24/12/14

Parado sobre su coliflor


Era un muchacho joven que venía de una ciudad del norte del planeta. Tenía un corazón tan grande como su sonrisa. Sus ojos brillaban de contento mientras se acercaba cruzando el terreno donde me encontraba sembrando. Cuando llegó a mi lado me preguntó dulcemente: "¿Puedo ayudarte?". Yo le respondí con otra sonrisa: "Sí, pero, por favor, primero bájate de mi coliflor". No se había dado cuenta de que, en su camino, había matado varias docenas de coliflores recién trasplantadas y, finalmente, se había quedado parado sobre otra.
No se trata sólo de tener la más pura intención, se necesita también una mente amplia y sin dogmas, que nos permita evaluar honestamente el posible daño de nuestros buenos propósitos. Primero, hay que ver dónde estamos parados. Para algunos, es fácil borrar 5000 años de cultura; para otros, estos últimos cinco siglos sólo han sido un pequeño tiempo oscuro. Así, quiero decirles entonces a todos los queridos hermanos que desean "darnos una mano", que primero hay que mirar bien dónde estamos parados.


Alonso del Río. Tawantinsuyo 5.0
Lima, 2007

16/12/14

Argentina: ¿tierra sin matices?


Poca gente en Argentina está dispuesta a debatir sobre cuestiones políticas. Es lamentable, si pensamos que eso se extiende también a otros contextos. Hay un miedo atroz a la reflexión, al pensamiento propio -que no se puede alcanzar a menos que se haya alcanzado antes un sentido real de la libertad personal-; a la creatividad por mano propia, a la ruptura de los formatos establecidos. En Argentina no se debate, ni siquiera se confronta: yo diría que más bien se en-frenta. Por eso terminamos todos a los palos y dejamos de hablarnos con el contrincante cuando no está de acuerdo con "el relato". Las ideas han pasado a convertirse en "relatos" la mar de las veces absolutamente subjetivos, donde poco importa cuál sea la verdad y cuál la mentira, sino sólo el relator en cuestión.
Obviamente, sé que al decir esto corro el riesgo de convertirme en marginal. No importa: ya lo soy. Lo era desde antes de llegar acá, y lo seguiré siendo mientras viva. En Argentina se tiende a marginar, segregar y aislar a toda persona capaz de percibir una realidad con matices. La idea es profundizar al máximo en la dialéctica extrema de los opuestos, hasta el punto en que el elástico se falsee, pierda tensión y se convierta en una cinta blandengue, incolora, incapaz de sostener nada, ningún matiz, salvo el color dominante. Y los colores dominantes (rojo-azul-amarillo), en general son chillones.  

Photo/post: Sergei Subbotin

29/11/14

Nevermind (Noimporta)

Como ya sabrán, la AFIP (Hacienda) anda desde hace un tiempo a la pesca y captura de los sicarios de Yanquilandia. Y esto constituye todo un problema, porque a la hora de comprar, por ejemplo, un inmueble, los dueños piden dólares debido a que la moneda argentina es y siempre ha sido inestable. Como el argentino medio nunca fue un ciudadano obediente de las leyes -la evasión fiscal es un ejemplo de que no hay conciencia de comunidad- criado en el hábito de la plata dulce impuesto durante el régimen militar del 76 por el ministro Martínez de Hoz, desde entonces la gente se dedica a acumular dólares, bienes y propiedades que luego vuelven a venderse en dólares, según el valor especulativo. 

Pues bien. Después de que se impusiera el famoso "cepo" cambiario impuesto por el gobierno de CFK, los ahorristas ya no podían comprar moneda extranjera y prosperaron los "arbolitos", simples laburantes, currantes -como dirían en España-, particulares que se dedican a vender dólares en la calle a un precio muy superior al oficial. Algunos inclusive viven de ello y ni siquiera trabajan. Hasta hace poco se los veía en las esquinas ofreciendo "Cambio!" sin ningún tipo de control policial, formando parte del decorado callejero, parte de nuestra cultura argenta. Ahora ocurre que han desaparecido todos los arbolitos, que operan desde supuestos reductos llamados "cuevas". Es tanta la cantidad de gente que se dedica a la transa, que la AFIP le resulta muy difícil probar el delito. Diría que hay más cantidad de arbolitos que agentes de la AFIP. Parece de risa, pero así funciona nuestro benemérito sistema bursátil. 

En esta última semana he visto bien de cerca lo que es la ambición, el hambre, diría que la adicción al dólar. He comprobado que la enfermedad ha llegado ya a la metástasis, y que no hay gobierno ni administración que pueda detenerla, porque cuando un pueblo carece de madurez, autoestima y un verdadero sentido de la identidad que pueda concretarse en algo más allá de la abstracción de un relato cualquiera, el humano pierde todo vínculo con la moral. No olvidemos que la palabra moral tiene una fuerte relación con la palabra "morada", y si la morada es el hogar, y la Argentina es nuestra morada, tenemos un problema bien gordo.
Nadie quiere hablar de esto porque muchos tienen dólares escondidos en alguna caja fuerte. No nos engañemos. Cuando nos quejamos de lo mal que va el país, habría que empezar por preguntarnos cuántos de nosotros hemos transado con el dólar ahorro -y no para comprar una propiedad, sino por mera usura- y admitir que inflando la moneda yanqui, bajamos la nuestra. Pero no importa, nevermind. Con decir: "Y sí" con cara de momias, no vamos a ninguna parte, sino al contrario: seguimos alimentando la mala leche que se ve al cruzar una avenida, cuando te tiran la 4x4 encima porque el señor escuchó en la radio que el dólar bajó 15 centavos.

