalmente, a la Argentina, un país más dentro de la canica sagrada-, para insititucionalizar a los conquistados de manera efectiva, y sin dolor. Lo cual es cosa del sápiens, la eterna rueda de víctimas y victimarios. No hay pueblo en este planeta que no haya sido invadido, parece que el juego de la existencia fuera ése.

Estaría bien que el gobierno español reconociera, en algún momento, que Las Américas (¿por qué las, si ahora más que nunca, somos una sola?) fueron saqueadas, y se dejara de celebrar de una buena vez el 12 de octubre como día de la Hispanidad (¡mal haya!) al tiempo en que salen a la calle las tropas militares. Que se haga, al menos, para alegrarles el día tanto al pobre sudaca en el paro que en su momento levantó sus mansiones hipotecadas, como al español progresista ya harto de mantener a los cuatro parásitos de la monarquía. ¿Y por qué no te callas?, le dijo el rey a Chávez. Hubo un tiempo en que el ex abrupto monarquil sonaba en los móviles como timbre de llamada, y no había quien no se descostillara al oirlo, fuera español, sudaca, o iraní.

Igual dudo que España vaya a pedir disculpas alguna vez, y la causa es doble, fácil de de deducir. Por una parte tendría que admitir que la fuente de su aparente grandeza y su riqueza a posteriori se han debido, en realidad, a un robo. Por la otra tendría que reconocer -no digo su culpa, eso es muy católico-, digamos, su responsabilidad, en un genocidio que se cobró millones de víctimas. Y aunque esté demostrado, ¿quién querría desprenderse del mito que lo ha convertido en lo que es? Semejante lucidez le significaría, fijo, el reconocimiento de un Imperio basado en el hurto y la mordaza. Parte de su identidad quedaría aniquilada.

Te quiero, Argenta (pero me tenés podrida). Bien, sigamos.

Tengo que decir que yo aprendí a reir en España. Porque allá, si hay algo que se hace bien, es reir. En España se ríe, sin duda, saludablemente. Podría apostar a que se ríe sin dobleces - sin grandes retorcimientos, como acá- y sin que haya que pensarse mucho en si te están tomando jodidamente el pelo, o no. En España uno puede reirse con toda tranquilidad sin pensar que al mismo tiempo te estarán midiendo el grado de viveza. Hay un punto de ingenuidad que resulta tranquilizadora, deliciosa. Tal es así, que allí aprendí a reirme sin miedo a que mientras tanto me birlen la billetera. La broma pesada, la chanza amiguera que se pronuncia “en familia” y pesa como un saco de piedras, hiriendo el orgullo y machacando la dignidad, es patrimonio exclusivamente nacional. La broma encubierta, la tomadura de pelo hardcore que se justifica como chiste y es en realidad mentira ventajera abrazadora de mezquindades y fiacuras, es cosa de argentinos. Allá también son cínicos, pero es otro tipo de cinismo.

En España se ríe sin esperar que haya carcajada sagaz, maliciosa, o en guardia. Se ríe cuando algo hace gracia o hay chiste, cuando la cosa mueve a risa y uno se siente bien, cuando algo inspira felicidad. Acá nos reímos de cosas que, en realidad, más bien deberían hacernos llorar. El chiste saludable nos resulta aburrido.

Y es ése humor aguijonero, ramplón, sucio, el que define mejor a nuestra tierra, a nuestro pueblo bravo, al huérfano rioplatense de las monedas y los tornillos oxidados al fondo de un bolsillo lúmpen, lleno de miguitas. La chabacanería nacional. Olmedo, Dolina, Gasalla, Mingo, Marrone, Tato Dólar, Sandrini, Enrique Pinti, Tita Merello… y Peter Capussotto.

¡Ah.. ja já! Acá viene la parte chabacana, esto está bueno…

Me gusta Peter Capussotto porque es como Henry Miller describiendo los coños en Trópico de Capricornio sin que a una le dén ganas de castrarlo, y sí muchas ganas de reirse a carcajadas. Nota: mis disculpas por las féminas de mi gremio que no toleran a Miller, será legítimo, pero a mí me encanta. Y Peter también. Sólo a ellos puedo soportarles ese humor brutal, que no es desparpajo, sino una pura desfachatez genial y sinceridad al mango, un concepto siempre al filo de la navaja que rompe con todos los prejuicios y se mofa tanto de las moralinas como de los esnobismos ideológicos. El humor de ambos lo pone todo en duda, para empezar a si mismos. Son el carnaval personificado, la fiesta perpétua. Si se es argentino -irremediablemente- hay que ser muy idiota para no reirse de eso.

