26/11/11

La niña perdía/ الأندلس

Subo este viejo post antes del gran salto, un poco en señal de despedida ulisíaca.



El sol de Andalucía es criminal. Bang bang. Africano. No me extraña nada que en otro tiempo los hijos de Alláh se instalaran por estas costas tapados hasta los ojos. Yo había andado por aquí hace años, por las calas de Granada. Graná. Pero no recuerdo que el mar fuera tan salvaje ni tan azul como en el Cabo de Gata. Que además me recibió cabrón. Dolor intramuscular, lacerante, de medusa. Un dolor rojo.
Salgo del agua y veo que en la orilla unas jubiladas se dedican a a capturar medusas con un palo. Las batean como si fueran pelotas de golf; luego las entierran en la arena con la misma satisfacción con que sepultan a sus maridos bajo la sombrilla: Tú quédate ahí y no chílle. Y los maridos se quedan quietos. Calladitos.
 Esto pasaba en Genoveses, una playa salvaje en la que los nudistas conviven perfectamente con los mirones y las jubiladas bateadoras de medusas ofician de vigías para los bañistas.
Cómo iba yo a suponer que habiendo caído en Almería sobre las tres y media de la tarde bajo el sol más criminal que he soportado nunca -uno que cae a plomo y a 90º con el peso de un yunque-, iba a terminar varada en una playa de domingueros.
Llamo urgente a mi único contacto en Almería. Lo primero que me dice es: Pónte factor 50. Tarde. Para entonces ya me ha picado una medusa y tengo la piel al rojo vivo. Mi travesía desde San José a las nueve y media de la mañana hasta las tantas para llegar a Genoveses a rítmo tranquilo, sacando fotos del molino y del bosque de pitas y parando cada tanto para echar un traguito de agua, hizo que me abrasara sin notarlo embadurnada en factor 25.
Paso las noches en el único albergue que hay en San José. El sitio es acogedor, aunque esté atestado de neojipis, peregrinos teutones altos como columnas y un millón de niñas íberas con el pelo cortado a tijeretazos y trenza única dispuestas a asaltar al camarero italiano (que se presta encantado). Mucho treintañero en babuchas con su papel de liar y su bolsita de tabaco sobre la mesa. Usando como escudo un periódico, algún que otro horchatero, calvo y gafapastas, no se atreve ni a mirar. En semejante ambiente a nadie se le ocurriría ligar. Para ligar hay que ir un poco “puesto”: la pose es la de la indiferencia vestida con aires de Oriente, entre rastafoso, licenciado Vidriera y perroflauta. Abundan los jipijos consumidores de caipirinhas en círculo ab-so-lu-ta-men-te cerrado (algo cada vez más habitual en Europa, donde lo que se lleva es la summa alimentación ecológica: nos volvemos cada vez más vegetarianos, mejor alimentados, mejor educados y más respetuosos del “espacio personal” del compañero, llegando al extremo de hacer desaparecer tanto el espacio como al compañero); la chavala de alto tacón (ahora se lleva el de cuña, que pesa más en la mochila, pero sarna con gusto…) y esa especie indefinible de turista solitaria del puerto de Santa María del Buen Ayre tratando de hacerse mariposa de la noche mientras va filmando, a golpe de retina, los detalles del circo.
Otra es fingir que eres pobre. Ahora se lleva mucho fingir que eres pobre -o en su defecto, hijo de empresario-. Algunos van de okupas, otros de alberguistas, pero no son pobres. Habiendo dos generaciones de por medio intentando con éxito borrar las huellas del hambre sofocada en la cal de las paredes, estos jipis andaluces de ojos color champán van de pueblo en pueblo contentos de ser pobres hasta que ya no quede calderilla y haya que refugiarse en el chalé de papá. O pedirle un aval para hacer… lo que sea. La pobreza verdadera no la conocen; no la conocerán jamás. Lo que queda es alguna siguiriya, alguna toná, para recordar esos tiempos que tanto a ellos como a nosotros nos saben nada más que a cromo.
Sin embargo, basta con subir en el autocar que va de Almería a San José de Níjar para ver que todavía podría escribirse una toná o una minera viendo a negros y magrebíes sudando ese destino de todos los días a las cinco de la tarde, bajo el plástico de los invernaderos, donde se cuecen a fuego lento tanto fruta como cosecheros. Lo que antes fuera una fragua, es hoy en día un invernadero, y para colmo sin luna.
Una pareja de andaluces, muy curtidos ya por el sol de la puna almeriense, para el autocar y se asoma al conductor para preguntarle un destino. El conductor les dice que sí y ellos suben. Son mayores ya; la mujer inclusive lleva bastón, y por lo que he podido observar viven en zona de chabolas. Muy humildes los dos, despiertan una ternura desapegada, casi improbable. El sur es duro, me dice Ruth, muy seria. Ella es mi único contacto en el desierto. Es de Jaén, pero lleva años viviendo en Almería.
El Cabo de Gata es un horno sin sombra precipitándose sobre el mar desde el tobogán natural que forman las doradas ondulaciones de los morros de esparto que parten el cielo en dos. Con ese clima una piensa que hasta el mar podría evaporarse. El paisaje es impresionante - y el pueblo una preciosidad-, pero a mí ni se me ocurriría vivir ahí. Ésta es tierra de esparto y de legañas, dice Ruth con toda sinceridad. Me explica que en tiempos de pobreza todo lo que había por allí era el trenzado de esparto, que hacía llorar los ojos hasta sacarles lagañas. Años después, ese desierto empezaría a prosperar gracias a la agricultura intensiva de los invernaderos, que es lo que tienen hoy, además del turismo.
Nos pasamos todo el día recorriendo rutas, hasta llegar a un rincón del Cabo cuyo nombre no recuerdo, aunque bien cercano a Las negras, que es como una gran lengua de arena que se interna unos doscientos metros en el mar y te hace sentir pequeñita como una almeja, flotando sobre una balsa imaginaria cuya proa apunta a las montañas, en cuyo seno se hunden las puestas de sol más moradas de la península. Es allí donde esnifo un largo chorro de táita tabaco y me quedo tranquila hasta la noche, que es cuando el italiano pone -por pura casualidad- la Fantasía Interrumpida de Chopìn. No deja de resultar asombroso que en un albergue perdido en un pueblo de Almería, y a mogollón de kilómetros de Madrid, alguien acabe poniendo sobre la medianoche la canción que escuchas siempre en casa, y a medianoche.
El desayuno empieza a las nueve y media de la mañana con Louis Amstrong y su mundo maravilloso de siempre, sin embargo a eso de las once les dá por poner algo más raro: ¿es John Cage?, le pregunto al camarero de corte de pelo irregular, bonito el niño, empeñado en disimular su origen teutón. Con los ojos abiertos como platos, me dice que sí. Hace un tiempo me hubiera gustado, pero ahora lo encuentro snob. A John Cage, quiero decir. Vuelvo a la recepción y, toda sonrisas, anuncio a la conserje que me voy a Cádiz. Acaba de ocurrírseme. Todavía no sé cómo, pero sé que me iré. No me apetece seguir en ese desierto espartano por más tiempo, y la única alternativa que me queda es contratar la primera salida que haya hacia Cádiz a riesgo de lo que sea, así que abro dos frentes: uno es el albergue de mochileros que está en el barrio de Santa María de Cádiz -el de las bombas-; y el otro es un hostal en el puerto de Santa María. Son ocho horas de viaje entre Almería y Cádiz -vía bus- y sólo tengo ganas de dormir. El aire acondicionado a tope me deja frita envuelta en un poncho.
Para variar, llego a las tres y media de la tarde, y me cuesta mogollón encontrar el único albergue que está en el casco viejo, justo debajo de unos andamios, aunque finalmente lo encuentro y golpeo con todas mis fuerzas la aldaba que dá al supuesto patio andaluz de una casa supuestamente habitable. Al tercer golpe sale un teutón jovencísimo, frágil, con barbijo amarillo como de duende, colgado o pasado de siesta: Tengo una reserva, le digo; y me hace pasar. Me muestra una habitación a la que lamentablemente no he podido tomar una foto por falta de medios técnicos, ya que mi cámara suele fallar en los mejores momentos, aunque en caso de contar con ellos estoy segura de que ganaría algún reconocimiento en un salón de fotografía.
Os sitúo en la isla del Diablo, patria provisoria de Papillón. El cuarto que me asignan dispone de cinco literas, una de ellas -la mía- funcionando como cama única. Todo lo que veo sobre la estructura de hierro es un colchón a rayas que en su momento debieron ser blancas y azules, hoy por hoy bajo una película de grasitud de color indefinible; y una almohada que debió conocer su primer lavado allá por los ’50, aunque en su condición de venerable andrajo histórico despierta una mezcla de repugnancia, respeto y perplejidad dignas de mención. Encima de lo que se espera que vaya a ser mi litera, está la única ventana del cuarto, que tiene una verja por donde se descuelga, con toda naturalidad, un enorme manojo de geranios rojos. El muro se acaba a pocos centímetros de la ventana, dejando parte de la habitación al raso y unida al techo por unos pilotes de madera que parecen haber sido puestos allí a toda prisa, a causa de algún desastre natural en épocas fenicias.
El asunto de la pared con los geranios me pone en guardia: seguro que por ahí bajan arañas. Y las del ladrillo, que son las peores. Me quedo atónita viendo las manchas de grasitud en el gotelé, el vestigio amarillento de chorros misteriosos de otro tiempo: Es por el agua de riego, explica el duende, advirtiendo mi impresión. Ah. El agua de riego. Claro, los geranios.
Echo un vistazo a los alrededores: hay gente tumbada en sillones y en camas paraguayas tomándose un aperitivo o durmiendo la siesta en el desvencijado patio andaluz de la entrada. En otra parte de la casa suena, ahogada por una rumba, la queja gatuna de Liam Gallagher berreando Stop, crying your heart out. Le planto una sonrisa dolorosamente forzada al cara de duende: Gracias, pero no es lo que busco.
Hay quienes dicen que los auténticos cimientos de Gares yacen bajo los empedrados del puerto de Santa María. De ser así, diría que ahora mismo ha sido nuevamente conquistada. Y no por los árabes, sino por la globalización. Así que cojo el catamarán y cruzo la bahía en dirección al puerto de Santa María, donde sigue abierto mi segundo frente: el hostal. La fachada de los edificios que dán al puerto presentan el típico aspecto herrumbroso de todas las edificaciones castigadas por el aire marino que pinta graffittis en una lengua sin fonemas sobre las tapias. Es lo primero que uno ve desde el muelle, y viniendo como vengo de una ciudad con puerto, la sensación de estar ante una espalda curtida por la corrosión me llega como una bocanada asfixiante. Entro en el típico bar de paisanos con silla en la vereda (y aquí me acuerdo de Arlt, fijo): ¿La calle Francisco de Veneroni? De lo más amable, un paisano de pitillo ladeado, coleta, gorra con visera y camisa hawaiana me lleva hasta la puerta misma del hostal. El hostal del Antonio, al que conoce desde que le salieron los diertes. Mi cuarto tiene un pequeño balcón que dá al castillo de San Marcos, uno que fundó Alfonso X el sabio, el de las cantigas, allá por los tiempos en que los cristianos conquistaron a los moros: Allí, me dice el de la coleta apuntando con un dedo de uña sucia hacia el castillo; es de donde salían pa’ las Américas de las que vienes tú.
Tanto es así, que a las nueve de la noche de un sábado no se consigue una sola tienda abierta ni para comprar una mísera botella de refresco, sino únicamente bares y restaurantes, marisquerías, pubs y caravanas de descapotables bacalaeros y lereireré lereirereros yendo de arriba para abajo y de abajo para arriba, ante la mirada atónita del fantasma de Menesteo, el supuesto caudillo ateniense que fundara el puerto tras la guerra de Troya. Ya quisiera él tener esos carruajes atronadores, relucientes.
Para salir del hormiguero hay que coger la carretera que va directo a la playa, de ser posible andando, con un cuarto menguante que sigue una ruta casi tan ancha como una luna acuñada por el mago de Oz, y que se hunde hasta las tantas en un chiringuito junto al mar.

