7/2/08

Los malos pensamientos (I): católicos

Los curas siempre me dieron repelúz. Y tiene mucho sentido, si se piensa que parte de la escuela primaria la hice en un colegio de monjas. Hermanas de la Caridad, devotas de San Vicente de Paul. A la hermana del Salvador, mi maestra de cuatro grado, nunca se le conoció una sonrisa. Tenía unos ojos de un azul metálico que metía miedo incluso al personal masculino de mantenimiento. Su epíteto favorito para nosotras era zánganas.
 
Naturalmente, fui bautizada e hice mi primera comunión a los 9 años. Para entonces mi madre ya había reñido con la Superiora y tuvo el buen tino de inscribirme en un colegio estatal. Sin embargo no pude librarme ni del catequismo ni del cura del barrio. 

Igual al catecismo fui poco: cada vez que tenía clase me daba un ataque de asma. Nunca supe qué era peor, si el asma o el catecismo.


A la hora de tomar la primera comunión -la Sagrada Hostia- lo más difícil para la peña era tener que confesarse por primera vez. El asunto del pecado nos tenía a maltraer, ya que nadie entendía muy bién qué era. Así que a la hora de confesarte, seguías un guión.

Dentro del guión, los había confesables e inconfesables. Las niñas normales y corrientes como yo no superaban el número de tres o cuatro, y los pecados se reducían a:

-he contestado a mis padres (y el cura levantaba ligeramente una ceja),-he dicho palabrotas (y el arco de la ceja empezaba a temblarle);-he reñido con mi hermano/hermana (y el cura soltaba un profundo suspiro muy similar al estertor gástrico que surje tras un atracón de asado con cuero después de la misa del domingo);-he mentido a la maestra en clase (y ya ni suspiro ni estertor, sino un doble levantamiento de cejas y la boca a punto de explotarle).

Discretamente, una se hacía a un lado para evitar que los efluvios del eructo le estropearan la inspiración, mientras el cura -no menos discretamente- se llevaba la mano a la boca y sin excusarse, te soltaba el típico tres Ave Marías y un Padrenuestro, ventilando el aire apestado de olor a chorizo mediante una pudorosa señal de la Cruz.

Nadie se atrevía, por ejemplo, a confesar que se había masturbado pensando en el primo adolescente de la vecina de al lado, que estaba buenísimo y no te prestaba la menor atención, porque en nuestra viva imaginación infantil, creíamos que el cura se hubiera enarbolado como una anaconda, esgrimiendo una larga penitencia de 37 Ave Marías y 43 Padrenuestros, junto con 12 Credos y, desde luego, el Yo Pecador. 


Según el relato de Lala, mi ex-suegra, una gallega super marchosa de las Rías Baixas, en su pueblo de Pontevedra era obligación que mientras rezaras el Yo pecador te dieras de hostias en el pecho como si fuera la última vez. Si la memoria no me falla, el Yo pecador reza (nunca mejor dicho) más o menos lo siguiente:
Yo pecador, me confieso ante Dios Nuestro Señor,que he pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión…(y aquí es cuando llega la parte de las hostias)Por mi culpa…por mi culpa…por mi grandísima… culpa, etc etc.

El cura del asado con cuero tenía la costumbre de darse una vueltecita por la clase de catequesis y recomendar alguna lectura de lo más instructiva. Su autor favorito era Hugo Wast, Premio Nacional de Literatura, y un católico fundamentalista de cuidado. Sin ánimo de desmerecer la obra de Wast, al cura le encantaba usar los cuentos del escritor para meternos el miedo al infierno. Que siempre era un INFIERNO con mayúsculas. Años después leí a Hugo Wast y descubrí que en todos o casi todos sus relatos, el diablo es ridiculizado de tal manera que hasta incluso resulta una figura pintoresca, muy similar a la del pícaro, pero al padre Bustinza -que así se llamaba el santo varón- le excitaba presentárnoslo como un híbrido entre el payador misterioso que retó a Santos Vega y el diablillo mediático de los calefactores Eskabe. Dada su condición, tenía que adaptarlo a su peculiar pedagogía de folletín apostólico y, sea por su fijación con el asado a la criolla, sea por su retorcido sentido del humor, nos decía que ya en el Infierno, el DIABLO (también con mayúsculas) mandaba a sus diablejos a que te ataran a una parrilla para asarte a fuego lento. El grado de cocción dependía del tamaño de tus pecados.
 