A propósito del sexismo. En España se cuida mucho el asunto, algo que he visto que en Argentina directamente ni siquiera se registra, o se registra poco. Yo no sé qué entenderán acá por machismo, pero seguro que no es lo que entienden allá (aunque les cueste). A partir del momento en que en la tele aparecen chicas tomando el sol en la casa de GH con un almohadón abajo de la panza para parecer que tienen más parado el culo, es que hay un atraso bastante patético acerca de lo que son los roles de supuesta igualdad. De acuerdo, que es GH. Sin embargo, las tías de GH España no se ponen almohadones bajo la panza y ninguna está tan ridículmente obsesionada por inflar el pompón o por pelearse con la colega para ver quién es mejor vedette y quién la tiene mejor depilada. En Argentina, pareciera a veces que para que una mujer sea considerada como tal tiene que ser una conejita con una borla en el culo.

Lo lamentable es que esto tampoco se registre, o que no se quiera reconocer. Perdón: no es que no se reconozca, es que no si siquiera se advierte. Se tiene esto tan asumido que no llega a cuestionarse. El macho argentino sigue creyendo que habiendo conocido mucha mina sabe lo que es una mujer. Como antídoto, nada mejor que el refrán chino: Se necesitan treinta años para conocer el cuerpo de una mujer, treinta para conocer su mente, y otros treinta para conocer su espíritu.

Tanta obsesión por la cola, el bótox, las tetas cirujeadas en una clínica, los abdominales, las uñas esculpidas, las extensiones, las gambas musculadas, etc; me resulta decadente y estúpido. Se matan en el gimnasio para que al final el material se lo lleve una tana o una gayega, y sin tanta cola -se llama culo, a secas, cola es la de los animales-, sin tanto verso y sin tanto soft decotè. Si querés ser una escort tené la honestidad de reconocerlo y me saco el sombrero. Poné un aviso o abrí un blog como el de Marianne, que admite a los cuatro vientos ser puta y con orgullo, que reivindica su profesión y difunde sus derechos. Hacé como Valerie Tasso, que ya escribió varios libros y no tuvo reparos en salir en la tele para contar su historia, pero con altura, no como hace la Alfano. ¿Por qué una puta no puede ser doctora en psicología y hablar cinco idiomas? ¡Eso es libertad! Da tu ternura si la tenés, y no te hagás la chilindrina romántica cuando lo que hay es todo de plástico y les querés vender que sos de verdad: a mí, como mujer, y como argentina, no me representás; me das entre asco y lástima. Sos como la Betty, Julie y Peggy de Gardel, te quedaste en los 30, pero en topless.

La pasión argentina es una cosa grande, grandota. Algo que no es sentimiento sino emoción pura. Un territorio donde no puede campar mucha lógica, la verdad. Volvemos al calefón. La gran quimera argentina del último siglo ha sido creer que un país se construye sobre la base de la estabilidad económica. En Argentina, la economía ha sido causa y razón de todas las cosas. Es evidente que nuestra demanda perpétua de estabilidad económica equivale a una búsqueda igualmente perpétua; lástima que sea una búsqueda sin éxito. Resulta llamativo que un pueblo que se dedica a criticar tan ácidamente el capitalismo y la usura de otros, se aferre a la propia con tanto desespero. Por poner un ejemplo, está el caso de los propietarios que se arrogan el derecho de entrar en casa del inquilino cada seis meses para ver si no me la destruyeron. En España viví diez años en el mismo departamento (con todos los servicios:¨lo estrené yo) y el dueño nunca me llamó para ver la casa, ni se le ocurrió aumentarme al doble el precio del alquiler cuando llegaba la temporada. Los aumentos dependían siempre del IPC (equivalente al INDEC), siempre al año, porque allá es así por ley; no es por capricho del dueño, ni por asuntos inflacionarios. La gente no especula con esas cosas; especulará con otras, pero con ésas no. Sabiendo que un sistema no puede mantenerse en esas condiciones, se respeta el derecho a la vivienda digna; y para que haya vivienda digna es necesario que se tenga conciencia de sistema. Y de comunidad. Poco sirve tanta pasión cuando no se tiene sesera para comprender una lógica tan simple: todo el mundo tiene derecho a vivir en condiciones.

