3/9/12

Publicar un libro

Hace años subí a este blog la novedad de que mi novela, Vientre de fango, estaba en proceso de publicación. Todo comenzó en setiembre de 2008, de la mano del escritor madrileño Manuel Rico Rego (http://manuelrico.blogspot.com.ar/) Hace años subí a este blog la novedad de que mi novela, Vientre de fango, estaba en proceso de publicación. Todo comenzó en setiembre de 2008, de la mano del escritor madrileño Manuel Rico, por entonces a cargo del Instituto Cervantes, que se sintió muy atraído por el texto. Algo que en su momento me resultó extraño, si se piensa en que llegó a leerlo movido por uno de mis exabruptos. La cosa fue así. Meses después de recibir una copia de mi novela sin obtener ninguna respuesta por su parte, respondí a uno de sus constantes e-mails masivos de invitación a eventos y conferencias, lamentando no poder asistir a ninguno. Le recordé, asimismo, que aún no había recibido ninguna respuesta suya a propósito de mi novela -ya habían pasado unos cuatro o cinco meses- añadiendo que quizá la cosa hubiera sido muy distinta de haber formado yo parte de su séquito. Una desafortunada frase de la que más tarde me disculpé. Aunque, después de semejante aspereza, no me quedó lugar a dudas de que nunca volvería a saber nada más de Rico.

Sin embargo, su respuesta fue casi inmediata. En su email me confesaba la sorpresa que le había producido mi descargo, lo cual le motivó a tomar de inmediato el manuscrito para ver quién diablos era la autora del desplante. Según decía, había empezado a leerlo como a las 7 de la tarde y no paró de hacerlo hasta que llegó a su casa. Le había gustado mucho. Añadía que la novela era publicable y que estaba dispuesto a hacer lo que estuviera en su mano para ayudarme a publicarla.

Confieso que por entonces yo ni siquiera sabía que él era el director de la colección poesía de la editorial Bartleby (http://www.bartlebyeditores.es/) a cargo de Pepo Paz. Ni había leído ninguna novela suya. Sólo había escuchado algún poema en un recital organizado por una amiga común. Ni siquiera sabía lo que es una galerada (impresión de prueba). Es decir que iba a ciegas.

Quedamos en llamarnos por teléfono y empezar con los preparativos para la posible publicación. Naturalmente, le pedí disculpas por el famoso ex abrupto, algo que él acepto muy generosamente, y que pareció quedar zanjado tras nuestra primera conversación. Muy entusiasmado, fabuló con la idea de que Vientre de fango pudiera salir para la Feria del Libro 2009. “Vaya”, pensé, “¿podrá ser posible?”.

Esto sucedía entre setiembre y octubre de 2008. Vayan sacando cuentas.

Poco tiempo después me puse en contacto con Pepo Paz, el editor, con el que mantuve una charla telefónica cuyos detalles, como es natural, ya no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que fue directo a la hora de comentar que no iba a ser posible su publicación para la Feria de Libro 2009, ya que había otros libros en lista. Además, siendo una editorial pequeña, estaba pendiente de una subvención para ayudas a la edición que salía al año siguiente. Con ese dinero pensaba publicar algunos autores, entre ellos yo. En abril de 2009 firmamos un contrato, con alguna reticencia previa por parte de Pepo, en la cual Manuel intervino para, digamos, mediar. Primero se hablaba de 3000 ejemplares, luego se habló de 1500. Un contrato que según he averiguado no tiene cláusula para una posible demanda. Es decir, que se cuida muy bien las espaldas. Si bien en algún momento Manuel llegó a deslizarme algo sobre un posible adelanto de dinero para la publicación, Pepo nunca me habló de ello. Yo acepté. En realidad, yo vivía de otra cosa, y si bien me interesa el dinero tanto como a cualquiera, nunca pretendí que me fueran a pagar tratándose de una primera novela. Al fin y al cabo, hay editoriales donde el autor, con tal de ver publicado el libro, paga por su publicación. Bartleby no me pedía nada, y era una editorial con una buena y bien cuidada colección de títulos. Una editorial, digamos, seria.

Hablando con algunos amigos con experiencia en publicación, no entendían muy bien a qué se debían tantas postergaciones. Yo esperaba y esperaba, el tiempo pasaba, y las postergaciones continuaban, pero comprendí, por una explicación de Manuel, que tratándose de una editorial independiente donde trabaja una sola persona no se le puede meter mucha prisa, ya que los tiempos para este tipo de casos son muy diferentes al que podría suponerle, por ejemplo, a una editorial más grande.

Hacia setiembre de 2009 Pepo me escribió para decirme que no le habían otorgado la subvención (recordemos que la crisis española comenzaba y que el estado empezaba ya a recortar las ayudas), o que se la habían otorgado en parte. Así supe que contaba con el dinero para publicar sólo a algunos autores, y que mi libro quedaba fuera del proyecto. Lo insólito fue que me dijera que podía deberse, probablmente, a mi origen argentino. Esto es textual. No tengo el email, pero lo recuerdo muy bien porque tuve que leerlo varias veces antes de creérmelo. Aunque intenté que me lo explicara, sigo sin entender que habrá querido decir con eso, porque nunca lo hizo.

Ahora bien: admito que nunca se me ha dado bien esperar. Tengo un serio problema, y es que me tomo literalmente lo que dicen las personas. Sobre todo cuando la relación no pasa de lo estrictamente verbal -entiéndase por esto vía telefónica o e mail- y no parece haber oportunidad de hablar con ellas cara a cara. Con esto quiero decir que ni Pepo Paz ni Manuel Rico movieron ficha en ningún momento para organizar un encuentro o hablar del libro personalmente. De hecho, el contrato para la publicación llegó a firmarse de pie en el asiento del conductor de un coche (el de Pepo, que se pasó por casa a toda prisa porque justo ese día tenía asuntos muy personales que resolver) y la segunda vez que lo vi fue en la Feria de Libro (no recuerdo si 2009 o 2010), todo sudado y quejándose de las ventas, al parecer escasas. Su trato fue obligado e impersonal. Por alguna cosa que hablamos me pareció, inclusive, que ni siquiera había llegado a leer mi libro. Hoy me pregunto, todavía, si lo habrá leído en realidad.

En cuanto a Manuel Rico, lo ví por segunda vez -la primera, como ya he dicho, fue en el recital de poesía- durante una firma de libros en la Feria de Madrid. Amable y educado, como siempre, hablamos un poco sobre Verano, la novela que promocionaba. Dio la casualidad que pasaba por allí Félix Grande, y me lo presentó. Lamenté no llevar a mano Memorias de flamenco, porque me hubiera encantado tener una firma suya en uno de los mejores libros de autor español que he leído en años.

Pero volvamos al tema que nos incumbe, y que es la publicación. El consuelo que me daban, ante las postergaciones, eran comentarios muy alentadores del tipo Yo tardé cuatro años en publicar mi primera novela (Manuel Rico), o Yo tuve que cambiar de editorial porque me marearon cinco, hasta que me harté (un amigo), etc. Por supuesto, nunca se habló de que hubiera un contrato de por medio. No quiero meter hierro y sangre al asunto hablando del tiempo que puede costar escribir un libro y el daño que puede llegar a significar que se juegue con las espectativas de alguien, sea escritor o pajarero, da igual. En absoluto. He querido quitarle esa baza a este relato para evitar todo vínculo con lo emocional, para ser lo más objetiva posible e intentar, si acaso, atenerme a los hechos. Espero conseguirlo. Al hecho principal de que aquí ha habido un contrato que nunca se cumplió. Un contrato, naturalmente, sin cláusulas.

Cabe aclarar que cuando a Pepo Paz le negaron la subvención, el contrato por la publicación de la novela estaba todavía en vigor. No obstante, los días, las semanas y los meses continuaron pasando sin que yo tuviera noticias de nada y sin saber a qué atenerme. En el interín hubieron algunos emails que nunca me respondía. Silencio por meses, o alguna que otra respuesta más bien seca, con algún pedido de excusa y algún sombrío detalle de su complicada situación de editor.

Ya empezaba a dar por muerto el proyecto, cuando de pronto, un día, recibo noticias del resucitado. Esto fue en junio de 2010. Tras muchas idas y venidas para ver qué se hacía con el libro, Pepo me escribió para decirme que ya estaba en proceso la primera galerada de Vientre de Fango. Se hizo la corrección, me la enviaron, la aprobé y se me envió la galerada vía internet. Todo bien. Luego, nuevamente silencio.

Como pasaban los meses y él no volvía a escribirme, le mandé un e-mail para tener alguna noticia, si acaso había habido otra vuelta atrás. Volvió a escribirme en octubre de ese año con la novedad de que había cambiado de diseñador y me pedía que le enviará, de ser posible, alguna “idea” gráfica para meter en la portada. Yo me lo tomé con entusiasmo y le envié algunas imágenes -la foto de uno de mis cuadros, inspirado en la dictadura del 76, que es sobre lo que trata-, e incluso llegué a mover algunos hilos entre mis amigos de Argentina para que me enviaran alguna imagen interesante, ya que el editor parecía inclusive tener prisa, lo cual se refleja en su e mail del 3 de octubre 2010:

Hola, Roxana ¿tienes las propuestas para la portada ya? Gracias.

Además, elaboré algunas más por mi cuenta, las cuales también le envié. La respuesta de Pepo no se hizo esperar, y decía lo siguiente:

Hola, Roxana.

El tema está como sigue: el pasado lunes me reuní en X con un experto diseñador gráfico y le expliqué nuestro deseo de cambiarle la cara a la colección de narrativa (un deseo que ya venía de antes del verano pero que, con las urgencias, se había postergado). Las múltiples reacciones que hemos tenido tras sacar el último libro, el de LB, han acelerado esta decisión. Tenemos, además del tuyo, otros dos títulos más casi listos para entrar en imprenta. Pero lo que no puedo es seguir tirando el dinero por la ventana. En breve este hombre nos pasará una oferta económica y de diseño sobre la nueva cara de la colección y, además, la idea es que se encargue de hacer él portada a portada, seleccionando las imágenes. Así que, por favor, no le dediques más tiempo a este tema: espera a ver qué nos ofrece. Él sabe de nuestras urgencias y trabaja contra el reloj también.

Un beso

(14 de octubre de 2010)

Días después, recibí otro más:

Estimada Roxana:

Este mediodía nos hemos reunido el director de la colección poesía (Manuel Rico) y yo con el diseñador al que le había encargado la nueva imagen de la colección de narrativa. Nos ha presentado tres propuestas y hemos elegido una. Creo que es magnífica. Ha trabajado en concreto con tu novela -que le ha encantado- y también tiene muy avanzada la portada. Ahora le queda cerrar el tema de contracubierta, lomo y solapas. En cuanto tenga material visible te lo haré llegar.