Yo creí que el querer era cosa de juguete, y ahora veo que se pasan las fatigas de la muerte, canta la Fernanda.

Con los pies en la arena, y a orillas de las crestas, comprendo que el flamenco es una parte de mí a la que me asomo tímida, aunque apasionadamente. Temo que mi intención no sea sólo asomarme, sino entrar de lleno.
Sin embargo, la sensación de ajenidad crece. Un incómodo sentimiento de no pertenencia, de abandono absoluto -cosa de años, negligencia de otros- se me instala certero como las fachadas herrumbrosas que marcan puerto, y me pueden igual que el jondo. Siempre viviendo al límite. Al ras. A ras de tierra, entre el aire y el agua, una situación que me excita, a la vez que me destroza. Del desierto almeriense al voluptuoso jardín que es la bahía de Cádiz, he visto como la tierra mutaba desde el blanco amarillento de las dunas de piedra y esparto que hieren las retinas a fuerza de luz, pasando por el verdeamarillo y verde puro luminoso granaíno, hasta llegar al rojo intenso de la tierra sevillana. Rojo y verde, Sevilla. Luego fue llegar a Cádiz y tropezar con el pálpito de estar entre dos aguas.


En el Puerto de Santa María, lo que queda de la vieja cruzada judeo cristiana y mora es hoy una feria para la distracción del turista. Los negros ofrecen por unos cuantos euros sus esculturas de madera barata patinada, asegurando a pie juntillas que son de ébano -yo tengo una, me la compré en el Rastro de Madrid cuando todavía era turista. Lo que hacen es que uno con papeles saca el permiso y luego pone a trabajar a otro, me explica una mujer a hurtadillas, y con lástima. Sin embargo no les va nada mal y son muy buenos regateando.
En otra parte de la feria un viejo vende juguetes de latón y de bote reciclable. Me atrae una carabela. Es una joya diminuta hecha con latitas de Pépsi y Buddwaisser. Me gusta la ironía, así que me la compro. Todos los puertos son sitios de paso, y yo vuelvo a estar de paso. Tantas veces he soñado con estar varada en la mitad de una infinita escollera entre un continente y otro, que ya no sé si se trata de un sueño borgiano o es real. Cuesta explicar esa sensación, que está más allá de las palabras. Es la certeza de no ser; la no pertenencia sofocada ante la ausencia de testigos.
Por la noche el aire huele a jazmines y a pescaíto frito. Me hago sitio en una marisquería y pido media ración de boquerones fritos y otra de gambas. Aceitunas negras, al dente. Y una cerveza. Saco la carabela y la pongo sobre la mesa. La observo con atención. Cómo habrá hecho esta gente para cruzar el Atlántico en una cáscara de pino de 36 metros de eslora. Una embarcación no mucho mayor que el catamarán que va del puerto a Cádiz, y que habiendo corrientes fuertes se bambolea bravo, divirtiendo al pasaje. No habrá sido divertido cruzar el Atlántico en una cáscara de ésas.
La Santa María no era una carabela, y en ella iba el famoso navegante de tan dudoso origen que convenció a una reina pirata de que sus mapas eran de fiar. Tierra al otro lado, majestad. Oro, especias y la posibilidad de liquidar esa vieja deuda con la banca holandesa. El viaje se hizo en un tiempo record para la época: poco más de dos meses, lo cual demuestra claramente que el capitán se jugó los mapas en alguna ronda de preclaros. A esa gente no le faltaba agallas: algo más de treinta hombres en un bote que hoy día se hubiera quedado en puerto, que ni el Titanic, con cuatro chimeneas y casi 300 metros de eslora lo consiguió en su momento, y ellos sí. Le llamaron conquista, que es también cosa de la historia oficial. Tendrían que pasar quinientos años para que alguien se atreviera a lllamarle rapiñaje. Hoy soy la síntesis entre la conquista y el rapiñaje: la niña perdía. Y voy por el borde del agua buscando una sombra amable entre el océano y el mar, sin entender muy bien la dureza de esta tierra amarilla llena de iglesias y vírgenes negras, bajo este sol criminal del mediodía, bang bang.
Andalucía te ha pegao, me dice Miguel, ya de vuelta en Madrid. Le cuento que cuando llegué a estas costas sólo podía oler sus desperdicios. Que ahora soy capaz de oler la vitalidad de la tierra, y el romero, y la hierbabuena. Que ahora huelo la eclosión vegetal de medianoche, pero no sé muy bien qué hacer con ello.
Camino de San Fernando veo un sembradío y al lado un aguazal de aguas rojas. San Fernando, Bahía Sur, patria de José Monge Cruz, Camarón de la Isla. Sus ojos me atraviesan, a los diez años ya tenía esas pestañas rizadas. Ajos, pimientos, y una bruja con su escoba de esparto oficiando de vigía detrás de la barra.

Ay luna, que brilla en los mares, en los mares oscuros. Ay luna, tú no estás cansá de girar al mismo mundo. Ay luna, quédate conmigo y aun no te vayas, porque dicen que a veces se tarda el alba, se tarda el alba.

En un bar de Jerez, y siendo las dos de la tarde, un tío le canta a una luna embustera como si fueran las dos de la mañana ,mientras una morena vestida a rayas, como de enfermera, y que va con una chavalita de larga melena oscura - muy tímida, su hija pequeña, seguro- palmean a dúo. Qué más dá, siendo las dos. Tinto de verano en el Bar los Tres Reyes; pero yo no he venido a tomarme una coca-cola, que para eso me voy a Orlando. Un currante que vende gafas canta en el tren de regreso a Cádiz. Tengo la sensación de que si no hubiera nadie palmeando no seguiría, pero las chicas palmean -al principio tímidamente, un poco de cachondeo-, y el tío sigue. El cante está en el deje, en el aire que parece que se congela caliente bajo el sol. Está en el blanco y azul de las casas. A ellos, una jam session podría sonarles a canto de niños. El flamenco es así: nace y muere donde toque.

Pero venid a Gares por la ruta del viento
y en la encendida calma de un visillo quedaros
y que el amor del cielo os depare el levante.

-Josela Maturana



9/11/11

Los 8 locos y el lanzallamas

Celebración de giro solar con despedida por el puente intercontinental de Wiricuta.

Ellos son Gloria, Roxana, Teresa R, Dori, JoséManuel, Asun, Teresa G, Raulo y el lanzallamas (faltan Gregoire, Antonio y Charo).






Oeste Celeste, Madrid, 8 de noviembre de 2011/ Fotos tomadas con el blackberry de Teresa G.

(La pregunta del millón: quién es el octavo loco, y quién el lanzallamas).

29/10/11

Tierra de la gente nueva


La Otra olia a cesped y a sol alto.
El sol de la Otra tenía la peculiaridad de las moscas
y el de Aquí el de sólo parecer
que puede tocarse.

Había cruzado el mar para saber
cómo vive la gente nueva
para ver cómo todos los hipocampos se ahogan en la tierra
para poder dormir tranquila, algún día
en casa de la gente vieja.

Hay quienes creen que un poema no debe jamás ser aclarado. No obstante, valga en este caso  una aclaración: la gente nueva es la que reside en el denominado Viejo Mundo, mientras que la gente vieja -paradógicamente- es la que reside en el denominado Nuevo. El poema es, pues, un llamado a la reflexión acerca de cómo las hegemonías de los mundos subvierten la percepción, llamando nuevo a lo aborigen y viejo a lo impuesto. Habiendo vivido en ambos mundos, los vínculos se acrecientan, siendo un camino de doble rasero para cuyo entendimiento haría falta, a veces, comprobar su naturaleza ilusoria recorriendo esas distancias.

