13/1/14

La disolución del binomio

El halcón,
el vuelo en picado
y la liebre
son uno.
-Gary Snyder

¿Dónde reside la verdadera transgresión del pensamiento? En la certeza de que tanto en el suicida como en el asesino, el impulso criminal es el mismo. Lo único que cambia es el objeto. Sin embargo -y sólo en ocasiones- el suicida puede inspirar compasión; el asesino, no. El asesino siempre es imputable. Podrá ser un tópico, sin embargo pocas veces he visto que alguien hiciera una reflexión profunda en lo que respecta a suicidio y sociedad. El suicidio sigue siendo un temá tabú en la sociedad "del placer".

Bert Hellinger afirma que a veces, el impulso suicida es el resultado de un movimiento compensatorio del destino: de no ser suicida, éste se convertiría en asesino. Parece que vamos pasando de rol en rol, y que la tendencia actualizante de Carl Rogers puede llevarse también al plano metafísico, donde la muerte nos recibe en brazos, en pro de un nuevo desarrollo. Este post no hace apología del suicidio: sí de la compasión. Y no sólo hacia el suicida, sino también -y sobre todo- hacia el asesino que hay en él. Porque el suicida resume en si mismo un binomio: el de víctima/victimario, dos roles que a escala social están separados.

Pero es sólo en apariencia. No olvidemos que todo el que ha sido víctima, a la larga acabará siendo victimario y viseversa. Esto resulta, en cierta manera, fácil de comprender aunque difícil de digerir. Especialmente cuando los roles están integrados en una misma persona, que no es ni más ni menos que un reflejo de un síntoma social de represión del dolor en pro de unos placeres ilusorios y unánimes: la dictadura del placer. Separamos los roles porque aceptar el dolor -única manera de trascenderlo- se vuelve una tarea poco menos que heroica. Pero éste sería el único movimiento hacia la paz.

Mejor es eliminar al asesino, excluirlo, condenarlo de por vida y por generaciones, sepultarlo para siempre en lo más profundo de la sombra colectiva, que se constituye en victimario al haber sido, antes, víctima. Hablar de reconciliación, en estos casos, es tanto o más transgresivo que hablar de pena de muerte.

El resultado es que volvemos a repetir una y otra vez, y por los siglos de los siglos, la misma dinámica víctima/victimario, de la que a continuación nos quejamos, justificando siempre con toda razón a la víctima y condenando al victimario... también con toda razón. ¿Dónde estaría la evolución? En la conciencia. Pero no en la conciencia de "ser bueno" o "ser malo", sino en la conciencia de que hemos de abrazar tanto a la víctima como al victimario dentro de nosotros, para que por fin se disuelvan en el exterior. Lo sé, voy demasiado rápido: antes de abrazarlos, habrá que observarlos. Y aquí es donde el humano, antes de convertirse en "héroe", se define como peregrino y viajero de si mismo.

Tanto en Oriente como en Occidente, muchos mitos hacen mención a este viaje como el único y verdadero objetivo de nuestro paso por Aquí. La peregrinación a través de la sombra puede ser tanto una maldición (hundimento en y de si mismo) como una bendición (impulso de crecimiento y luz), aunque nunca se constituye en ceguera. En esta instancia podremos estar dolidos; ciegos, jamás. Se trata de un momento crucial en el que tanto víctima como victimario emergen, y se contemplan tal cual son. No es el momento de tomar ninguna decisión. Es únicamente el momento de observar. En este punto algunos se vuelven suicidas, otros salvan la vida y otros se convierten en místicos. Aquí hay para todos los gustos, y el "infierno" es sólo una elección entre tantas.

La observación no admite juzgamiento -esto es también difícil- ya que en cuanto surge el juicio, surge instantáneamente el binomio y alguien se identifica con alguien. Sea víctima o victimario (o en el caso del suicida, los dos a la vez) no existe posibilidad de reconciliación. Como sabemos, el proceso es lento -nos ha llevado ya unos cuantos millones de años- aunque tal reconciliación parece ser un buen camino, tanto en lo individual como en lo colectivo, para llevarnos a la disolución del binomio.

La pregunta clave sería, ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a esa disolución? Es decir, ¿cuántos de nosotros seríamos capaces de hacer un movimiento realmente evolutivo hacia ahí? ¿Se trata de un destino, o podemos avanzar hacia la disolución sin dolor y por pura voluntad de aprendizaje?

Sea, la voluntad, bienvenida. Sea, el dolor pre-natal que llega para ser trascendido, bienvenido. Ante él me inclino, y en el aire puro de la pérdida -si lo es- me entrego con respeto (y algo parecido a la humildad, que esa lección aún no la he aprendido) y le honro diciendo: Yo acepto.