Un saludo,

(29 de octubre de 2010)

En efecto, material visible hubo, y Pepo me lo hizo llegar rápidamente: era la portada… ¡¡¡de otro libro!!! Nótese además que Pepo dice textualmente: nos ha presentado tres propuestas y hemos elegido una. Resulta llamativo que en ningún momento se me consultara a mí, la autora del libro, o que no se me llamara para ver la portada o hacer alguna sugerencia, algo a lo que yo habría accedido con gusto. Sin embargo, una vez más decidí acceder, nada más porque en algún momento se me tachó de suspicaz, y porque decidí fiarme de la trayectoria de dos personas con respaldo en el ambiente de las letras. Es decir, que hablamos de dos personas serias: uno de ellos, editor indie conocido en el ambiente y en los medios; y el otro, un escritor comprometido con su profesión y el ambiente de la cultura, que en su momento llegó a tener un cargo político.

Lo dicho, personas serias. ¿Cómo no iba a fiarme de ellos?

En diciembre de 2010 Pepo me escribió nuevamente, diciendo que a principios de ese mes sabría algo. Lo esperé un mes, por cortesía (enero suele ser un mes complicado en España, por lo que llaman la cuesta de enero), pero en febrero le escribí varias veces preguntando qué pasaba, ya que había vuelto a desaparecer. Además, consultaba la página de Bartleby Editores y no veía que salieran nuevos títulos. Pepo no respondió. Entonces le escribí a Manuel Rico, que ya estaba más o menos al tanto de la situación. O eso era lo que yo creía.

No fue buena idea.

La respuesta del editor, que recibió el chivo, no se hizo esperar. Decía lo siguiente:

Buenas tardes, Roxana.
No se te ha dicho nada con respecto a tu novela porque no hay nada nuevo a lo que ya te comenté con anterioridad (hace meses).
La crisis arrecia y, si te fijas, no hemos publicado nada desde mediados de noviembre del pasado año.
En condiciones normales, cualquiera entendería que con el libro maquetado y revisado, si la editorial no te dice nada es que no hay ninguna noticia al respecto (ni mala ni buena).
La editorial es "independiente" y eso, como ya te expliqué hace mucho tiempo, significa que depende única y exclusivamente de sus ingresos por venta de libros. Por desgracia no podemos sustraernos a la situación general de decaimiento económico. Nuestra cifra de ventas en 2010 ha caído por debajo de la que teníamos en 2007. Con eso te lo digo todo. El resultado es que hay que ralentizar el plan de publicaciones y priorizar aquellos libros que, desde el punto de vista editorial, supongan un menor riesgo (entre ellos, traducciones con ayudas y colaboraciones con otras entidades y organismo públicos).
No puedo estar explicándole a todos los autores qué pasa con su libro. La gente comprende la situación. Y si tú no la puedes comprender, lo siento. Te rogaría que, en el futuro, dejaras de presionarme yendo con el cuento al director de la colección de poesía. Él no tiene nada que ver en las decisiones que tome yo con respecto a lo que se puede o no sacar en función de los recursos de que dispongamos en cada momento.

Un saludo.

  Así queda claro que el libro está ya maquetado y revisado, pero que no hay dinero para publicarlo. No voy a referirme ahora al tono del e-mail, ya que esto lo dejamos para después. Lo que se deduce es que mi novela suponía un soberano esfuerzo para la editorial por ser un primer libro, cuyo alumbramiento parecía haberse vuelto así como imposible. Yo sólo vi una galerada (junio de 2010) y de la famosa tapa, ni la punta de la solapa.

Pues bien, hasta aquí tenemos un libro ya maquetado y corregido, a sabiendas de que el proceso entre uno y otro paso no suele superar los quince días. Lo he consultado con escritores con experiencia en publicación, y todos coinciden en que cuatro meses sin ninguna noticia del editor no es normal, a menos que la editorial tenga algún problema, en cuyo caso el editor debería ofrecer alguna explicación si se la piden… ¡porque es normal que se la pidan! Pero en mi caso, la respuesta que recibo y que tanto ruido me hace es ésta:

la gente comprende la situación; y si tú no la puedes comprender, lo siento. Te rogaría que, en el futuro, dejaras de presionarme yendo con el cuento al director de la colección de poesía,

Pepo Paz me trataba como a su empleada. Que quede claro que yo nunca fui la empleada de Pepo Paz.

Se me tachará, también, de alcahueta, por copiar textualmente algunos emails. No me importa. No hay mejor prueba que la evidencia y la evidencia de que estaba en todo mi derecho de pedir una explicación está en los e mails.

Pero volvamos a la frase magistral de Pepo, aquella en la que asegura que:

la gente comprende la situación; y si tú no la puedes comprender, lo siento. Te rogaría que, en el futuro, dejaras de presionarme yendo con el cuento al director de la colección de poesía,

que es lo que en mi tierra llamaríamos una carta en plan milico, de colimba grande a colimba chico, de jefe enfurruñado a empleada que ha metido los dedos en el enchufe. Lo cual fue la gota que rebalsó el vaso, y le mandé un email explicando los motivos de mi incertidumbre, a lo cual él respondió dándome la razón y pidiéndome que borrara todas las direcciones de e-mail que tenía, menos la presente. Al parecer, era la única que consultaba a diario y con la que trabajaba (el resto eran simples buzones). La situación, me dijo, era la siguiente: el libro no se publicaba porque había una inercia, unos compromisos y mucha hipoteca personal. Reconocía que, en efecto, se habían reunido en octubre y habían trazado un plan para 2011. Pero las ventas de noviembre y diciembre, donde la cifra habían sido incluso inferiores a las del mes de agosto, les habían chafado todos los planes (febrero de 2011).

Pero la cosa no termina ahí.

Hacia mediados de 2011, Pepo volvió a escribirme para lanzar, por fin, la novela, que según él iba a estar saliendo entre setiembre y noviembre de ese año. Lo más extraño fue que Manuel Rico me llamara después para soltarme la confesión de que Pepo había pensado que podía ser buena idea… ¡cambiarle el título! Resulta que Vientre de fango nunca le había resultado convincente, y pensaba que, para mejorar su venta, podía hacerse un cambio. Manuel esperaba que yo no me ofendiera por la propuesta, cosa que de hecho no sucedió, aunque sí me resultó extraño que esperaran tanto tiempo para decírmelo.

Pasaron setiembre, y octubre, y yo seguía sin saber nada del libro. Manuel y yo quedamos en que íbamos a pensar conjuntamente un título nuevo. Él nunca se lo pensó -y si lo hizo no lo he sabido, porque nunca me lo dijo- y yo nunca pude imaginarme otro título que no fuera el que tiene. A la vez, iba siguiendo las novedades editoriales de Bartleby y veía que Pepo no sacaba ningún libro… de lo cual deduje que la publicación del mío podía costarle, como mínimo, un curso relámpago de juegos malabares sobre un monociclo. Fue cuando me animé a llamarlo para decirle que me volvía a la Argentina, y de paso, confirmar que ese año tampoco se publicaría.

Obviamente, la última factura del móvil no la pagué; si supiera que iba a pagarla no lo hubiera llamado jamás (en ese momento me preocupaban asuntos más mundanos, como pagar el alquiler para que no me echaran a la calle). Por lo que me contó, él estaba en similares circunstancias.

Era la segunda vez que hablaba con él por teléfono en tres años, docenas de e-mails de por medio.

Le pregunté si todavía podía guardar la esperanza de que Vientre se publicara en noviembre, y con voz temblona, casi como avergonzado, me dijo que no. Nótese que para que me lo dijera he tenido que llamarlo yo.

Prefiero no hablar del e-mail de Manuel Rico, recibido poco antes de tomarme el avión, y donde muy torpemente intentaba remendar los hechos diciendo que lamentaba lo ocurrido, puesto que casi me había llegado a tomar cariño. Antes, prefiero seguir mirando el sol que cae ahora justo frente a mi ventana y que es, además, genuino. No puede haber cariño donde nunca ha habido trato más allá de unos cuántos e-mails, y además, no tenía por qué haber nada de eso. Debió existir un cumplimiento, o en caso contrario un rotundo NO, en vez de tanta especulación, marchas y retrocesos y un dinero que, en caso de que realmente haya llegado a invertirse, ahora ha quedado en nada. ¿Qué no se podía? De acuerdo. Hubiera bastado con reconocimiento del error, algo que yo nunca vi que saliera por boca de ninguno de los dos.

Luego, ¿para qué están los contratos, además, sino no es para hacer cumplir acuerdos donde los asuntos personales no perjudiquen a las partes? Y haciendo a un lado todo acuerdo legal, cuando se habla claramente, la parte humana no se puede obviar: se entiende. Se puede comprender. Se puede, también, llegar a facilitar la tarea a la otra parte, para que lo que no puede uno solo, sea posible entre dos. O más. Pero si se mezquina la información, si se es tan omnipotente y se trata a las personas como si fueran empleadas poniendo barreras entremedias, hablando de condiciones normales cuando nada que lo sucede es normal, ¿qué puede pretenderse?

¿Que el otro lo adivine?

¿Que diga sí, sí, de acuerdo?

¿Que calle para siempre y haga como que no ha pasado nada?

Una disculpa podrá cabrear, pero a la larga siempre será bien aceptada. Porque ennoblece.

Hace poco, Manuel Rico recibió un premio literario. Después de darle mi enhorabuena, recibí un e mail donde me pregunta cómo andan mis cosas, y sobre todo si estoy en Argentina. Resulta notable que desde entonces haya dejado de recibir los boletines oficiales de Bartleby. También es notable que Manuel no haya respondido todavía a mi último e mail, que dice lo siguiente:

Hola Manuel, ¿cómo estás?

Dado que la novela ha quedado en la nada, y la verdad es que a pesar de todo contigo me siento más a gusto a la hora de comunicarme por este medio, me gustaría saber qué se hace en estos casos. Yo estoy en Argentina y la novela se ha quedado en la primera galerada, que al parecer por lo que hablé con Pepo en noviembre no tenía intención de publicarla ¿¿¿??? (los signos van porque nunca entendí por qué se hizo una galerada y luego todo quedó en la nada, lo digo con toda la buena onda). Entonces, visto lo visto, y dado que no ha habido cumplimiento del contrato que teníamos pendiente, que no nos ponemos de acuerdo, que no hay dinero, o lo que sea, me gustaría saber a qué atenerme... ya que pòr alguna razón siento que parte de mí se ha quedado allí, y que esa parte se llama Vientre de fango. Estimo que lo entiedes cuando digo esto. No estoy acostumbrada a las cosas inconclusas, y al fin y al cabo nadie me ha dado una explicación acerca de qué se hace en estos casos. Quiero decir que necesito algún tipo de anuncio formal que me desvincule de la editorial, o lo que sea.
La verdad no me resulta agradable recordar estas cosas porque en su momento me hizo bastante daño, pero le debo algún tipo de respeto a mi trabajo. Sólo te escribo por eso, para hacerte la consulta y no de escritora a director de la colección poesía de Bartleby, sino de autora a autor, y espero sepas comprenderme.

Un saludo


RAB

Mnuel Rico nunca respondió.