Photo/post: RAB

25/10/11

Conciencia / Ayahuasca

Actualizado dic. de 2013

La ayahuasca -en quéchua, soga de las almas- es un psicoactivo que corrientes más actuales definen como enteógeno. El término deriva del griego, en el que éntheos significa "dios dentro de"; y génos: origen, nacimiento. Por lo tanto, enteógeno significaría devenir divino por dentro. Quienes lo llaman así se basaron en las escuelas de misterios de la Grecia antigua -lo misterios de Eleusis-, donde los iniciados se reunían para tomar un brebaje que les conectaba con su parte sagrada, lo cual ha sido siempre una costumbre común a todos los pueblos, y quizá la más antigua forma de buscar a Dios. 
En el caso de la ayahuasca, se trata de un preparado vegetal que al ser ingerido provoca un estado modificado de conciencia. Intuyo que la distinción entre el significado de enteógeno y alucinógeno supondría entrar en una discusión de tipo filosófico y moral que dejaremos para otra ocasión.
Químicamente, la ayahuasca es un brebaje combinado que lleva una IMAO, inhibidor de la monoaminoxidasa, una encima presente en el estómago; y DMT -dimetiltriptamina- una hormona natural presente también en el cerebro, que es la responsable de las imágenes que se forman cuando soñamos. Esto explicaría los efectos de un soñar en plena consciencia que produce la ayahuasca. La IMAO inhibe las funciones de una enzima que está en el estómago, permitiendo que ésta no elimine el DMT. Si sólo tomáramos DMT, el estómago lo expulsaría y su efecto alucinógeno quedaría neutralizado. Pero no sucede así, lo cual la convierte en un brebaje bastante sofisticado, que no podría jamás haber sido descubierto por casualidad. Algo sorprendente, si se piensa que lleva siendo usada  desde hace unos 5000 años por tribus que, viviendo aisladas y en total desconocimiento las unas de las otras, sabían cómo realizar el preparado de las dos plantas juntas y en proporciones específicas, sin haber tomado contacto jamás entre sí.
En agosto de 2008 tomé por primera vez ayahuasca, y continué haciéndolo durante dos años. Aunque mis esperiencias con esta planta fueron tan extraordinarias como desconcertantes, considero que el resultado final ha venido a ser fructífero. El texto que viene a continuación es una reflexión personal al respecto. Aunque fue escrito allá por 2009 y se subió a mi antiguo blog Posada Poiesis, lo vuelvo a subir a éste para que sirva de ilustración a los vídeos de Alonso del Río, sanador peruano y autor de Tawantisuyo 5.0, libro que tuve la oportunidad de leer y disfrutar hace algunos años.
Aquí va:

"Sucede que desde hace un tiempo –dos años, quizá más- vengo asistiendo a un auto-renacimiento bastante curioso, diría que inquietante, que por obra de la contingencia y con el auxilio de una saludable desesperación, me han llevado a experiencias vitales que podrían describirse como radicales.
Durante mi itinerario de viaje –un largo viaje lleno de sombras e iluminaciones prácticamente sin testigos-, he dejado que muchos me definieran desde su propia perspectiva vital, que me amaran o me incomprendieran, que me incordiaran o me ensalzaran, e inclusive, a veces, que intentaran banalizar mis experiencias por puro desconocimiento. Más o menos como nos pasa a todos.
Sin embargo, como estoy flamante en lo que a búsqueda y captura del ego se refiere, el asunto de la banalización de la experiencia visionaria me supera. Me refiero a su banalización social. Creo que empieza a ser hora no sólo de difundir la utilidad de los enteógenos como poderosa medicina holística, sino de intentar su integración en el marco de lo que percibo como una contracultura floreciente. Contracultura, sí. Una contracultura en la que incluyo a todas las prácticas y tendencias que, como los enteógenos, pretenden hallar nuevas vías y nuevos catalizadores para el desarrollo de la conciencia.
Habría, antes, que aclarar qué es lo que entiendo por conciencia, porque lo que entendía hasta hace un tiempo y durante toda esa debacle de marchas y contramarchas se parecía bien poco a lo que entiendo hoy. Hablar de conciencia en términos partidistas me resulta tan gratuito como inútil; funcionará en un contexto político, pero no es ése al que me quiero referir. Sin embargo, parece normal que a veces, cuando hablamos de conciencia, haya quienes se apunten al discurso ideológico y/o religioso como si fuera el único posible. Pues no. Quisiera dejar claro, además, que mi postura no es temporal, ni forma parte de un proceso, ni se debe al efecto de unos plantas mágicas, hongos psicoactivos o tripis religiosos de dudoso origen y más que dudoso destino, sino de una postura definitiva y una elección de vida que empezó mucho antes de las plantas. De no ser así, estoy convencida de que nunca hubieran llegado hasta mí, o hubieran pasado sin pena ni gloria como otra experiencia más. Las plantas no te dan nada que ya no tengas.
Ciertamente, tomar plantas maestras es una cosa bien rara. Me lo han dicho a bocajarro, y siempre he admitido que tienen razón. Al fin y al cabo, tomar ayahuasca no es como tomarse una coca-cola. Y no porque la coca-cola sea menos una droga que la ayahuasca, sino porque los enteógenos requieren de un contexto ritualizado. Si bien es verdad que, de alguna manera, todos los son, admitamos que en el caso del enteógeno los fines están claramente acotados, y se plantea –o al menos, yo me la planteo- una ética de la conciencia. Básicamente, y para empezar, se trataría de admitir la perogrullada de que todos somos artífices de nuestro propio destino. Hasta aquí todo bien. ¿Quién lo pone en duda? Nadie es más responsable de su vida que el propio indivíduo, eso justificaría a pleno la renuncia a implicarnos en asuntos que pertenecen al ámbito privado, reforzando la ética del individualismo. Sencillo, ¿verdad? Sin embargo, el axioma es tendencioso y, como todo lo que pertenece al dominio del lenguaje, manipulable a nuestro antojo. Si todos somos artífices de nuestro propio destino, y componemos una sociedad de miles de millones, puede concluirse que todos-estamos-conectados.
No obstante, vivimos en reductos separados unos de otros desde lo que habitualmente llamamos conciencia, esa parcela de espacio donde la otredad se distingue claramente de la individualidad, donde creemos que está bien clara la frontera entre sobriedad y ebriedad, y donde esa misma conciencia, creadora de un sistema igualmente consciente y supuestamente protector, funcionará como dique regulador frente a la amenaza de lo irracional.
Pero, ¿qué pasaría si ese dique se rompiera? Y lo que es todavía más amenazador: ¿qué pasaría si, pudiendo acceder al terreno de lo que llamamos irracional –lo inconsciente- consiguiéramos romper con ciertas estructuras basadas en creencias, descubriendo al cabo del viaje, y ya sobrios, que pueden ser tanto o más ficticias que las propias visiones?¿Que pasaría si durante esas visiones nuestra mente se ampliara, se vaciara, inflándose hasta alcanzar las dimensiones de una catedral, siendo capaz de observarse a si misma, no ya en la instancia de la simple alucinación psiquedélica, sino con actitud crítica e integradora de todo lo que hay en y fuera de ella? Dice el maestro zen Seung Sahn:

Cuando estás pensando, tu mente, mi mente, y las mentes de todas las personas son distintas. Si cortas todo pensamiento, tu mente, mi mente y las mentes de todas las personas son lo mismo. La mente que corta todo pensamiento es la verdadera mente vacía.

Siempre que alguien me pregunta sobre la ayahuasca con expresión grave, intento leer en el fondo de sus ojos y me pregunto si esa persona será de las que temen perder el control. Porque si lo es, tarde o temprano la ayahuasca hará que lo pierda, inevitablemente. El miedo a perder el control es el monstruo, perder el control en si nunca resulta ser lo que imaginas. Y eso es, entre otras cosas, lo que para mí tiene de fascinante el viaje psiquedélico. Que nunca resulta ser lo que uno espera, no puede predecirse, no tienes control sobre él. No hay un solo lugar sobre la tierra que sea más fascinante que lo que hay dentro de la mente. Verla por dentro, comprender cómo funciona, rendirnos humilde y voluntariamente al reto que supone descorrer el velo que nos separa del inconsciente, puede parecerse, metafóricamente hablando, al acto de saltar al vacío. Pero, ¿qué persona en su sano juicio querría arriesgarse a saltar al vacío? Lo diré más claramente: ¿quién, creyendo a pie juntillas en la realidad científicamente probada, querría someterse a la posibilidad de experimentar otras realidades capaces de quitarle poder a eso que parece estar fuera de toda discusión?
Más allá de nuestra particular postura frente a la visiones, lo que está fuera de discusión es que el viaje psiquedélico suele traer como corolario una pérdida de tensión ante la realidad consensuada, una reducción de la angustia. Cualquier práctica capaz de modificar la conciencia deja esa sensación de alivio, donde el afuera conocido pierde poder frente a la certeza de que, siendo la realidad un constructo mental, el retorno a la sobriedad nos devuelve lúcidos –que no es lo mismo que estar sobrios- y con una nueva percepción frente ese mismo constructo. Habiendo testimoniado las múltiples caras del poliedro, las creencias se cuestionan o se derrumban, y nuestra imagen del mundo, su paradigma, se amplía. Se somete, como menos, a escrutinio, esa cosmovisión del mundo al que hemos dado poder más allá de toda posible responsabilidad –el afuera siempre es culpa del otro, ¿se dieron cuenta?- y el foco cambia de ángulo, volviéndose justamente hacia el único generador tanto de la grandeza como de la gran tragedia humana: nosotros.
De ahí la paradoja, y de ahí que haya tanta gente empeñada en demonizar o banalizar a las substancias visionarias. Y las prácticas para el desarrollo de la conciencia, que no se trata de una marca a la moda, sino de algo bien serio. Se trataría, más bien, de una contra-cultura al margen de las guerras intestinas dentro de ese constructo ya harto conocido, de una postura verdaderamente radical que rompe, en voluntad consciente, con el discurso deliberadamente consensuado de víctimas y victimarios. Se trataría, en última instancia, de una contra-cultura que se yergue sobre las ruinas y los humores ya rancios de una guerra que nunca ha existido más allá de nosotros mismos.



Interview to Alonso del Rio from Mariana Tschudi on Vimeo.

22/10/11

Pez soluble sin Breton


Al igual que la jirafa y el platirrino, las criaturas que habitan estas remotas regiones de la mente son muy improbables. Sin embargo existen, son hechos observables y como tales, no pueden ser ignorados por nadie que trate de comprender honradamente el mundo en el que vive.

Aldous Huxley, Heaven and Hell

Photo/post: RAB

15/10/11

Indignados. Madrid, 15 de Octubre de 2011

Nada que nos identificara por ser algo más que gente; gente insatisfecha, con bronca, con ansia, que no salió a la calle para exigirle algo a la clase dirigente, sino a celebrar el habernos dado cuenta de que ésta no podía darnos nada. 