En Argentina nos quejamos de la proliferación de villas-chabolas. ¿Alguien se ha preguntado por qué en Europa no hay? Típico comentario del argentino que ataja: Ah, sí… ya los quiero ver ahora, con la crisis…

Y no. A ver cómo me explico… digamos que, en otro contexto, sería la mísma lógica, natural y mundana, de que para que unos tengan, otros tienen que carecer. Cierto es que en América latina pagamos, con nuestros mangos, el lujo de los países desarrollados (ese lujo aparente y peliculero que en la vida real no existe), pero basta con tirarse dos días en Argentina para ver que acá sucede exactamente-lo-mismo, entonces: ¿quién paga los lujos de los argentinos ricos? Ay, mirá a ese hijo de puta que va con la 4x4 aplastando gente por la calle… Y sí, va: el otro día casi me aplasta uno, y era una mujer. Estamos de vacaciones pero anda todo el mundo escopetado. Cruzar la calle, acá, es hacerse católico de golpe, padre nuestro que estás en los cielos, las rayas blancas en la calle están pintadas. Bolsas de basura en las veredas, pasa el negro en una bici descalabrada y atrás una señora rubia, muy fina, con su perrito y su vestido comprado en Marrakesh. Europa y La India conviven detestándose, desconfiándose.

Son pequeñas anédotas de la vida suburbana en la tierra. Siendo muy condescendiente, es como decía aquel personaje de Los caminos a Katmandú -la chica comunista- que lo hizo con un negro para ver cómo era, y cuando le preguntaron, ella respondió que no había ninguna diferencia con un blanco. Si he de ser rigurosa, tendría que admitir que para los europeos -no digo que ahora, pero sí hasta hace poco- la educación y la cultura estaban por encima de la economía. La noción de sistema, y de comunidad, era para ellos una cuestión fuerte, insoslayable. Si se rompe un punto del tejido estamos todos jodidos: esto es algo que allí se ha ido creciendo con los siglos. Hay noción de estructura. De ahí que las instituciones tengan un vínculo tan fuerte con la comunidad, y funcionen como entramado vivo para cualquier posible ruptura del tejido social.

Este vínculo pareciera que en Argentina estuviera creándose lentamente -recordemos que somos un país joven. Hay quienes se molestan cuando se les recuerda esto, de hecho, a mí me molestaba antes de haber compendido que es verdad. Molestarse por algo así es tan ridículo como el caso hipotético de un adolecente que se enfada por ser más joven que su abuelo. Bien. El apoyo que recibe Argentina de los otros pueblos americanos lo hace todavía más sostenible y esperanzador. Que empiece a alcanzarse sin haber perdido, aún, la pasión -como Europa, por vieja- es algo que allí se envidiaría. Un pueblo consciente de si mismo, memorioso, que hace justicia con sus crímenes, y además apasionado, no será perfecto, pero puede jactarse de saber dar alguna lección. Se corre el riesgo, eso sí, de caer en la petulancia fanática o en el fanatismo petulante, no sé. Sea para un caso como para el otro, hará falta un pueblo con criterio y que no se mienta, que esté sobrio.