No tengo ningún prurito en reconocer que en varias ocasiones se me fueron las palabras, algo que en su momento se tildó de “pataleo”, o calificativo similar. Tengo la mala costumbre de ser frontal. No sé hablar entrelíneas, sólo sé escribir así.

Bartleby jamás reconoció que se le fueron los hechos, y nunca he recibido una disculpa por su parte, sólo justificaciones, muestras de arrogancia y quejas por el dinero invertido. Sobre un libro que nunca se publicó, y sobre un trabajo que yo nunca he visto. Casi exactamente como si me hubieran hecho un favor.

No duele tanto la desilusión de ver el libro publicado -un libro no es más que un libro, esto es así- como la falta de tacto y el desprecio hacia mi tiempo, mi trabajo y mis espectativas. No hablemos de mi dinero, porque vuelvo a reiterar que nunca especulé con eso. Intuyo que si supiera hacerlo, ya tendría mucho, y no es así. Lo aclaro por si acaso alguna vez se pensó. No se piensa en el dinero cuando se escribe; de hecho es el peor afrodisíaco para cualquier buena escritura. Además, soy rematadamente ingenua: yo quería que Vientre de fango se publicara bien lejos para hacerle un homenaje a tanta gente desaparecida aquí, y para que se tuvieran más datos fuera de aquí. También porque creí que la ideología de Bartleby se correspondía con este tipo de compromiso.

Pero salió mal. Por esto, especialmente, duele.

Escribo este descargo y lo hago público no porque yo sea alguien importante y vaya por el país ganando premios, dando conferencias o saliendo en prensa -todo lo cual me parece pefectamente legítimo-, sino porque creo merecer algún tipo de respeto y porque tengo derecho a contar lo que pasó, sea escritora, pajarera o piloto de aviones. Tampoco es mi intención perjudicar a nadie, ni perjudicarme yo. Es sólo que estoy harta de guardármelo, y harta además de saber que otros han hablado del asunto en mi ausencia, usando como medio el precioso pero insuficiente recurso de la palabra, que es el material con el que tanto se cuentan verdades como se enhebran ardides. Ellos podrán interponer los argumentos que más les plazca, pero eso no cambiará la verdad, que es ésta: hubo un contrato que nunca se cumplió y un libro que quedó en pre-publicación y nunca se publicó. Al día de hoy, esto es todo lo que hay. 

27/8/12

Mar del Plata (II)



Era necesario entonces organizar una villa cuya inutilidad económica y dificultades de acceso la convirtieran en algo exclusivo.

Carlos Bozzi, Mar del Plata: ¿cien años de una ciudad sin futuro?



Una reminiscencia amable: el albor de una tarde de domingo, siendo ya Año Nuevo. En la mesa de la cocina todavia hay restos del festín. Mientras los hombres se acuestan a una siesta, mamá, la abuela y las tías comienzan a lavar los platos. Se hace todo muy sigilosamente, en un silencio casi reflexivo, como resignado, de final de fiesta. En el patio, la burbuja envolvente del sol invita a echarse una caminata por el barrio.

Cuatro de la tarde, hora de siesta. Mamá me toma de la mano, su piel huele a colonia y a pan de jabón. Mi abuela va despacio, tocándose el broche toledano que lleva en la solapa de la blusa, lado izquierdo. A mi derecha va un niño canijo sacando mandibula con un gesto perruno. En el trayecto ha improvisado un bastón con una rama de acacia, y pretende hacerse el hombre viejo. Vamos saltando las veredas, rehusando la calle todavía de tierra, con pistas de neumáticos en forma de zig-zag entre montañas de humus y charcos de agua de lluvia. Nos siguen los perros, y otros niños. Otras madres y otras abuelas y otros perros. El barrio empieza en la asfaltada y se acaba en el pinar.

Yo quiero ir al pinar. Me gusta el galpón donde venden fruta y verdura, no sé por qué. Es de chapa, con las paredes tapizadas de carteles arrancados y vueltos a pegar. Será que me gusta porque mamá me lleva de la mano y su piel huele a colonia y a pan de jabón y porque va cantando (mamá fue cantante, ella canta muy bien): Pasarán más de mil años, muchos más; yo no sé si tenga amor la eternidad… o porque en el fondo del galpón está el pinar. Mi primo va delante de todos, con su rama de acacia para hacerse el viejo. Es un niño raro.

La tarde del primer día del año de hace milenios ha vuelto involuntariamente, se me ha puesto delante de los pies como una culebra en técnicolor. Esto fue ayer, cuando andaba buscando barrios para hacer fotos y fotos para hacer barrios. Y ahí caí. Ahí me dí cuenta de que el cielo está muy alto en Mar del Plata, y esto es porque el sol alumbra de otra manera. En Madrid el sol alumbra tanto, que se cree que es fácil dar un salto hasta el cielo. En Mar del Plata no hay salto que valga, aquí el cielo nunca se alcanzará.

Exploramos la dermis, la pulpa urbana de lo que pudo ser Mar del Plata y nunca será. Mejor dicho la suburbana, que es donde se construyen las identidades y sus paradojas. Los barrios con sus chalecitos de medio pelo, las calles de tierra hoy ya asfaltadas, los galpones de fruta y verdura que hoy son losa, escuela o plazoleta. La Mar del Plata profunda que no sale en las postales, y ni siquiera en televisión. La Mar del Plata de mi reminiscencia amable, y la otra, no tan amable, de la barriada marginal. Esa Mar del Plata de los perros y los carromatos con un bidón de plástico para la venta, que como una Habana sin presentar, se esconde a los ojos del turista para que no vean que allí nunca se acabará la calle Florida, porque no puede acabarse algo que nunca se ha visto y no puede creerse en algo que nunca fue verdad.

El reloj de la Biblioteca de la ciudad, Leopoldo Marechal, sigue siendo el mismo que era hace veinticinco años. Un reloj que busqué de forma instintiva cuando ya iba siendo hora de irme y que encontré justamente encima de la pared, en el mismo lugar donde estaba hace veinticinco años. Las empleadas de la biblioteca siguen siendo las mismas, sólo que han enjevecido -como yo, como todo- y probablemente seguirán trabajando allí hasta que se jubilen. Los libros que dejé en sus estantes hace dos décadas siguen estando allí, en el mismo estante de hace veinte años, sólo que más viejos. Suerte que los archiveros han sido sustituidos por computadoras, que han agregado fluorescentes en las mesas de lectura, enchufes para las notebooks y que haya cuadros de artistas marplatenses en las paredes de la sala. El ambiente sigue siendo tan agradable y apacible como siempre.

Tengo la sensación de haberme materializado de repente dentro de un sueño que soñé en otro país en el siglo XXI, y que se ha vuelto real en 1986. Salvo por algún detalle, nada ha cambiado. Me siento casi como en casa, igual que me sentía hace veinticinco años. Como una estrella secundaria de Star Treck en el acelerador de partículas, o la chica que daba la bitácora de vuelo al capitán Kirk, dando de bruces en el banco de cemento donde me sentaba a fumar un cigarro, ojeando un apunte de Todorov. Y resulta que hoy, estando sentada allí mismo en similares circunstancias, he pensado que a lo mejor fue al revés, que quizá lo que haya sido un sueño sea ese otro país, el sueño de un país en el siglo XXI, algo que todavía no ha sucedido en Mar del Plata.

No resulta fácil atravesar la epidermis y ponerla en carne viva. Hacerlo puede resultar, como menos, incómodo. Puede que inclusive en algún punto vaya a sonar cruel. Para curarme en salud, recomiendo leer Mar del Plata: cien años de una ciudad sin futuro, interesante ensayo escrito por Carlos Bozzi en 1975, primer premio en el Concurso Municipal del Centenario, e inédito hasta 2005 por causa de la dictadura. En el prólogo se advierte que su publicación, llevada a cabo por la Subsecretaría de Cultura a cargo de Marcelo Marán, es un acto de reparación. Pero, ¿es sólo un acto de reparación? Cabe preguntarse si después de treinta años la ciudad haya cambiado tanto como para que Cien años… pueda pasar a la historia como registro de una realidad ya superada. O no.

Hubo antecedentes. Volviendo a 1986, quizá antes o después, en cualquier caso antes de la era internet, yo solía visitar mucho la Leopoldo Marechal, y recuerdo haber leído un libro que me fascinó: Mar del Plata, el ocio represivo, de Juan José Sebrelli. Si se escribió antes o después de la dictadura lo ignoro; lo que recuerdo es su certera disección de la Mar del Plata que está bien lejos de ser “la niña bonita de todos”, como la llama irónicamente Bozzi. Yo me crié en esa Mar del Plata. Yo nací y crecí en esa Mar del Plata. Como toda mi generación, yo respiré el aire opresivo de esa Mar del Plata sin encajes, y la vi declinar mientras crecía hacia los bordes, como la hierba brava o las melenas de los ochentones, sin control, y por puro descuido. También por necesidad.

La Feliz nace como espacio especulativo para el ocio de la oligarquía terrateniente de mediados del siglo XIX, y como punto estratégico de un ferrocarril inglés cuyo único objetivo será llevarse la materia prima a casa. La banca de Londres usará como gestores a los mismos de siempre, “altos dignatarios” y “próceres” cuyos nombres hoy adornan las calles de nuestra ciudad, extranjeros e hijos de extranjeros transplantados en el Sud por causa de la colonización. Cuando Bozzi define el destino parasitario de la ciudad, uno se pregunta quién parasitará a quién. Recordemos que en la simbiosis parasitaria se necesita también un huésped, y que su acción conjunta acaba, con el tiempo, por confundir los roles. ¿No es ésta la eterna historia de América del Sud?

Aunque la costumbre sea vivir del porteño, el autóctono no es porteño y tampoco es del interior. Es marplatense, lo cual lleva implícito el añadido de ¡Ay, qué suerte!, que mueve a todo foráneo hipnotizado por el mito de Mar del Plata como ciudad ideal, meca de la diversión y la bijou de plástico, oro falso que exhiben las vidrieras. En los años que llevo lejos de la ciudad, y a vista de pájaro, los cambios más llamativos son: que una vez al año hay un Festival Internacional de Cine, y que los pequeños propietarios que le vieron la veta a los alquileres de temporada, renuncian a ofrecer sus viviendas por los 24 meses que rije la normativa. Si hasta hace unos años Mar del Plata ya vivía de la especulación inmobiliaria, hoy no sólo la explota, sino que reduce, casi hasta la exclusión, toda posibilidad de residir en ella de otra manera que no sea pagando un dineral por una vivienda sin mantenimiento, en la casa de un familiar, o en un barrio de la periferia, donde los servicios básicos, como agua corriente, gas natural, cloacas y la seguriddad civil (hay muchos robos) escasean.