Agobiada por una tendencia innata al mafaldismo, a mí me daba por hacer unas preguntas de lo más sabrosas:

¿Por qué dicen que Jesús es el Hijo de Dios? Entonces nosotros ¿qué somos?

¿Por qué dicen que Dios creó al Hombre a su imagen y semejanza si todo el mundo dice que Dios no tiene forma alguna?


Y tras haber leído algo sobre la Teoría de la Evolución:

Si Adán y Eva fueron el primer hombre y la primera mujer, entonces debían de ser cavernícolas ¿no?¿Qué eran, pues?¿Neanderthales o Cro-Magnones?

La respuesta de la catequista fue de fábula:


Es que Adán y Eva no vivían en la Tierra… ellos estaban en el Jardín del Edén.

La pregunta correlativa hubiera sido ¿Y dónde estaba el Jardín del Edén?, pero no me atreví. A mis nueve años, sabía que la pobre mujer no hubiera sabido qué decir; y como sentía vergüenza ajena, no quise ponerla en un aprieto.

Sin embargo, yo creo que buena parte de culpa de mi adversión a la Iglesia, y en general, a los curas, se la debo al Yo pecador. Perdonad que insista en ello, pero es que el mensaje subliminal que encierra la oración me sigue dando grima: 

que he pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión…

¿Habeis oído? Palabra, obra y omisión vaya y pase, pero… ¡en pensamiento!¿Qué clase de DIOS era ése que, no habiéndose inventado aún la cámara oculta (estoy hablando de los ‘70) tenía ya un detector de pensamientos pecaminosos? 
Cuando haces el mal y crees que nadie te está mirando, es Dios el que te mira, nos decían las monjas con expresión sibilina. El Dios de mi infancia no te daba respiro. Siempre estaba mirando. Anidaba dentro de una, pero no como un Jesús Niño, sino más bien como una lombriz solitaria que se alimentaba de tus pensamientos. Recuerdo perfectamente el día en que, agobiada por uno recurrente y de lo más pecaminoso, se me ocurrió contárselo a la hermana Luján, que era mi única protectora y confidente. Luján, una monja entrerriana austera, pero cariñosa, me escuchó atentamente mientras yo, temblando pero sin llorar (nunca he llorado en clase, y no porque fuera valiente sino por ser extremadamente vergonzosa; aún lo soy, sin embargo, ya no me dá grima llorar en presencia de nadie) le decía sin rodeos: 

Hermana, el otro día pensé que Jesús es un pollerudo. 
Como sabeis, en Argentina una pollera es una falda; así que decir que un hombre es un pollerudo, es poco menos que decir que es un calzonazos. No sé por qué se me habrá ocurrido una idea como ésa -nunca lo sabré-, lo cierto es que Luján me miró intensamente, como si yo fuera una de ésos fenómenos naturales de tres ojos y en forma de furgoneta que salen en la National Geographic una vez al año y que tanto desconciertan a los especialistas; y se echó a reir con la alegre disnea del perro Patán. Así reía ella, porque estaba bien gorda y le colgaba la papada. Una papada bien morena y bien velluda.

Tras librarme de semejante peso, doy fe de que nunca más he vuelto a tener un pensamiento pecaminoso. O en su defecto, nunca he vuelto a creer que un pensamiento pueda ser pecaminoso, que es cosa bien distinta. No sólo me he librado a temprana edad de la idea del pecado, sino que he llegado a cometer casi todos de forma indiscriminada, y tanto, que si aún creyera en la idea de un Dios-lombriz-solitaria, estaría muerta y enterrada por teniasis. Conozco gente que sin estar muerta y enterrada cree que Dios es un parásito longitudinal que anida en el cerebro y controla sus pensamientos. Y a otros que, aún sin creer en Dios, se comportan como si ellos mismos fueran la lombriz solitaria, pero este es un tema que dejaré para otro post.

Llegada la adolescencia, todos mis primos se confirmaban. Así que había que confirmarse. La confirmación es un sacramento donde admites comprometerte como soldado de Cristo. O eso me dijeron. Pero a mí la sola idea de tener que convertirme en soldado de algo, fuese lo que fuese, me daba casi más grima que los efluvios choricíacos del capitán -perdón- padre Bustinza; con lo cual todos los intentos de soborno por parte de mis padres acabaron por fracasar. 
Por entonces yo tenía diecisiete años y andaba de aquí para allá con una edición de bolsillo de Así habló Zaratustra, salía con un chaval barriobajero pero intelectual cuyo padre, sindicalista, militaba en el PC y estaba reuniendo una curiosa biblioteca barrial con ediciones antiguas de Malatesta, Blum, Thoreau, Trotsky, Hegel, Palacios y los anarquistas de la primera emigración europea en Buenos Aires (un asunto que también se merece otro post). Fue a través de él que llegué a Rebelión en la granja (una edición de tapas duras del año 36, preciosa por lo hecha polvo). Como buena insumisa, escuchaba a los Sex Pistols, no porque me gustaran, sino porque no le gustaban a mi madre, y si no llevaba cresta, era porque tengo el pelo muy rizado y en caso de intentar alguna maniobra al respecto mi cabeza hubiera parecido una col.