Hace un par de semanas conocí a un muchacho que pretendió venderme un departamento en cuestión de días. Me encantaría poder dar su nombre en la AFIP, pero no lo van a agarrar porque como él hay otros tantos millones mandándose la chanchada cada vez que se le presenta la oportunidad. Este señor trabaja en una empresa cuyo nombre tampoco voy a mencionar, tiene pinta de no haber roto un plato. Un grandulón con aspecto de adolescente, nacido durante la administración Alfonsín, inmediatamente después de la dictadura. Su filosofía: "Y… hoy ya no podés pensar en pesos, hoy tenés que pensar en dólares". Una de sus actividades actuales consiste en conseguir compradores y llevarlos a las cuevas, a cambio de una comisión: "Son unos manguitos extras que me hago, ¿me entendés?", dice él. Arrastra la pregunta retórica, como si hablara con un cómplice. Es la versión light del chorro que abre el visillo para pedir que le den la contraseña. Las sumas grandes de dinero, me decía, también se cambian en los coches. Basta con tener uno más o menos cómodo, o una furgoneta, entrar con el comprador y hacer el conteo a mano o con máquina, bajando los cristales. 

Ahora bien, el ciudadano común que sólo tiene pesos en su billetera -tan sucios y malolientes como los dólares que mi amiga la de Seattle manipula cuando va al super, no se vayan a creer que los yanquis son más finos- piensa, como decía antes, que la cueva será un agujero infecto donde te atenderá un orate tipo Travis Bickle (Taxi Driver) con granos en la cara y un chumbo en cada mano. O una de esas guaridas llenas de humo de tabaco y gentes oscuras de mirada torva, jugando a la baraja con el chumbo escondido en el cajón, como en la peli Black Jack 21, donde el iniciado ingresa en un sótano infecto del barrio chino y sus amigos le hacen una broma bien pasada, antes de ingresar a las filas de los estafadores de casino. Pero no. Lo más probable es que te encuentres con una suntuosa sala de directorio con una pintura de autor extranjero colgada en la pared, lámpara Tíffany, sillas acolchonadas de patas cromadas, plato de porcelana china sobre una tábula rasa, muy limpia, de roble; y una señora guapísima, vestida a la última moda, con un par de zuecos comprados en Italia o en París, delgadísima, bronceadísima, con las tetas hechas, con la nariz hecha, con todo hecho, que no se fía de los bancos porque ella no opera con bancos sino con cajas de seguridad (obviamente no se fía de los bancos argentinos; de los suizos, sí). 

Antes de llegar al reducto de la reina tienes que hacer cola delante de una entrada interna de un edificio de lujo, donde al entrar te recibe un muchacho alto igualmente guapísimo, todo vestido de blanco al estilo ibizenco, nervioso, esquivo, de mal humor, que se comunica por señales telepáticas -ya que en estos ámbitos no abundan las palabras- y a un solo golpe de teléfono, según convenga o no, te dejan subir. Esto es una cueva. 

Sin embargo, la cueva no podría operar si no fuera por la servidumbre de miles de ciudadanos de a pie que, como el señor con cara de no matar una mosca, se encargan de hacer el gancho a posibles clientes con buena porción, a cambio de unas chirolas. De los peces gordos no hablaré, a mí me preocupan las mojarritas que consienten con su apoyo a este sistema servil y perverso. Obviamente, no voy a dar el nombre de la empresa de gran prestigio que realiza este tipo de operaciones ilegales. También es obvio que la AFIP lo sabe. Que los puedan agarrar con las manos en la masa ya es otra cuestión. Estamos hablando de gente que no opera con su dinero dentro del país; un secreto a voces que suele despertar el comentario de siempre: "Y… sí". Y a otra cosa. 

Por cierto: en lo que llevo de vida nunca he visto tanta riqueza en Argentina, así como tanta gente viviendo en la más abyecta pobreza. He estado en barrios marginales donde nunca me tocaron ni una pestaña. La gente no merece vivir así. Ésa es la Argentina que deploran los señoritos que no quieren recordar que todavía somos un país del tercer mundo, y que por mucho que duela les toca vivir igual. Hay un mal en la Argentina, que es, en mi opinión, nuestra verdadera enfermedad: el no querer admitir que no somos ni seremos nunca europeos, y el empecinamiento infantil en echarle la culpa a los gobernantes. El gobierno somos nosotros. Lo que ocurre, es NUESTRA responsabilidad. Las malas gestiones las consentimos NOSOTROS. El silencio, la desidia, el no te metás, el yo no hablo de política, la autocompasión y la usura son cosa NUESTRA. Así actúan los adultos. Los niños están en el parvulario.  