Primera salvedad: Argentina, el país del hágalo usted mismo 1. Ante la ausencia de oferta habitacional, las nuevas -y no tan nuevas- generaciones buscan alternatvas. Desafiando una idiosincrasia donde el hábito se impone al progreso, muchos se decantan por la bioconstrucción. Ya que Mar del Plata se ha extendido tanto, incordiando a una burguesía que no se hace cargo de su propia responsabilidad al respecto (¿pretendían que la ciudad se acabara en el Chauvín? Si no quieren villas de emergencia, señores, dejen de especular) resulta todo un puntazo la iniciativa de una arquitectura alterna. Así es, vuelven las casas de adobe. Las casas de botellas, las cabañas, los iglús. Aunque moleste a ciertos sectores, hay muchas cosas que deberían molestar más y siguen sucediendo porque en realidad convienen. A saber: si se salta la normativa vigente a la hora de cobrar el doble de precio por temporada a una familia que ha alquilado una vivienda por 24 meses, y todos lo encuentran normal, no veo qué puede tener de anormal construir una vivienda de adobe al lado de un chalet. Hablamos de un país inmenso en el que, al menos fuera de las zonas urbanas, no prima aún una legislación en materia de arquitectura uniforme. En Mar del Plata ya hay quienes saben aprovechar esta saludable ventaja. En Europa nos envidian.

Resulta paradógico que la villa germinal nacida como vía de escape a la oligarquía mitrista y rivadaviana, también de Alvear, sea hoy un hervidero de barrios periféricos, más llenos que nunca de ese “olor a inmigrante de la metrópoli (que) se volvía insoportable para ellos” (JJ Sebrelli, sic). Haciendo un ejercicio de comprensión, llevo meses preguntándome si existirá conciencia de que toda exclusión genera una fractura social cuyas consecuencias recaen no sólo en los excluídos, sino también en los excluyentes. Si a esto le añadimos que Mar del Plata es la ciudad con mayor índice de desocupación del país, el asunto se convierte en una bola de nieve. De ahí que Carlos Bozzi señale la necesidad de una política turística inteligente. ¿Qué tiene, pues, de feliz La Feliz?

Que yo recuerde, allá por los 70, y hacia el sur, Mar del Plata empezaba en avenida J.B Justo. Puedo decir que aunque haya nacido dentro de su jurisdicción, en realidad me crié afuera, en otra ciudad, aquella hasta donde no llega el EMTUR. Sé bien lo que es vivir en un barrio periférico hasta el que no llegan los servicios ni el transporte. Sé lo que es ser hija de un inmigrante. También sé lo que ser inmigrante. Con los años y los gobiernos, el barrio El Martillo se parceló, adquiriendo su propia idiosincrasia en microbarrios que se agenciaron nombre propio: El Progreso, San Martín, Martillo Chico, etc. Yo crecí en El Progreso, un barrio de inmigrantes tanto europeos como del interior. Éste empezó a crecer cuando se edificó la sociedad de fomento, de la cual mi padre fue secretario de gestiones. Con ella llegaron el asfalto, los transportes y se repoblaron los terrenos fiscales. Hoy día el barrio goza de todos los servicios, zona de comercio y tres líneas de autobus, y lleva ya varias décadas inserto en el marco real de la ciudad. Por supuesto, el pinar que tanto me gustaba ya no existe, y donde estaba el galpón de chapa ahora hay un chalet.

Con el correr de los años Mar del Plata siguió creciendo, urbanísticamente hablando, hacia límites insospechados. El adjetivo no es gratuito, si pensamos en un microcentro que no pasa de unas cuántas manzanas destinadas al consumo, y de una zona céntrica más bien residencial que está buena para dar un paseo, y poco más. Ésta es la Mar del Plata que podía preveerse; la otra, la de la periferia, la de los barrios desmelenados y grises, de los mono-blocks en cadena o las casuchas sin revoque y los terrenos baldíos, la de la pampa brava… ésa no resulta segura, enciende paranoias (a veces justificadas, a veces no) y siempre que se pueda, se hace lo posible por evitarla. E ignorarla.

Habrá quienes recuerden, como yo, aquel viejo slogan de uno de los dos canales públicos (que por lo visto siguen siendo dos): Desde Mar del Plata, capital turística del mundo, transmite canal 10, con un espacio musical de campanas y un parche publicitario que mostraba una vista nocturna de la costa, con su inefable sirenita. Desde mis cinco años hasta hoy, Mar del Plata lleva más de cuarenta pretendiendo ser la capital turística del mundo. Con la llegada del Dákar, las carreras de bicicletas por la famosa bici-senda con vistas al mar y el Festival Internacional de Cine, puede suponerse que si bien Mar del Plata está todavía lejos de ser capital de algo, al menos empieza a sonar su nombre más allá del Atlántico Sur. No creo en los cambios hasta que se admitan las limitaciones que puedan precipitarlo, y no es sino desde el reconocimiento de la verdad que puede construirse algo.

Así pues, se quiera o no se quiera, se sueñe o no con ello, y a pesar de su imponente osamenta calcada de las costas europeas, su ruido a todas horas y su ilusoria fiebre de consumo (consumo es cuando la oferta se disfruta, pero aquí consumir puede llegar a doler) Mar del Plata no es una ciudad cosmopolita. No fue diseñada para ello, y dudo si sabría cómo llevarlo. Peor aún: dudo que el turista extranjero -extranjero de verdad, no el porteño, el salteño o el cordobés- estuviera dispuesto a pagar por un café en un paseo peatonal asfixiante lo mismo que, por ejemplo, en Ibiza, teniendo la oportunidad de visitar costas mucho más limpias, de mejor clima y con servicios de mejor calidad que los nuestros. Basta con visitar cualquier hotelucho de la Terminal -con tres estrellas por membrete- para comprobarlo. Se habla de 30.000 plazas hoteleras, pero ¿cuántas de ellas están preparadas para recibir turismo internacional? Esa política turística inteligente debería empezar por la sencilla ecuación de que no es subiendo los precios como se compite, sino al revés. En este aspecto, Mar del Plata es el epítome de la filosfía argentina del pan para hoy, hambre para mañana.

Segunda salvedad: Argentina, el país del hágalo usted mismo 2. Ante semejante panorama, al autóctono harto y más que harto del mito de la ciudad balnearia con ínfulas de bataclana, proyecta y monta, o simplemente proyecta, su propio centro cultural. Para encontrarlos hay que arañar en la dermis, ir a conciertos, al teatro, exhibir la tendencia criolla al transnocheo en el café literario, en el pub o en el quincho de un amigo, preguntar, escarbar. Me contaban hoy de un centro cultural alternativo cerca del basurero municipal, en un lugar idílico muy al sur de la ciudad. Allí un señor donó sus tierras para la construcción de un centro cultural alternativo en el que no se descarta la construcción de viviendas bio. También al sur, en un barrio barrio bien cerca de El Progreso, hace poco se fundó el Museo Patafísico. La Estación Permacultural funciona en plena ciudad desde hace un tiempo. Allí se dan clases de bioconstrucción, se ofrecen talleres y se dan conferencias de permacultura. El etcétera está todavia por explorarse. Esa Mar del Plata sumergida y emergente que no sale en los diarios surge de la iniciativa barrial y a menudo desinteresada de personas conscientes de que Mar del Plata ni se acaba la calle Florida, ni se termina Biarritz.

El heterónimo La Feliz ha funcionado durante décadas como factor condicionante. Hablamos de una represión feliz, que es la peor y más eficaz de las represiones. Ahora que lo pienso, quizá no sea casual que esté leyendo Un Mundo feliz (cuyo título en inglés es Salvaje nuevo mundo, aunque la traducción latina haya preferido la versión somática de ese extremo mundo narrado por Huxley). Ya en los 70, Mar del Plata llegó a inspirar canciones emblema del pacaterismo pseudo-hippie, como Las olas y el viento (y el frío del mar, sucundún sucundún) de Donald, slogans publicitarios que vinculaban una caja de alfajores con los romances de verano, y comedias misóginas como La carpa del amor. Mientras Palito Ortega venía preparando el terreno ideológico con su himno a la felicidad, y eufóricas, algunas adolescentes daban saltos en sus sandalias de corcho cuando alguien ponía un disco del tucumano, yo no comprendía por qué todo se me antojaba tan aburrido, tan decadente y tan gris.

Y ahora, por fin, he de confesar algo. Si bien desde el principio pensé en lanzar sobre Mar del Plata una de ésas críticas despiadadas que tanto me gustan, veo que no lo he conseguido. Podría ir a más, pero llevo horas escribiendo y ya está bien. Para que conste que la quiero por lo menos un poco, diré que la primera vez que vi su silueta después de trece años, en todo su esplendor desde la ruta 11 y bajo un sol de noviembre, me eché a llorar. En el autoestéreo de un coche que no es mío sonaba una song pacata pero preciosa, de los 80 (ya saben que el sueño de otro país fue en el siglo XXI) y me asaltaron unos sentimientos contradictorios que, como todo lo que tiene que ver con la historia personal de cualquiera, no pueden explicarse, y aunque se pudieran, no se me ocurriría hacerlo por aquí. Porque Mar del Plata, además de lo ya dicho, es ante todo eso: la ciudad donde nací, y un sino temporal aunque eterno de ese siglo XXI de un país donde el futuro, como diría Janis Joplin, nunca llega a suceder del todo.

De vez en cuando, una vez al año y en Navidad, un niño que vive en el centro agarra una rama de acacia y se pone a saltar las veredas de algún barrio nuevo.

Para Claudio Orozco, In memoriam

8/4/12

Séptimo cielo (o delirio subterráneo)

… y Dios creó el séptimo cielo, diciendo: “dejad que entren todos”. E hizo que fuese vigilado por la puta y el avión.

Patti Smith



Todo el mundo es bueno. Todo el mundo vive en el mejor país del mundo. Argentina, España, Italia, Alemania, Canadá, Singapur, Sudáfrica, Irán, Chile, Burkina-Faso, Portugal, Venezuela, Arabia Saudita, Méjico, Japón, Suecia, Groenlandia, Nigeria, Mongolia, Holanda, Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Irán, Dubai, Marruecos, Guatemala, Cuba, Estados Unidos, Haití, Irlanda, Hungría, Israel… Todos somos buenos. Todos somos buenos, buenísimos; no hay país como el nuestro. Todo el mundo es bueno.

El apóstol Amstrong miraba la Tierra desde su puerto lunar y soltó un versículo memorable: “¡Vaya! ¡Tan grande que parece desde adentro y desde aquí no es más que una canica!”.

En La guerra del fuego, de Jean-Jaqces Annaud, unos neanderthales son atacados por una tribu hostil. Mientras huyen, el chamán pierde el fuego y la pequeña comunidad se ve obligada a enviar un comando de hombres jóvenes en busca de ese bien precioso que han heredado, y que no saben cómo producir. Durante su periplo en una tierra que desconocen, nuestros héroes están a punto de palmarla en varias ocasiones. Pasan hambre, miedo y soledad, se enfrentan a bestias salvajes, son capturados por enemigos, consiguen escapar y uno de ellos -el más apto- tiene tiempo incluso para enamorarse. Aunque en la película el fuego llega con el amor -en una analogía maravillosa será su amante sapiens quien le enseñe a hacer tanto una cosa como la otra-, no es éste el detalle que interesa, sino el carácter de viaje iniciático que tiene la búsqueda, y su consecuencia en la construcción de una nueva identidad. Tuvieron que salir de la caverna, sufrir un poco, enfrentarse a lo desconocido, y mezclarse con indivíduos diferentes a ellos para descubrir que el fuego no era una entidad increable, sino que podía fabricarse. ¿Qué hubiera sido de ellos si en vez de buscar nuevas fronteras hubiesen preferido quedarse en la caverna?

