25/12/09

Feliz Navidad

En esta noche Navidad, noche posterior al brindis obligado de Nochebuena, a la cena de ritual y a las luces del árbol, escribo el último post del año. Es un poco un mensaje dentro de una botella que es dada a la mar como una suerte de exorcismo y declaración, si se quiere, de nuevos principios.
Ha sido un año próspero, y no lo digo por el dinero –que como siempre, escasea- sino por todo lo demás. Es decir por lo verdaderamente importante. Ha sido un año próspero en nuevos amigos, mayor inspiración, estudios e investigaciones nuevos y reveladores, lecturas iluminadoras, viajes esclarecedores, experiencias inefables en el ir y venir hacia dentro en constante presencia del yo, del tú, del nosotros... en defnitiva, de nuevas y más firmes naves en vías de una renovadora re-construcción. War is over.
La culpa por el autoexilio ha sido voluntariamente desterrada de mi sistema y enviada a la papelera de reciclaje. Ésa, la culpa, era la única parte del destierro que puedo considerar forzoso. El autoexilio ha sido, lógicamente, voluntario, y ahora que la culpa es arrojada al sitio donde es mejor que se arrojen todas las culpas (la papelera), puedo gritar a los cuatro vientos que no tengo la menor intención de regresar. Que te sigo queriendo, país, pañuelo sucio, y aunque siempre haya algo que sentir, ahora mi perspectiva es mayor, se ha enriquecido, y si volviera a tus costas me volvería a encoger.
Y no porque seas Argentina, con tu identidad y tu spleen natural, no. Daría igual que fueras Nigeria, Tailandia, Bélgica o Nueva Zelanda. Cualquiera sin complejo de madrepatria o eurocentrismo sabrá comprenderme: cuando tomas distancia de la isla, tarde o temprano acabas observando, al principio con perplejidad, y luego con todo detalle y sostenido, las múltiples caras del poliedro.
No quisiera tener que extenderme en este post para explicarlo. Para qué, si es la historia de siempre. Si es la gran comedia humana que vuelve a repetirse cada día y en todos los rincones de la tierra en los bolsillos de cualquier caminante que se pasea por un parque, en un niño que abre por primera vez su primer cuaderno para escribir su primer verso. Así que, ¿para qué extenderme en algo que está más claro que el agua?
Siendo, pues, la una y media del 25 de diciembre de 2009, a días del comienzo de un nuevo ciclo de 365 -en el que no estaré presente para escribir este pot, ni ningún otro, esa noche salgo a celebrar mi alumbramiento- os deseo a todos, a los de aquí y a los de allí, es decir a todos, una Feliz Navidad.

18/12/09

Romántico y el cuarto poder (I)



Extraño y contradictorio personaje Natalio Botana. Uruguayo, nacido en 1888 y emigrado a Buenos Aires en 1913, mismo año en que fundó el mítico diario Crítica (que en el 62 sería “comprado” por el gobierno peronista, del que era acérrimo opositor), Botana empezó su carrera con una frase que lo define muy bien: Dios me puso sobre vuestra ciudad como a un tábano sobre el noble caballo, para picarlo y tenerlo despierto. Conste que la cita la saco de la red, aunque ya en algunas fotos se le ve con un puro entre los labios, como a un auténtico ciudadano Kane de la prensa rioplatense.
Cuentan en la familia que mi tío Tito Chiessa, periodista él y fundador de la ya extinta revista marplatense Casino, llegó a trabajar en el diario Crítica como corresponsal de espectáculos. Como a Botana, a mi tío le perdían los caballos. Y fue justamente a causa de un caballo, que ese paradójico personaje llamado Botana y defensor por partes iguales de la causa golpista de Uriburu como del derrocado gobierno de Manuel Azaña, contribuyera a la acogida de los intelectuales españoles republicanos que huían de Franco, allá por el ‘39. Las razones políticas o de otra naturaleza que pudieron mover a Botana quedan a criterio del lector. De todas maneras, ya nos lo cuenta la historiadora Dora Schwarzstein, autora de La historia oral (CEAL, 1991):