Iba a comprar una casa, pero no la compré. Fueron los 15 días más demenciales que recuerde haber vivido en Argentina, empujada por circunstancias que están más allá de mi tolerancia moral. Cuando pienso en esto no puedo más que recordar a Jesús de Nazaret diciéndole a su gente que le dieran al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Pienso en el trigo y la cizaña, y sé que no soy quién para juzgar el grano infectado. Pero tengo estómago, y a mí estas cosas me lo queman. Estoy consciente, e intento vivir mi vida de la manera más honesta posible. Tengo grandes amigos que me acompañan en la aventura, y sé que uno solo de ellos valdría cien veces más que todo el oro del mundo en una cuenta suiza. Por el momento eso me basta; lo otro, ya llegará.

3/11/14

Dolar-blue = delito


Al día de hoy, el peso argentino vale 8, 40 dólares. Éste es el precio oficial que fija el Banco Nación. Y como sabemos, todo lo que es oficial, es legal. Lo que viene ocurriendo desde el llamado "cepo al dólar" instalado por el gobierno de CFK (la gente ya no puede comprar dólares a menos que tenga un ingreso no inferior a, lo cual suele coincidir con señores de altos ingresos, quienes sí tendrían derecho a comprar la tan codiciada moneda estadounidense), es que surgió el dólar-blue, o dólar paralelo, que ha llegado a valer casi 15 pesos en el mercado negro. Esto significa que si yo dispongo de 100.000 pesos en ahorros y quiero comprar dólares para la adquisición, por ejemplo, de un terreno, al dólar oficial tendría unos 11.000 dólares. Pero al dólar blue o paralelo, tendría… entre 5 y 6.000. ¿Me voy explicando?

El problema surge cuando TODO EL MUNDO dentro del país se apunta al dólar paralelo, que no es ni más ni menos que un juego de ruleta para ganar más, a costa del empobrecimiento del resto de la sociedad. Lo extraño es que poca gente hable de esto, pero más raro aún es que haya tanta gente sin entenderlo. Porque lo que rige dentro del país no es el peso nacional, sino el dólar, y cómo nadie se queja -o nos quejamos de la boca para fuera-, el uso del dólar-blue se ha normalizado de tal forma que todo ahorro contado en pesos… vale exactamente la mitad. Las inmobiliarias, por ejemplo, no toman el peso al valor del dólar oficial sino del dólar-blue, lo mismo para hacer cualquier tipo de negocio. Como el negocio se hace persona a persona y se transcribe en pesos, entonces se sobreentiende que la transacción se hará al valor del dólar blue. Así es, todo muy confuso, pero a los 15 días de vivir en el país ya te vas poniendo al tanto.

En las sociedades civilizadas (si es que todavía sobrevive alguna) esto lleva un solo nombre: delito. Sin embargo, aunque no se lo quieran creer, ayer mismo una pobre mujer me decía que hacer negocios al dólar oficial conduce a la cárcel… Hasta ese punto ha llegado la normalización del delito en la Argentina. La gente ha dejado de creer en el valor de la legalidad hace mucho tiempo ya. 

Como no me gusta victimizar a nadie, podría muy bien decir que la responsabilidad es exclusivamente nuestra. Básicamente, de nuestro infantilismo y nuestra desidia. Demuestra, además, que poner "cepos" no ha hecho más que favorecer el delito; algo perfectamente normal si se piensa que las actitudes represivas conducen invariablemente al quebrantamiento de la ley. Por lo tanto, o el gobierno es tonto o el gobierno ya lo sabía. Tonto no lo veo. ¿Qué será?

Saquen cuentas y ya me dirán si no es todo un gran espejismo. Desde que tengo memoria, la moneda de este país se ha caracterizado por ser inestable. De hecho, la moneda argentina no cotiza fuera del continente (y no sé si cotizará en todos los países sudamericanos, lo dudo). Que sea tan inestable es preocupante, porque un país que no define el valor de su moneda no define su estar en el mundo.

Para que no perciba estas cosas, recientemente me sugirieron tomar antidepresivos. Hay gente que quiere venir a "abrazarme y comprenderme", y está segura de que "cuando me haga efecto el antidepresivo", ya no haré estos cálculos horribles que hago, ni escribiré estos artículos "distorsionados" que escribo. Debo aclarar que dejé de tomar antidepresivos hace como cinco años, y ahí están todavía en el cajón de mi mesita, seguramente vencidos. Los guardé para recordar que antes que morder la manzana envenenada, prefiero estar bien despierta. Aunque toque chillar y patalear. O escribir post como estos. 