Me fui lejos, muy, muy lejos. Mucho más lejos de lo que todos puedan suponer. Mucho más lejos de lo que yo misma podía suponer. Y sólo ahora que estoy de vuelta comprendo lo lejos que está el sur. Para mí éste no es ningún viaje final, la Argentina no es un destino definitivo. Y siempre lo será, esté donde esté. La Argentina será siempre mi canica predilecta, pero me la tomo como lo que es: una canica, una más entre tantas. O sea, la única. Yo no dispongo. Hoy puedo decir, y lo digo encantada, que si tuviera que tomarme un avión mañana mismo me iría persuadida, por fin, de que no es el mejor país del mundo, sino solamente otro. Y el único. Esto, además de mi puerto, mi cuarto, mi bulo y mi demencia. El chip de la idealización facilona se me quemó el día en que aterricé en Ezeiza. No es mi idea atrincherarme en una casita hasta que me llegue la muerte, porque habiéndome ido tan pero tan lejos -casi como Amstrong- intuyo que no estoy en condiciones ni de atajarme ni de suponer. Esto me da paz.

¿Por qué te volviste?

Decime qué te gustaría oir, y yo te lo cuento. Quizá te gustará oir que fue porque en algún momento me agarré una mamúa y supe que tenía que volverme para levantar el país con vos. O porque me cansé de “tener que trabajar en cualquier cosa” (de lavacopas, por supuesto) echando a perder aquí una carrera promisoria como martillera o profesora de manualidades. O porque me harté de llevar cosido en la manga el estigma de sudaca. O porque me dí cuenta, al fin, de que nunca se puede estar mejor que en el país de uno, y que después de los palos que creiste entender que me daban ya tengo claro que la Argentina es, nos guste o no, el mejor país del mundo, lejos (de todo, de eso no te quepa duda). También te gustaría oir que la Argentina es generosa, solidaria, y que está creciendo como un enano en la cima de un árbol de calabazas. Y ya que viene al caso, que España se hunde, se hunde irremediablemente, que está como DiCaprio en la última escena de Titanic, cuando le da a la chica las directivas para seguir adelante, todo congelado él, entre azul y blanco. Muriente. Así como estaba la Argentina cuando ese diez por ciento hizo las valijas y se fue con lo puesto, igual que lo hicieron nuestros abuelos. Así como estaba de moribunda y hasta arriba de basura con sus perros muertos en las cunetas, con todo su material vendido al extranjero, con su corralito metafísico calcado a las medianeras.

Pero siempre lo negarás.

Creo que fue el apóstol Collins quien vio las naves, o fue otro -no me acuerdo el nombre- el que después de verlas, se volvió reverendo. Como diría Maslow, tuvo una “experiencia cumbre”. La cosa le pintó por el lado de Dios. Más o menos como el neanderthal de Annaud mientras veía a su chica hacer el fuego. Quién sabe si en ese mismo instante no debió haber perdido de vista la caverna pelada, y haya sido así como surgieron los bisontes. Todo es posible. Me gusta imaginar lo que debio pasarle por la cabeza al neanderthal en ese momento, el segundo en que se mezcló realmente con ella y el fuego y se produjo el salto evolutivo, el inside. Quizá tras el asombro y la euforia del descubrimiento, ya amparado en la primera chispa tecnológica y con el correr del tiempo, al neanderthal le haya caído alguna ficha. Lo supongo porque es lo que me pasó a mí cuando la vi desde lejos y pensé:

¡Vaya! ¡Tan grande que parece desde adentro y desde aquí no es más que una canica!

Podría hablar de las brújulas que se oxidaron, o se perdieron. De los relojes descartables que cuando se rompen, se tiran. De una guerra pintada sobre un lienzo interminable para la Gran Exposición de París. De gente educada en la creencia del pecado original robando libros por diversión, en la Gran Vía. Del pegaso que encontramos en un contenedor de basura, a las cuatro de la manaña, en el barrio de las Letras. De la diosa Atenea en la plaza de los búhos, estación Malasaña. De lo fácil que resulta comprar casi cualquier cosa hasta que te entren náuseas, sin que sepas por qué. Del jazz cantado por rumanos en La Mona Fundida, y los grasientos chiringuitos al final de la noche en las Vistillas. Del Va pensiero entrando en Alta Italia por Niza, la dolce vitta. De una plaza donde se puede almorzar con las palomas y una ciudad que a las diez de la noche queda bajo el agua. Al vaporetto se llega por los pasadizos que sólo conocen los hombres con sombrero. Las marionetas y las personas se miran con perplejidad a través de una vidriera en general sucia, y en el sitio donde hubo un baño, ahora hay una galería de arte. Podría hablar de las acequias que llevan a Roma, del ascensor fantasmal que se quemó en el incendio de Lisboa, de la elegancia fría, casi austríaca, del Piamonte. De San Père d’Artá, Regenbogen Fabrik y la mezquita sepulcral de Idris II. Del Montseny, los velos de las musulmanas en París y la luna llena, rota por una nube, en Vilanova I la Geltrú tomando Martini a veinte metros del mar. De los carozos de las aceitunas, que siempre van al suelo. De las tetas secándose al sol y de Andalucía mojándose a la sombra. Que nadie duerma, dijo Federico. Mientras escribo esto, cuatro gitanos se hacen unas pelas dando la espalda al séptimo cielo, sentados en una cornisa, y no se caen. Podría hablar de la noche más perfecta junto a una fogata, era agosto y comimos patatas asadas y vimos como todas las estrellas caían. De un digeridoo animando la fiesta alrededor del fuego, en Noya. Podría hablar del muro que derribaron en Berlín, o de la casa okupada por mujeres que llenaron de graffitis las paredes para dejar claro que hay vida, y niños, después de una guerra. De la constelación de Escorpio vista desde el Guadalquivir. De Orión en el Obredoiro. Del telar de Aranxa, en Taramundi. De lo triste que es el puerto de Génova, y de lo mucho que dura la ropa comprada en Milán. De los grilletes que todavía perduran en los muros del Escorial, y del alcázar de Segovia, donde todo el mundo sabe la cantidad de peldaños que lleva a la torre, pero nadie quiere asomarse a las mazmorras. Podría hablar de las cigueñas que anidan en los campanarios y decir que allí la luz del cuarto de baño siempre está afuera, que birome se dice boli, que una caña es una cerveza y que no hace falta dar las gracias para todo…

y aunque te lo dijera, y aunque te dijera esto y mucho, muchísimo más, no te habría dicho nada.

No te habría dicho nada. Podría pasarme noches enteras escribiendo enumeraciones de todo lo que vi. Podría contar docenas de anécdotas, describir colores, paisajes, encorsetar la Europa cutánea en una faja rioplatense de papel de diario y ballenitas de metal. Pero no te la puedo vestir así, porque no le haría justicia. Ella viene de España. Y de inmediato surje el automatismo, la mente hace click y se abre la ventana del concepto España. El concepto España con su consiguiente distorsión. España con su sino más bien choto. España sin Europa. España desembarcada en el Río de la Plata. España del pan negro. España del exilio. Surje la imaginería almodovariana del sofá de cuerina, las paredes empapeladas, el chamuyo escandaloso, la grasa en las mesadas... Lo dicho, podría seguir bocetando hasta que se me gasten los dedos. Pero nunca lograría aproximarme, ni tan siquiera lo más mínimo, a la España que conocí. Que nunca será la misma que la del primo ”que se forró” poniendo una heladería en el Barrio Gótico, ni la misma que la del ecuatoriano ambicioso que trabajó día y noche para comprarse un piso en el extrarradio. Ni la misma que la del magrebí en el paro que hoy duerme a la vuelta del teatro La Latina. El punto más interesante del conocimiento no reside únicamente en las cosas que has visto, sino en las que nunca llegarás a ver. Es lo que diferencia al habitante verdadero del turista con pretensiones de habitante.

Ella viene de España, es sólo un decir.

Lo primero que se advierte es el aire. No digo algo obvio: el aire es diferente. Realmente distinto. Es otro hemisferio, otra manera de organizar el mundo, otra forma de dosificarla dentro de los espacios construídos. El aire tiene otro rítmo, otra textura, otro brío. Otro olor. La luz es distinta. Y resulta que esa sinergia entre aire y persona genera una energía diferente. Mi primera impresión al bajar del avión fue de aturdimiento. Comprendí que remontar la sacudida inicial iba a ser un desafío, pero me propuse vencerla. Fue como domar un caballo salvaje. Cuando lo conseguí, supe que ya estaba lista para volver.

Me fui lejos, muy, muy lejos. Mucho más lejos de lo que todos puedan suponer, mucho más lejos de lo que yo misma podía suponer. Porque me fui dentro de mí. Y eso, sea por la razón que sea, es algo que nunca me pasó aquí. Yo fui a buscar el fuego, y lo encontré. Esto lo notarán quienes sepan de qué hablo; los que esperen una exhibición de pirotecnia… podrían quedar decepcionados.

¿Y por qué no te quedaste?

(JÁ!)