Tengo la sensación de no haber asistido a algo notable, al tornado que se llevó las pocas hojas del único árbol que se quedó en mi jardín cuando me iba. Se llama transtorno de shock postraumático, y le ocurre también a los pueblos. En general el asunto requiere medicación; la prensa suele ser un buen placebo para estos casos. Creo haber visto el suceso por televisión desde otro país, y hace poco alguien me dio a entender que soy una traidora por no haberme quedado a ver cómo mataban a los pibes en Plaza de Mayo y otras cosas más. Pero no me hice problema, porque el juez era un empleado de banco. Las palabras construyen la realidad, y yo tengo la mala costumbre de leer entrelíneas. Me llenaré de alegría cuando en el canal oficial se deje de hablar de la vaca clonada, se explique lo que son, realmente, los trangénicos, y se deje de promover el consumo de carne, como si ser argentino y vegetariano a la vez fuera una suerte de sacrilegio imperdonable, decreto de anti-argentinidad. Al margen de que siempre he desconfiado de los discursos triunfalistas, y de que estoy muy al tanto del canal oficial porque llevo años fueran del país y me interesa, no hará falta aclarar que hay mucha más gente que la ve y no desconfía. Esa gente quiere, necesita confiar a toda costa porque ha sido robada, rapiñada, vejada y suicidada. Así que por favor, no la decepcionen. Porque si fuera así, esto podría ponerse bien bravo.

Los gayegos levantaron catedrales, pero vino un argentino y con tres palos y cuatro piedras levantó una central eléctrica. Claro. Sin embargo a mí me llama la atención la habilidad que tienen los pueblos para sobrevivir a las catástrofes -crisis- sin dejarse la dignidad en el intento. En Madrid, el 15M (que acá llaman los indignados, como hace la prensa de derecha en su país) consiguió okupar el viejo hotel Madrid para alojar a las familias afectadas por los desaucios hipotecarios. Yo estuve adentro. Está en un estado semi-ruinoso (entiéndase semi-ruinoso a la europea), pero tiene una energía joven que moviliza. La acción se complementa con gestión de proyectos dentro del mismo hotel, como conciertos solidarios, asambleas, red de trueque, conferencias, etc (cabe aclarar que mientras ellos la mueven, la prensa facha se encarga de difundir acciones delectivas que no existen, a fin de desacreditar la iniciativa).

Quisiera creer que en Argentina podría surgir muy pronto un movimiento como el 15 M que intente gestionar espacios para las familias que viven en la villa, y si no en la villa, en situación de desamparo. Pero acá el que es villero muere villero. No es que en España no haya gente viviendo en la calle, que la hay, lo que no existe es la insitucionalización de la miseria. Entonces, cuándo hablamos de solidaridad… ¿de qué hablamos?

Soy una simple observadora de la realidad y no acabo de comprender cómo funcionan las cosas. Sólo intento atisbar las contradicciones sin hacer más juicio que la simple mención, y quería decir que después de haber estado el 15 de octubre en Puerta del Sol entre millones de personas en protesta y epifanía, no logro comprender cómo es posible que hayan ganado Rajoy la COPE. No me imagino a ningún gobierno español dando la orden de convetir la Cruz de los Caídos -el monumento a Franco- en centro cultural o en museo histórico de carácter reivindicativo, como sucedió aquí con la ESMA. El sólo pensar en algo así mueve a risa; como pensar en Isabel la Católica mandándose una orgía caligulina. Tampoco entenderé por qué en España pudieron callar cuarenta años y esperar otros treinta para asomar tímidamente una punta de rabia a través de la Ley de la Memoria Histórica. Acá somos más napolitanos, más judíos, más chiítas. Ellos, más iconoclastas. Andá a bajarles el monumento a Franco. Andá a exorcisarles el mausoleo con un recital de Leopoldo María Panero (que saldría del psiquiátrico encantado para hacer algo así, vamos, que ni en sus mejores pesadillas) o un homenaje a Jaime Gil o un recital de Ojos de Brujo. La rabia -cuando se la sabe utilizar- sirve para poner las cosas en su sitio. En España no se ha hecho aún, porque saltarían los tres progres cincuentones ex funcionarios jubiletas de siempre, a evocar con nostalgia la gloriosa época de la Transición, ese período extraño, que vetó los juicios y encarcelamientos de los falangistas, para recuperar una democracia que aquí no se comprende.