A fines de 1939 Buenos Aires vivía despreocupada, muy lejos de la guerra mundial que había estallado pocos meses antes en Europa. Asi describía el periódico La Nación, uno de los actores políticos más importantes de Buenos Aires, el clima reinante el domingo 5 de noviembre cuando se corrió el Gran Premio Carlos Pellegrini, la cumbre de la temporada hípica local:

El camino hacia el hipódromo era ayer el que emprendía la gente desde todos los ámbitos de la ciudad y pueblos circunvecinos. La corriente de público se centralizaba en la avenida Alvear, donde los vehículos después de haber salvado con rapidez las vías convergentes, se atascaban allí, en medio de un roncar de bocinas que pedían paso en vano, porque no había forma de concedérselo. Así, eran muchos los que llegaban a pie al circo de Palermo para buscar en seguida ubicación en las tribunas desde la cual pudieran observar cómodamente el desarrollo del programa...


Sin embargo, ese mismo dia, los ecos de la guerra llegaban a Buenos Aires:

Dió término ayer tarde [domingo 5 de noviembre] en nuestro puerto el viaje que inició en la Pellice (sic) el 18 de octubre último el vapor francés "Massilia" cuyo paradero se desconoció durante varios días y cuyo rumbo ignoraban los mismos pasajeros cuando se embarcaron en aquel puerto que no es el de salida habitual. La travesía se hizo desprovisto el barco de cualquier indicio que pudiera hacerlo perceptible desde larga distancia y durante la noche permaneció siempre en la mas absoluta oscuridad. Durante todo el viaje intercontinental el pasaje estuvo carente en absoluto de noticias que le informaran de algún acontecimiento, del mismo modo se le advirtió al pasaje que estaba vedada cualquier clase de correspondencia. De este modo, la llegada a Rio de Janeiro fue un verdadero alivio, pues significaba que todo peligro había desaparecido en lo que se refiere al posible torpedeamiento del barco por los sumergibles nazis.


Todos los diarios del domingo a la tarde y el lunes 6 de noviembre anunciaron que, el premio Carlos Pellegrini, corrido sobre 3000 metros, había sido ganado por Romántico. Este caballo no era el favorito en Palermo aquel domingo. En días anteriores, Noticias Graficas había dado a conocer las opiniones de prestigiosos cronistas de Montevideo, La Plata y Buenos Aires. Diez sobre 14 auspiciaban el triunfo de Embrujo, 2 el de Romántico, 1 el de Bon Vin. Sin embargo, Romántico dió la gran sorpresa, segundo Partido, tercero Bon Vin y cuarto Embrujo.
En ese mismo domingo, a bordo del Massilia, anclado en el puerto de Buenos Aires, había 147 españoles republicanos. Todos ellos se hallaban en tránsito, con diversos destinos: 132 a Chile, 6 al Paraguay y 9 a Bolivia. Permanecían alojados a bordo, hasta que pudieran tomar los trenes internacionales respectivos o el vapor de carrera con destino a Asunción. De este conjunto se destacaban unos 60 intelectuales, entre ellos Ramón Hidalgo Pontones (pintor), José Arbex Pomareta (ingeniero), José Fernández Cañizares (cinematografista), Luis de la Fuente (director de cine), Antonio Salgado y Salgado (periodista), José Ruiz de Toro (abogado y escritor), Mauro Cristóbal Artache (dibujante), Arturo Cuadrado Moure (ex-director de la revista "Resol"), Alberto López Barral (escultor), Gregorio Muñoz Montenegro (pintor-escenógrafo), Pedro Corominas Muntanya (abogado y legislador catalán), Severino Mejuto (actor), Clemente Cimorra (periodista), Eusebio de Gorbea, Pascual Guillén y Salvador Valverde (autores teatrales).

No permiten ni asomarse a los ojos de buey a los intelectuales españoles en tránsito, titulaba el diario radical Noticias Gráficas la noticia del arribo del Massilia al puerto de Buenos Aires. Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles... son de un rigorismo que solamente tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado....Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey ...Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados.