Porque el sur se acaba en el mar, que es donde empieza todo. Porque en el sur se calientan tres pavas y se vuelca el agua en un fuentón de alumnio. Se abre un pan de jabón y se baña a la niña, a ver el ombligo. Porque cuando nacés en el sur es como si vivieras colgando de un ombligo, y esto tiene su bonanza: aunque haga frío, el sur es marginal, sobra espacio para habitarlo. Villa La Angostura, fin de milenio. El meteorito cayó justo en el patio de casa el día siguiente a la noche de Reyes: era el verano del 74, y esa mañana nos prohibieron mirar al cielo porque había un eclipse. Una tromba de agua se desplomó sobre la tierra, todavía recuerdo la montaña de granizo contra la puerta. Arañas grandes como trompos cometa. Con envergadura corporal de yoyós. Arroyo Las Brusquitas, ¿existen los see monkies? Y esa iglesia en forma de iglú construída sobre un manantial. El pelado arrastraba su voz aginebrada; creo que voy a cortar los hilos que me tienen atado al cielo, decía, ginebraicamente; voy a dejar que se rompa el dique, no me preguntes por qué. Calle 27, una antes de Peralta Ramos, la presencia evocadora de un recuerdo del futuro: la muralla de piedra que impresiona a las niñas. La logia secreta del Martillo Chico. Banderas de la dignidad, muy usadas ya, en Plaza de Mayo. Para vivir aquí hay que saber abrir una brecha en la pared con el filo de una billetera. Un banquete en el taller de RAB hasta las seis, rodaba Greenaway. Y Charly me mostró todo el mar de primavera. Una noche sonó Wolfie, y los cielos y la tierra crearon a Dios. Esa puntita blanca que ves ahí, es el volcán Lalín. Verlo desde una cima no podía hacerme más insignificante. Buenos Aires, una especie de pacto doméstico con la ciudad. En el séptimo cielo los jaguares despiertan con los maridos que se van al monte. Un amanecer en ruta a la altura de Tres Arroyos. Luego, la luz. Los girasoles en flor contra el mar y un mar contra el alba y el alba encendiendo la tierra. Hubiera sido una buena foto, pero él dormía. La imagen indeleble de un campo de hinojos al sol. Tardes viendo los teros en Sierra de los Padres. Una nube de marihuana en la Biblioteca Juventud Moderna, año 86: la voz de Hebe hablaba alto y claro, sueño cumplido. Toma terrestre de La Vía Láctea desde la Pampa, a dos días de Carnaval. Y rezo. La murga le da pan al pobre, y el que no salta es militar. El 24 de marzo siempre llueve finito. En la cima del Uritorco todo es tan blando que dan ganas de saltar. Una feliz caladura de agua hasta la médula de camino al cerro, ¿y dónde están los OVNIS? En el hotel de Almagro fue amor, sí sí fue amor oh oh. Las araucarias. Rodar por los médanos. El archimanoseado sentido de la vida. Ufff… Dios. Cruzar la ciudad a pie hasta la costa, y de la costa a cabo Corrientes, y de cabo Corrientes a Ganímedes. Un San Pedro en la estación del ACA. Tortas negras de manteca después de la lluvia, mirá lo rojo que se puso el cielo. Al don al don al don Pirulero cada cual cada cual atiende su juego. Me sentaba en la escollera a imaginar qué había al otro lado, y nada se parecía a lo imaginé. Una calle de tierra, una huerta, un nogal plagado de gorriones una tarde de octubre. Paseábamos por Recoleta, era de noche y era Plaza Francia, cera perfumada en candelabros de forja. Burbujas de colores con aceites de incienso en la feria. El Abasto, los conventillos, el hombre que se quedó congelado en una vereda de la calle Santa Fe. Dónde van, aquí están los barberos de San Juan. Sólo podían optar y ellos prefirieron creer que elegían. Arboles frutales, gallineros. La liturgia de la carne tierna con un viento a favor. Piden pan no les dan, piden queso les dan hueso. Este país puede ser un hueso. Mil huesos. Un millón de huesos. No puede construirse un país si nosotros nunca somos los otros.

Podría pasarme noches enteras escribiendo enumeraciones de todo lo que sos. Podría contar docenas de anécdotas, describir colores, paisajes, encorsetarte en un traje de chulapa con un mantón de Manila. Pero no te puedo vestir así, ni asá, porque te vista como te vista igual no te haría justicia…

Argentina
Argentina
Argentina

(y además, la noche más perfecta todavía no ha llegado).

Argentina, ya estás grande para que te llame así, a partir de ahora voy a llamarte Argenta. Bienvenida a mí.

12/3/12

Mar del Plata (I)


Tomé la costa de este Río de la Plata en la mano, unas veces a la vista de la costa, y otras metiendome cinco o seis leguas tierra adentro. Fui a dar a la costa del mar del norte, de sesenta leguas del puerto de Buenos Aires. (Juan de Garay, 1540)


Trato de imaginarme cómo debía ser la pradera antes de que se pusiera el primer ladrillo. Cuentan que la playa estaba llena de lobos marinos, y que los indios usaban el cuero para hacer alforjas y venderlas en Buenos Aires. Cuentan que el viento era fuerte, y que ya desde el primer momento se supo que la costa iba a dar bonanza.
Llegaron los jesuitas con su plan de ajuste ideológico. Aunque intentaron reducir a los indios, asegura el padre Cardiel que estos resultaron ser inconvertibles. Las tribus de pampas y serranos venían criando ganado nómade desde tiempos inmemoriales, antes de que llegaran los invasores. Cuando no se pudo reducir o esclavizar, hubo que negociar. Las reducciones jesuíticas fueron saqueadas, quemadas y finalmente expulsadas hacia 1751 por el llamado cacique Bravo.
La naturaleza es sabia, levantó un fortín para detener la embestida del océano. Una pradera altamente codiciable en forma de lomada, un jardín salvaje para desbrozar por los nativos. Nomás verla debieron imaginársela como yo me la imagino ahora: cabezas de ganado hasta el horizonte, miles de cabezas, leguas de cultivo. Las tierras del rey. La costa galana mencionada por Garay hacia 1519 se convertiría en territorio satélite del Virreinato, esas tierras misteriosas al sur del rio Salado, muy al sur del puerto de Santa María del Buen Ayre.
El Virreinato se acabó oficialmente en 1816. Antes de eso, los pioneros del Imperio en las Américas recibían de su majestad unos tributos llamados mercedes -básicamente, latifundios-, que al producirse la independencia pasaron a manos del estado, el cual decretó una llamada Ley de Enfiteusis. El entonces presidente Bernardino Rivadavia ofreció esas mercedes como garantía del empréstito negociado en Londres por la Barney Brothers, con la intención de atraer a los agricultores. La Sociedad Rural Argentina solicitó 367.000 hectáreas entre Balcarce y Quequén. Se las concedieron.
No hará falta aclarar que a estas alturas de la historia lo único que pudo reducirse fueron los lobos marinos.
Surgen las estancias y las chacras. Son tiempos de gaucho buscador del jornal y mano de obra a destajo, un siglo que se adivina a si mismo por la identidad de un capitalismo en ciernes. De lo grande a lo pequeño y de lo pequeño a lo grande, la pradera bañada por el océano comienza a fructificar. Juan Manuel de Rosas, el gran dictador de las pampas, ha ganado para siempre la hegemonía económica, cultural y política de la provincia de Buenos Aires sobre toda la República. Se hace necesario civilizar, domar, extirpar la sombra brava del indio, la mata genética que, aún dando la idea, igual no podía durar. Julio Argentino Roca hará el resto con su campaña de león del desierto sudamericano, limpiando de malones el país nuevo, de sur a norte y de norte a sur, donde se criarán generaciones de proscriptos por el amor desolador entre nativas y criollos a la intempérie.
La República es un caos, pero no es un caos. En realidad, la República está en auge, y la pradera bañada por el océano, promete. Se venden las estancias de los opositores al régimen, los Libres del Sud, que son compradas por inversores más sagaces como -para que se entienda- fondos buitre. Un tal Coelho de Meyrelles le ve la veta y decide, con el apoyo de Brasil y Portugal, invertir para la creación de un saladero en la costa satélite de los pioneros rioplatenses. Y así comienza la historia de Mar del Plata.


El saladero se funda hacia 1856. A la altura de Punta Iglesia, junto al mar, se instala la planta manufacturera. Se me ocurre una imagen insólita, un sueño turbador muy a la manera del pintor Bacon: vacas pasando en hilera, cabeza abajo, listas para ser desnucadas, degolladas y cuereadas. No puede ser un paisaje más contradictorio: mientras se oyen los mugidos, al otro lado del muro rompen las olas. La carne se deja en salmuera durante cuarenta o cincuenta días y luego se la embarca sin envasar con destino a Cuba y Brasil como alimento para esclavos. Con Europa no hay la misma suerte: en Inglaterra llega a publicarse un edicto de prohibición por causa de sus deficientes condiciones bromatológicas.
Pero no importa, porque el saladero proporciona trabajo a parias y criollos. En sus primeros tiempos la población de la ciudad germinal será una sumatoria de hombres solos procedentes de otros puntos de la República. Nace el poblado y el primer almacén de ramos generales, la pulpería, y quién sabe si no el primer prostíbulo. Cuentan que en pleno verano Meyrelles tenía la costumbre de vaciar su caja de habanos paseando por la costa en plena noche. Quizá el producto de sus meditaciones marítimas haya dado el filón para la ciudad balnearia que surgiría después. O fueran otras sus cavilaciones, tal vez la proyección de un puerto futuro, un hotel de lujo, o a lo mejor nada, y su recogimiento no pasara del mero impulso sentimental por ver la luna metiéndose en el mar. Nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos es que Patricio Peralta Ramos, importante latifundista porteño, no era nada sentimental y sí un visionario. Estando Meyrelles ya viejo y endeudado, le compra el saladero y pide al entonces intendente de la pequeña ciudad que se le permita llamarla Mar del Plata.
No podía haber sido más oportuno: con la llegada del ferrocarril en 1886, y siendo la villa balnearia más prometedora al sur del río Salado, era de esperarse que atrajera el interés turístico del rancio abolengo rioplatense. Pedro Luro, otro emprendedor, se hará cargo del saladero, la grasería, el molino y un nuevo muelle. En 1887 se funda el hotel Bristol, primer intento de abducción habitacional para la crème de la crème que no posee aún su residencia en el enclave original de la pradera. Y por supuesto una capilla, “para los allegados”. Los planos se piensan en Europa y se diseñan en la ya pujante república. Mucho más tarde, hacia 1928 y bajo la presidencia de Alvear, el país ostentará un aumento en la renta nacional de casi cien millones de pesos oro, todo un record para la época. Los ricachones pasan largas temporadas en el fortín donde la naturaleza atasca la embestida del océano, a distancia razonable de la planta manufacturera. A sus mesas de manteles traídos de Inglaterra la carne de res llega ya cocinada y aderezada, se evita en lo posible la sugestión de la sangre que produciría la visión del matadero. De la mañana a la tarde se visita el balneario: no se juntan mujeres y hombres en la playa, ni se permite mostrar partes del cuerpo. En sus mangrullos de lujo se juega al bridge, se habla de literatura, del can-can, del Pigalle, de los castillos del Loire y de la bolsa. Seis meses en la villa y otros seis junto al Río de la Plata. Así hasta el 29.
Quién te ha visto y quién te ve, con la caída de la Bolsa de Nueva York algún magnate se presentará en quiebra y muchas mansiones se entregarán en subasta. El hotel Bristol empieza a perder clientela, y finalmente sale a remate. Durante décadas irá pasando de mano en mano, hasta que decidan demolerlo y construir, contraviniendo las leyes de construcción, el actual Bristol Center, un edificio de treinta plantas, puntero de una larga serie de rascacielos. Corre el año 64 y Mar del Plata -La Feliz- es ya toda una señora ciudad. Hace mucho que los viejos hoteles de la bèlle epóque han sido adquiridos por gremios y sindicatos, tiene su paseo marítimo definitivo, un turismo accesible a todas las clases, un Casino Central, y es la capital marítima más importante de la república, con cuarenta kilómetros de costa y un puñado de torres de asbesto y metacrilato ahogando las casonas solariegas de su primer esplendor.
Final de la reseña biográfica.