En una de mis intentonas por agradar a mis padres me dio por concertar una cita con el nuevo cura de la parroquia, que era joven y miope. Lo de miope me venía como anillo al dedo porque, dada su dificultad visual, seguro que mis pintas no iban a impresionarle. Lo de joven era porque seguro que había oído hablar de Nietzche (en esa época yo creía que era la única tía que había oído hablar de Nietzche). Y desde luego, no me equivoqué. El cura no sólo había oído hablar de Nietzche, sino que además lo había leído, y ya estaba hasta las cejas de recibir en su despacho a chavales que le soltaban el dudoso argumento de la duda existencial sin tener mucha idea de la existencia, y sí, en cambio, grandes dudas con respecto a la utilidad de la confirmación. El consejo del cura fue el siguiente: 

Si no estás convencida, es mejor que no te confirmes. 

Un tío pragmático, sin duda. Y muy sensato. Pero yo quería darle el gusto a mis padres, así que me inscribí en los cursos. La instructora era una correntina que se sabía los textos bíblicos de memoria y nos invitaba a hacer reflexiones póstumas. El auditorio estaba lleno de gordas adolescentes tapadas de acné, todas ellas devotas de la Vírgen de Luján, San Pantaleón, los exploradores de Don Bosco, la difunta Correa, Ceferino Namuncurá y Cacho Castaña. La reflexión póstuma consistía, más o menos, en lo siguiente: 

Lo que quiere decir Cristo en el capítulo tanto versículo tal es que nuestra única tarea en la Tierra es practicar su Palabra sirviendo al prójimo y amándonos los unos a los otros como Dios nos amó a través de Cristo pero no sólo de palabra sino también en los Hechos cuidándonos de No Juzgar ni Criticar al Prójimo y sobre todo y lo que es más importante practicar el Perdón cuando alguien nos ofende colaborar en la Parroquia donde todos somos Hermanos ir a Misa ayudar a los necesitados practicar la Caridad y alejarnos del Pecado para el día de la mañana y tras la muerte y tal como lo prometió Dios podamos vivir la Resurrección tal como Cristo su Único Hijo y Verdadero Salvador. 

Nada concreto, naturalmente. Como los cursos se impartían los domingos por la tarde y yo iba con algo de resaca, la clase de confirmación funcionaba como un opiáceo, mitad mantra mitad cotilleo de marujas aprendizas en una jaula llena de guacamayos.  

Así que lo dejé. Y lo dejé para siempre. 

Hoy mismo, me pregunto qué es lo que le encuentra cierta gente a este pajareo de iluminados y feligreses que van a misa todos los domingos, y que una vez dentro, se sientan, se ponen de pie, se persignan, escuchan la Palabra, se arrodillan, repiten siempre las mismas oraciones, escuchan el sermón del cura mientras piensan en llegar a casa a tiempo para el almuerzo, y se invitan a un banquete de antropofagia metafórica bajo la promesa de que quizá, algún día, puedan disfrutar de la presencia de Dios en el Paraíso. Me pregunto qué es lo que necesitan demostrar, a quién y para qué. Habrá, también, quienes crean en ello a pie juntillas y sin asomo de malicia. Sin embargo, a mí me dá grima la gente que cree en algo a pie juntillas y sin asomo de la malicia. Yo prefiero atenerme al saludable ejercicio para la duda.

Quizá la respuesta la tenga la dentista argentina de mi pueblo, a quien conozco de clases de tai-chi y sé que nisiquiera cree en el Dios cristiano, pero aún así va a misa. Una vez le pregunté por qué lo hace y ella me dijo:

Simple. Yo trabajo con gente mayor y la gente mayor va a misa. Ir a misa me dá fiabilidad.
¡Claro!¿Cómo no me había dado cuenta?¡Ir a misa le asegura la clientela!

El cura diría lo mismo. Y Dios ¿qué dirá?

Photo/post: Frances Bacon, El papa Inocencio X, sobre un estudio posterior a Velázquez (1953)


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