También el diario Crítica informó sobre la llegada del Massilia. En ese buque francés arribaron mas de 60 intelectuales españoles que tratarán de reconstruir sus vidas en Chile.El relato de una exiliada española que estaba a bordo del Massilia nos acerca a las trayectorias que habían llevado a ese grupo hasta el puerto de Buenos Aires. MC recuerda que, mientras los pasajeros esperaban a bordo el inicio de la nueva etapa de su viaje, se presentó en el puerto Natalio Botana, director del periódico Crítica que, sorpresivamente, ofreció a los españoles una suma importante de dinero para facilitar su asentamiento en la Argentina. Natalio Botana, de origen uruguayo, había llegado a la Argentina a comienzos de la década de 1910, luego de abandonar el Seminario Jesuita, la carrera de Derecho y de haber participado en la guerra civil de 1904. Perteneciente a una familia tradicional de ricos campesinos, logró una vez en Buenos Aires, gracias a contactos familiares entrar a trabajar en el diario La Razón para cubrir notas sociales. Su experiencia no fue exitosa y al poco tiempo fue despedido. Comenzó entonces a escribir para la revista P.B.T. donde se convirtió en un periodista de nota. Con la experiencia periodística y contactos que había logrado durante esos años, en 1913 fundó Crítica, "el diario más moderno de Latino América".
Natalio Botana, era también propietario de Romántico, el ganador del Gran Premio Carlos Pellegrini que se acababa de correr. Quiso el azar que un caballo propiedad de Botana hubiera ganado recientemente una importante carrera en el hipódromo local. Botana decidió, entonces, donar el importe del premio a los españoles del Massilia, consiguiendo también del presidente Ortiz el permiso para que ese puñado de hombres, mujeres y niños pudieran afincarse legalmente en el pais:
Así nos quedamos en la Argentina, gracias a un caballo que ganó... No teníamos programado venir a la Argentina, eso fue una cosa que surgió, así de un modo puramente casual... Todos teníamos nuestra visa para Chile pero ya que la cosa surgió nos pareció mejor la Argentina, que era un pais más atractivo.

El azar aparece así como protagonista absoluto del asentamiento de los españoles llegados en el Massilia, el conjunto más numeroso de exiliados españoles llegados a la Argentina antes de 1940. La trama sin embargo era mucho más compleja. Intentaremos construir una estructura significativa con las diversas versiones de lo sucedido aquél domingo 5 de noviembre.
sigue aquí

9/12/09

Margalit Matitiahu / El desierto



El desierto infinito,
las montañas altas y afiladas
araron mis deseos...

En las paredes de mi habitación asolada
se transparentan los espacios de mi desierto interior.

Como una bailarina enloquecida y descalza
hago crecer en el calvero
la fruta salvaje
del espíritu.

Margalit Matitiahu (poeta israeli)



Traduccion: Carlos Morales

Viva Joyce

Parece que la puntuación se encamina al sucidio punto
(esto ya lo hizo Cabrera Infante), y además punto debería ser punto
pero dejémolso ahí.
Horror vacuii
Horror vacui
(sí, horror al vacío)
al vacío de una tela en blanco
o mejor dicho de los blancos de una tela dejada en blanco
supuraciones del pincel, esas motitas que se quedan en la tela
y dejan en evidencia el gesto, la indecisión. Una forma valiente inacabada.
Sólo una forma, en realidad.
Quitar comas puntos puntos y coma como evidencia de infinito
de una lengua que ha redimido su ñ [¿aquí iría punto?]. No
los puntos se suicidan- los puntos las comas los puntos y coma
(como Houellebecq, que los resucita a su antojo, es decir sin fundamento).

Veamos.
Hemos hablado de esto hace unos días.
Hablábamos del sexo en la literatura, y tú dijiste:
la poesía basada en el sexo es casi casi como esas cintas
donde el prota aparece desnudo todo el tiempo por causas estrictamente comerciales.
Diste tu sentencia.
La poesía basada en el sexo es como esas mujeres que van a por su perla negra
se la embolsan
y luego pretenden que no se les vaya por el agujero.
Y volviste a dar tu sentencia
como esas mujeres que se tiran a alguien y luego pretenden que el tío vuelva a llamarlas
[entre la a de sentencia y como iría punto y coma. Es más
el lector queda invitado a leer este ensayo, o si se quiere, experimento, omitiendo toda regla ortográfica
(yo no puedo con mi horror vacui)].
Es la influencia de las matemáticas
de la física cuántica
de los postestructuralistas
de las nuevas tecnologías
del lenguaje html
del sincretismo con los códigos no-lingüísticos
del lenguaje de los gestos
en fin de la vanguardia
[a estas alturas no será necesario aclarar que entre en fin
y de va coma],
la muerte (más bien el asesinato) de Joyce.