Desde la pradera primigenia hasta La Feliz babilónica, resplandeciente y kitch de principios del siglo XXI, han pasado ya ciento cincuenta años. Las fotos ilustran parte de la fortaleza felicíaca, un segmento saludable, suntuoso, de su epidermis urbana. Del tentáculo suburbano ya se hablará en otra oportunidad; ahora cabe explorar su cutis, lo que se ve a simple vista, siendo, como es y será, una ciudad para el ocio, con una acotada oferta cultural y un microcentro contraído que no puede expandirse más porque no hay por dónde expandirlo. Porque es inútil, por muchas vueltas que se le dén, Mar del Plata, la bonita, ostenta tanto las cualidades como las limitaciones de una ciudad balnearia. En lo personal me llama la atención su ya endémico conflicto entre el conservadurismo provinciano y la necesidad de echar raíces en el aire. La especulación urbanística ha ido comiéndose poco a poco su arquitectura original para ceder espacio a moles de treinta pisos, muy rectangulares y muy grises, donde cada verano sus propietarios arrendan su cubículo a los turistas y se van bien lejos - aunque sea a una jaima- regresando a fines de marzo con todo el dinero en mano.
Todavía se conserva alguna casa solariega de ésas que animan mis fantasías cuando voy inspirada por el efluvio de los tilos. Se yerguen con elegancia, no sin austeridad, entre los chalets de piedra y jardín que constituyen la verdadera arquitectura urbana de la Mar del Plata donde me crié. Son casas que fueron construídas en los años 20, con una tendencia a buscar los espacios aéreos, la galería semi-cubierta, el soportal de madera enjaretada con vistas a los atardeceres de mateada en sillas de mimbre. Luego están las otras, las de piedra, altas moles cuadrangulares de enhiestas ventanucas con persiana amarilla y, por supuesto, ancho zaguán con primorosa lámpara. Se conservan también algunos ejemplares de estilo colonial -todas lo son, en realidad-, esa dialéctica arquitectónica tan americana entre la textura del adobe con el formato del caserón castellano. O los palacetes estilo normando, con sus torrecitas de pizarra todavia hoy tapizadas de hiedra o siemprevivas. Recuerdo el último castillito de mi infancia, allá por los 70, en la loma alta de Santa Cecilia. Era como un diminuto alcázar de Segovia. No lo he vuelto a ver.
Tengo que hacer un esfuerzo mental para integrar la torre de Villa Devoto con el edificio que está a sus espaldas. Ese edificio me molesta. No me permite apreciarla. No me permite amarla del todo. Ojalá fuera algo tan banal como el simple motivo estético. Ojalá fuera únicamente estético, y ojalá detrás de lo estético no hubiera nada más. Pero lo hay.


Durante la temporada muchos residentes prefieren irse de Mar del plata, volar bien lejos, a los barrios o a rincones más tranquilos del país; huir de su cultura kistch, pirarse de sus esquinas asfixiantes que huelen a gasoil y a Sapolán mezclado con sudor. Aunque bajando desde la Base Naval el paseo marítimo sea realmente espectacular, comparada con el Mediterráneo nuestra costa puede resultar decepcionante. La temperatura del agua no llega a ser tan fría como el Cantábrico, pero hay que tener mucho valor para meterse a principios de verano. Hay quienes atribuyen el color del océano a la suciedad, pero esto es cierto sólo en plena urbe: no hace mucho un biólogo marino me explicaba que el color parduzco se debe a la plataforma marítima, que es muy inestable, con arenas gruesas que no permiten el asentamiento. Asimismo, y por su condición de pradera, la plataforma continental contiene partículas de humus que llegan hasta el mar. No porque sí ya en el siglo XVI, Magallanes bautizaba a lo que es hoy Punta Mogotes como Cabo de Arenas Gordas.
Desconozco en qué época despunta el bataclanismo veraniego y la cultura de la vedette, aunque es de suponer que tendrá su relación con la costumbre vernácula de importar todo lo que venga de Francia, y la ausencia -tanto o más decepcionante que el color del mar- de protestas anti-sexistas. Mezcla de cabaret, teatro de varieté, grotesco italiano, picaresca prostibularia y music-hall, la revista porteña llega a La Feliz todos los años con los estrellones sexagenarios de siempre y sus cortesanas cubiertas de lentejuelas, cada cual más idéntica a la otra por obra y gracia del mismo cirujano, e idéntica marca y formato de la prótesis. Pero la revista tiene, como se diría en España, su puntillo, es única, y como toda insitución y toda perfecta imitación, permanece inalterable. Tanto que se ha vuelto marca de fábrica, y no pueda concebirse un verano sin revista. La Feliz no sería lo mismo sin sus vedettes, sus cola-less y sus precios en pugna con cualquier chiringuito de Niza.
Tampoco puede concebirse una Mar del Plata sin Casino. Éste se construyó hacia el año 38. Aunque no se trate únicamente de un Casino -son dos bloques edilicios que suman, además, un hotel, un teatro con sala de exposiciones y cine, una galería de arte, un piso de deportes y múltiples dependencias de la Provincia- no hay humano nacional o foráneo que al llegar a Mar del Plata no quiera conocer el Casino, su norte medular. Viene a ser nuestra Notre Dame, nuestra catedral di San Marco, nuestro Corcovado, nuestro bastión simbólico y tótem particular. Aunque debería ser un buen punto de referencia para quedar con alguien, no lo es. Más bien pareciera un holograma que un edificio real, algo que funciona como una muralla forzada, construída a propósito, una fortaleza de piedra sacando pecho al océano cuya única utilidad -más allá de lo obvio- podría ser, Dios no lo quiera, hacer frente a un tsunami de proporciones tailandesas.
Y no es tanto el diseño -yan a más no poder, dando la imprensión de infranqueable- como su abandono, lo que impresiona de los dos grandes bloques que constituyen la puerta de acceso a nuestra pequeña gran Babilonia. Si bien su arquitectura puede resultar atractiva, no deja de sorprender que lleve décadas sin mantenimiento… y que aún así se mantenga (está bien hecho, qué duda cabe). Lo contruyeron, evidentemente, para que durara ad aeternum, de tal forma que el color ocre de los ventanales sigue siendo el mismo que se utilizó para su inauguración, y hoy los funcionarios de ordenanza echan suertes apostando a ver hasta cuándo aguantarán sin caerse. Por lo que he visto su estado sigue siendo óptimo, y esto a pesar de que no ha cambiado nada en absoluto desde que me fui. Y eso que me fui y volví tres veces, pero el Casino sigue igual. Seguirá igual por los siglos de los siglos. Estoy segura de que no va a caerse nunca, de que nos salvará del tsunami, de que la ciudad y sus habitantes -unos setecientos mil, más o menos- podrían desaparecer, pero no el casino. El casino, nuestro casino, nos da garantía de existencia.
Hubo, en otro tiempo, una rambla de madera que se quemó. Su leyenda: Alfonsina Storni, la poest-isa suicida, se paseaba a su vera con un pañuelito de seda flotando en el adiós. Si fue verdad o no nunca lo sabremos, así son las leyendas. Antes de que se contruyera la definitiva, hubo cinco ramblas. Ya se sabía entonces que Mar del Plata sería la reina el Atlántico, se preveía su destino de principal centro turístico, ya sostenía su corona de granito. No sé, exactamente, cuándo se le puso el heterónimo -La Feliz-, aunque es más que probable que fuera hacia los años cuarenta, quizá antes, cuando las chicas llegaban del interior para casoriarse con un casinero, un constructor o un inmigrante italiano que trabajara en altura. Había que saber bailar el tango, la milonga, el swing. Ponerse de novia con un morocho canyengue parecido a Clark Gable y pasear por la rambla bien agarraditos. Eran los tiempos del club social, las polleras de organza, la murga callejera y el sueño del chalecito propio con piedra a la vista, que copió el estilo pintoresquista de las casas solariegas. Buenos tiempos. Tiempos de bonanza.
Quién sabe cuánto hará que los lobos marinos fueron confinados a una reserva junto a la escollera Sud, pero su recuerdo permanece inalterable en las dos moles de piedra esculpidas por Fioravanti, con algún graffiti por pelaje. Pandillas de pibes en gorrita hacen skype día y noche sin saber que a pocos metros de allí, hace muchos, muchos años, las vacas morían bien gordas.

Mar del Plata es marzo es bruma celeste y… ¡ al fin!, sosiego. (RAB, 1983)

28/2/12

En la boca del diablo

A la memoria de Lucas Menghini Rey y de las víctimas de la tragedia en Once. Dedicado también a los activistas de todo el mundo que luchan por los bienes de la Tierra.


La mujer del pantalón de fajina se tumba en medio de la ruta resuelta a cortar el paso a los camiones. No hace nada, no se mueve, pero se retuerce y se mueve, lucha. Igual la sacan. Ciego de rabia -o de miedo- un ezbirro de la Barrick Gold se arrebata delante la prensa. Levantan a la mujer entre dos hombres y la dejan a un costado de la ruta como un fardo. Ella se levanta y vuelve a tumbarse delante de los camiones. Los hombres vuelven a sacarla. Mujer de pelo largo con pantalón de fajina.

En El Dorado el agua vale más que el oro. Esto no es una epifanía revolucionaria, aquí se lucha por el agua.

Los restos de una mina abandonada en la provincia de San Juan, Argentina, allá por el 46. Un viejo ingeniero de piel oscura se pasea tristemente por los restos de un cenagal de agua y azufre: “Ácido sulfúrico”, aclara. Nada crece allí, todo está muerto.

Al norte de la América oscura, un señor muy blanco de mirada vacía, de apellido Munk, bendice el yacimiento de oro que Dios ha puesto para él en los Andes “donde nunca habrá esperanzas de salir de la pobreza”. No habiendo esperanzas no tiene por qué haber culpa, la masa anónima de vivientes resignados a su extinción -según él por voluntad de Dios, in God we trust- justifica la acción y la convierte en daño colateral.

El Dorado existe: para arrancarlo de la tierra harán faltan cincuenta millones de litros de agua al dia. Mientras en el resto del planeta se habla de escasez y de consumo responsable, en los Andes el agua abunda. Sólo que no se usa para saciar la sed de sus habitantes -que siempre serán pobres por mandato de Dios y del Rey Blanco-, sino para sacar el oro. La pólvora se usa para hacer estallar las montañas. El cianuro se usa para contaminar las aguas, sacar el oro y matar a la gente que siempre será pobre por mandato de Dios y del Rey Blanco.

Se ha cumplido la profecía: hemos hallado el tesoro. Amén.


Vaya un chiste para espantar la mufa. Se encuentran el ministro de Obras de Italia con el ministro de Obras de Argentina en el despacho del primero. Viendo el argentino que allí dentro todo es de oro, le pregunta al italiano: “¿Cómo hacés?”; y el italiano le señala un puente majestuoso al otro lado de la ventana: “¿Ves?, la mitad está ahí”, y se da un golpecito en el bolsillo: “Y la otra mitad está acá”. Meses después se encuentran el ministro de Obras de Argentina con el ministro de Obras de Italia en el despacho del primero. Viendo el italiano que allí dentro todo, hasta el papel es de oro, le pregunta al argentino: “¿Cómo haces?”; y el argentino señala a la ventana. El italiano mira, pero no ve nada; entonces el argentino se da un golpecito en el bolsillo y le dice: “¿Ves?¡Está todo acá!”.

