6/9/16

El abrazo de la serpiente


 Al fin he visto El abrazo de la serpiente, una cinta en blanco y negro dirigida por Ciro Guerra en coproducción con Venezuela, Colombia y Argentina. La película -ambientada en la Amazonía colombiana- narra las aventuras de los investigadores Theodor Koch-Grünberg y Richard Evans Schultes, persiguiéndose el uno al otro a través del tiempo, mediante un único nexo coordinante: el chamán Karamakate, último de su linaje, y paradigma doliente de las etnias extintas a causa de la colonización.

El visionado de la película me hizo pensar en algo que escribí hace poco sobre la patria como concepto importado del continente colonizador. En ella se llega a mostrar la esclavización del nativo durante la llamada “Fiebre del caucho”, donde empresas europeas  encontraron en la Amazonía una verdadera mina de oro para la producción de cubiertas, en los primeros años de la industria automotriz.  Es llamativo que en la película se hable de “los colombianos”, no como nativos y dueños de “la patria”, sino como invasores cuya única diferencia con el blanco corporativista, nacido y criado en Europa, estaría en el criollaje. Pero así son mencionados en la película, con suspicacia. Para el chamán criado en la selva de la patria colombiana, el criollo no es más que un traidor. 

El fenómeno de la colonización trajo aparejada la aparición de dos nuevos linajes: el del criollo puro, hijo de trasterrados; y el del mestizo, mezcla -como bien lo señala la palabra- de español e indio, o en su defecto y debido a la cercanía con Brasil, de negra y blanco. E inclusive de negra y/o india y blanco. No hubiera tenido nada de malo, y sí absolutamente mucho de bueno, la mezcla de unos y otros, de no ser por el prejuicio racista del artefacto colonial, que llegó para sacarles provecho a los bienes de la naturaleza. Sus hijos y descendientes acabarían fundando las naciones que hoy llamamos con nombres de fantasía (Colombia, Chile, Argentina, Brasil… etc) y que muy lejos están de conservar la historia y tradiciones de las tribus originarias del continente, que resultaron ser en parte un estorbo, en parte fuerza de trabajo y en parte morralla, como se le dice en España a un conjunto de cosas sin demasiado valor. Se entiende, entonces, que Karamakate hable de “los colombianos” como si no fueran de su tierra. Porque en realidad algunos lo eran sólo en parte, y otros ni siquiera habían nacido allí. Cabe la discusión de qué sería identidad y toda la mar en coche, pero lo dejaremos para otra ocasión, e igual creo que llegaríamos a conclusiones estériles. Y dolientes, casi tanto como el dolor de Karamakate por haber perdido su linaje, que es lo que nos pasa a muchos de nosotros, aunque no lo tengamos tan presente como él.

Hay una escena particularmente dura en la película, y es la del hombre mutilado, que evoca los escándalos del Putumayo, y trae el recuerdo siniestro del empresario peruano Julio César Arana del Águila, que esclavizó, torturó y asesinó a miles de aborígenes obligados a extraer el caucho a fuerza de extorsiones, amparándose en el silencio de un estado quizá aún muy joven, o tal vez ya demasiado corrupto. Ojalá pudiera decir que hoy día los estados americanos ponen coto a la explotación del Amazonas… pero todos sabemos bien que no es así. Ya no hace falta mutilar a sus indios y descendientes, porque vienen siendo confinados a la exclusión desde hace siglos, y peor lo tienen quienes más cerca están de lo que llamamos “civilización”, cuando han quedado atrapados en una vorágine de miseria, resentimiento y desculturización que llega incluso hasta nuestra ciudades. 

Lo primero que se le roba a un pueblo, para quebrarlo, son sus tradiciones. Y sus tradiciones están íntimamente ligadas a su contexto. Y en este caso, su contexto es la selva. Karamakate jamás llegará a perder sus tradiciones, por eso él es el hombre que mueve los mundos, el que no olvida a sus ancestros, el que conoce al chullachaqui, el que facilita el camino para que el viajero pueda hallar el abrazo de la serpiente. Él es la esperanza hecha carne en la vida de lo que queda del Amazonas. Mientras él exista, la herencia de la serpiente está a salvo y el indio esclavizado puede aspirar aunque sea a un rayo de luz que ilumine lo que era antes de que le quitaran su tradición, a una bocanada de aire, de río y de mito que le recuerde quién es, quiénes eran su padre y su madre, sus abuelos, su tierra, su medicina, su conocimiento. Es esencial para  Karamakate que los niños adoctrinados por los misioneros católicos entiendan esto, lo cual se ve en cierta escena de la película. Karamakate podrá ser el último de su linaje, pero no va a marcharse sin dejar su huella en todos aquellos que lleguen a él.