La exasperación es la negación de la esperanza.
Stéphane Hessel, ¡Indignaos!










Y la fiesta recién empieza...



Puerta del Sol, Madrid, glorioso 15 de octubre de 2011.

14/10/11

The beat of the generation: de la ruta 66 al 15 M


Asaltad el Estudio de Realidad. Y reconquistad el Universo.
-William Burroughs, Nova express (1964)

Llego a la zona 0 sobre las doce y media del mediodía, con el sol a tope cayendo en picado sobre las carpas. Me asalta la sensación, imprecisa, de asistir a la creación súbita de una patria inacabada y escrita, además, en discurso directo libre sobre papel blanco: me los tomo como pétalos de cerezo capturados para que el transeúnte olvide -si acaso- la insistencia del gobierno por definir la acampada como un poblado chabolista. O sea como una villa miseria en plena puerta del Sol, Madrid-España, primer mundo -que le dicen- con gente yendo y viniendo bajo el horno. Nunca el nombre de esta plaza ha tenido más sentido que ahora: cuidado, señores, que aquí viene el sol, y como sucede que en España nunca hubo un auténtico movimiento hippie (si mal no recuerdo entonces había un dictadura), se me ocurre una idea fabulosa: ¿será que el movimiento me estaba esperando a mí? Je je, claro seguro, ¡a ti, RAB!, me susurra la vocesilla interior, burlona: ¿no será, más bien, que la que ha tenido que esperar para poder verlo aquí eres tú? Sonrío para dentro y me doy de narices con una biblioteca. Entra la rata, a husmear. De buenas a primeras no hay nada que me llame particularmente la atención, excepto un librito que parece estar fuera de lugar (en otro caso no lo hubiera visto), una edición vieja de libros de bolsillo: Nova Express, de un tal William Burroughs. Vaya. Me tumbo en un sillón cubierto con jarapa y allá vamos:

Escuchad mis últimas palabras en todas partes dice. Escuchad mis últimas palabras en todos los mundos. Escuchad todos vosotros consejos de administración sindicatos y gobiernos de la tierra. Y vosotras potencias protegidas por sucios acuerdos consumados en algún retrete para coger lo que no es vuestro. Para vender el suelo bajo pies no natos para siempre.

Saco papel y lápiz y lo copio tal cual, que es así como llega hasta vosotros: Que no nos vean. No les digais lo que estamos haciendo. Delante de mí, dos tíos arriesgan una partida de ajedrez bajo una nube de carteles de colores y carillones de papel. Silencio absorto, se diría que meditan en la abadía de Theleme mientras un hombre-abeja vestido a rayas, y en bombachos, pasa refrescando con un rociador. Aquí las obreras no cobran: han renunciado a su antigua condición de esclavas, y en un mundo donde -legalmente, entiéndase como legal todo lo presunto- se ha abolido la esclavitud, ellas trabajan ad honorem, y por convicción, que es la mejor manera de trabajar: sin que medie el dinero, y si media, que no se sienta. Estos hippies de la puerta del Sol, estos niñatos inadaptados, estos perroflautas pelilargos y rastacortos tocadores de djembes y portadores de flores lo saben: trabajar por dinero -poco, muy poco- ya no es viable. Al pasear entre sus carpas te preguntas por qué los medios oficiales se empeñarán en llamarles los indignados (y encima entre comillas: no sólo se cuestiona su indignación sino que además se les subestima) cuando lo que se respira por aquí no sea tanto eso, sino más bien alegría y relax. También te preguntas si los verdaderos indignados no serán, quizá, quienes ahora estarán espiando tras los pesados cortinajes del Ayuntamiento: la envidia de la vieja guardia engordada a base de pienso y envilecida por el anquilosamiento del funcionariato vitalicio se huele a la distancia, pero lo único que se les envidia por aquí es al aire acondicionado.

Abajo, en el zoo chabolista donde disfruto de un botellín de agua gratis mientras ojeo el libro, se prueba que el entusiasmo asambleario y un círculo de meditación pueden convivir sin roces, y que las fuentes urbanas sirven también para regar una huerta espontánea. El aire huele a tomillo y a curry: ni señal de retirada, esto va para largo. Esto es el principio, el día del juicio ya ha sido, ya hemos dado el salto. Estos hippies son peligrosos: hablan tres idiomas, saben de biocontrucción, consumen comida orgánica, son ciberactivistas, rechazan los transgénicos, están tecnologizados, son jóvenes, delgados y bellos; y lo que es más amenazador: no van drogados, están lúcidos. Han leído, sin duda, el sueño paranoico -más bien la pesadilla- de Burroughs, su advertencia escrita cuarenta y cinco años antes de la acampada; un panegírico extravagante, terrorífico, divertidísimo:

Están envenenando y monopolizando los alucinógenos -aprende a hacértelo sin la puñetera química.

Estos hippies han declarado la acampada zona libre de botellón. Estos hippies se resisten a comer animales muertos, y hay quienes inclusive no comen ni siquiera vegetales: viven, literalmente, del aire. Son respiracionistas. Un pétalo de cerezo: Primero nos ignoraron, luego se rieron de nosotros, después nos atacaron entonces vencimos (Gandhi). ¿Una flor? Gracias. Lo cual mueve a risa. A sonrisa desdeñosa. Es una risa con los dientes largos, la risa del conejo, la risa draculina del parásito que se aferra, tozudo, a un huésped que se despereza. Otro pétalo: Nadie ha dicho que esto fuera fácil: poquito a poco y mientras tanto, resistir. La flor en la mano resulta inquietante: ofrece la resistencia de la otra mejilla, esa resistencia de la que habló el hombre de Nazareth. La flor en la mano puede, a la larga, más que un tanque. No hace falta ser muy sabio para deducir que si aún estamos aquí no será por Hiroshima, sino por alguna otra cosa.

Ahora bien, llevo semanas tratando de escribir un artículo sobre la Generación Beat y no sé ni cómo empezar. Lo tengo todo tan masticado que ni falta hace, creo, que lo escriba:

Hablar es mentir. Vivir es colaborar,

esto también es de nova- pero conviene que lo haga, porque en La Cigarra hay un número pendiente y los chicos esperan que cuelgue mi artículo para subirlo (igual no hay prisa: nadie nos paga). Tengo uno inconcluso sobre los hipsters, y no me apetece terminarlo. Esa gente escribía con chaleco antibalas: el aire era tan pesado que tenían que drogarse para seguir respirando. Así era la vida después de Hiroshima. No digo que visitando la acampada viera el comienzo -no iba para eso, ni mucho menos- lo que sí he visto ha sido el final. Dejo, pues, el análisis más objetivo para el excelente artículo de Juan Carlos Aguirre y me aplico a la alternativa más impresionista, se diría que pintoresca -romántica, si se quiere- con el final de la ruta 66 en el punto 0 de la capital de España, y una sentencia nova que podría ser un pétalo del 15 de mayo:

Nada es Verdad. Todo está permitido.

Ya quisieran los beats, en su momento, hacer confluir Hiroshima con Dylan, el love and peace and freedom hippie con el No future del punk y la macrobiótica de Osawa, todo en el mismo número. Pero ellos estaban al principio de la carretera, y el 15 M representa el final de un recorrido vital.

Temo que al movimiento 15 de mayo se le hubiera tomado más en serio de haber salido a la calle con palos y piedras a amenazar o a matar, algo digno del siglo XX - muy en boga inclusive hoy mismo en países menos democráticos (si aquí la palabra suena a farsa no quiero imaginar lo que será por otros lares). Sin embargo van con flautas, y para colmo tienen el coraje -y la ingenuidad- de ir con flores a la policía. Lo suyo, más que indignación, es una fuerza a todo color saliendo a chorros por los poros de un cuerpo social que estalla. Algo que se admite a medias, y con una cierta desidia desde un sillón de despacho -oh casualidad, y ya pasado el 22 M: fuentes oficiales señalan que la escritora tal y cual ha dicho que esto Fulano de Tal, ministro de, se postula como el movimiento 15 M debería ir ya tomando posiciones concretas... ¡Sois el futuro!, se dice (ni se os ocurra, ya habeis oído a García Calvo) ¡Subid al Parlamento!, se les tienta: ¡bautizaos! El pétalo gandhiano: ¿habría dejado en sus manos Gran Bretaña la independencia de India de no ser porque ya-no-les-convenía-conservarla? Cuando se yace en el desconcierto, procede creer que el sonido de una flauta de pan podría salvar el mundo. Procede, entre los dos frentes abiertos de una guerra, agazaparse en la trinchera y hala, a tocar. Rechazar el bando para evitar la caída en algo ya muy visto.

Como es natural, desde el oficialismo bicéfalo el sonido de la flauta empieza a chirriar: vale vale, que ha estado bien el pataleo, muchachos, pero ya va siendo hora de concretar. Llevan razón: si bien es verdad que la efervescencia del movimiento ha sido capaz de poner los pelos de punta a tres cuartas partes del país, convengamos que empieza a necesitar propuestas concretas. Sus críticos alimentan el sueño de ganar la pulseada por nock-out técnico. Ni siquiera se contemplan los escasos diez días que tiene el movimiento, y el fenómeno que ha significado dentro y fuera de España. La manera en que ha cambiado el mundo desde que empezaron. La, como le llaman, spanish revolution, se relojea desde ventanas acristaladas con una mezcla de sarcasmo, desprecio y -por qué no- esa cierta condescendencia que se tiene con los chavales en la edad del pavo. El sentimiento de culpa es un mal ajeno, una emoción desconocida para los altos funcionarios de los poderes públicos, incluídos los medios de comunicación: aunque tuvieron décadas para realizar acciones concretas, nadie se les rió cuando quedó claro que el país se les hundía. Pero ahora le exigen propuestas concretas al movimiento. Seguí tocando, chabón seguí tocando que tocás bien, sos el duende de mi son.