Resulta desconcertante cómo funcionan los pueblos. Cuántas contradicciones… qué difícil este colegio que nos pusieron por delante, cuánta tolerancia hace falta para comprender las diferencias y aceptar los destinos…

Me matan los nacionalismos. Soy anarquista de alma, y quiero este país, pero me parece absurda tanta banderita subida a las terrazas. ¿Qué tiene que ver una bandera con la identidad? Ah, ya sé… nos habíamos perdido, casi casi que desaparecemos en masa pero no, así que para recordar que todavía estamos acá y somos lo que somos sacamos la bandera y montamos un macro imperio mediático que evoque las lindezas de nuestro único, maravilloso e inmenso país. Ya iba siendo hora, ¿no?, de recordar que somos argentinos. Vamos en camino de convertirnos en adultos. Lo dicho: en camino. Estamos on the road. Casi que resulta enternecedor e ingenuo (salvo cuando se miran los precios y se advierte que la realidad no coincide con lo que anuncia la prensa). Cualquier crítica a semejante epifanía se expone a la descalificación inmediata, al riesgo de ser tachado de gorila en forma automática.

La prueba de que la izquierda y la derecha son conceptos ilusorios, creados a fuerza de discurso, queda demostrado con un ejemplo banal: mientras en España sacar la banderita a la terraza significa que sos un facho; en Argentina, hoy, significa todo lo contrario. La realidad, en cambio, no admite discusiones, no se atiene a subjetividades ni emblemas, queda demostrada en la manera de vivir de la gente. Mejor dicho, en la forma en que la dejan vivir, siempre y cuando se lo permitan.

España es como un amante encantador, medio brujo, de esos que te traen flores e intentan seducirte a fuerza de regalos caros y salidas a hoteles de lujo, y que al final ¡yo qué sé!, por alguna razón arcana no te acaban de convencer.

La Argentina, en cambio, es como esos amores de la adolescencia que siguen viviendo en la misma esquina de siempre, con la casa descascarada y el quincho todavía sin terminar, un par de veces divorciados, yugando en lo que pueden, y que un día cualquiera aparecen por tu casa sin avisar, contentos, con la tira de asado, el vinito y a la hora de la siesta te salen conque te acordás hermana que tiempos aquellos. Porque Argentina es el lugar ideal para perderse cuando te entran ganas de que el mundo se olvide de vos. O al vesre: es el lugar ideal para hacer de cuenta que no hay resto del mundo sin saber qué día es hoy. Digan lo que digan -me chupa un huevo- Argentina sigue siendo una isla que flota sobre el Atlántico, sin rumbo fijo (que no es lo mismo que sin rumbo). Ya lo dijo Lito: “construiré una balsa y me iré a naufragar” (¿estaba tonto o no leyó el diccionario? Naufragar es hundirse, el verbo correcto debería haber sido navegar. Igual, por ser él, se lo perdonamos).

Hubo que comer pan negro para que ellos pudieran comer pan blanco. Cierto. Y hay algún abuelo, todavía, que te lo recuerda con gratitud cuando te escucha el acento. Sigue resultando curioso, no obstante, que hoy la rama justicialista llamada de izquierda se rasgue las vestiduras despotricando contra el franquismo, sin mencionar que fue Perón el que envió los barcos y el trigal. De hecho, Paco y el Pocho eran buenos amigos. Me desmoraliza de cabo a rabo ese maniqueismo reduccionista, manipulatorio, donde se hace una división de contexto en blanco y negro… ese discurso sin matices, donde el juicio crítico se descalifica de cuajo. Hace días escuché a una periodista decir que Argentina es un país donde el ingreso per cápita es similar al de Luxemburgo (¿dónde están los emoticons? Da igual: aquí es donde va el emoticon correspondiente a la CARCAJADA TRAPERA). La mesa redonda del programa 678 es harto conocida, como también lo es la demonización infantiloide del famoso Grupo Clarín, el Diablo. Lo único malo que hay en Argentina es el Grupo Clarín, el Diablo. Todos los males de Argentina son por obra y gracia del Grupo Clarín, el Diablo. El gobierno libra su batalla contra el Diablo apoyado por el periodismo militante. Se trata de una mitificación peligrosa (el mito amaga la realidad, no es la realidad en sí). Los intelectuales que no comulguen con el discurso oficial son prescindibles, y por supuesto, fachos. No se contempla la posibilidad de una ideología plural, del cuestionamiento inteligente. Los entresijos del sistema, tal como están, son incuestionables. La duda ha sido extirpada de la Argentina, un país donde –repito la mentira garrafal, e indignante- el ingreso por cápita es similar al de Luxemburgo.