Hermosa, poética y evocadora película; también austera en su forma de tratar la búsqueda del enteógeno. Lo cual me gustó, ya que es usado como hilo conductor para una historia más profunda y compleja: la tragedia inmensa del hombre americano que ha perdido sus raíces, navegando a flor del agua sobre un territorio arrasado que no alcanza a recordar. Karamakate es su guardián.    

3/9/16

Guido Buffo

Guido Buffo era una especie de hombre renacentista, una suerte de Leonardo Da Vinci contemporáneo. Artista y científico, cultivó varias disciplinas: música, pintura, geología y astronomía. Había nacido en Treviso, Italia, el 12 de marzo de 1885, estudió en París, Turín, Venecia y con sólo 17 años asistió a la instalación del péndulo de Foucault, en el Panteón Nacional de París. Llegó a la Argentina en 1910 y se radicó en las sierras de Córdoba. Leonor Allende nació en Córdoba el 11 de abril de 1883, fue una de las primeras periodistas cordobesas y falleció el 24 de marzo de 1931, a causa de tuberculosis. Tuvieron una hija, Eleonora, nacida el 25 de junio de 1917 y fallecida el 6 de septiembre de 1941. A raíz de este trágico suceso, Guido decidió emplear sus amplios conocimientos multidisciplinares en homenajearlas. De este modo, se volcó en la construcción de una original capilla pintada íntegramente por sus manos, y única en el país, donde ha quedado plasmada su historia de amor.
Para amantes de los solsticios, las artes, las proporciones áureas y los misterios del cielo y de la tierra... la capilla Buffo.