Me echo un paseíto por la biblioteca. Llevo un rato tomando apuntes y me gustaría quedarme con el libro, pero no aceptan dinero. Caramba, es una edición del 80 -Bruguera, eso ya no existe. Pienso en robarlo. Pienso en sobornar a la bibliotecaria para que me permita adoptarlo. Pero lo dejo en el mismo sitio donde creo haberlo encontrado y me marcho sin mirar atrás. Muero por saber cómo habrá hecho la peña para llevar hasta ahí mismo los sofás, las mesas, las estanterías, e igual tengo la prudencia de no formular la pregunta en voz alta. Cómo habrán montado la estructura para los toldos, los generadores, el sistema de sonido, la conexión a internet y por supuesto los víveres: el agua, la comida lo tienen todo perfectamente organizado: los veganos por acá, los vegetarianos por allá. No se bebe alcohol. Comisiones para esto y aquello: alimentación, sanidad, talleres Desde luego hay un punto de información, y creo haber visto inclusive una enfermería. Hay protector solar por todas partes. Aunque por fuera parezca un poblado chabolista, su pretensión de precariedad es sólo aparente. Dentro se percibe el organigrama, el método: la acampada es un organismo sólido, y tanto, que algún observador ha llegado a compararla con un puesto de campaña en tiempo de guerra: la estrategia, dicen, es perfecta: Estamos preparados para todo tipo de sabotajes, reza un cartel. No lo dudamos. Justamente por eso cuesta creer que se trate de un movimiento espontáneo. Que no lo sea no lo hace menos meritorio sino más bien al revés, avergonzando a quienes abogan por la extinción del perroflautismo hi-fi y de la generación ni-ni del absentismo tajante. Ni estudian ni trabajan, dicen. En efecto: son ninis. Ni izquierdas ni derechas. Ni creyentes ni ateos. Ni románticos ni racionalistas -el que diga que sí, o no conoce el movimiento o desconoce los términos. Para los ideólogos de la vieja guardia, los ninis -ni PSOE ni PP- devienen difusos, porque para ellos todo lo que no se atenga a su percepción es difuso. Esto ya se venía definiendo en nova:

Realidad es simplemente un modelo establecido más o menos constante. El modelo establecido que aceptamos como realidad ha sido impuesto por el poder que controla este planeta, un poder orientado primariamente al control total.

El texto no es de los conspiranoicos: fue escrito en 1964. Y todavía hay gente que se sorprende de la acampada.

Como os decía, tengo un artículo pendiente desde hace un tiempo. Va sobre la contracultura, sobre las rectas centenarias del mundo anglosajón torciéndose y explotando para conocer la oblicua, allá por los 50. Allen Ginsberg, James Dean, el bebop, y ese padre al que nunca encontramos, el Dean Moriarty de Kerouac. Luego no lo he podido seguir: demasiado largo, demasiado sagrado. Mi generación no llegó a saborear esa carne venerable. De la contracultura sólo llegamos a vislumbrar sus estertores finales, vimos el escenario desmontado: nunca llegamos a ver la actuación. Heredamos los retales, las sobras. Nací justo mientras Burroughs escribía Nova, a caballo entre la baquelita y el plástico. Mi solidaridad con la contracultura la expresé delante de unos Beatles todavía rígidos en una tele de 20 pulgadas, en caja de madera, dándole a una batería de juguete. Ya hubiera querido yo estar en el mogollón. Ser la protagonista de esa secundariez constructora de mundos ilimitados. Que mi presencia se volviera necesaria, rematadora, concluyente: pero no, me tocó una X con la singladura de los yuppies en la cara A y la cultura loser en la cara B. Se esperaba que fuéramos todos oficinistas, bancarios, economistas. Estaba escrito en los astros, en el tránsito de plutón por virgo. Como no te gustara la cosa tocaba la vereda de sombra del outsider. Pero no la del outsider contracultural, nutrido de orgullosa secundariez -esa vía de escape a la ortodoxia binaria, la doble naturaleza de los sistemas que garantiza tanto su caída como su renacimiento- sino la del marginal avergonzado, de refilón, llevando su disidencia en secreto. Para muestra, echad el ojo al pasado -está aquí a la vuelta, hablo de los 80 y 90- y recordad esa sensación de recta final. Luego ese hastío, esa inercia. Gente comiendo basura con cara de robot, ¿os acordais? Con el big-mac te llevabas un juguetito. Hay quienes aseguran haber sido secuestrados como Rip Van Winkle. Década y media, o más, con la vida secuestrada, tiempo vivido por los bancos mientras creían estar de vacaciones en Mallorca. Piensa en el futuro (así mueres más rápido). Todo el mundo currando para cobrar su jubilación y retirarse a los 65 (¿retirarse de qué?¿y por qué). Para tener la casa pagada al banco, a los 65 (y ahora resulta que ni 65 ni leches). Para empezar a vivir a los 65. Si es que no hay remedio, mi generación lleva una X tatuada en la frente. Es una generación gris. El 15 de mayo nos anima a flamear orgullosos nuestra cara B, ostentando nuestra disidencia outsider como un tatuaje apache. La contracultura ha vuelto, larga vida a la ruta 66.

Calle de la Cruz, hora de la siesta. Pido una caña y un pincho de tortilla. Las camareras están de buen humor y me ponen un aperitivo generoso, hoy todo el mundo está de buen humor. Por la razón que sea, el aire huele a barbacoa y buenrrollismo del genuino, el que surje cuando se desatascan las emociones y se rompe la tensión. Camino por la vereda de la concordia, ésa que tanto repatea a los políticos y hace que la gente se mire a los ojos sonriendo, vaya. Cuidado, que no me refiero a los políticos que están en el gobierno, sino al comportamiento político en sí, a todo individuo cuya conducta resbaladiza pueda gestionar zancadillas. Esa gente es como el espacio que hay entre las células: parece que no existieran, sin embargo son los que hacen funcionar el engranaje. Todo sistema no es más que un ardid, y si hemos de pensar en él como en una maquinaria, ellos serán sus tuercas, bulones, pernos y tornillos. Su apoyo al movimiento es comedido, parte de la estrategia. El apoyo del transeúnte, en cambio, es espontáneo. Surje de algún lugar más abajo del logos. El transeúnte, en realidad, sugiere una visión pura y una asimilación entusiasta del fenómeno. Él no tiene nada más que perder. Protegido por su secundariez, no tiene que rendir cuentas a nadie, así que no le es necesario echar mano del ardid. De ahí su libertad, y de ahí, posiblemente, el éxito de la manifestación: seres anónimos construyendo una entidad colectiva hartos ya del truco del háztelo en solitario. Yo soy tú. Nos hemos cansado de ser nosotros sin los otros.

Siendo así, emerge la sombra colectiva y es natural que aparezca algún yonqui, indigente o quinqui de características no muy bien definidas durmiendo la mona en un sofá, bajo el sol. Aunque en realidad los que dén el coñazo sean los carteristas de camisa inmaculada y barriga cervecera, la prensa se ha cebado en la militancia indigente a fin de emprenderla contra la acampada. Yo no he visto nada perturbador, y a menos que se tome por perturbador un viejo punkie un poco loco o un poco fumado disparando agua con más buena intención que entusiasmo, yo invito a la prensa española a que se dé una vuelta por villa La Cava y ya hablamos. Como el punkie habrá alguno que otro más, supongo, pero éste no es un movimiento restrictivo. En él se acoje todo lo que hasta ahora ha sido rechazado, de ahí que resulte tan refrescante la presencia de africanos en las asambleas. Lo que sí merece mención es el interés -más bien la impaciencia- de los jóvenes -y no tan jóvenes- autóctonos por oirles hablar, participar, opinar y hacer propuestas. De esto no se habla en los medios, empeñados en presentar al África subida a una patera, masificada, topmantarizada, analfabeta y sin voz. Esto no se difunde: no es conveniente que se sepa que los africanos piensan. Sin embargo, lo realmente peligroso es que haya autóctonos interesados en saber lo que piensan.

El movimiento carece de conductores y se resiste a los liderazgos, con lo que resulta imperfecta y por tanto espontáneamente plural. La razón dialéctica les tacha de nihilistas, y los supuestos adalides del ideario revolucionario precámbrico les miran con una mezcla de escepticismo, rabia y desprecio. En algunos sectores la desaprobación está a la vista, pero no se admite. Normal: los r-evolucionarios amenazan la intachable dialéctica proletaria, ésa que justificaba los grandes idearios de otro tiempo y los situaba en la cúspide misma del logos, un logos vendido hoy mismo al administrador de turno a cambio de un puestecito funcionarial que a la larga acabará pagando su segunda vivienda en las afueras. Pero la ruta 66 se termina en Sol, señores, y aquí la gente se ha pasado a otro carril. Estamos al final de todas rutas y al principio de una nueva. A cavar.

Sobre las seis de la tarde, y todavía con el sol en alto, me persono en la chabola geodésica de amor y espiritualidad. La peña detractora no entiende muy bien qué pito tocará esta gente en un movimiento de tintes reivindicativos. Como sabemos, el amor banalizado es cursilería de viejas y la espiritualidad una variante new age del imaginario religioso. Caso España: del imaginario católico al uso. Visto desde fuera de la minirepública que es la acampada, amor y espiritualidad suena un poco a chiste. Dentro, es parte de su logística de base. Llevamos tanto tiempo sustrayendo el amor de nuestras vidas que no admitimos estar dispuestos a hacer de él un ghetto, lo cual no es que tenga mucho que ver con el amor- que nos hemos vuelto incapaces de distinguirlo de un culebrón. Le hemos banalizado. Hemos adulterado su naturaleza en pro de nuestros propios intereses, y tanto que hasta le hemos puesto precio, como a un plato de comida o a un coche. Nuestra relación con el amor -y la espiritualidad- es contradictoria y confusa. Puede hablarse de amor en términos austeros, lo que no cuela mucho es que haya además alegría: amor +alegría huele a frívolo. Venga, que no es serio; si lo fuera me marcharía. Estoy hasta las narices de la gravedad colectiva. De las miradas espías, los silencios asfixiantes, las respuestas frugales del personal, la momificación general del ambiente.