El asesino que hay en mí me mira directamente a los ojos. También la víctima. Yo los miro. Estoy a punto de abrazarlos.

11/1/14

Nueva espiritualidad y nihilismo ingenuo



De la puesta en cuestión del capitalismo industrial ha emergido una nueva "espiritualidad" capaz de combinar rasgos de prácticas y discursos religiosos (la ola new age y los orientalismos) con creencias no religiosas pero sí espirituales como la fe en el libre mercado y en el consumo como capacidad de perfeccionamiento del ser humano.

Pierre Levy escribe imbuido de esa espiritualidad:

El punto de encuentro entre economía e inteligencia, el centro secreto de la sociedad humana del futuro es probablemente la capacidad de escucha y manipulación de la conciencia colectiva que fluctúa en los millones de canales del ciberespacio. El punto esencial es que esta manipulación está ella misma guiada por el vagar de la atención y la inteligencia colectiva fractal que el marketing on-line trata de captar y comprender en todos sus modos. Este nuevo marketing puede caracterizarse como el proceso de interfaz dinámico y circular por medio del cual la conciencia colectiva toma conciencia y se manipula a si misma… las instituciones, los estados los partidos, las empresas, las asociaciones, los grupos, los individuos, que desdeñen el estudio de los modos para insertarse en los procesos de la inteligencia no podrán esperar jugar ningún papel importante en el mundo que viene.

Economía y espiritualidad son una y la misma cosa, un mismo espíritu que se auto-regula y auto-dirige sin necesidad de intervención externa. Los creativos, los publicistas los intelectuales, los dirigentes, los periodistas, los empresarios y los administradores serían la culminación de un proceso de perfeccionamiento en que mercado y deseo se vuelven completamente transparente el uno al otro.

Hemos pasado de una lucha contra una visión del mundo que anulaba y subordinaba el deseo, las creencias y el pensamiento a la técnica, a un momento de la historia en que sólo las ideas y los símbolos son considerados como reales mientras que los cuerpos son infravalorados, desachados, invisibilizados.
Juramos estar abiertos a lo imprevisto, a lo contingente, a lo sorpresivo, pero en realidad somos la clase más perversa de conservadores: nuestra vida misma es una prevención ante la vida, una esterilización del futuro.
Nadie sabe por qué, pero lo importante es mantenerse disponible. Como a los personas de Beckett, nos idiotiza una espera sin sentido. El abandono ingenuo es el movimiento falso de la abdicación, que a fin de cuentas resulta siempre más beneficiosa para las empresas y, más que una fuga creadora, termina una circunvolución, un giro sobre sí del sistema, un movimiento circular que concluye en el preciso punto en que vuelve a empezar.

Casi podría decirse que la condición de toda acción es no creer en ella. Como dice Houellebecq: El que no creamos e las cosas que hacemos no quiere decir que no las hagamos. Eso es nihilismo ingenuo: creer que basta con no creer.

En algún punto el deseo de abandono es más fuerte que el deseo de transformación. La contracara del deseo conectivo es el deseo dispersivo de la abdicación que vuelve intolerable cualquier compromiso a largo plazo.

Preferir la incertidumbre cierta de la dispersión a la incertidumbre imprevisible de un colectivo por construir. Nihilistas sin principios que negar, alcanzamos el paroxismo el nihilismo por medio el deseo: no sé lo que quiero pero lo quiero ya. Y en ese no saber, que es también una forma de no querer, quedamos atrapados girando sobre nosotros mimos, sin sentido, sin dirección, perdido todo compromiso con el mundo y con nosotros 
mismos.

El nihilismo ingenuo es un no querer débil disfrazado de no querer. Su mala fe consiste en presentarse como negador, cuando su efecto es el de una leve, levísima aceptación.
 ...

El viejo nihilismo precisaba de un trabajo del NO. Hoy se niega la vía abstención de toda labor. El "nuevo capitalismo" interpreta, piensa y explota esta falta de situación, ofreciendo un espacio de conectividad, y algo de dinero. La empresa se pone así "en serie" con el resto de la experiencia vivida. Si el viejo nihilismo en sus mejores expresiones aspiraba a nadificar los valores, éste se conforma con creer en su no creer, se conforma con unos valores que no reclaman ninguna fe, ya no se nos pide que creamos, sino sólo que funcionemos. Toda fe es prescindible. Toda lucha es loca y redundante. Tener una fe es caer en un exceso de adhesión inútil.
Debe haber, sin embargo, quien persista aún en su deseo de inventar mundo.

¿Quién habla? Lucha contra la esclavitud del alma en los call-centers
Colectivo Situaciones
Tinta Limón Ediciones
Buenos Aires, 2006