Sigue. Veamos.
Y hablando de Joyce [aquí irían puntos suspensivos,
si son dos en vez de tres, mejor]
hablando de Joyce
no entiendo por qué todo el mundo quiere ser Joyce
nueva sentencia (sí, dos puntos, y qué):
según creo recordar, esto ya se hacía hace treinta años.
Gina Pane se cortó con una hoja de afeitar
se cortó las plantas de los pies con una hoja de afeitar
y salió andando como si tal cosa
tótem sin tabú. Salió andando
y fue su sangre la que manchó el suelo de la galería
no era sangre de mentira
era su sangre
su monólogo interior directo con los mirones que iban a verla
sangrar.

[primera]
el mar se retiraba de la orilla y tuve un tiempo breve
en caso de que el tiempo existiera
un breve tiempo de calma.
Mi cuerpo aliviado se distendió
y me quedé sola como un animal que ya no espera
pero tú te habías volteado boca arriba y
me atrajiste por la nuca hacia el tiempo concreto,
sin tiempo,
de tu pecho. Con el pulgar en la comisura de mi vulva
sentía el tsunami avanzando sobre los poros crispados de mi carne explotando en el espacio.

[segunda]
entonces conocí una rara especie de placer:
la de ser mar y la de ser pez y ser cordero ya harto.
Me volveaste,
me estiraste y -oh-
me doblegaste,
perpetrando dentro y fuera de mí una furiosa cabalgata que fue como un despojamiento.
Pero al final descubriste que al profanarme
te quedabas vacío y solo,
y te libraste de mí, y desnudo como un animal que no sabe hablar
volviste a tu pintura, en cuclillas sobre la tela,
con el sexo aún bañado [¡bañado!] en esperma a punto de la tela
sobre la que dejaste tu impronta infame e impúdica, como un animal, sí,
que marca su territorio en aquello que le pertenece porque es todo lo que tiene.

[los términos en negrita son los que habría que corregir.
tengo un problema con los gerundios
los andantes
coma
también con los adjetivos. Mucha pompa, a veces].
Sí, dijiste. Largo silencio con puntos y aparte.
Sí, repetiste (me miraste. Por un momento estuve a punto
de creer
que ibas a preguntarme si yo creía que él volvería a llamarme).
Infame
impúdico
perpetrar, un [polvo] no se perpetra
nisiquiera pertenece a los dominios del lenguaje
el verdadero poema es [puntos suspensivos, aro de humo que sale de tu boca]
el verdadero poema sería
esa regla ortográfica
donde la letra O sin interjección se hace mayúscula
por efecto de un dedo en la comisura de mi vulva.
Única cosa rescatable dos puntos [va]
con-el-pulgar-en-la-comisura-de-mi-vulva
que es el único lugar donde las reglas de ortografía
no tienen ningún fundamento.
Viva Joyce.

7/12/09

New-Age


Hay una vieja frase del Fritz Pearls que seguro la conocereis:

Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus espectativas, y tú no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo, y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Sino, no hay remedio.

Se puso de moda allá por los ’80 y todo el mundo andaba con la frase en la boca. La usaban, sobre todo, los ex novios, los mentirosos y los psicólogos. En especial estos últimos, la usaban de muletilla para consolar a los abandonados. Con los años, y con el advenimiento de las terapias alternativas y las filosofías anexadas de Oriente, la frase se convirtió en paradigma, y hoy la repite hasta el guacamayo de mi vecina, educado por ella misma en la copla española: Ay, María de la Ó, tan desgraciadita que eres teniéndolo tó. Me imagino que si puede pronunciarla el guacamayo podrá también hacerlo mi vecina. De ahí a que la entienda, ya es otro cantar.