Me asomo: ¿se puede? Me reciben con grandes sonrisas -gente con muy buena dentición-, sudando, ligeros, meditantes, pasa, pasa... Busco un poco de agua y un sitio donde tumbarme. Han cambiado al hombre-abeja por una especie de shaddu juvenil de gran pañuelo en la cabeza que va por las carpas refrescando al personal con su rociador. Pregunto por Roy Littlesun. Aquí todo tiene que ver con el sol, la gente parece feliz de vivir a un costado del sistema solar. Roy es un indio hopi que ha prometido ofrecer una ceremonia allí mismo, más tarde. Viendo lo que hay, pienso que no ha podido elegir lugar más propicio: esa carpa es una auténtica cabaña de sudar. Me responde una muchacha que va con su chico: sí, lo de Roy es aquí. Ah, pues qué bien; y añado un comentario sobre lo bueno que estaría un sistema de riego autómatico, de esos que hay en los jardines. Me pillan el acento al instante: mira por dónde que ellos se van a la Patagonia en setiembre. Él es trabajador social y duerme en la plaza desde hace tres días, está en paro; ella es monitora de tiempo libre y no puede quedarse porque tiene curro, de momento. Sonríen como encantados al oirme hablar, no sé muy bien por qué. Comienzan las asociaciones libres: esto debe recordarme mogollón a la movida del corralito, ¿no? Les miro, no menos embelesada: ahhhh, cándidos palominos, cuánta pureza. La sóla idea de pensar en una parejita dando la cacerolada en Plaza de Mayo allá por 2001 mientras planean un viaje de placer a -por ejemplo- Barbados en plena era corralito, es no tener ni idea de lo que fue aquello. Pero su voluntad de identificación es sincera y me despierta una mezcla de simpatía y piedad. Hago un cálculo fácil: ¿qué tendrán?¿Veintidos, veintitres años? Por entonces estarían empezando el Insti y conocen el asunto de oídas. No, en el Corralito no hubo shaddus, ni pétalos de cerezo, ni flores, ni asambleas en el Corralito hubo palos y a la bolsa - violencia violencia violencia- y un país que se quedó en la ruina. Yo lo vi de lejos: ni se te ocurra volver, me decían, esto es un caos. El mundo da sus vueltas, gente, el mundo pega sus batacazos...

Nos invitan a realizar una actividad fuera de la carpa, así que nos ponemos todos en corro a un costado de la plaza mientras alguien quema palo santo, copal y alguna que otra hierba deliciosa en un mortero. Roy es un viejecillo jovial extremadamente delgado que se hace traducir del inglés por un voluntario. Lleva años trabajando en la difusión de la cocina macrobiótica. Nos explica que el plan del creador es hacer de esta tierra un portal de paz. Y el portal requiere dos lados, uno es la ley universal y el otro está por crear a través del potencial humano. La comida es lo más importante en nuestras vidas porque transfroma nuestra sangre. De ahí que al Inquisidor le haya interesado desde siempre manipular la comida que comemos, porque manipulando nuestra comida manipula también nuestra sangre y nos convierte en ovejas dispuestas a seguir consumiendo. Que no es lo mismo que comer. Hace muchos siglos, lo primero que hizo el Inquisidor fue acabar con las mujeres, porque ellas conocían los secretos de la cocina, que es el gran laboratorio de la vida. Siendo España una colonia de Roma -el Inquisidor es sólo una metáfora- pasará a llamarse Iberia por obra de Roma. Mucho tiempo después España -llevando en si misma la sangre de Roma- invadiría Europa, convirtiéndola en Roma. Luego España cruzó el océano y convirtió en Roma a las Américas. Roma serás si te comes a Roma. Toda la historia del mundo tiene que ver con esta alquimia trágica inscripta de manera soterrada en nuestra memoria celular: nuestro linaje es uno y el mismo, no es cuestión de nobleza. Y por efecto de esa misma alquimia, es justo que ahora la r-evolución vuelva a gestarse donde empezó, pero de manera inversa, como una forma, si se quiere, de exorcismo: España da la vuelta al sentido de la palabra ROMA y la convierte en AMOR.

Aplausos, palmaditas, bravos. Durante la breve conferencia se ha ido sumando gente, transeúntes entusiasmados con la palabra del viejo, contactos hechos al azar, compañeros de otras comisiones. Roy nos invita a masticar nuestra lección de historia natural dando saltitos alrededor de un eje variable: el que él ha trazado en torno a un punto que irá cambiando cuando los ejes se crucen. Es una danza hopi. Para bailarla hay que confiar en quien marcha por delante. El rítmo se acelera con el sonido del tambor. La gente pasa y nos mira como si estuviéramos locos (lo estamos, no os preocupeis). El ritual se cierra alrededor de un grano de maiz blanco sagrado, sobre el que Roy sopla, reza y aplasta con su palma. Se nos invita a una danza concéntrica de aproximación al grano aplastado, al que azuzamos colectivamente unas veinte veces, con gran júbilo. Al terminar estamos todos sudados y felices.

Se comprueba que el poblado chabolista no carece de plataforma espiritual, brazo logístico de toda revolución, sea de la naturaleza que sea. El asunto tiene también su costado jocoso, como Belén, la punky vitalicia que recorre la plaza por las noches vendiendo calcetines, tabaco y chupachups de marihuana en un carrito, mientras advierte a voz en cuello: ¡Cuidado con la cartera que viene el Papaaaaaaa! La aversión al representante máximo de la Iglesia -y de cualquier representante de cualquier iglesia- no inhibe, como decía, que el movimiento esté animado por la fe. Porque la spanish revolution es un movimiento de fe. En un país donde pareciera que la palabra fe estuviera reñida con toda coyuntura ajena a la religión, merece señalar que el movimiento cuenta con ella, y me atrevería a decir que sin un sustrato metafísico despojado de intereses seculares al uso es poco probable que el 15 de mayo fuera lo que es: una revolución que amenaza con disolver los binomios. Resulta difícil de explicar, porque quizá estemos al principio de un discurso que todavía no ha sido escrito.

Sin embargo, pensar que ha empezado a escribirse el 15 de mayo de 2011, y de forma espontánea, es ingenuo. Como decía alguien por ahí: esto ya se sabía mucho antes del 15 de mayo. Ya venía circulando por la red desde hacía meses, sino años. Se gestó, efectivamente, en las redes sociales, pero también en los blogs y a través de la libre difusión de powerpoints, manifiestos y comunicados de toda índole. Se trata de una fuerza social que ha ido creciendo en la sombra, protegida y amparada por la gratuidad de una red cuyo vigoroso entramado ya es capaz de hacer frente a los medios oficiales, y los sobrepasa. Hubo quienes lo vimos venir y se nos rieron. No dudo que para muchos habrá sido una tarea casi heroica: basta con ver a la peña plantando cara a la policía en Barcelona para saber que esto se ha venido masticando por años. No se decide de un día para el otro que la guerra habrá de hacerse en paz: antes se necesitarán unas cuantas guerras perdidas y muchos abuelos muertos.

Al menos en España, y en lo que va de un siglo, ésta es la primera generación que no crece atenazada por el miedo o el resentimienhto. Esta generación no ataca porque no está a la defensiva. Y eso, al parecer, la hace más peligrosa que si llevara palos, piedras o tanques. El beat de esta generación no golpea con furia sino con inteligencia y piedad. De no ser así se golpearía a si misma, y ya ha tenido suficientes modelos de mártires como para repetir la recomendación del abuelísimo Burroughs:

Me gustaría hacer una advertencia. Todo el mundo se acobarda cuando se enfrenta a los hornos nova. Hay grados de mentira colaboracionismo y cobardía. Es decir grados de intoxicación. Es precisamente un asunto de regulación. El enemigo no es hombre no es mujer. El enemigo sólo existe donde no hay vida y se dedica a empujar vida a condiciones extremedamente insostenibles.

Ellos ya lo saben. Lo llevan en su memoria celular. Para cada generación una ruta 66, y Acampadasol es el final de una ruta que empieza.

Acampadasol, 25 de mayo de 2011.
Nota publicada en la Cigarra Magazine hacia junio de 2011.

3/9/11

Ingravidez



Ahora que soy yo misma y no la que esperaban, ellos me resultan extraños. Gente que juzgaba mi modo de ver la vida, mi distancia, mis experiencias con la percepción, mi soledad buscada, todas mis acciones temerarias, mis ex abruptos, y por supuesto, mis terrores… ellos siguen en el mismo sitio donde les dejé hace ya un millón de años. Incólumes, ocupan el sitio que les estaba reservado desde antes de nacer.

Yo, en cambio, he tirado por la borda mi sitial de honor en la casa del padre. Y no sólo eso: la he demolido. He tirado la llave por la alcantarilla. Mientras cuento con los dedos el número de mis propias decisiones, espero habérmelo perdonado cuando haya llegado hasta diez. Mi único rasgo de coraje consiste en haber alzado la mano para empezar a contar. Saber que la mano estaba ahí y que tenía diez dedos y diez decisiones y que todas, fuesen lo que fuesen, iban a ser mías.

Hacerlo fue como saltar al vacío. Y sí, he sido yo: por suerte he sido yo. El resto no sé si merece ser contado. Hubiera sido más fácil, la verdad, seguir en el mismo sitio donde vivía hace un millón de años. Hubiera sido más fácil vivir otro millón en la casa del padre viendo cómo envejecen mis sobrinos. Currando en lo mismo hasta que se me mueran los mandatos y me vaya creyendo que eso que me contaron era una vida y no un truño.

Si no sientes piedad hacia quien no ha aprendido aún cómo desatarse, es que nunca has tenido que hacerlo tú mismo. Pero si ya te has soltado, llámame. Verás que cuando toque la parte de la ingravidez se nos olvida el alfabeto, y seguro que ni siquiera recordaremos cuánto dolía el aire contra las rodillas mientras saltábamos.