Así van zafando muchos, mediante antidepresivos. Para que luego pase que las ardillas les roben las nueces sin que ellos se den cuenta. Porque los que trafican con el dólar blue son ardillas… habrá que ver lo que hacen Monsanto y la Barrick, que se llevan el 80% del pastel. Si nos matamos entre nosotros saltándonos las leyes y riéndonos de quienes nos recuerdan que éstas existen, ¿cómo quejarnos de las mafias que se nos implantan desde afuera? No nos respetan porque nosotros no somos capaces de respetarnos. Ellos conocen muy bien cómo funcionamos, y antes de entrar hicieron un estudio de mercado que incluía un scánner psicológico del pueblo. Ellos saben que aun no hemos definido nuestro estar en el mundo… pero lo que mejor saben es que nos llevará mucho, pero mucho tiempo, llegar a admitirlo.

20/6/14

Jaulas



Hoy, la humanidad, como nunca antes, está dividida en dos mitades aparentemente irreconciliables. La regla psicológica dice que cuando una situación interior no se hace consciente, ocurre afuera en forma de destino. Es decir, cuando el individuo permanece sin dividir y no se vuelve consciente de sus contradicciones internas, el mundo debe expresar forzosamente el conflicto y partirse en mitades opuestas.
-Carl G. Jung, 1959.