Sin ánimo de despreciar a Fritz Pearls o a mi vecina la del guacamayo, diré que me molesta profundamente el usufructo que se hace hoy día de ciertas frases y adagios que en boca de perezosos, chantajistas emocionales, falsos maestros y suspuestos gurúes, acaban convirtirtiéndose en el discurso perfecto para justificar la manipulación, el abandono y la irresponsabilidad emocional. Como decía una vieja conocida que vive dentro de un caparazón tan duro que no lo volaría ni una bazooka: “La gente es así, cielo; tienes que coger lo que hay”.
Y hablando de palabras, una amiga mía tiene una frase que me encanta. Ella dice: Las verdades que surjen de las palabras, suelen ser verdades a medias. Lo cual no hace más que confirmar su condición de viajeras. Que es lo que son las palabras, viajeras eternas en perpétua mudanza de un contexto a otro, siempre en permanente transformación, siempre mutando por voluntad de la lengua que las baraja, la mente que las interpreta y eldestinatario que las descifra. Es el fenómeno de la intertextualidad, que cada vez se enriquece más, si se piensa en el avance de los medios y la creciente integración de los mundos.
Creo haber posteado ya sobre el tema de los aspirantes a ascendidos y otras verduras (crudas y cocidas), y temo que seguiré haciéndolo mientras continúe en vigencia la moda del turismo espiritual. Ejemplo: Vacaciones inteligentes en la Alpujarra granadina. El paquete incluye: PNL, Constelaciones familiares, reiki, terapia sacro-craneal y terapia con piedras.Seis días=1000 euros. Si seguimos así, ya habrá alguien que postee por mí dentro de 20.000 años. De momento lo hago yo. Y no porque esté en contra de todas esas terapias, sino al revés. Practico meditación arka-dhyana, reiki y tarot terapéutico desde hace bastante ya, pero en cuestión de verduras, ciertamente prefiero las dietas controladas, no sea que la cosa acabe en intoxicación.
Hace tiempo conocí a varios intoxicados de pseudo-orientalismo. Uno de ellos se basaba en la teoría de la no-dependencia para no implicarse en ninguna relación de pareja, y sí, en cambio, enpracticar el Tantra con diferentes maestros -todos carísimos- con quienes finalmente acabó muy mal, cuando se descubrió que el hombre ponía anuncios para encontrar mujeres dispuestas al juego, y que además le pagaban a él. Un feo desprestigio tanto para el Tantra como para el orientalismo de verdad.
Otra -instructora ella de cierta terapia japonesa-, aconsejaba hacer meditación dos horas diarias y llevar una vida relajada y sin atascos. Esta señora es dueña de un taller de costura en el que sólo contrata empleadas rumanas que trabajan nueve horas al día, incluído el sábado jornada completa, por 600 euros al mes. La señora vive en un décimo piso que tiene una terraza gigantesca con vistas a la Sierra, donde la gente hace tai-chi y se toma una infusiones hindúes después de la práctica. Mientras tanto viaja por la India, trae chucherías a precio de costo que luego re vende en España, y se apunta a la Fundación Francisco Ferrer. Pero lo paradójico de esta mujer que se lo pasa predicando contra la tiranía de la mente, el ego y la importancia de no juzgar, es que se ha tomado su rol de instructora tan al pie de la letra que el sólo hecho de opinar en su presencia dá escalofríos. Nunca sabes lo que va a soltarte, y al final siempre acaba diciendo: “Por eso siempre digo que no es bueno juzgar. La mente es tramposa; cuidaos de la mente”.
Cierta discípula suya, una psicóloga ya harta de sus labores de funcionaria, lleva ya muchos años metida en el tema de las terapias alternativas y en la lucha-contra-el-ego (no sé por qué esta gente se empeñará tanto en luchar contra, cuando en realidad los orientales pugnan por evitarlo). Hace un par de años esta mujer se compró un piso precioso en Madrid. Recuerdo que, mientras íbamos en su coche -ella al borde del ataque de nervios- empezó a quejarse de no tener quién le ayudara a hacer la mudanza. Yo no tuve la mejor idea que minimizar la situación enfocando el asunto desde mi punto de vista -el de una latinoamericana que llega de un país donde el drama no es hacer la mudanza sino comprarse el piso- y pretendiendo alentarla, le dije que no se preocupara, que lo importante era celebrar el piso que acababa de comprarse, que pensara en lo bueno y que todo lo demás era una tontería.
Craso error. Fue como si le hubiera dicho que ella había tenido algo que ver con el atentado del 11-M. Se puso como una energúmena. Literalmente, me mandó a la mierda. Empezó a soltar todo tipo de justificaciones sin pie ni cabeza, donde expuso su total falta de responsabilidad en el destino de los emigrantes sin papeles, la prostitución infantil, los negros de África, la desocupación, la derecha reaccionaria, su soledad, su divorcio, los atascos, los semáforos estropeados, el alcalde del Madrid, la miseria del Tercer Mundo, y por supuesto, los niños que mueren de hambre: Yo no tengo la culpa de que hayan niños que mueren de hambre, chilló. La noche anterior habíamos estado hablando sobre estas cosas, y algo en mi actitud debió dispararle el chip de la discordia. O de la culpa. Una culpa egoísta que no es sino otra manifestación del ombliguismo de aquellos a quienes se les llena la boca hablando del ego.
Después de mi más que modesta experiencia con la instructora de tai-chi, su discípula favorita, y otras criaturas de similar envergadura, decidí estudiar por mi cuenta. Me propuse aprender a interpretar el Tarot, y por ósmosis fui a dar con Tina, mi instructora de meditación arka-dhyana, que con muy pocas palabras y el silencio atronador de los corazones sencillos, me enseña las palabras mágicas:
En el viejo estanque salta una rana.Plaf.