Badly drawn boy / Year of the rat

1/9/11

Antropos


Perfecto en su simetría y de proporciones clásicas, esbelto, hermoso -y por supuesto, blanco-, el hombre de Vitruvio davinciano (1492) es al homo cibernéticus lo que era el homo antessesor al sapiens. Representa la imagen mental más antigua y aceptable que el hombre moderno tiene de si mismo. Es el boceto final que rubrica de forma rotunda la superioridad de occidente frente a la inferioridad... del resto.
El hombre de Vitruvio se yergue como una sequoia sobre el oscurantismo del medioevo y lo sepulta para siempre -o eso es lo que nos contaron. Antropos renace de entre las garras de Dios. La pose vitruviana, su registro, o lo que sea, legitima la gran ilusión occidental: no es que el sapiens esté hecho a imagen y semejanza del Universo, es que el Universo está hecho a imagen y semejanza del sapiens. Podemos manipular la naturaleza a nuestro antojo. He aquí la gran impostura del Renacimiento.
La manipulación nos traerá el Progreso y con él la aniquilación del dolor y la ilusoria superación de la muerte. Sin embargo, Antropos se libera del trauma vital de forma deficiente enjaulando otros modelos artísticos por generaciones. No se pregunta qué será de ellos, directamente los confina: mejor pensar que nunca han estado allí. Para justificar su avidez, se crea una organización y un sistema con unas leyes incuestionables que refuercen su cosmovisión.
Siglos después, y ya agotado en su excelencia tecnológica y artesanal, llega la apatía. Un tiempo de lisura. Más tarde una cierta desaceleración. Quizá un hartazgo, variante del síndrome de Diógenes a escala occidental. Antropos descubre que la saciedad puede ser tan esclavizante como la escacez. Que el tiempo se desinfla, y que tal vez esté caminando por sus bordes. Unos bordes a los que cada día resulta más difícil aferrarse.
A falta de aristas, Antropos se aferrará a la historia. Se irá de vacaciones a Italia y entrará con pierna izquierda en la Galería Uffizi. Habiendo sido educado en la tradición clásica, Antropos no puede permitirse borrar de un plumazo toda una insfraestructura conceptual basada en la supuesta superioridad del arte renacentista, con lo que pasada la primera media hora de andanza por el museo se sentirá abordado por sentimientos contradictorios.
Por una parte le entrará el desencanto, ya que los cuadros colgados de las paredes no consiguen que pase al siguiente embargado por la emoción o la náusea que tan bien describe Stendhal. Por la otra podría surgir, incómoda pero segura, la vergüenza -¿cómo es posible que no te guste Cellini?¿pero tú estás loco?¿qué clase de ignorante eres?, etc-. En el fondo, y a modo de poza, yacerán el más soporífero aburrimiento de la hora de la siesta, una cierta rigidez de mandíbula, los pies hinchados y el dolor de cuello resultante de forzar las cervicales para ver los frescos que decoran los techos. En esos momentos Antropos echa de menos no ser un invertebrado.
A estas alturas empieza a sospechar que ningún museo fiorentino merece un pasaje de avión: ¿para qué, teniendo cerca tanta belleza natural, viviente y suelta? Podrá resultar una reflexión odiosa, pero negarla le conducirá al autoengaño. Mientras recorre los interminables pasillos del palacio, Antropos se pregunta si a la hora de hacer una revisión histórica no ha de tomarse en cuenta la posibilidad de que el arte renacentista no sea el máximo exponente de lo insuperable, sino sólo la máxima manifestación de una cultura hegemónica. Y he aquí la segunda gran impostura: la dudosa superioridad de un Antropos sin una genuina autonomía de Dios. Pleitos interminables entre artistas, curas y miembros de la alta burguesía -pagando, no olvidemos, su diezmo a la Iglesia a la que tanto decían haber superado- donde el mecenazgo papal representa la cúspide del poder capitalista mientras, más abajo, la alta burguesía juega a las canicas a los pies de papá-papa. Un circuito que continúa hasta hoy; lo único que ha cambiado es el mecenas: antes era el papa, hoy es el mercado.
Puede que a Antropos le entre la sensación de haber sido engañado. La voz de su conciencia, insidiosa, disidente: toda la historia del arte puede ser una grandísima patraña. Lo que hasta hace poco más de cincuenta años le resultaba incuestionable, hoy él mismo lo pone saludablemente en cuestión. La superioridad indiscutible del arte renacentista es para él un todo discutible. La antigua confusión entre imposición de un modelo hegemónico y la calidad, se deshace en el horizonte de formas artísticas que saltan del museo a la calle.
El museo ha muerto, larga vida a las tapias. A Antropos ya no le emociona el cuadro colgado de las pestañas como una mariposa con sus cuatro alfileres en las puntas. Desde hace un tiempo viene necesitando acción. Action. Esto le hace rechazar el confinamiento de la obra de arte a la morada aséptica de museos y galerías. Vitrubio ha renunciado a la perfección del círculo y ahora baila desnudo en una lámpara de lava. Hay quienes aseguran, inclusive, la naturaleza rotundamente glam de Leonardo. Como sea, la obra de arte es todo cuanto conservamos como testimonio vivo de un pasado que nunca hemos de ver; sin embargo hoy, cuando la física cuántica lleva a debate la dimensión unidireccional del tiempo, ¿importa crear un arte que sea para perdurar?
Antropos quiere ver el arte ingresando en los salones heterodoxos de la diversidad. Pero no lo ve ingresando a través de un mecenas, sino del propio artista. Hay quien apuesta por la peligrosa y siempre discutible ética de sustituir el heterónimo por la acción artística en sí, la eternidad por una finitud capaz de gestar mundos dinamizadores en constante evolución, y el rechazo de cuajo de la figura del mecenas. Pocos lo entienden, menos se lo creen y el hombre de a pie lo celebra -a veces. La acción artística se mezcla con el mobiliario urbano, lo interviene, recupera su espacio vital entre la gente. Gracias a ello, el artista ya no necesita ser un marginal. Surge una nueva terminología: se habla de empoderamiento y auto-gestión. Surjen las redes sociales. Para Antropos, la ética autogestionaria del artista antivitrubiano está caliente, y urge.
Antropos quiere soñar con un nuevo hombre de Vitrubio, en cuyo círculo abierto entren los nombres que todavía no han sido escritos. Y mientras recorre los interminables pasillos del palacio Uffizi, piensa en la gran paradoja de la filosofía del arte ha sido que cuatro chavales armados con sus aerosoles y sin más nada que perder, pusieran en entredicho la tan anunciada muerte de la esperanza.

Photo-post: la gran broma ciber-cosmica

10/8/11

Sí al cierre de fronteras

Bruselas lleva más de un año intentando convencer  a España para que no empadrone a sus "ilegales".
Verán: en mi opinión estaría muy bien que España cerrara las fronteras. Pero que lo haga YA. No tiene sentido dejar entrar a la gente para luego abandonarlo a su suerte en  territorio desconocido... eso es muy hipócrita, muy cínico, claramente inmoral y un delito por el que muy poca gente se pronuncia.
El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos reza:
1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.
Cabría preguntarse si una ley en constante cambio está por encima de una ley de carácter universal, y sobre todo, si una ley puede estar por encima de la moral. Mientras existan empleados públicos que consientan esta ley y que consideren delincuentes a quienes no tengan un papel que los defina como humanos "legales", mientras esos funcionarios se constituyan en cómplices de esas leyes inestables que hacen con las personas lo mismo que se hace con los pollos, muchos acabarán encerrados en un CIE y otros retornando a sus países para que les maten, les ignoren o mueran de hambre. Y no es sólo indignante, es inmoral. Ya va siendo hora de que nos acostumbremos a la palabreja: inmoral, sí, por conveniencia y por miedo.
Así pues, me pronuncio a favor del cierre de fronteras. Eso demostraría grandeza, como la demostraría un presidente que pidiera perdón por sus errores. Eso demostraría honestidad. Si España no puede recibir más gente, vale: no la dejemos entrar para luego abandonarla a la suerte de no tener derecho a sanidad, educación y vivienda. Pero no, pasa lo de siempre: no aceptamos a los "ilegales" pero tampoco tenemos el valor de reconocer, a voz en cuello, sí, a viva voz, que habría que cerrar fronteras, porque admitirlo queda mal. Y eso es lo que duele: ese miedo a opinar, esa lengua cortada y murmurada a hurtadillas siempre y cuando el interfecto no esté presente.
Siento ser tan dura. Quisiera desdecirme, pero no puedo, porque me afecta en la entraña y es lo que vivo: mucha hipocresía. La izquierda se demuestra andando. O dejando de andar. Lo que no puede hacerse es callar ante una realidad tan dura, y sobre todo, hacerlo con esa dejación acomodaticia que hace mirar las moscas.

8/8/11



Giulia Tamayo, investigadora de Amnistía Internacional en numerosos países, le envía este mensaje a un amigo. Decido difundirlo.