Si en España un maestro de escuela gana 1.800€ (9000$) y aquí 3000$ (600€), ¿cuánto ganará en Luxemburgo, donde el ingreso per cápita es 4 veces mayor al de España? La señorita de 678 no puede ponerse como ejemplo de ingreso per cápita, ella no nos sirve como referente: un maestro o un operario, sí.

Entonces basta de contarle pelotudeces a la gente, por favor, que acá hay millones que corren la coneja y no pueden darse el lujo de vivir en Recoleta. Lo menos que espero como espectadora es que el canal nacional no intente tomarme el pelo.

Los españoles son unos racistas. Y nosotros no, porque adoramos a nuestros indios (y a nuestros pardos también). Qué triste ver cómo se repite la historia en todos los huines… Triste ver cómo los italianos detestan a los albaneses, los españoles a a los árabes, los franceses a los españoles, los judíos a los palestinos, los palestinos a los judíos, los japoneses a los chinos, los gitanos a los payos, los portugueses a los españoles, los catalanes a los madrileños, los ingleses a los pakistaníes, los ingleses a los irlandeses (bueno… ¿a quién no detestan los ingleses?), los polacos a los ucranianos, los alemanes a los autríacos, los colombianos a los venezolanos, los yanquis a los mexicas… Los italianos son geniales a la hora de llevarlo al grotesco; ahora mismo pienso en Malos, feos, y sucios y Milagro en Milán. No es de extrañar, si se piensa que Italia es el epítome del maniqueismo moral, representado en el binomio Mafia-Vaticano. Norte y sur se odian, y para colmo, hoy tienen por jefe de estado a un conservador-cara-e-piedra que ha comenzado su plan de ajuste metiendo la mano en la lata de los jubilados. No quiero pensar en qué pasará con sus inmigrantes.

Cierto es que no hay sociedad donde no habite el racismo en cualquiera de sus formas. Sin embargo, el racismo español hacia el sudaca tiene sus características particulares, cada cual más jugosa y digna de mención.

No parece que el español medio tenga integrada su comprensión del migrante, ya que está limitado por la experiencia de varias generaciones migradas por causa de la guerra, el hambre y las revoluciones. Sin embargo, hay un detalle que se le escapa tanto al español medio como a sus instituciones -cada pueblo tiene las instituciones que se merece, o que se puede permitir- y es el tema de la formación. A muchos les resulta incómodo recordar que el grado de formación del migrante español, en tiempos de la guerra, era de medio a bajo, cuando no rayano con el analfabetismo. Espinoso asunto que no suele mencionarse a la hora de hacer un análisis sociológico serio de la sinergia inmigracional entre países, y que no obstante resulta imprescindible a la hora de asimilar capital humano de calidad, y no mera mano de obra barata para ser explotada durante el período de bonanza como fuerza de trabajo.

Lamentablemente, la mirada del migrante pobre y sin cualificación ha sido recogida por las instituciones como una realidad aplicable al migrante de hoy, cuyo grado de formación suele hallarse al mismo nivel o por encima de la media nacional. Y para colmo, hablamos su mismo idioma, con lo cual la competencia con el autóctono se hace mayor y más amenazante. Son datos estadísticos, no me los he inventado yo. Hasta hace poco el caso era diferente para los migrantes con formación en sanidad: el boom de la migración de médicos españoles acabó absorbiendo gran cantidad de personal extranjero, que en muchos casos consiguió hacerse un hueco en la sanidad pública y hoy goza de un puesto de trabajo fijo y -digan lo que digan- bien pagado. El resto, salvo honrosas excepciones, lo tiene bastante más difícil, sobre todo últimamente, que no le homologan el título ni a los dentistas. Si hasta hace diez o quince años ya resultaba difícil obtener algún tipo de reconocimiento profesional, hoy mismo el caso resulta poco menos que de ciencia ficción.