 Curioso el tema de la percepción. Calculo que la gente de prensa debe dedicar meses y años al estudio de cómo influir sobre las masas. Esto que digo -nada nuevo- y que a muchos les sonará a lugar común, deja de serlo en el mismo momento en que pasás de un contexto a otro y queda confirmada la perversidad de los medios informativos y sus ordenantes: los gobiernos. Por ejemplo. Cuando vivía en España, las noticias que llegaban desde Argentina eran alentadoras. Como la Madre estaba cayendo, la Hija crecía. La propaganda populista parecía ser un soplo de aire fresco frente a la crisis europea de los bancos. Y tanto, que se abrían todo tipo de espacios en la red para alabar los beneficios del populismo y su reivindicación de las causa revolucionaria e independentista de América Latina. El Che Guevara había resucitado. O mejor dicho, nunca murió. Viva los grandes caciques. En los tiempos del 15 M se elevaron las banderas republicanas junto con los modelos cooperativistas y truequistas de países como los nuestros, ensalzando la efectividad de este sistema. Las noticias que a mí me llegaban desde el costado sur hablaban de una nueva Argentina, de un renacimiento libertario -con problemas, todo hay que decirlo-, aunque renovador y pujante. Cuando España despertó a la consciencia de su crisis moral y económica, hubo gente que se embarcó tal y como se embarcaron sus abuelos hace ochenta años. La prensa soltó el paquete en clave negativa, sabiendo que la reacción de las nuevas generaciones bien educadas, politizadas e informatizadas, acabaría marchando en sentido contrario. Siempre que se presenta una noticia fuertemente polar habrá gente que se mande en dirección contraria. Lo mismo que se demoniza es lo que llega a santificarse (después de sacrificarlo). La prensa lo sabe. Los gobiernos también. Ni hablar Internet. 
. El problema surge cuando la percepción que se tenía acerca de lo que sea es intervenida por una nueva percepción, creándose una tercera que suele ser percibida como conflictiva. Algo muy común en un contexto donde todo lo que no comulgue con la percepción establecida será leído en clave de conflicto. En estos contextos, la idea de complejidad no se percibe, o si se percibe, directamente se anula. La tercera opción no se considera porque mueve a la integración de los das anteriores, lo cual le da un carácter complejo en el que para comprometerse habría que habitar los contextos originales, es decir, los dos. Entonces, si hablamos de dos percepciones opuestas, da un poco igual la postura ideológica de una y otra, ya que al polarizarse confirman, paradójicamente, su posición conservadora. Más sencillo: si dos se pelan, será porque se parecen. Más ilustrativo: si yo fuera por la calle y viera que dos se están rompiendo la cara a trompadas, a la primera de cambio no se me ocurriría pensar cuál de los dos inició la pelea o quién tiene razón, sino que se están rompiendo la cara a trompadas. La razón es irrelevante: lo que importa aquí es que hay dos que se están rompiendo la cara, ¿me explico? 
l. Es lo que me pasó a mí cuando aterricé en Argentina. Yo pasaba por la calle de la televisión y vi que dos bandos se rompían la cara a trompadas. Lo noté a la semana de llegar. Me quedé paralizada frente al aparatito viendo cómo hablaban de hechos ocurridos a 10.000 kilómetros de acá como si pudieran encajar dentro de nuestro contexto. Lo que me pareció que los medios oficiales argentinos no acababan de comprender es que en España la gente no salió a la calle para exigirle algo a la clase dirigente, sino a celebrar el haberse dado cuenta de que ésta no puede darle nada. Nada que no pudieran darse a sí mismos ellos, hartos del discurso polarizado de la hegemonía política. Hay una gran diferencia entre esto y un cacerolazo acusador y mártir. Después de algo así, gane quien gane las cosas cambian para siempre, porque lo que ha cambiado es la percepción. Se trataría de un: "no miro porque no quiero ver". Detrás de este argumento -soterrado, obviamente- está la paradoja de que mientras para unos ésta sea la mejor manera de evitar el sufrimiento (y la no acción), para otros sea la mejor manera de prolongarlo. La Argentina se desplaza a base de muletas, vendajes de poner y sacar, curitas y cinta scotch. Las instituciones -de toda índole- apoyan la visión bajo un discurso paternalista y conservador disfrazado de com-pasión. No hay discurso más perverso que éste, ya que la com-pasión verdadera no puede ejercerse a menos que se haya estado com. Es el mito del eterno retorno en la historia de Latinoamérica, que no fue colonizada -como Estados Unidos- sino conquistada. Es la historia de un presente continuo que deposita su futuro en manos de otros. Es ese no querer mirar para afuera, porque como nunca voy a ir -resentimiento-, ¿para qué voy a mirar? 
, Por encima de esta ideología de la negación, está el paradigma ficticio de una Argentina nueva que resplandece los días peronistas con sus banderitas en la Plaza de Mayo. Aunque hablen de victoria y de historia, lo suyo es una negación misma de la historia, y con ella, un desmantelamiento de las ideologías de base. ¿Para qué queremos la derecha o la izquierda, si ya se mataron? Construyamos, mejor, una tercera opción que sea las dos a la vez, y ninguna. El gobierno personalista sigue pegando ladrillos sobre los ya existentes, que como decía más arriba, es la estructura que nos sustenta. Nos hemos enamorado de nuestra propia celda. Arrojamos latas, cuchillos y escudillas contra los barrotes, pero somos como el perro que de tanto recibir palos, cuando le abren la puerta prefiere quedarse adentro. La gente que trabaja se mantiene aislada, sin ser vista o siendo poco vista. El suyo es un trabajo de gigantes en la sombra. Son los verdaderos marginados, no nosotros. Son los colectivos expropiados desde antes que comenzara la historia. Son los que no perdieron la memoria, porque la memoria es parte de ellos. Sus raíces se ven a los lejos, y van por debajo de los muros. Los trascienden. 
m ¿Alguien da más? ¿Queremos trascender, o preferimos quedarnos a este lado del muro mental, a la sombra del resto del mundo? El que excluye, se excluye. El que se cierra, será cercado. El que cree que puede construirse una identidad basada en diez años de hazañas, perdido estará cuando el héroe ya no esté. El que vende mentira, compra mentira. Todo vuelve. El muro está a la vista y es cada vez más alto. Lo cual no es ninguna broma, ninguna "sensación personal", sino una realidad preocupante. 
m La fortaleza de los medios es algo que se percibe a las 24 horas de vivir en la Argentina. Nuestra Inseguridad (con mayúsculas) equivale a la Crisis (también con mayúsculas) de España. Equis tal que equis, cada pueblo tiene su Fantasma, y los medios le ponen piel y huesos. La manipulación se hace a bocajarro, con el mayor desparpajo, dando por sentado que el pueblo muerde el anzuelo. Habiendo tanta gente que no come, o come mal -ojo, que no me estoy refiriendo a la miseria económica que ya sabemos que hay, sino al grano hijo de tierra contaminada y a los alimentos que a nadie le importa de dónde proceden-, el trabajo de adoctrinamiento mediático se hace solo. La solución es cambiar de canal. Ojalá se pudiera hacer lo mismo con el país.
, Bien, llevo atragantada esta notita desde hace dos años. Es una carta para algún que otro compatriota vinculado a un tipo de lucidez que ha sido encanutada por la desesperanza y la tristeza. Lo que yo no quiero es caer en la cuenta de esto que nos venden, y sé que vos tampoco. Pero todo hay que decirlo. Si hay algo por lo que puede morirse la Argentina, es por su propia impotencia. Callarlo y mirar a otra parte haciendo de cuenta que no sucede, no sirve. Soltar espuma por la boca, menos. Decir que "la amás" como si fuera un novelón, mientras en tu casa te llueve el techo, como que no se lo tragan ni los peces. Además yo también la amo, pero de una forma diferente. De la forma en que se ama algo cuando se es consciente de lo que hay, asumiendo una actitud crítica. Despreciar lo que está al otro lado del muro porque una vez nos pegó -y hablar y hablar sobre ello como si alguna vez nos hubiéramos encaramado a la punta de la piedra- es todavía más absurdo, y a mí en lo personal me da tanta pena que se me quitan las ganar de hablar. La Argentina es un país muy, muy grande, pero es muy chiquito. Es muy chiquita la mirada y muy chiquita la ambición. El muro, sin embargo, sigue creciendo.       
. Y ahora, por supuesto, dirán que estoy con Clarín.