Y entonces, sí:
Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus espectativas, y tú no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo, y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Sino, no hay remedio.





Photo/post: Tina y Srinivas Arka en preparación (India). Tina es la dama de cabellera canosa que sale a la izquierda, y Arka está a su derecha. El haiku es de Basho.
http://www.srinivasarka.org/

Burros y mulas



Hoy día se usa mucho hablar de "programas mentales" aplicados al pensamiento, como si la mente humana -sobre todo el pensamiento- fuera un asunto sencillo. Paradógicamente, comparar la mente con un PC nos conduce a eso que tanto criticamos: a convertirnos en robots reprogramables, lo cual se salta de cabo a rabo la compleja naturaleza del pensamiento humano. ¿Es eso lo que se quiere para esta sociedad a la que se aplican tales "recetas" mágicas?¿Mentes "felices", abiertas a una reprogramación de pago, a un formateo en cuotas gestionado por técnicos de la reprogramación espiritual?

Hay un punto de demagogia en la línea argumental de esta gente. Resulta muy llamativo, por ejemplo, que ese modelo pueda aplicarse tan bien en el occidente desahogado pero no en una barriada de Sao Pablo o una aldea de Ghana. ¿Qué pasa, que ellos son menos humanos o se trata, quizá, de una raza medio-humana cuyo hipodesarrollo "cultural" supone una exclusión automática (por no decir mediática) de dichas prácticas de reprogramación? A estas alturas es cuando el chiringuito new-age empieza a tornarse nauseabundo porque, ¿cómo puede hablarse de espiritualidad para unos y karma para otros? Suena un tanto injusto, ¿verdad? ¿No se ha notado aún que dicho enfoque se parece demasiado a la vieja fórmula infierno/ paraíso del tan denostado cristianismo?¿Qué hemos hecho, librarnos de una religión para re-ligarnos en otra? Es simple: si puedes pagar tienes derecho a la felicidad y acceso al paraíso, si no podés... no podés: lo siento.

La cínica "compasión" de estos individuos, insisto, huele. Y huele nauseabundo. Resulta inútil plantear este razonamiento a los reprogramadores, porque serás fustigado, ignorado y finalmente excluído. Nada nuevo: lo mismo les sucede a quienes se oponen con resolución a la política del mercado actual, ése que gobierna el mundo desde occidente dando la zanahoria al burro y fumigando a las mulas de uno quizá demasiado lejano como para ser siquiera imaginado.

