7/2/08

Arthur Rimbaud: Je est un autre




En una carta escrita el 5 de octubre de 1871, León Velade le dice a Emile Blemont:
No sabe lo que se perdió no asistiendo a la cena de los Vilains Bonhommes. Allí se exhibió, bajo los auspicios de Verlaine, su inventor, y los míos, su Juan Bautista de la orilla izquierda. A Rimbaud. Grandes manos, grandes pies, un rostro absolutamente infantil que podría corresponder a un niño de 13 años, profundos ojos azules, carácter más salvaje que tímido: así es el muchacho, cuya imaginación, llena de poderes y corrupciones inauditas, ha fascinado o aterrorizado a nuestros amigos. Venga usted, verá sus versos y juzgará por usted mismo. De no ser por la piedra que gravita sobre nuestra cabeza y que el Destino a menudo nos tiene reservada, es un genio que emerge. Algo más tarde, un informe de la Policía Francesa a cargo del oficial Lombard, reza lo siguiente:


Verlaine se enamoró de Rimbaud y los dos se marcharon a Bélgica para disfrutar de la paz del amor y todo lo demás. Hace algún tiempo, la señora Verlaine fue al encuentro de su marido para intentar llevarlo de regreso. Verlaine le respondió que era demasiado tarde, que no era posible una reconciliación, y que además, ya no se pertenecía a si mismo. “La vida en matrimonio me resulta odiosa -gritó- Nos amamos como tigres”, y diciendo esto enseñó a su mujer su pecho tatuado y herido por las cuchilladas que le había asestado su amigo… Rimbaud. Estos dos seres luchaban y se desgarraban como dos bestias feroces, para luego disfrutar del placer de reconciliarse. La señora Verlaine, desanimada, regresó a París.
A los diez años, Rimbaud escribe en su diario:


¿Y a mí que me importa si Alejandro (por el Magno) fue famoso?¿Qué me importa?... ¿Sabe alguien si los latinos existieron?¿No será una lengua inventada? Y aunque hayan existido: ¡que me dejen ser rentista y se guarden su lengua para ellos!¿Qué daño les he hecho yo para que me sometan a tal suplicio? Pasemos al griego… esa sucia lengua no la habla nadie, ¡nadie en el mundo!... ¡Ay, carambola de carambas! ¡Caray, yo quiero ser rentista! No conviene desgastar los pantalones en los bancos… ¡caramboletas!
En otra, del 28 de febrero de 1886 dirigida a su hermana desde Tadjura, África, Rimbaud -ya no el poeta, sino el explorador, el mercader, el aventurero, el traficante de armas, je est un autre-, confiesa:


 

Confío en que podré refugiarme dentro de unos meses en las montañas de Abisinia, que es la Suiza africana, sin inviernos ni veranos: ¡primavera y verdura perpétuas y la existencia gratuita y libre!

El Poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por si mismo, agota en él todos sus venenos, y se queda con la quintaescencia. Inefable tortura para la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, para la cual se convierte en el gran Enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡el Sabio supremo! Porque llega a lo desconocido. Porque ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno. Llega a lo desconocido y aunque, enloquecido, hubiera perdido la inteligencia por culpa sus visiones ¡las ha visto!¡Que reviente en su salto por cosas inauditas e innominables! Por lo tanto, el poeta es realmente un ladrón de fuego (…) Y cuando se haya quebrado la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva para ella y por ella –y cuando el hombre, hasta entonces, abominable, la haya liberado- la mujer también será poeta. ¡La mujer encontrará lo desconocido!

(Segunda carta del vidente, a Paul Demeny, 15 de mayo de 1871)
Una temporada en el Infierno es la obra de un místico en estado salvaje (Paul Claudel).

Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se habrían, en el que vinos de todas clases fluían sin cesar. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga. -Y la injurié. Me armé contra la justicia. Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh saña: sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro! Conseguí disipar en mi espíritu todo resto de humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el salto sigiloso de la fiesta. Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Llamé a lasa plagas para así poder ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. El aire del crimen me secó. Se la jugué a la locura. Y la primavera me dio la risa horrenda del idiota. Pero, recientemente, cuando ya estaba a punto de estirar la pata, decidí buscar la llave que me abriera las puertas del antiguo festín, en el que, quizás, recobraría el apetito. La caridad es esa llave. -¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!. "Siempre serás una hiena, etc...", exclamaba el demonio que me coronó con tan amables adormideras. "Bien, gánate a pulso la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales." ¡Bueno! Ya he tenido bastante: -Pero , querido Satanás, se lo ruego, ¡no se irrite tanto! A la espera de esas pequeñas bajezas que no acaban de llegar, arranco, para u sted que ama el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas hojas repelentes de mi libreta de condenado. 

El hombre de las suelas de viento se ha esfumado definitivamente. Nada de nada (Carta de Delahaye a Verlaine, julio de 1881). 

Apreciemos sin vértigo la magnitud de mi inocencia. Arthur Rimbaud) 

Sin embargo, él vive en mí. Je est un autre.

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