3/4/14

Ser un kelper en tu propia tierra


Ruinas del CIFIM
Gonzalo era un clase 63 y aunque no fue a Malvinas, le tocó hacer la colimba en el 82. De entrada lo llevaron al CIFIM (Centro Instrucción y Formación del Infante de Marina) en Pereira Iraola, y se licenció en Río Gallegos. Pero lo que realmente llegó a marcarlo fue su paso por el CIFIM, que él describía como un auténtico campo de concentración. Al ser su clase batallón de reserva, tenían que soportar que todas las mañanas les entrara un milico dando patadas en la barraca, apurándolos para irse a Malvinas. A morir, les decían. A morir, maricones.
m
Eran hombres brutales, educados en la cátedra de la dictadura, que no se cortaban un pelo a la hora de patear, golpear, insultar y amenazar. Desde el primer día comieron un mejunje de papas con caldo que parecía agua sucia, y no tardaron en agarrarse una disentería. Como en los baños no había papel higiénico, tenían que limpiarse con el usado por otros compañeros.  Por supuesto, había infecciones y contagios de todo tipo. Gonzalo llegó a bajar tanto de peso, que cuando fue su madre a visitarlo -llevaba un pollo enorme cocinado en casa- no lo reconoció. El chico media 1,80 y pesaba 53 kilos. Así pretendían mandarlo a Malvinas: desnutrido, maltratado, enfermo y aterrorizado.

Por suerte no fue. La guerra -no una guerra sino una batalla, una escaramuza vergonzante, según mi padre- se terminó antes de que el CIFIM acabara con él. Y ojo que no hablo de un soldado malvinero, sino de un simple recluta en entrenamiento dentro del continente. En cualquier país civilizado se hubieran ocupado de tratarlo como Dios manda; acá los entrenaron para perder desde el principio. Brillante la estrategia de la junta militar: ¿qué se podía esperar de un jefe borracho y asesino?

Hoy en día Gonzalo vive en otro país. Se hartó de los milicos que lo bajaban del colectivo para apretarlo contra una pared mientras le pedían documentos. A ver si me explico: a mí no me lo hicieron, pero lo vi. Yo me crié oyendo ese silencio contra los muros, esa mirada de refilón contra mis piernas porque si llevás la pollera corta seguro que sos puta. Una acaba cansándose de un país así. Una no se va de un país porque haya caído una malaria. Se va por una mordaza desde los once años. Se va por un camión militar cerrando la esquina a las seis de la mañana y entrando en tu casa de prepo. Se va porque el aire se pone gris y parece que todo el mundo anduviera por la calle y por su casa con máscara de oxígeno. 

Por eso nos fuimos, porque no nos dejaban respirar. (Ríase, si quiere, porque está leyendo a una que volvió. Luego mándeme un e-mail y lo hablamos). Así que ya no soy argentina. Ahora soy del mundo. Me gusta ser así porque puedo respirar y asomarme al otro lado del charco sin que me dé miedo, o sienta envidia o desprecio hacia una orilla que seguramente nunca conoceré. Porque ya la vi, ya salté, ya pasó. Viviendo afuera una aprende a amar otras cosas, además de las propias. Una aprende a dejar de mirarse el ombligo. Se trata de un saludable ejercicio de desapego, algo que quienes estén muy apegados... a lo que sea, podrían confundir con desidia o desamor. Pero no es nada de eso. Al contrario, se trata de un amor más amplio, con una perspectiva crítica. Más o menos la que se consigue cuando se ve el mismo paisaje desde otro punto de vista. Y claro, para eso hay que jugarse a dejar de estar  cómodo. 

Así es con todo, también con las Malvinas. Yo prefiero hacer una lectura racional de las cosas, para no ahogarme en unas emociones que al final se terminan confundiendo con un slogan. Habrá gente que no estará de acuerdo con lo que voy a decir, ya que le tocará la cuerda sensible, la ilusión de la isla propia. En ese caso pido perdón y le invito a pasar página. La red está lleno de muros afirmando que las Malvinas son argentinas. Si yo me lo creyera también lo pondría, pero no me lo creo. 

Empezaré a creérmelo cuando el gobierno y las instituciones den algún indicio de que pueden ocuparse del continente. No me parece muy coherente enarbolar la bandera en unas islas que están como a 2.000 kilómetros, mientras acá un alto porcentaje de población con dni argentino vive sumergida en una realidad paralela de extranjeros en su propia tierra. El día en que se desmonten todas las villas de Argentina, y esa gente empiece a tener los mismos derechos que tiene un isleño en suelo británico, yo voy a decir que las Malvinas podrían ser argentinas. El día en que en el continente hayan escuelas y hospitales que no se parezcan a las ruinas de Chernóbyl, y los manicomios hayan dejado de existir, yo voy a decir que las Malvinas podrían ser argentinas. No olvidar que sólo fueron nuestras por escasos 13 años. El resto de la historia se la llevan los ingleses, nos guste o no, porque nosotros se las entregamos en bandeja.

Para finalizar con esta reflexión, que por otra parte no tengo ganas de seguir extendiendo, haré una pregunta que no pretendo me respondan por aquí:

Si a usted le dijeran que tiene que convertirse en británico, ¿lo haría?

Entonces: ¿por qué ellos deberían convertirse en argentinos? 

Click para leer cómo vive un kelper

Islas Malvinas, de momento: Falklands

La gueidad de James Broughton

Poeta y cineasta beat, hay muy poca información sobre él en castellano. Todo un apologista del cuerpo y del placer, James Broughton, 1913-1999.