5/12/09

Los libros

Por si todavía queda alguien que no lo sepa, éste fue el primero que llegó a mis manos:



Una no se marcha sin traerse los libros más queridos; ni hablar del primero, haya sido el diario de Enrique o un ejemplar deshecho de su cómic favorito. Hay dos o tres centenares de libros que tuvieron que quedarse al otro lado del charco, y que no obstante ocupan un lugar privilegiado en el archivo de mi memoria. Libros que jamás se olvidarán. Libros que leía con delicia bajo los efectos de la penicilina, en la cama, y generalmente en invierno, que es la mejor manera de leer. Libros robados a mi padre, y tan dispares como La peste, de Camus, Yo viví con los jíbaros, o la grandiosa autobiografía Papillon, del macarra francés que luchó entre diablos antes de arrojarse a la mar en una balsa de cocos. Ese libro estaba prohibido en casa, pero yo lo robé y me lo leí, como le robaba a mi madre las tijeras para construir mis “revistas” personales confeccionadas a base de dibujos, recortes, viñetas y poemas, que después acabaría rifando en la escuela (razón por la cual casi me expulsan, qué tiempos aquellos).


Sin embargo, que yo recuerde, la primera narración que llegó a mis manos fue El lobo y los siete cabritos, de editorial Troquel. Era una colección de libros infantiles, troquelados, que pasaban a mejor vida conforme iban llegando nuevos niños a la familia. Como pasarían a mejor vida los números viejos de la Billiken que coleccionaba mi prima Cris, que en cada uno traía un nuevo capítulo en versión comic de mi adorada Alice in the wonderland, con un diminuto sobre en la última página anunciando, misteriosamente, la distribución vía postal de unas criaturas que crecían en el agua, semejantes a mojarritas, llamadas billikines. El primer timo y la primera gran decepción de mi infancia.
Cuando pienso en la literatura, en todo lo que me ha dado, pienso en primer lugar en aquellos viejos libros, cuentos y revistas infantiles que alimentaban mis eternas horas al calor de una estufa de keroseno, en la casa de la calle Rosales. Pienso en una generación criada al apaño de un Telefunken de veinte pulgadas metido en un chasis de fórmica, en los únicos dos canales de televisión que hacían llegar el mundo a nuestros salones, un mundo mucho más pequeño que el de hoy, tan global, tan fugaz, tan fragmentariamente cruel. Entonces se hacía necesaria e imprescindible la presencia de la literatura en cualquiera de sus formas, había un hambre de conocer, de leer, de aprender y aprehender todo lo que llegara a nuestras mentes glotonas.
Eran los tiempos de la simple impregnación, de la avidez sin filtraciones, de la absorción de conocimiento por el conocimiento. Leer por leer. Leer para saber. Leer para volver a leer. Leer para mejorar la lectura aún titubeante de los manuales escolares, el Coloquio de perros cervantino. El hada de los pájaros: érase que se era, en la ciudad de Nüremberg... Las dos peñas. El cuento de la niña cuya madre moriría cuando cayeran las primeras hojas de otoño, y que ató las diez mil hojas de los diez mil árboles del reino, despistando a la muerte. Leer para escribir. Escribir con la lengua entre los dientes, y apretando la por entonces pluma marca Perfecta, que se cargaba con un cartucho que sangraba sangre azul entre los dedos.
Tom Sawyer, Príncipe y mendigo, Moby Dick… los novelones de Dickens, los de Verne, la gran Jane Eyre, la colección Robin Hood, paradigma absoluto de las adaptaciones infantiles, un caso de mutilación literaria que daría muchas satisfaciones a los niños y a sus editores. Versiones infantiles edulcoradas, pacatas, reivindicadas años más tarde en alguna biblioteca para adultos o en alguna librería de las de verdad.Y las de adolescente: Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou, la del muchacho salvaje cuyo llanto te sacudía como los huracanes -así es el llanto de un hombre, curioso el flash back de Chico Carlo que haría a mis veintipocos en el ojo de un verdadero huracán-, el pícaro lazarillo y su primo el Guzmán, el singular Minguito, de Vasconcelos, ese niño que aprendió a ser hombre con cinco años, Judith y las rosas, Las de Barranco, y la triste Alfonsina con su pañuelito blanco paseando por la playa antes de hundirse definitivamente entre las caracolas (nunca me gustó Alfonsina, ya lo sabía bien mi profe de segundo del insti). Ana Frank, y ¡Jettatore!, de Leopoldo de Laferrere. Simultáneamente, llegaría la trilogía bestelleriana y gringa de Sarah T, Born Inocent y Propiedad D. Salvedades que pasaban de mano en mano en los tiempos de la cajetilla de cigarrillos en el bolsillo del guardapolvos y la carpeta de pasta negra descantillada a propósito. Basura prescindible aunque jugosa en los tiempos del enterteiment sustentado en la ética de éstas-son-las-cosas-que-les-pasa-a-las-chicas-no malas, sino a las que se portan mal, que es cosa distinta.Y por supuesto, Las 11mil vergas, en edición de bolsillo, importada, cutre, en el ofertón. Autores y títulos que ni falta hace que recuerde, aunque algunos sí: El árbol de Judas, de A. J Cronin, Los caminos a Katmandú, de René Barjavel, y otra docena de best-sellers. Avenida del parque 79; así es: Harold Robbins sería durante décadas el Dan Brown de nuestra era. Hubo quien dijo que Harold no existía como indivíduo sino como entidad múltiple de ghost writers que escribían bajo ese nombre. Harold conseguiría entetener alguna tarde de playa allá por mis quince años, cuando nisiquiera sospechaba el nombre de Rimbaud. De motu propio, llegaban pocos, y me encantaba envenenarme en la biblioteca de la muni con viejísimos e ignotos relatos sobre mesas giratorias, ectoplasmas y fantasmas dieciochescos. Eran libros que no consultaba nadie, y había que ver la cara de la bibliotecaria cuando entraba yo. Como perla negra, cabe mencionar un libro de León Blum, Educación para la muerte, sobre el nazismo, que me inspiró una novela breve que vaya a saber por dónde andará.Hasta que llegó, como decía, Rimbaud. A la avanzada edad de diecinueve años -la misma que tenía él cuando escribió Las iluminaciones- Rimbaud me llegó como una salva de fuegos de artificio sobre un campo fértil y sin hollar. Tierra de labranza lista para la siembra. Me inscribí en Filología, pero fue un error. Demasiados libros. Fui una estudiante mediocre, patosa, no me iba el ambiente académico. Las polémicas que se montaban sobre estructuralismo ruso, la semiótica de Greimás, o las normas morales de Catón el Viejo, expuestas con voz monocorde por un frío profesor de latín que ponía cruces rojas a los que asistíamos a las sentadas que se hacían para pedir presupuesto, acabaron por minar mi paciencia. Disfrutaba más en cierta biblioteca de barrio, una verdadera joya de acumulaciones gratuitas por donación, que en la universidad oyendo a los más puestos hablar de Lautréamont o de Piglia, como si no hubiera vida más allá de la literatura. Yo no servía para eso, nunca he tenido ese carácter.