Pero esto que describo es un mal menor, si se compara con la -según el caso- escasa o distorsionada difusión de la problemática migrante de los llamados ilegales, divulgada por la prensa española con ese tono proteccionista y siempre subestimatorio de los “pobres ilegales que llegan a las costas de Canarias en sus pateras”, y que son recogidos por Cruz Roja para luego ser abandonados a su suerte [bueno, en realidad esto era antes, hoy mismo los inmigrantes se han vuelto literalmente invisibles, ya hace tiempo que ha dejado de hablarse del colectivo ni para repartir palos]. Esos pobres ilegales son los que verás plantados en la interminable hilera del top manta por Paseu de Gracia, en Puerta del Sol, o en cualquier paseo turístico, con los ojos perdidos en la lontananza, todos idénticos en su anomía y su tristeza, tirando de un cordoncillo amarrado a las cuatro puntas de una sábana que les sirve de escaparate, así durante horas hasta que llegue la cana y tirando del cordón para recogerlo todo haya que salir corriendo con la bolsa en volandas.

Lo que nunca he visto es a un africano haciendo huelga de hambre para que lo dejen trabajar en la calle. Pero igual les dan palos, sólo que en otras circunstancias y siempre de costadete, a escondidas, así como para que no se vea.

Aunque no se viva en carne propia, el escrutinio cuidadoso del sapiens africano mueve a una no menos esmerada reflexión sobre un cierto efecto dominó, porque si bien ellos son el último eslabón en la cadena alimentaria del blanco-caníbal, llegás a preguntarte en qué momento podría tocarte a vos, o a tu familia, un destino similar al de ellos. No hay nada que lo impida, cuando ves que las leyes inmigratorias cambian cada seis meses y nadie te lo informa, o acabás enterándote de incógnito y mal, en situaciones de enfermedad, mudanza o renovación, por funcionarios que apenas las conocen. Y que además te tratan con educada hostilidad. Esto es grave. El juego es muy sucio, y merece ser denunciado, porque se juega con el estrés y la salud mental de las personas. Estoy convencida de que en estos momentos no hay en España, ni en ningún país europeo, papel o documento que pueda salvar al migrante de un destino ignominioso, de la anomía o el desamparo institucional. Además, ¿quién se quedaría a vivir para siempre en un país donde otros deciden por vos las leyes que regirán tu destino?

Yo, no.

España es un país real. Argentina es una noria fantástica. Seguimos con los músicos, esto lo dijo Birabent. Hubo alguien en mi Facebook que en tono festivo me cuenta que este año se sube a la noria. Muy bien. Me encanta la fina ironía del hijo de Moris. Será que no habla por boca de ganso sino porque vivió en ambos países, y ojo, que vivir no es haber leído cómo se vive en o haberse ido de vacaciones quince días, sino haber llegado hasta el extremo de pagar impuestos. La semántica de su sentencia tiene una función doble: por una parte juega con el adjetivo real en el sentido de realeza -algo que perturba, por distintas razones, tanto a españoles progresistas como a latinoamericanos- y por la otra hace referencia a la idea de entidad perfectamente reconocible, íntegra.

Lo de la noria fantástica ya es más complejo. Y aplastante por donde quiera que se lo mire. Por eso me gusta. A primera vista, y sin espíritu crítico, la idea de lo fantástico anima el orgullo nacional, esa cosa florida de creernos únicos (será porque estamos más aislados que toro de lidia antes de salir al ruedo, perdón por la figura tan ibérica… pero qué le vamos a hacer, vengo de ahí) y de sabernos irremediablemente originales, y en consecuencia ricos e hijos del crisol y de la crisálida, siempre a punto de la mariposa. Lo jugoso de la frase de Birabent –no digo que de la Argentina, sí de la frase de Birabent- es lo que viene a decirnos: tanto por lo original como por lo irremediable, la noria fantástica es una entelequia: ¡algo que no existe! La rueda que gira y gira hasta la eternidad, llevando agua -mundo de las emociones, siempre en constante fluctuación- es un devenir inmutable que nos precipita en la sensación embarazosa, demoledora, gigantesca (¿cómo hago para agarrarla a la piba? ¡ES ENORRRRRRRRRRRRRRME!) y en consecuencia vivida con esa cierta sonrisita esperanzada de amor incondicional hacia el líder salvador, de que en Argentina-todo-siempre-estuvo-está-y-estará-por-hacerse-a-Dios-gracias.
Sabiendo esto, ya podés empezar a gambetear. Viva los tópicos.