This is It
and I am It
and You are It
and so is That

and He is It
and She is It
and It is It
and That is That
"This is It"

 

Esto es Ello.
y yo soy Ello
y tú eres Ello
y así es
y él es Ello
y ella es Ello
y ello es Ello
y eso es.



Cada vez que salgo lastimado, cada vez que me estremezco, cada vez que lloro, cada vez que río a carcajadas, mi alma zumba. Se flexiona con mis deseos y respuestas, mis anhelos y achaques. Obra en mi corazón, en la profundidad de mis entrañas y en mis genitales. Mi alma me enreda en fantasías y en emociones sorprendentes. Es el campo de juego de mis instintos. Las negaciones la lisian, las denuncias la tensan en una mueca... No quiere jugar a la segura, estar asegurada, o pensárselo dos veces. Quiere aventarnos, arriesgarlo todo y tener esa experiencia... No cometas el error de Adán. Escoge el gozo, no la razón.

Quienes vean alguna diferencia entre el alma y el cuerpo es que carecen de ambos, dijo Oscar Wilde. El alma se expresa a sí misma a través del cuerpo, en sus miembros, órganos, nervios y células, en todas las acciones del deseo y la osadía... cada vez que te duelas y donde sea que te eleves. En cada parte y lugar de ti mismo puede encogerse y estirarse, exudar y zumbar, al experimentar los placeres y dolores de estar vivo. El cuerpo es un lugar santo de retozo y renovación. No es la cloaca vergonzosa en la que insisten las religiones ortodoxas. Novalis dijo: Hay solo un templo en el mundo, y ése es el cuerpo humano. Desde la punta del pie hasta la coronilla, das latidos de vida en la danza incesante del misterio... Somos, cada uno de nosotros, todo un universo entero aquí y ahora; cada uno somos un Cuerpo de Dios.

La gueidad no tiene barreras de género. ¿Acaso el gozo no está disponible para todos? No condeno la heterofobia más que cualquier otro prejuicio. Me incomoda la dicotomía entre ellos y nosotros. Creo en el potencial para la redención de todas las almas. Busca lo que es bello en la gente, a pesar de las apariencias en sentido contrario. Busca la resplandecencia detrás de cada máscara y de cada rostro. Aunque puedas no estar inclinado a creerlo, cada ser humano es tan divino como tú.

12/3/14

El conflicto docente en Argentina



 Estoy pensando en lo triste que es ser docente en este país.  Ser maestro en Argentina es poco menos que ser considerado "un rebelde", "un renegado" o "un desagradecido". El docente es visto como un elemento eminentemente "antipático", que va por la vida quejándose todo el día. El comentario popular suele ser: "¿Pero de qué se quejan, si tienen 3 meses de vacaciones al año?". Claro. Y ganan 25.000$ al mes... ¿verdad? ¡¡Exacto!! Si total... ¡para lo que hacen! Teniendo la compu, el celular y los jueguitos no hace falta ir al colegio...
Éste suele ser, lamentablemente, el sentir popular. Muchas madres prolíferas deploran el hecho de que, al no haber clases, no tienen cómo sacarse los pibes de encima por un rato. Ése es el problema, y no que no estudien.

Hay una cultura circulando -es la cultura que hubo desde que tengo memoria- y consiste en creer que los pibes van al colegio "para ser algo el día de mañana". Es decir, para TENER algo. No para SER, que es cosa distinta. ¡Como si la educación pudiera garantizarles la realidad de convertirse en contador o en ingeniero! (en docente no, por favor, yo no querría semejante destino para un hijo).

No resultará curioso que el problema docente esté arraigado a lo económico, porque como decía el inefable Pancho Ibáñez, todo tiene que ver con todo, y si en un país la gente no puede dejar de identificar el probable éxito de sus hijos con la habilidad para ganar plata, significa que se desconoce el verdadero objetivo de la educación, que no consiste en forrarse los bolsillitos, sino en desarrollar el pensamiento crítico (entre otras cosas que en Argentina están en franca decadencia). De ahí que el problema docente vaya a ser siempre un problema, ya que no habiendo una cultura interesada en formar a la gente para que piense por sí misma, los maestros siempre estarán mal pagos.

Así pues, el conflicto docente no es ya un problema de los gobiernos sino un problema cultural y social que nos atañe a todos. Tiene que ver con nuestro concepto de pobreza y de riqueza, que es, en definitiva, un problema de valores. ¿Y qué es un valor? Algo que sirve para algo. Y no todo lo que sirve para algo da dinero, pero todo lo que sirve para algo puede generar un cambio, y si no desarrollamos la creatividad, difícil que hayan cambios trascendentes.  Y un cambio trascendente es algo que afectará a la próxima generación.  Si tanto nos interesan los valores y el futuro de nuestros hijos, deberíamos detenernos un momento a pensar en los maestros. Pensar, por ejemplo, en lo que tuvieron que hacer antes de llegar a donde están. Que es estudiar.