Te pido que circules estas líneas que responden a mi deber ético elemental de dar testimonio sobre los abusos cometidos por las fuerzas de seguridad hoy 4 de agosto frente al Ministerio del Interior en Madrid. Lo hago desde mi condición de defensora de los derechos humanos cuyo ejercicio he buscado honrar en diferentes lugares del planeta. Lo ocurrido esta noche es un escándalo. Se ha tratado de un operativo de castigo contra manifestantes pacíficos e indefensos en el marco de una movilización ciudadana que viene recorriendo las calles de Madrid tras la ocupación policial de la Puerta del Sol con el impedimento de la libre circulación de las personas. Cabe anotar que desde la ocupación policial de la Puerta del Sol se venían requiriendo documentos de identidad selectivamente a jóvenes que respondieran al perfil que las fuerzas de seguridad se han hecho de "los indignados". Ello lo pude constatar presencialmente. Tras observar dicha práctica policial (deformación que tengo de investigadora de abusos de derechos humanos), pedí a los policías en uno de los casos que pude observar directamente que me respondieran por qué a dicho joven y no a otras personas les requerían documentos, a lo que respondieron con malas formas, exigiéndome finalmente a mí identificarme, además de advertirme de que mi pregunta era un delito. Uno de los policías ensayó como explicación que a algunos ya los tenían en la mira por haber participado en las marchas. Con toda la prudencia debida expresé que el ejercicio de un derecho constitucional no es un delito. Con la mayor paciencia del mundo procuré informarles que lo que pretendía era que no cometieran las Fuerzas de Seguridad un delito. Mi rol era de colaborar con el respeto al Estado de Derecho. Al parecer un mando recuperó la cordura y aunque nos obligó a todos a marcharnos, frenó la agresividad de sus subordinados.
El día de hoy al medio día, estuve nuevamente en la Puerta del Sol y pude conversar con algunos policías. Observé su enorme desconocimiento de los derechos constitucionales y me ofrecí a aclararles algunos puntos. Alegaban que la constitución española debía sujetarse a no sé qué leyes (con rimbombancia decían que eran orgánicas) además de otras disposiciones de la administración. Respondí en el lenguaje mas pedagógico posible que era al revés. Anoté que no estaban obligados a acatar órdenes ilegales. Aunque sus rostros expresaban desconcierto ante mis palabras, ensayaron las respuestas mas insólitas como que el movimiento de los indignados era de izquierda radical. Desde luego, desconozco como función de la policía calificar y perseguir las ideas, sin embargo al parecer algunos policías no lo ven claro.
Esta noche pude constatar qué tan lejos pueden llegar algunos policías cuando reciben órdenes de cargar contra manifestantes pacíficos. En la marcha que se detuvo ante el Ministerio del Interior habían además de jóvenes, un número apreciable de personas mayores y personas con niños. Acompaño dichas marchas no solo por convicciones personales respecto de su legitimidad, sino por carácter pacífico, en donde además puedo encontrar a muchos de mis alumnos universitarios a los que enseño las normas y mecanismos de los derechos humanos y de los que he aprendido enormemente. He tenido el privilegio de acompañar a esta generación de excepción que ha cristalizado un movimiento como el 15M. Nada mas ilusionante para mí que acompañar a jóvenes que se movilizan con medios legítimos para hacer los derechos humanos realidad. Nada me hacía presagiar que la policía cargaría haciendo uso de la fuerza en forma totalmente desproporcionada. Pese a que los manifestantes coreaban como forma de protección y autocontención colectiva "No a la Violencia" con las manos alzadas al cielo, al parecer la suerte ya estaba echada por parte de las Fuerzas de Seguridad.
Al encontrarme en primera línea frente al despliegue policial procuré hacerles razonar con serenidad de que no emplearan la violencia. Les hice saber que habían niños pequeños y personas mayores, incluidas personas discapacitadas. Fue inútil, las palabras no funcionaban. Me dejaron parada hablando ante sus furgonetas mientras aporreaban de manera indiscriminada a todos los manifestantes. Portaban armas para disparar proyectiles de goma. A los que corrían los perseguían hasta alcanzarlos para darles palizas en el suelo. Impedían que los sanitarios atendieran a los heridos. Las cargas se sucedieron para crear terror. Un grupo residual que permanecimos próximos a la estación de Metro de Colón, vimos y sufrimos con impotencia una última carga con nuevas personas aporreadas y heridas. Si el descomunal despliegue de policías ya revestía manifiesta desproporción, la violencia ejercida contra los manifestantes solo puede ser calificada como una operación de castigo contra personas indefensas por el solo hecho de manifestarse.
Quisiera creer que esto no está sucediendo en España pero me ha tocado ser testigo presencial y no puedo permanecer callada. Confío en que la sociedad española exija las responsabilidades que correspondan. Quien no quiera enterarse de estos hechos, los pretenda negar o encubrir falseando lo sucedido debe tener presente que en su opción está su penitencia. El abuso contra los derechos humanos de una sola persona es una amenaza contra todos. Las campanas doblan y no parece ser que lo hacen por la próxima visita.

Giulia Tamayo

25/7/11

Amy Winehouse: la niña sacrificial




Un periodista le dice a otro:
-¿Hay muerto?
-Sí, una.
- ¿Muy muerta?
- Muy muerta.
-¿Cómo de muerta?
-Sobredosis accidental.
-Ah, entonces me interesa.

20/7/11

Feministas radicales

Esto ocurrió en Madrid

Hace un par de días me invitaron a una mesa redonda donde se debatía el asunto de los derechos de la mujer árabe. Para mí fue toda una decepción. No me cabe lugar a dudas de que estamos en tiempos revueltos. Justamente por eso deberíamos evitar las demagogias y los dobles y hasta triples discursos a la hora de utilizar ciertos colectivos para ventilar los egos.
Me estoy refiriendo en concreto al famoso tema del “velo”, que tanto preocupa a las feministas radicales. He podido comprobar, y de cerca, hasta qué punto estas mujeres sienten como una afrenta el hecho de que las jóvenes musulmanas vayan con un velo a la escuela, todo más cuanto se insiste en que si ellas viajaran a un país árabe les parecería una afrenta ser obligadas a ponérselo. La demagogia está a la vista, sin embargo, son incapaces de verla. Tanto es así, que a la hora de analizar el asunto como parte de unas costumbres que llevan cientos de años, y cuyo cambio requeriría de un proceso paulatino basado en la educación y la tolerancia, salen con unos argumentos que a mí en lo personal me dejan aturdida.
Parece que en la demagogias tuviera el gérmen tanto de las filias como de las fobias, y no sé hasta qué punto tendrán tanto unas como otras su origen en una forma no tan sutil de fanatismo. La obsesión de las feministas a la hora de querer quitarle el velo a las musulmanas me resulta ofensivo y brutal. Tanto como el machismo que tanto se denuncia, el feminismo radical me hace pensar que quizá, más que montar mesas redondas, deberían dejarse, sin miedo, amar por un hombre. Quizá el origen del feminismo radical esté en el sencillo detalle de no haber sido amadas a tiempo, de no dejarse amar, o de no haber amado todavía. Es un pálpito, algo que se huele en el aire cuando hablas con ellas, y desde allí se comprende su ardiente sentimiento de injusticia.
Sin embargo, intento ser objetiva y me pregunto varias cosas: ¿qué hay de malo en que una mujer lleve un hiyab? Luego, ¿por qué se mete en el mismo saco el tema del velo, la ablación y el burka? Y al llegar aquí surje la pregunta de fondo: ¿hasta qué punto no se está usando a la mujer musulmana como arma arrojadiza contra el patriarcado de otro tiempo en tierra no precisamente musulmana? Algo que la psicología define como formación reactiva, un mecanismo de defensa que se observa también en los pueblos que han sido inmigrantes -España es un buen ejemplo- y que no habiendo integrado la dolorosa experiencia al haber de su capital humano personal y colectivo, lo rechaza y devuelve al exterior en forma de xenofobia. En términos callejeros: se trataría de resentimiento puro y duro. Por eso, quizá, moleste tanto que se hable de ello, y por eso se montan mesas redondas donde hijas y nietas de mujeres obligadas a llevar un velo dentro y fuera de la iglesia se ponen a la defensiva si alguien intenta comprender, desde un punto de vista objetivo, la diferencia existente entre un burka, un hiyab y la ablación.
Es curioso que cuando se hace referencia a la in-cultura de los pueblos musulmanes en materia de derechos femeninos, se haga referencia también a la indudable superioridad moral de Occidente a la hora de abolir -legalmente- la esclavitud. Y aquí es donde, a mi entender, entra la propaganda y las estrategias políticas con subvenciones dadas a movimientos de tendencia oficialista, preocupados tanto más por las estadísticas que por la tolerancia hacia culturas diferentes. Desde el protectorado funcionarial se crean discursos inamovibles que ponen en tela de juicio toda opinión contraria (es decir, diferente) y se institucionalizan unas supuestas libertades que habitan únicamente en el discurso, nunca o casi nunca en los hechos. Vale, que seguramente en Irán -por ejemplo- no iba a ejercer mi derecho a decir esto que digo aquí y que podría repetir en una mesa redonda, pero ¿eso le da derecho a un parlamento, o lo que sea, a decidir sobre las costumbres de otros pueblos?¿Qué clase de tolerancia es ésa, cuando se va por el mundo ondeando la bandera de la “igualdad”, los “derechos humanos” y las “libertades personales”, si tanto nos ofende la diferencia cuando ésta proviene de culturas que no responden a los intereses de un partido? Eso es demagogia.
Alquien me dijo: Yo soy ácrata y apóstata, no tengo ninguna religión. Es el discurso típico que vengo observando desde hace años: parece ser que no se pudiera ser de izquierdas sin ser ácrata y atea. Viene todo incluído en el paquete: se trata de un bloque monolítico, y como tal, indivisible e indiscutible. Cuando le dije: Yo tampoco tengo ninguna, justamente por eso las respeto a todas, se me quedó viendo como si le estuviera tomando el pelo. Semejante razonamiento no tiene lógica para ella, aunque para mí sí: no voy a hablar del Corán porque no lo he leído. Respeto la Biblia, porque la he leído a medias y no voy a discutir sobre algo que conozco a medias. Pocas cosas hay que me produzcan más vergüenza que suponer que sé lo que no sé sobre un pueblo o cultura, y pocas cosas hay que me hagan sentir más honrada de estar viva que conocer pueblos y culturas diferentes al mío. Por eso no me ofende que una muchacha musulmana lleve un velo, ni que mi vecina lleve una cruz católica colgada del cuello. Y es que verdaderamente deseo y necesito que haya diferencia, porque es gracias a ello como consigo crecer.
Si aprendiéramos a convivir con la diferencia quizá no se hablaría tan gratuitamente de igualdad sino de uniformidad, coyuntura impuesta desde unos poderes patriarcales que, de forma curiosa, ciertos grupos feministas utilizan a su favor siempre y cuando les convenga. Matizando: la tendencia a la uniformización de las costumbres en el mundo llamado “occidental” es algo que se aplica también sobre la población infantil inmigrante. Lo sé porque participo en un proyecto de la UCM sobre redes interculturales donde ya se ha observado como en las escuelas ni siquiera se les enseña de dónde provienen, geográficamente hablando. ¿Alguien se ha preguntado cómo influirá en esos niños la negación de sus orígenes a nivel de identidad? Pues ya va siendo hora de que se haga.
Por eso, a la hora de debatir, se hace tan importante no hacerlo desde el prejuicio y sí desde la tolerancia basada en un verdadero interés y un re-conocimiento sin vergüenzas de aquello que por no ser conocido, está aún por conocerse. Sólo asi, creo yo, venceremos tantas barreras, que más allá del ignominioso burka de las afganas, hacen que las anteojeras y las rejillas se lleven en partes del cuerpo, y del ser, que no están a la vista.
Y ahora, más que seguro, alguna saldrá diciendo que estoy a favor de la ablación.