1/9/16

Mejor no hablar... de ciertas cosas

 Me dicen algunos que debería cuidar "las formas" a la hora "de decir las cosas". Esto es muy nuestro. Todavía nos creemos la hija menor de Francia, que ya aprendió a protestar y armar revoluciones hace como 200 años. Nuestra apreciación de la etiqueta francesa procede de la época de los Luises, me temo, y no del mayo francés. Habría que tomar esto en cuenta a la hora de presumir de educación "a la francesa".
  También me dijeron, el otro día, que cuide mi manera de decir las cosas "tan directa" porque luego "me hace sentir peor". Lo que no sabe esa persona es que lo que me hace sentir peor es no decirlas. O callarme para no discutir con alguien que sé que en vez de oír lo que digo, nada más se oye a sí mismo mientras habla.
Hace rato que aprendí a dejar de pedir por favor para todo y a dar las gracias por cualquier tontería. Y esto les va a molestar a algunos, pero somos un pueblo reprimido por dictaduras, y se nota hasta en la etiqueta. Nos creemos muy educaditos por dar las gracias, pero preferimos pasar de la miseria que abre su boca de espanto a 6 kilómetros de casa. Y esto sí que es violencia. Como la violencia que aflora en las otras 22 provincias, y que hasta hace poco había que hacer de cuenta que no existía porque el ego de la gobernanta se podía ofender.
Lo peor que he visto en la Argentina desde que volví, ni siquiera es la miseria -porque ésta sigue siendo la misma de siempre, incluso peor - sino el recorte de libertades mentales y civiles que se viene terciando desde hace lo menos dos décadas. El gobierno pasado cargó sus tintas sobre esto, haciendo de cuenta que en realidad nos vendían libertad. Pero fue una venta de humo de marca mayor. Esto sin entrar a analizar -lo cual daría para otro post- el daño mayúsculo que ha producido la supresión de la información y de bibliografía procedentes del exterior. Se ha infantilizado al pueblo marcándole los pasos sobre lo que tiene que pensar, decir y hacer, ridiculizando y aplastando a quienes creemos que el libre intercambio de información favorece la cognitividad y la imaginación. Un crimen contra la inteligencia y la libertad integral. Pero claro: ojos que no ven...
Estoy francamente indignada con la cantidad de gente que mientras muchos de nosotros militábamos en la universidad para pedir un aumento en el presupuesto, eran de la derechosa UCD (uno llegó a ser vice) o se regían por el sermón de turno tratándonos a todos nosotros de troscos, y hoy día se las dan de militantes sólo por subir dos o tres boludeces al facebook para ofender a su familia anti-K. Lo mismo a quienes son del otro bando, porque no crean que se salvan: ninguno de ellos militó en los 80, no son más que fantasmas armando su guerrilla infantiloide en internet. Y defecando sobre las cabezas de quienes sí militábamos, y teníamos que esconder los ensayos sobre el Capital de Marx en una cajón bajo llave, para no ser descubiertos por padres y dictaduras. Así está el país: enfrentado contra sí mismo, enojado, egoísta y profundamente violento. Es decir: el mal argentino, llevado al extremo.
¿Y me piden que me calle? A buen puerto van por leña. Que se callen ellos, últimamente pienso en cambiar de amigos. La verdad este hackeo me ha venido bien. 
Violencia es suprimir la libertad civil de poder comprar moneda extranjera para viajar al exterior, porque mi gobierno me impide tanto una cosa como otra. Dado que la moneda de mi país no cotiza en el exterior, y con razón, porque si nosotros no le damos credibilidad, ¿por qué hemos de pretender que los de afuera se la den?
Violencia es pretender que cambie mi manera de hablar para no ofender a quien no es capaz de oírse más que a sí mismo. Aunque, pensándolo bien, oírse nada más que a sí mismo está buenísimo para tener que hacer oído sordo a todo lo que proceda de fuera de narciso... ¿Será por eso que Freud tuvo tanto éxito entre nosotros?
Violencia es todo tipo de maltrato ejercido hacia el más débil, algo que en Argentina se ha normalizado, especialmente si se es mujer, niño o anciano pobres. Y no porque la mujer sea más débil, sino porque vivimos en un mundo macho donde a la primera de cambio, si una mujer sin aspecto de potentada alza un poquito la voz para reclamar un derecho, te salta a la yugular una tropilla de babuinos, en plan prepotente y burlón.
Violencia es la pobreza que se ve, no se mira y se ignora a propósito. Violencia son las vallas que le ponen a los barrios y a la personas. Violencia es la droga que le venden a los pibes para que puedan matarse entre ellos, y esto pueda extenderse hacia fuera.
Violencia es el odio entre clases. Sigan odiando, nomás, los que odian, que en menos de diez años tendremos un país de analfabetos y delincuentes, mucho peor que la España franquista por la que tanto se desgarran las vestiduras los hispanófobos provincianos que basan todo su conocimiento en lo que les vende la prensa.
Violencia es la inflación del 30% mensual en la comida, y que no haya control de precios por parte del gobierno. Que éste mienta descaradamente a propósito de estos controles. Que hayan subas de hasta el 1000% en los servicios y desaprensivos que lo justifican, felices de que mucha gente no pueda pagar. Eso es violencia, y no la queja justificada y directa.
Violencia son los pibes que se mueren de hambre en Santiago, en Tucumán, en el Chaco, en Misiones... y en todo el país, y que eso pretendan paliarlo con planes de hambre, cuyas cantidades simbólicas sólo alcanzan para alimentar a un niño 3 días.
Violencia son los pueblos originarios cuyas tierras fueron, son y seguirán siendo robadas por multinacionales sociópatas que entran al país mediante coimas al gobierno, que luego se jacta de sus índices de crecimiento. Violencia es la forma en la que se burlaron de Felix Díaz, y vergonzosa la manera en que pretendieron comprarlo.
Violenta es la Argentina, con sus pretensiones de etiqueta francesa, su suciedad generacional en las cunetas, sus machitos disfrazados de intelectuales, sus psicópatas acelerando a propósito cuando alguien va a cruzar la calle, su "avivada" dispuesta a quedarse. Y al próximo que me diga que me calle, volveré a repetir lo que dije el otro día: "No me hace mal lo que digo, sino lo que callo". Porque llevo casi cinco años callándome por educación, por etiqueta, por intento de re-adaptación, o quizá pura y llanamente por amor. Pero no, ya no me callo más. Porque no es violencia lo que se dice, sino lo que se consiente.
Estamos en la edad media del continente. El que se ofenda, puede darle a la pestaña de arriba y pasar página para siempre. Como pienso hacer yo muy pronto.