Para que tengan una idea, yo diseñé hace poco un proyecto de taller de dos horas por semana. Me llevó quince días. Por supuesto, nadie me pagó porque es un proyecto independiente.  Pero hay gente que no gastaría ni un solo minuto en diseñar absolutamente nada a menos que le paguen.  Es el tipo de gente que no da puntada sin hilo, porque ellos, si no le pagan, es simple: no hacen. Y si hacen es sólo para ellos mismos y su alcancía nunca está vacía. Son los siempre listos a decir que los maestros están al divino botón -"total, para lo que hacen"-, y no se toman la molestia de pensar en cómo pudo llegar alguien a convertirse en maestro. Son los que calculan todo en dólares y defecan sobre la moneda nacional, porque ya sabemos "que no vale nada", así que la inflamos para que empiece a valer lo que valen otros pueblos. No el nuestro, sino otros.

Pero la culpa es siempre del gobierno, porque si hay algo que falta en Argentina es la auto-crítica: nos encanta echarle la culpa a otros tanto como nos gusta reírnos de los demás; sin embargo, no nos gusta ni medio reírnos de nosotros mismos. Por eso damos a luz cómicos tan "admirables" como Alberto Olmedo, todo un haz en el arte de reírse de los demás, el cual ya ocupa el dudoso honor de haber tenido una muerte mítica, con el consiguiente ascenso al panteón de los héroes nacionales. Tenemos pánico escénico y nos creemos "muy vivos" -porque el que se ríe de los demás es obviamente un vivo-, pero aún no hemos sido capaces de enarbolar cómo héroes nacionales a ningún maestro (excepto Sarmiento, que vendió las Malvinas); y antes que eso, preferimos torcer la cara cuando se menciona a "esos sinvergüenzas" que cobran sin trabajar.

Hay un detalle importante y resulta sumamente molesto que lo diga, pero lo voy a decir igual. Y es que, lamentablemente, se critica a los maestros cuando poco o muy poco se ha hecho por estudiar. No quiero decir con esto que para comprender el tema docente haya que haber pasado por la universidad: lo que estoy diciendo es que hay que haber experimentado la necesidad de educarse, crecer y aprender. Ganar dinero es mucho más sencillo que eso. Robar también, y sabemos que hay mucho millonario analfabeto mental y moral que ha hecho su riqueza a fuerza de explotación. Pero tener la necesidad de estudiar o capacitarse es algo bien distinto. Es querer SER. Y querer ser, como decía al principio, es mucho, muchísimo más que querer TENER. Querer SER es querer comprender y querer cambiar lo que está más allá de mí. Es querer TRANSFORMAR. Y para eso se precisa pensamiento crítico, aprender a pensar, aprender a elegir desde el conocimiento. Esto es algo que no comienza en la escuela sino en casa. Un pibe que ve a sus padres despreciar a los maestros no va a valorar la educación. Un pibe que ve a un maestro malhumorado o desinteresado porque le pagan miserablemente no va a valorar la educación. Así la cadena se va fortificando y lo que tenemos por resultado es esto: la compu y el celu.

Ahora, vamos a los números. Una amiga mía es preceptora y lleva casi 30 años trabajando en dos cargos, en uno con titularidad. Sale a las 7 de la mañana de su casa, tarda media hora en llegar al colegio, sale a la 1 y tiene otro cargo en una escuela que está en la otra punta de la ciudad, donde no es titular. Total.: 5.300$. Llega a su casa a las 6 de la tarde, y tiene que tomar cuatro buses.

Otra amiga es maestra de grado desde hace 23 años y gana 1.800 de básico, más 2.000 de antigüedad y otro plus por salario familiar; con una parte en negro. Total: 5.000$. Trabaja 4 horas en la escuela y cuatro en casa, porque llevar un aula de 35 pibes implica llevarse trabajo a casa.

Verdad que hay profesores que ganan bien. Pero ojo: he dicho profesores, no maestros. Hay gente que no conoce la diferencia: para formarse como maestro se requieren tres años de estudio, y para ser profesor, cinco.  Es lógico que ganen más. Sin embargo, ¿por qué se le reprocha a un profesor que gane, por ejemplo, 8.000$, cuando hay gente que gana lo mismo -y muchísimo más- sin haberse quemado ni media pestaña? En lo que puede sonar a perogrullada es donde reside el problema, pero que hay gente que no puede concebir que un docente gane… tanto. Yo le diría a esa gente: póngase a estudiar y lo comprenderá. Imagínese invirtiendo horas y horas de su tiempo -el que usted no invertiría jamás a menos que le paguen- en hacer algo por lo que de momento no le pagarán. Forzando su comprensión al aprendizaje de algo para lo que probablemente usted no haya sido diseñado. Intentando adquirir conocimientos que usted ignora, pero que podrían determinar no sólo el futuro de "su" hijo, sino de toda una sociedad.

Pienso que ese esfuerzo merece el reclamo, y si he de ser franca, creo que los maestros no sólo se merecen un aumento… astronómico, sino una indemnización por daños, perjuicios y prejuicios, debido al desprecio que reciben. Más o menos igual que el desprecio que recibe nuestra moneda nacional, de la que deberíamos estar bien orgullosos valga lo que valga, porque es nuestra y de nadie más. Siempre y cuando nos lo creamos.