Lo que tienen los mitos es que permanecen inmutables, sea quien sea el que gobierne. Para eso son mitos. Pareciera, inclusive, que no importara mucho quien gobierne, que ciertos destinos estuvieran ya trazados de antemano, que el traidor tuviera solamente que esgrimir otra bandera y comprar su derecho al liderazgo prometiendo el líquido vital en lugar de hot-dogs. Una cámara astuta registrará su sonrisa infame a la hora de defecar sobre aquellos que dejaron en sus manos la salvación del agua.

En Argentina la plata vale más que el agua. Como las transnacionales sacan el mineral sin pagar impuestos en Aduanas -o sea de contrabando-, es normal que en Europa o en la América del Rey Blanco, un anillo de plata cueste la mitad, como mucho, de lo que podría costar en el país abastecedor.

Si bien la manipulación de la prensa es perversa, es fácil convencer a un pueblo cuando éste carece de referentes. Lo cual halla terreno propicio en la complicidad de una masa cómodamente instalada que se limitará a callar, mirar por la ventana y seguir apoltronada en el sillón de su indiferencia, insistiendo en que al otro lado de la ventana hay puente, y que si no lo hay no importa porque ellos viajan en avión.

¿Es el señor de la sonrisa infame el principal responsable de sus muertes?

No muy lejos de mi casa un vecino quema basura en el campo de al lado. Vivimos en una reserva forestal, un lugar de privilegio. Si se compara con los campos de Castilla donde para hacer crecer unas patatas se necesita alta tecnología, la Pampa húmeda es el Jardín del Edén. Aquí la tierra se tiene en abundancia, y no se tiene. Se tiene hoy, pero ¿se tendrá mañana? No se puede imaginar nada más allá del horizonte, porque desde que existe El Dorado, detrás del horizonte nunca hubo otra cosa que horizonte. Y seguirá siendo así por los siglos de los siglos.

En Argentina los perros andan sueltos y los perros mueren sueltos. Nunca falta algún perro muerto en alguna cuneta: se sospechan en el aire, pero no se ven. Huelen, los perros, como el Emisario Submarino que vierte en el mar los deshechos de toda una ciudad de más de medio millón de habitantes. El Emisario es un tubo gigantesco que, a falta de alta tecnología de purificación de aguas residuales, se hunde en la plataforma marítima y la deshecha allí -dicen que tratada. Como suele suceder en estos casos, el gobierno alega no tener presupuesto para adquirir un sistema no contaminante. El resultado es la contaminación irremediable del mar y del aire, que cuando sopla el viento malo trae un aroma nauseabundo al que todo transeúnte se acostumbrará, especialmente los niños huérfanos de APAND, cuyo campo deportivo está a un kilómetro del tubo.


La saga escatológica no es un hecho aislado, sino una cuestión doméstica. A saber, me cuentan de un poderoso constructor que tiene una mansión en el barrio Atlántida, Santa Clara del Mar, que es donde vivimos. Yo la conozco, es una casa monumental. Cuando se le llena el pozo séptico, el señor vierte sus desperdicios directamente en la calle. Es nuestro emisario submarino particular. En la entrada de su casa hay un cartel prolijamente tallado en madera que reza: “Cuidado, niños jugando”.

A falta de oro, plata, cobre y demás minerales -ya hemos visto que los devoran los de afuera- en Argentina lo que sobra es la chatarra. No hay vecino que no acumule chatarra en su propiedad, y la revenda a precio de pepita. Mientras en Europa los coches se descartan en cementerios de chatarra -que es un decir, porque nunca llegan a ese estado- acá la venta de dicho material es todo un negocio. Cuando no se le da al hierro viejo un destino creativo, su reciclado no es una cuestión de conciencia sino de necesidad. Ni hablar de los muebles viejos y, por poner un ejemplo, los enseres de cocina usados: lo que en Europa se tira aquí se revende, muchas veces al doble de precio conque podría adquirirse allí cualquier mueble a estrenar.

A estas alturas el recién llegado meditabundo habrá notado, no sin perplejidad, que quizá la punta del ovillo no comience en la transnacional sino en casa. Es decir al otro lado de la medianera, en el no-límite de un Edén impreciso entre horizonte y horizonte. Es ahí cuando el recién llegado recibe con alivio emocionado la acción de la activista con el pantalón de fajina cortando la ruta a los camiones, casi como un enigma en medio de la barbarie. Como una pepita de oro -valga la paradoja- entre la chatarra humana que deambula estupidizada por el paseo turístico de un agradable pueblo pampeano a orillas del Atlántico, intentando ignorar lo que debería mover a una revolución.

Pero volvamos al norte argentino, a los valles calchaquíes, a las montañas policromas que salen en las postales con sus cactus enhiestos y su desierto lunar. En ese desierto en cuyas entrañas hay todo tipo de minerales -oro, plata, cadmio- han vivido durante generaciones pueblos de etnia diaguita y calchaquí. También vivían allí los Quilmes, de cuya cultura se conserva un cementerio. Si bien su medio de vida era la ganadería, hoy día el ganado se les muere a causa del agua contaminada por el cianuro. Las personas beben la misma agua que los animales y mueren como animales, sólo que más lentamente (de cáncer, por ejemplo).

No hará falta mucha sesera para comprender que los manantiales putrefactos que se ven en la película de Pino Solanas (1) en la que está inspirado este artículo, o en cualquier video de YouTube, no puede ser jamás manipulación de ningún grupo corporativo, sino producto de una realidad que no sale en la televisión. Basta con tener ojos para verlo y llegar a la conclusión de que somos víctimas propiciatorias, a conciencia y por negligencia, de una tomadura de pelo criminal.

Esto no es una epifanía revolucionaria, aquí se lucha por la vida. Aquí la crisis es parte de la naturaleza. Una naturaleza inmensa y riquísima que no osbtante sí tiene límites, sí que puede agotarse.

Pero mejor no mirar. ¿Quién querría asomarse a la boca del Diablo?

Hubo en el siglo pasado, a mediados de los cincuenta, una epifanía inolvidable incluso para aquellos que no la vivimos. Hubo una exhortación, una gesta histórica, una masa crítica que cambió para siempre el destino de este país. No se interprete esto como un elogio de su ideología sino como señal de fuerza y esperanza de un pueblo. Me cuesta comprender cómo el mismo pueblo se ha vuelto, hoy, incapaz de salir a la calle en masa para repetir esa gesta por razones vitales -el agua es vital-, cuando lo que les pasa a los catamarqueños podría pasarnos a nosotros cualquier día de estos, y cuando sabemos bien que la Argentina está siendo vampirizada y saqueada allí donde se vaya. Cuando hay gente que muere. Cuando hay cientos de miles de kilómetros de territorio nacional expuesto al rapiñaje extranjero bajo el consentimiento de sus dirigentes y el yo no sé y te paso la pelota de intendentes y gobernadores.

Parece que ciertos colectivos sociales se hubieran acostumbrado a la humillación de la compra-venta, o trueque, de objetos inservibles. Sería bueno detenerse un momento en la reflexión de que vender, alquilar o regalar objetos destrozados humilla a las personas, las decanta, y a la larga no proporciona ganancia a ninguna de las partes. Si tanto nos jactamos de nuestra paradigmática solidaridad, estaría bien que empezáramos por no traficar con bienes que si no pueden ser usados en casa, difícil que puedan usarse en casa del vecino. La institucionalización de la miseria justifica que el pobre viva del pobre, y que el clase-media se aferre a su propiedad con una suspicacia que en vez de dignificarlo, lo precipita en la mezquindad.

¿Será ésta la verdadera razón de nuestras desdichas, ésas que siempre achacamos a los gobiernos? Mejor ni pensarlo: ¿quién querría asomarse a la boca del Diablo?

Todo lo que no se suelta, todo lo que se acumula por miedo al fantasma de viejas tribulaciones, se expande por el aire y se percibe como una cataplasma invisible. Para muchos no parece haber posibilidad de renovación; a lo sumo se echará mano del reciclaje o la chapuza¬: la verdadera pobreza es pragmática, no se va con devaneos estéticos. La pobreza preserva hasta las últimas consecuencias, hace callo, se fenomeniza el síndrome y se instala como parte de una realidad embalsamada, de un campo que nunca va a sembrarse, de una casa que nunca se acabará. La frontera entre pobreza y dejadez sigue siendo difusa.

Alguien dijo que éste es un país libre: somos los pibes de la humanidad.

Hace pocos días un tren de la línea Sarmiento, en Buenos Aires, se estrelló a 26 kilómetros por hora contra la barra contenedora de un andén. Murieron cincuenta personas, incluido un niño. Llaman a un experto y el hombre asegura, excitado, que a tan baja velocidad un tren en condiciones no puede replegarse contra sí mismo como un acordeón, que es lo que pasó en la tragedia de Once. Si sucede será por el deterioro natural que sufren los materiales por el uso, detalle que en Argentina suele pasarse por alto: como dije, la cultura de la chatarra está tan incorporada que no se nota hasta que la sangre llega al río. La gente lo acepta como parte de su sino. Viajar hacinados en trenes y autobuses también es parte de su sino, a nadie se le ocurriría pedirle al mótorman que cierre la puerta cuando suben, o quejarse por el hacinamiento. Los niños no constituyen un obstáculo. Los ancianos tampoco. El hierro se mezcla con las personas, con el hedor incierto, amargo de la chatarra, con la basura inidentificada de rincones y engranajes.

Cuando alguien les diga que tienen derecho a exigir un trato digno, no se lo creerán. Seguirán subiendo a ese tren porque es todo lo que tienen. Seguirán subiendo porque la ciudad es grande, grandísima, y llegar tarde al trabajo puede significar el despido. Seguirán subiendo porque siempre ha sido así y seguirá siendo así por los siglos de los siglos. Seguirán subiendo porque siendo las fronteras tan lejanas, tan inalcanzables, a nadie le importa cómo será en otro lugar, porque ese lugar nunca va a alcanzarse, y si se alcanza será por la inercia de un tren que no se detiene y se estrella contra un andén.

Lucas Menghini Rey tenía veinte años. Ahora que ya tenemos mártir, ¿podemos bajarnos del tren? (2)


Mientras pienso en todo esto, las nubes avanzan por el cielo a velocidad sorprendente. Por ahí suena la Cueca de la frontera, y me pregunto dónde estará la mía, hasta dónde llegarán las tierras de El Dorado, de quién serán y qué significará ser argentino, si es que significa algo. El viento sopla fuerte.

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(1) Tierra sublevada: oro impuro, de Pino Solanas (2009)

(2) La sangre llegó al río: ordenamos la intervención de TBA, la empresa concesionaria.