Aquella biblioteca tenía su sede en el garaje de unos amigos militantes de cierto partido político y estaba situada en el barrio más bajo y al sur de la ciudad. La pampa empezaba a cien metros de esa casa, una pradera verde salpicada de árboles de copa aplanada, casas destartaladas y un taller mecánico con un cartel que ponía: Se vende pero sin ruedas, sobre un chasis herrumbroso. Tercermundo absoluto, y mira por dónde que en esa biblioteca fui a dar con una edición antigua, y entelada, de Las olas. Tendrían medio millar de libros, muchos de ellos de ediciones inencontrables, por no hablar de los cómic, o viejos números de la revista Sur y Unicornio.
Los libros. Aunque parezca una paradoja, abandoné la universidad por amor a los libros. Nunca me he arrepentido. Los volví a coger cuando ingresé en Bellas Artes y pude liberar mi censura interna a la hora de escribir. Rindo aquí mi homenaje a los libros, a mis primeros libros, a los libros que por prurito, por desidia o por vergüenza, quedan aparcados en el trastero de la memoria celular en la vida de cualquier narrador, y que por tanto nunca o casi nunca se nombran. Esos libros que ha leído todo el mundo, esos que no entran en las reseñas, esos que a menudo son tratados con desprecio, pero que aún así van poco a poco construyendo una particular memoria y que, a fuerza de prueba y error, abren espacios a nuevas y mejores lecturas. Los libros, en definitiva. Todos los libros.